jueves, 25 de agosto de 2016

Zopilotes

Este relato forma parte de un taller organizado por El edén de los novelistas brutos. La premisa era que hubiese una carta, que la extesión no pasara de una hoja y que el tema fuese Amor/desamor. Helo aquí, espero que os divierta esta ida de olla tarantiniana.




El pájaro en cuestión  escribía acodado en una mesa de madera, bajo un tupido entramado de vid que le procuraba una sombra fresca. Sobre la mesa había un vaso mugriento de tequila, una botella medio vacía y un cenicero rebosante de colillas. Una legión de moscas revoloteaba alrededor del cuello de la botella seducidas por el dulzor del alcohol. Arriba, sobre el cable del teléfono, una larga cohorte de zopilotes observaba impertérritos la escena, a la espera de caer sobre el tipo de la carta. No tenía mucha carne aquel sujeto, pero no era plato desdeñable en aquel pueblo perdido. Al fondo,  una muchacha vestida de azul pálido esperaba medio escondida tras las cortinas de la ventana dispuesta para ver el espectáculo que se avecinaba. Cualquier suceso anodino era bien recibido en aquel pueblo considerado como un lugar de paso, donde la gente paraba sólo a poner gasolina al carro,  aliviar el vientre o  llenar el estómago con un buen plato de judías pintas y un vaso de tequila.
—¡Eh, muchachos! Dadme sólo cinco minutos—rogó el tipo levantando las manos.
—¿Y para qué carajo los quieres? —preguntó uno de los hombres de negro.
—Estoy acabando de escribir una carta para la chica más bonita del mundo. Luego, cuando la termine, podéis cumplir vuestro encargo. Ya me queda muy poco. Os esperaba.
Los tipos no bajaron las armas pero, encogiéndose de hombros,  le concedieron el tiempo. Ahora el sol del mediodía daba de lleno en la mesa cochambrosa y olía mucho a uvas.
—¿Qué creéis que es más efectivo?: «me hubiera gustado follarte hasta vaciarme entero dentro de tu coño dulce» u «ojalá hubieras yacido conmigo sobre el heno perfumado de aquel establo escondido, allá por el Mississippi».
Los tipos de negro se miraron dubitativos. Uno de ellos se rascó la frente con la punta del cañón.
—Lo de la paja perfumada es más visual, más evocador. Aunque tal vez lo primero es más sincero, más visceral. Me refiero a lo de vaciarte entero dentro de su coño dulce. Es muy tierno. ¿Qué opináis, muchachos?
La comitiva iba a contestar cuando un perro se acercó retozón a oler el trasero de una perra y, sin importarle la concurrencia, la montó ávido. Los hombres miraron la escena, hipnotizados. Uno de ellos bajó un poco el arma para ocultar la erección.
—¿Habéis visto que polla tiene el muy pendejo? Roja y grande como una salchicha. Mirad cómo la embiste. ¡Este no necesita establos ni henos perfumados! ¡Vamos, dale, muchacho!
Los hombres jaleaban la escena sin perder de vista su objetivo. Arriba los zopilotes graznaron, impacientes. Se podía escuchar el rugir de sus estómagos. Cuando el hombre —indiferente a la cópula— firmó la misiva, se sirvió un trago de tequila y pidió vasos para el resto del grupo. La chica de azul salió con una bandeja llena de ellos.
—¿Quieres en serio que bebamos contigo?—dijo uno de los hombres, sonriendo irónico.
—¿Y por qué no? Sólo os pido dos cosas: una es que le entreguéis esta carta a mi chica. La otra es que cuando se la deis le contéis que caí con el cigarrillo pendiendo de la boca y que no cerré los ojos cuando llovió la metralla.

—Sin problema—dijo el tipo de la erección llevándose el vaso a la boca.

fin

domingo, 31 de julio de 2016

El extravío

(Homenaje a Kafka)

—Buenas noches ¿No es un poco tarde para pasear al animal?
—Buenas noches, agente—respondo cortés—. Bueno, sepa usted que este perro no es mío. Lo que ocurre es que hace mucho tiempo que ando perdido y en algún momento ha decidido sumarse a mi búsqueda. Creo que está tan solo como yo.
—Todos andamos un poco perdidos en cierto modo. Pero dele un poco de agua, hombre, que parece sediento. Hay una fuente en esta misma plaza.
—Sí, agente, ahora me disponía a hacerlo.
—Eso está bien. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre—afirma mientras rasca la cabeza del can—. Nunca le pedirá nada, tan solo una caricia de vez en cuando.
—Se nota que le gustan los perros.
—Los admiro por su lealtad y su nobleza. Créame si le digo que ha tenido usted mucha suerte de que le haya escogido entre tanta gente. Es tan difícil encontrar un buen compañero… ¡Ah que noche tan magnífica hace! ¿No le parece? Observe a su alrededor: ni un alma por las calles. Y arriba, en las casas, no se oye ni una risa, ni un murmullo ahogado. Y esta ligera brisa que se ha levantado… En fin, es muy agradable su compañía,  pero ahora debo seguir mi camino. No olvide darle agua al perro. Pobrecillo, está en los puros huesos.
—Buenas noches, señor agente, también ha sido un placer para mí. Vaya con cuidado—le digo mientras se aleja.

Qué gran hombre es este agente del orden y qué pena que me abandone tan pronto. Si se hubiese quedado un poco más…tan solo  el tiempo de echar un cigarrillo, tal vez hubiera encontrado el  momento de hablarle sobre mi problema: «verá usted, agente, sepa que me hallo en un pequeño apuro». «¿Y cuál es ese apuro suyo?», hubiera preguntado él. «Me he perdido. ¡Si, lo que oye!, completamente extraviado. Ayer, o tal vez antes de ayer,  estacioné mi auto cerca de aquí, pero ahora no lo encuentro y todas las calles me parecen iguales». Seguro que mi confesión habría provocado su ternura. Quizá habría apoyado su mano en mi hombro y mirándome consternado me habría dicho: «¡Pero hombre! ¿Por qué no lo dijo antes? A ver, recuerde lo último que vio después de estacionar su auto. Tal vez un edificio peculiar, un grafiti llamativo, una sucursal bancaria o una cafetería. Venga, haga memoria, que las cosas no se pierden así como así».

Ahora el reloj de enfrente anuncia las tres. ¡Cómo brillan las estrellas y qué bien huelen  las flores de los naranjos! Si no fuera por este incómodo incidente del coche cerraría los ojos y me limitaría a disfrutar de esta ligera brisa que se ha levantado. La verdad es que no me siento solo. Podría sentirme solo si no estuvieses tú, viejo amigo, tú y esa farmacia de ahí enfrente que mantiene las luces encendidas. Debe estar de guardia. Sí, dentro hay una mujer sentada tras el mostrador. Ahora nos mira. Debemos haber llamado su atención. Tal vez nos intuye solos y desatendidos. ¿Qué dices? ¿Qué podríamos tomar un autobús que nos lleve al hogar? Verás, lo malo es que todas mis pertenencias quedaron dentro de la guantera del coche, incluida mi documentación con la dirección de casa y mi teléfono móvil. ¡Mi teléfono! Si lo tuviera podría llamarla para que nos viniera a recoger. ¿Qué a quién llamaría? A ella. Sí, a ella, siempre a ella, sé que no debería pero…  ¡Dios bendito! ¿Cómo no lo he pensado antes? Es este calor asfixiante y el silencio de las calles, todas tan iguales, lo que me ha embotado la cabeza. Podría ahora mismo entrar en esa farmacia acogedora y preguntarle humildemente a la dueña si me permite hacer una llamada desesperada.
Y entonces podría marcar su número de teléfono. Ese número… ¿Cómo empezaba? Calla, no ladres ahora, que no es momento. Debería recordarlo. La he llamado tantas veces…

Claro que de eso hace ya algún tiempo y puede que no conteste ¿Sabes? Puede que mire la pantalla y mordiéndose los labios piense «es él» y lo deje sonar con la cara ensombrecida. Las últimas veces ya no me llamaba «cariño» ni «mi vida», me llamaba por mi nombre. Me sonaba raro en sus labios, aunque lo pronunciara de manera suave. Si al fin contesta me llamará por mi nombre y me preguntará qué hago aquí y cómo he llegado. Dirá que no me deje llevar por el pánico y que busque el coche tranquilamente, que en algún lado estará, que las cosas no se pierden así como así. Que me fije bien, que busque pistas. Dirá «recuerda lo último que viste antes de estacionarlo». Será correcta, pero yo advertiré sus ganas de colgar. Eso me apena.

Sí, amigo. Me parece que nuestra única opción es esa farmacia.  ¿Ves esos dos nombres dentro de ese rótulo amarillento? Un matrimonio quizá,  un negocio familiar que pasará a los hijos y luego a los nietos. Un sitio seguro, un lugar de confianza. ¡Ay! Si yo tuviese el valor suficiente para llegar hasta la puerta y allí decirle suavemente para no asustarla: «buenas noches, señora, perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche». Sí. Ella no se sorprenderá. Son cosas que suelen ocurrirle a la gente. ¿Quién no ha perdido algo en algún momento de su vida? ¡Sí! ¡Voy a hacerlo! Voy a hacerlo ahora mismo. No, tú quédate aquí fuera, viejo amigo. Pero no te vayas, que vuelvo luego a por ti. Buen chico.

—Buenas noches—digo por fin entreabriendo un poco la puerta—. Perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero llevo demasiadas horas dando vueltas y creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche.
—¿Cómo dice usted?—pregunta la mujer mirándome por encima de sus gafas de cerca.
—Que no encuentro mi coche—repito avergonzado—. Y ya hace mucho tiempo que lo busco. Tanto que no recuerdo cuánto.
—¡Vaya!—exclama ella—.Que mal asunto es ese. Sobre todo por la noche,  que de la misma manera que todos los gatos parecen pardos, con los coches ocurre casi lo mismo. Pues sí que parece exhausto, pero pase usted, no se quede ahí. Que incidente tan desagradable. En fin, no se apure hombre, que todo tiene solución. Veamos…, recuerde lo último que vio cuando lo aparcó. De este modo tendrá una referencia y podrá orientarse mejor. Por ejemplo, si usted recordase haberlo estacionado cerca de alguna entrada de metro yo podría decirle cuánto debe andar aún. Incluso podría asomarme fuera y señalarle en qué dirección debe ir, si calle arriba o calle abajo.
—Una entrada de metro…
—Claro. O tal vez una estatua o un monumento. Por aquí cerca tenemos uno de Don Quijote de la Mancha y su escudero. ¿Le dice eso algo a usted?—dice ella entrecerrando los ojos escrutadora.
—No sabía de la existencia de ese monumento. ¿Es bonito?
—Mucho. Otro método infalible es recordar el asunto que le ha traído hasta aquí. Si vino a entregar unos documentos a alguna sucursal bancaría, o tal vez a renovar algún documento. ¿No habrá acudido acaso a la agencia tributaria?
—No llevo carpeta alguna. De hecho todas mis pertenencias han quedado dentro de la guantera. Pero recuerdo algo, algo que sucedió dentro del coche, poco antes de apearme.  Pero no sé si tendrá valor alguno—confieso abatido pero alegre de recordar algo.
—¡Cuénteme! Ya decidiré yo la importancia de ese recuerdo—dice de manera rotunda. Es una mujer valerosa, no me cabe la menor duda.

—Recuerdo el sonido atronador de un avión volando muy bajo.  Casi rozando el suelo. Fíjese si me impresionó que me eché las manos a la cabeza para protegerme. No crea que era una avioneta, no, no, era un avión turístico. Lo más extraño es que pasó limpiamente entre dos edificios muy pegados entre sí. Toda una proeza, para qué lo vamos a negar. No pensé que pudiera conseguirlo dado su tamaño. Mientras cruzaba me temí lo peor: que las alas se quedasen atoradas y no fuese ni para adelante ni para detrás. Imagine usted la cara de susto de los viajeros.
—¿Y dice que pasó por entre medio de esos dos edificios? Pasaría como una exhalación.
—No crea. La verdad es que iba asombrosamente despacio. Me dio tiempo de verlo  en toda su inmensidad. Que pájaro tan enorme.
—¡Qué sueño tan fabuloso el suyo! No se ría pero yo le doy mucha importancia a los sueños porque me parece que son un reflejo de nuestros terrores diurnos. Es curioso, una vez tuve yo uno similar. También mi avión volaba bajo en extremo. Fue allá, en el Brasil. No es por desmerecer su nerviosismo, pero no era plato de gusto verlo sortear las paredes miserables de aquellas favelas tan juntas unas de otras. ¡Y cómo giraba entre aquellas callecitas tan estrechas llenas de perros sarnosos y cubos de basura!  Lo más curioso es que todas las veces pasábamos por delante de una puta. Siempre la misma. Era una chica muy joven, casi una niña. Llevaba el pelo recogido en unas coletas e iba  extremadamente maquillada. Cada vez que pasábamos me sacaba la lengua. Estaba rodeada de tipos armados hasta los dientes. Ella estaba sentada en una silla de plástico rojo. Si, lo ha adivinado: volábamos haciendo círculos.
—Vaya, los dos hemos soñado con aviones. Algún significado debe tener.
—Verá, mi esposo y yo hicimos ese viaje para intentar salvar nuestro matrimonio. La rutina, el hastío, ya sabe. Los días que se amontonan unos encima de otros. No hablábamos. Ya no hacíamos el amor y en la cama nos dábamos la espalda. Pero como no hablábamos los días pasaban y cada vez nos alejábamos más. Era algo circular, vicioso y triste.
—¿Y por qué esa puta le sacaba a usted la lengua? Es curioso el hecho.
—Yo creo que era la vida.
—Oh vaya, usted sí que sabe interpretar las cosas. En fin… ¿Y por qué cree usted que el mío volaba entre esos dos edificios? Puedo asegurarle que era muy angustioso, como ensartar el hilo en una aguja de coser, y eso que tenía todo el espacio celeste a su disposición. Hubo un segundo en que pensé que no lo conseguiría y contuve el aliento.
—¿Sabe? Creo que eso es lo que le atormenta a usted: quedarse atrapado de algún modo, tal vez dentro de un olvido. Pero ya ve como su avión lo consiguió, aunque parecía una proeza imposible. Seguro que luego lo vio remontar hasta las nubes, lo que ocurre es que eso no lo recuerda.
—No, no lo recuerdo, pero estoy seguro de que ocurrió como dice. Es usted una mujer maravillosa. Y ni siquiera sé cómo se llama. Lo leí al entrar pero…creo que lo he olvidado. Yo...

—No se preocupe. Los nombres no son demasiado importantes. Solo son una manera para diferenciarnos los unos de otros. Oiga, ¿sabe qué? Tengo una botellita de vino de Oporto, un poco de queso en la nevera y un viejo sofá en la trastienda.  Puede dormir aquí esta noche. Verá como mañana, nada más salir, encuentra su coche aparcado en una de estas esquinas.
—¿Usted cree?
—¡Por supuesto! Y cuando aparezca, que aparecerá, pasará a formar parte de esas anécdotas que se cuentan luego, en las reuniones de amigos, y que estos jalean dándose palmadas en las rodillas, llorando de la risa.
—¿Lo piensa de veras?—le pregunto esperanzado.
—¿Tengo yo cara de mentirle a usted?—exclama riendo—. Y ahora salga a buscar a ese perro suyo, que se está quedando afónico de tanto ladrar y acabará despertando a todo el vecindario. Puede dormir en el suelo, a su lado. Por cierto ¿Cómo se llama el animal?
—Le vengo llamando «compañero».
—Es un gran nombre.


FIN


Este relato está basado en los sueños de dos amigos: Stradivarius y Luisgar, de Rios de tinta. Juntarlos no ha sido fácil, pero interesante sí.

miércoles, 20 de julio de 2016

Lo que Cervantes no contó

Otro humilde homenaje a Cervantes. Si es que me enredan en diferentes lugares foriles y al final acabo de esta manera. Si os place lo leéis y si no que dios os guarde, bellacos.



El día que Sancho  le confesó por fin a su señor, entre hipos y llantos, que todas sus palideces, suspiros,  retortijones y dolencias se debían tan solo al furioso amor que sentía por su hidalga y enjuta figura,  a don Alonso se le puso el bigote tieso como el cadáver de una rata seca y se le desorbitaron los ojos de las cuencas. Hasta su  flaco rocín sintió un escalofrío tan extremo que relinchó levantando las patas delanteras. A mí me lo confesó el hidalgo momentos antes de expirar, pues quería irse al otro mundo con el alma vaciada. Y así, tal como fue os lo cuento.
Unas semanas antes de este descabellado suceso el bueno de Sancho habiale confesado a su señor que andaba con el estómago revuelto, como si tuviera miles de mariposillas volando.
—Ese malestar tuyo tiene remedio, fiel Sancho, que me conozco yo un brebaje excepcional para ese tipo de síntomas y otros mucho más graves. Ni bien paremos para solazarnos un poco iré a buscar las hierbas necesarias para preparar fierabrás. ¿Ya te hablé del poder de ese bálsamo maravilloso que todo lo cura? Como no recuerdo haberlo hecho solo te contaré, por alumbrar un poco tu entendimiento y no cansarlo, que cuando el gigante Fierabrás y su padre el rey sarraceno Balán conquistaron Roma, robaron en dos barrilejos los restos del aceite con que fue ungido el cuerpo de Jesucristo. Ese bálsamo milagroso, Sancho, produce el efecto inmediato de sanar el cuerpo. Claro está que ha de ser bendecido con  ochenta  padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos, que yo rezaré con gran placer mientras el mejunje hierve en la redoma. Luego habrás de tomarlo bien caliente.
—Yo lo que vos digáis, mi señor—dijo el bueno de Sancho encogiéndose de hombros.
Y así fue como llegando al bosque y habiendo buscado el lugar adecuado, tumbó a su escudero panza arriba a la sombra de un limonero.
—Ahora ten paciencia, mi buen amigo, que para preparar la redoma necesito de un buen manojo de romero.
—De las virtudes del romero se puede escribir un libro entero. Y comida su flor mejora el entendimiento—dijo Sancho a modo de coletilla,  que aunque melancólico y sombrío no perdía el momento para colocar un buen refrán.
Ya de vuelta don Alonso desenvolvió la apreciada  redoma y colocándola sobre la lumbre echó las hierbas,  añadiéndole después un chorro generoso de buen vino, otro de aceite y un buen puñado de sal y dejola cocer durante un rato. Cuando el cocimiento tomó un color que satisfizo a nuestro hidalgo caballero, retiró la redoma y escanciando el contenido en una jarra de barro se la dio a beber a su escudero.
—No sientas vergüenza, amigo mío, si nada más beberla sientes un extraño bienestar, como si la vida entera volviera a tu cuerpo. No son pocas las batallas en las que salí maltrecho y gracias a ese brebaje sano me hallo, como un polluelo de quince primaveras. Ya me ves.
Con ese buen ánimo bebía Sancho  aquel líquido que quemaba como lava de volcán,  mientras don Quijote acababa el cuarto padrenuestro, cuando se escuchó  un ruido de tripas que no parecía de este mundo sino de los mismos infiernos. No por ello interrumpió nuestro hidalgo caballero su letanía de padrenuestros, mas no tuvo otro remedio que interrumpirlos cuando el sirviente se levantó de un salto sujetándose la parte trasera de su cuerpo y corriendo como aquel que ve al diablo.
Como llegara Sancho dos horas después con la tez blanca como el armiño y el pantalón medio caído su señor dijole así:
—He estado pensando, buen amigo, que tal vez ese  brebaje no actúa de la misma manera contigo que conmigo, por ser tú de tan baja estirpe y yo un caballero andante. Más aliviado si te noto.
—No sabría decirle, mi señor. Ciertamente pensé que iba a morir. Cuando daba por seguro que nada más iba a salir de mi culo volvía a aparecer un rio de mierda. Y tan caudaloso era ese rio y tanto rujía al abrirse paso que llegó un punto en el que lloré pensando que no os iba a ver más.
—¿Tal es vuestra admiración hacia mí, buen Sancho?—A Alonso se le anegaron los ojos de lágrimas, pues quería  a ese pobre escudero casi como un hijo. 
—No es eso solo, mi señor—dijo el bueno de Sancho blanco como el papel—. Es que cuando estoy cerca de vos siento muchas ganas de abrazaros.
—Pues no sientas pudor y hazlo,  que la historia está llena de aguerridos caballeros que se han abrazado, ensangrentados aún, tras el fragor de una batalla. Que no está reñido el valor con el cariño. ¡Ven a mis brazos!
Y como una vez entre los brazos del caballero el bueno de Sancho rompió a llorar desconsolado, nuestro hidalgo pensó que quizás lo que le ocurriera es que andaba falto del amor de una hembra, que ya hacía tiempo que no yacía con ninguna.
—Me parece, buen amigo, que lo que necesitas de verdad, ahora que ya curaste del estómago, es apoyar tu cabeza sobre  los pechos tibios y perfumados de una buena moza. Así que pongámonos en camino, que está cerca el pueblo y allí hay una venta.
Desde su montura  Alonso miró de reojo  a su escudero y viole mustio como nunca. Y  recordó también que ya hacía un buen tiempo que no le reclamaba la  ínsula y esto preocupole aún mucho más.
—Anima esa cara, que ya verás cómo en yaciendo esta noche con alguna moza bien entrada en carnes, mañana te levantas fresco y sin restos de melancolía—dijo Alonso.
Cuando llegaron a la venta ya era noche cerrada. Llamó don Alonso al ventero y dijole así:
—Ventero, quiero la moza más lustrosa y repleta de carnes que tengas. Y que tenga la piel lechosa y grandes pechos donde mi sirviente pueda apoyar su cabeza, porque sufre de una gran falta de amor.
Como el ventero lo miró con ojos aviesos el hidalgo explicole la situación y este le dijo que la única moza que tenía de ese calibre era su mujer, pero que no estaba dispuesto a compartirla con nadie.
—Pues no se hable más, que por pedir se puede pedir la luna, mas nos conformaremos con mucho menos. Con que tu mujer le deje meter la cara entre sus pechos será suficiente. Reales para pagarte no tengo, pero ya ves que soy un caballero andante y recordaré por siempre tu gesta.
La mujer, que salía con un pollo al que acababa de estrangular para la cena,  escuchó la conversación y dijo que eso no podía negársele a nadie y tomando al fiel escudero por los hombros lo estrujó con fuerza contra sus pechos, que eran enormes. Tras un tiempo prudencial lo miró a los ojos y lo apartó.
—A este hombre no le gustan las mujeres—dijo sagaz y tomando de nuevo al pollo se metió en el interior de la venta.
A Alonso esto le pareció el mayor agravio que había oído en su vida de caballero deshacedor de insultos y entuertos pero, incapaz de tomar represalias contra una mujer de esa envergadura, llevose a su escudero de allí y le preguntó si acaso aquellos pechos le parecieron poco mullidos o sobrados de olor.
—No es eso, mi señor—dijo Sancho—. Es que al apoyar mi cabeza sobre ella no he sentido nada.
—Tal vez si le hubieras  extraído una ubre y pellizcado un pezón, o chupado…—dijo Alonso confundido.
—De poder podría haberlo hecho, mi señor, so pena de morir entre  las manos del ventero, como ese pollo, pero no me habría satisfecho. Porque lo que yo deseo…
—¿Qué deseas, buen amigo? ¿Así de vacía se halla tu alma? ¿No será de nuevo por la ínsula?—preguntó afligido el hidalgo.
—No, mi señor, lo que yo deseo es yacer con vos. Os amo profundamente desde que os vi la primera vez subido a lomos de vuestro flaco rocín. Vuestra gallardía, vuestra figura erguida…
Y así de esta manera fue como le declaró su amor Sancho Panza a nuestro hidalgo caballero, mas de  esta historia no se supo, hasta ahora.
De cómo acabó  todo solo puedo deciros que al final Sancho consiguió su ínsula,  pues otra cualquier cosa le pareció poca a don quijote para alejar al enamorado y callarle la boca, no fuera a pensar el mundo venidero que un aguerrido caballero como él diole pie a tan insólita situación.

fin





miércoles, 13 de julio de 2016

Los pasos de barro (Homenaje a Poe)

Este relato es muy  viejo. Creo que es de las primeras cosas que escribí allá por el tiempo de los dinosaurios. Mis primeros pasos, mis primeros pasos de barro. Lo cuelgo tal cual, si encontráis algún error ortográfico, me lo perdonáis.





Sólo le pido a Dios que tenga piedad
con el alma de este ateo”
Unamuno.
 
Los pasos de barro.

He leído cuentos de terror desde que aprendí a leer, a la tierna edad de tres años. Recuerdo nítidamente las interminables y frías tardes de invierno, contemplando lánguidamente la nieve caer tras los cristales empañados, con un relato de terror entre mis rodillas huesudas y despellejadas. ¡Ah! Lúgubres fantasías acudían a mí, a lomos de una nube negra con forma de jorobado; perniciosas elucubraciones sobre los extraños asesinatos acaecidos en los límites del camposanto, crímenes sin resolver; espeluznantes hallazgos de cuerpos desmembrados por una mandíbula humana; leyendas sobre coleccionistas de córneas y buscadores de cráneos, relatos narrados por la propia sombra del asesino; y alguna bella historia de amor de difuntos, escrita a los pies de una cripta y firmada por el rugido de un trueno.

De esos días entrañables recuerdo, especialmente, el aroma a pino viejo del interior del armario de mi progenitor. Cubículo estrecho, decorado con rosas de papel moradas en sus paredes, que parecían sangrar por los pétalos bajo la luz mortecina de una vela. Dentro del armario las voces sonaban cercanas y familiares. Todavía las oigo, incluso ahora, que mi reciente cargo de enterrador debería mantenerme ocupado y distraído.

Hijo y nieto de enterradores, mi infancia transcurrió entre ataúdes, ornamentos florales, mortajas, últimas voluntades, panegíricos y epitafios. Atesoro una gran cantidad de ellos, y puede parecerte una excentricidad, querido lector, pero algunas me parecen muy hermosas y otras muy adecuadas.

Creo, sinceramente, que uno no puede despedirse de la vida a la francesa. Deberíamos personalizar nuestra partida con una frase que nos defina. Que al leerla, el paseante pueda mover pensativamente la cabeza y asentir en un gesto de admiración, “sí señor, aquí yace un gran hombre”, diría. Una frase escrita al pie de una tumba es como una tarjeta de visita póstuma.

Soy un hombre fuerte, de manos grandes, anchos hombros y frente despejada, pero carente de atractivo físico; escaso en afectos y ducho en algunos temas de los que no suelo vanagloriarme. De luto perpetuo y voluntario, mis ropajes asustan y ahuyentan a las féminas del pueblo; mis modales anticuados las aburren; mis gustos de sibarita les inspiran curiosidad, mas no pasa de ser un interés efímero, pues todo acaba cuando las invito a pasear por los senderos floridos del camposanto. Mi conversación inteligente capta el interés de algunas, pero mis explicaciones versadas sobre temas laborales espantan a casi todas. Así que me hallaba en una especie de impasse amoroso hasta que apareció ella.

Rosalie.

De negro y luna. Cuerpo de mármol y labios de rosas. El cabello de fuego peinado en un recogido alto, con largos y delicados tirabuzones insumisos, que se negaban a permanecer bajo el yugo inmisericorde de unas horquillas con motivos de aves. Pájaros muertos, ensartados en una especie de espada. Este extraño detalle me cautivó.

Y sus ojos, maravillosas incrustaciones de lapislázuli en un rostro níveo, virginal. Rosalie sentía una fascinación por la muerte que me provocaba. Era casi tan peculiar y siniestra como la había imaginado en mis sueños más fantásticos. Hermosa, sensual, culta, provocativa y oscura. Flamígera entre mis sábanas; soñadora y lejana tras los cristales nevados; impávida y abismal durante los entierros.

Comencé a frecuentar su casa. Primero algunos días espaciados, luego me quedaba a dormir. Podía deambular libremente por todas las estancias, con una sola condición: no franquear jamás el portón del sótano bajo ninguna circunstancia. Pero esa puerta de madera finamente labrada, con una empuñadura de plomo en forma de falo masculino, llamaba poderosamente mi atención. En mis sueños me veía agarrando ese miembro enorme y golpeando la madera con saña, y el estruendo producido hacía temblar las paredes de la casa.

Una noche, tomando el té, le pregunté por el motivo de tanto misterio, a lo que respondió que no existía ningún secreto, sólo una intimidad reservada.

-Hay puertas infranqueables, querido Oscar. Quizá no te gustaría lo que hay dentro de ese cuarto. - y rió francamente.

Un secreto que se agazapa tras una puerta cerrada es, para un devorador de historias de terror, como las sustancias florales para las abejas, como un faro luminoso entre las brumas para un barco perdido, como el perfume de jazmines en el cuello interminable y bello de una mujer hermosa. Es perfecto e irresistible.
Mis noches de vigilia transcurrían con los ojos clavados en la ventana, observando el parpadeo rutilante de las estrellas, llegando paranoicamente a pensar que los astros se dirigían a mí en código Morse. Y durante el día me obsesionaba cavilando sobre las oscuridades abismales que habitaban tras esa prohibida puerta de madera.

Pero repentinamente las voces callaron y durante algún tiempo me olvidé del misterio y disfruté del amor apasionado de Rosalie.

Transcurrían las tardes apaciblemente, sentados muy cerca de la chimenea, al calor del fuego, escuchando a Mozart y bebiendo licor de cerezas. Cómodamente en mi butaca, con ella sentada sobre mis piernas, acariciaba sus muslos blancos y sedosos por debajo del vestido, mientras ella me leía con la voz rota y sensual, algún relato de Poe.

Rosalie contaba con una excelsa biblioteca, muchos de esos volúmenes pertenecían al género de terror, entre los que se encontraban algunos de mis autores preferidos.

Mary Shelley, W W Jacobs , Maupassant, Thomas Burke, Agatha Christie, Dickens, Graham Greene, Conan Doyle, de Quincey, Lovecrafft..., y Poe. Aunque llegados a éste punto, nuestro agradable coloquio civilizado acababa siempre en acalorada discusión. Rosalie resultó ser una defensora fiel de Sir Arthur Conan Doyle, médico en la vida real y gran maestro de los relatos detectivescos. Me contaba, con toda suerte de detalles, la historia de Irene Adler, la fabulosa dama que puso en jaque la inteligencia del gran investigador Sherlock Holmes. Por mi parte, yo apelaba a la brillante inteligencia del gran maestro del terror, Edgar Allan Poe, autor del poema El cuervo , padre y creador de los relatos policiales . Por otra parte, - le recordaba con suma dulzura - , las obras policiales de Poe, protagonizadas por el detective Auguste Dupin, fueron terreno abonado para escritores posteriores de este genero. Todo un mundo de literatura ha brotado de aquella semilla plantada por este gran genio del terror. Después acallaba su verborrea ofuscada con un beso apretado y un poema de Lord Byron.

¡Ay! Pero las voces volvieron, primero susurrantes, y más insistentes que nunca después.

Era yo casi un niño cuando comencé a escucharlas. Al principio las oía vagamente, mezcladas entre el ulular del viento. Después llegaron de forma mucho más nítida. Una era tranquilizadora, la otra no, la otra era sincera y me contaba las conspiraciones que se urdían contra mi. Casi siempre he hecho caso de las voces. Y ahora esa voz me hablaba de Rosalie..., la voz sincera.

Mi imaginación cabalgaba de forma descontrolada. Rosalie, bella y ausente. La soñaba despierto, en los brazos de otros hombres, retorciéndose bajo sus cuerpos, gritando de placer al ser penetrada violentamente por ellos. También la imaginaba desnuda, apoyada en la puerta prohibida con el cabello rojo flotando encendido y los ojos llameantes, sinuosa y lasciva. ¡Maldita!

Estos pensamientos me sumían en la locura, y empequeñecía cada día un poco más a su lado. Ella, en cambio, era insaciable. Buscaba mi cuerpo a todas horas, sus uñas rojas escalaban mis piernas hasta coronar mi miembro viril, que temblaba ante su urgencia desaforada. El brillo lascivo de sus ojos era un constante recordatorio de la muerte breve. Perdí mucho peso, pues sus manos afiebradas no permitían mi huida de la cama a la despensa, así que dejé de comer. Perturbado y tembloroso, deambulaba por la casa a obscuras cuando ella dormía, para airear mi aliento a besos y beber algo de agua fresca. Pero en el último sorbo su lamento de sirena hambrienta me reclamaba a su lado en el lecho, aún caliente, y yo como un esclavo acudía presto y enamorado.

Las pesadillas más espeluznantes regresaron a mis noches inquietas.

Y las voces. La voz.

Rosalie me miraba preocupada y solícita, pero yo sabía que me estaba engañando.

Un sueño recurrente:

Mis piernas parecen de cemento pesado mientras cruzo un río de barro entre tumbas profanadas. Hay flores quebradas entre cristales de retratos rotos, calaveras grisáceas que parecen sonreírme mostrando unos dientes provocadores, y la lluvia incesante entre el aparente silencio de los muertos. Unas manos me empujan a seguir hacia delante, mas las piernas se me doblan incapaces de continuar. Al final del barro comienza un pasillo obscuro, que se estrecha a medida que avanzo, cada vez más, hasta que al final casi no cabe mi cuerpo endeble. Empujo la puerta, que para mi sorpresa está sólo entornada, y me adentro en una estancia iluminada con velas. Allí, sobre una mesa alargada reposa un ataúd abierto. Dentro del féretro un hombre con un falo diminuto me observa con lástima. Un terror irracional comienza a devorarme las paredes del estómago. Quiero gritar, mas de mi boca sólo salen telarañas”

Esta pesadilla me asaltaba noche tras noche. Durante el día me paraba ante la puerta y pegaba el oído, intentando escuchar el latido del secreto.

SILENCIO.

Una noche mi propio alarido me despertó de la pesadilla. Tembloroso y empapado de sudor miré a Rosalie. Un relámpago iluminó su rostro pálido y vi que dormía plácidamente. Mi curiosidad era ya insoportable, así que tomando una palanca de hierro y una lámpara de mano salí al pasillo. Lo crucé lentamente, esta vez sin dificultad alguna, y al llegar a la puerta me dispuse a girar el pomo, casi seguro de que estaría cerrada bajo llave, ¡pero cuál fue mi sorpresa cuando cedió suavemente casi sin tocarla! Sin respirar, y acallando los atronadores latidos de mi corazón, iluminé la estancia, ¡y allí estaba! Igual que en mis sueños, el cajón de madera descansaba sobre una mesa alargada, cubierto de flores frescas. Las voces me aconsejaron marcharme de allí corriendo, pero mi insaciable, mi devoradora curiosidad me infundió el aplomo necesario y tomando la palanca me dispuse a abrir el féretro. Tan grande fue la fuerza empleada que éste cayó pesadamente estrellándose contra el suelo, ante mis pies. ¡Jamás mis ojos olvidarán lo que vieron entonces! ¡Un cadáver, en avanzado estado de descomposición se aferraba con las uñas a la madera en un intento desesperado de escapar! Los ojos le colgaban fuera de las órbitas mirándome desde las mejillas hundidas y el rigor mortis había fijado la expresión de la boca de una forma espantosa, abierta en un extraordinario grito de terror.

¡Era yo mismo!

Caí de rodillas riendo a carcajadas.
Y las voces rieron conmigo.


miércoles, 22 de junio de 2016

Tierra de fuego

Tierra de fuego. Este relato tiene como mil años, pero hoy al releerlo me ha vuelto a gustar.



Aquella tarde Olvido Santos Rosario se preguntó, sorprendido, qué hacía ese descomunal cerdo solitario dirigiéndose al borde del acantilado; bufó, distraído, sopesando la idea de que el animal, tal vez romántico en sus adentros, se aproximase en exceso al borde del precipicio para contemplar mejor la hermosa vista de la bahía de Beagle. Un gritito casi ridículo brotó de su boca cuando comprobó que el animal no frenaba su marcha, así que arremangándose la sotana, corrió hacia el imprudente cuadrúpedo todo lo que sus canillas desentrenadas le permitieron. Una vez al lado del cerdo aventurero y conteniendo el resuello, Olvido se abrazó fieramente al trasero del puerco, aferrándose con toda su alma a esos dos posibles asados de cerdo deprimido. El animal gruñó, sorprendido, y se defendió de la única manera que supo: disparando a bocajarro sendas e intermitentes flatulencias atronadoras, huracanadas y pestilentes. ¡Ah! Que nadie sonría cínicamente cuestionando la férrea voluntad del párroco, pues no soltó éste a su presa, que un alma piadosa no se amilana por semejante fruslería. Por el contrario, apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas del rosado trasero asegurando sus pies en las piedras, mientras el animal chillaba de manera  estridente, chillidos que no disuadieron a Olvido, que andaba muy curtido en este tipo de situaciones, no obstante hacía veinte años que era párroco en el lugar más apartado, peligroso y triste del mundo.

De esta manera y no otra salvó Olvido la vida al puerco y, sintiéndose responsable de su suerte, lo llamó Afortunado Santos. Luego, tras una pausada charla amonestadora y acomodando la espalda contra el tronco inclinado de un árbol-bandera, el párroco extrajo de su morral un pedazo de pan, después cortó dos generosas rodajas de tocino, que compartió con Afortunado sin desvelarle, claro está, la procedencia ni el género de la seca vianda. Bebió después un largo trago de vino tinto, mas cuando se disponía a guardar el pellejo observó la mirada lánguida de su nuevo amigo y diole de beber, que nunca pudo el cura resistir una mirada encharcada y ya lo dijo Dios: dad de beber al sediento. Afortunado bebió calmando así la sed y cuando el sol se derramó morado y lila sobre las montañas nevadas, Olvido pensó que también era el momento de solucionar el tema de la soledad del animal. Así se lo dijo al  chancho y éste, que no era tonto, gruñó regocijado y anduvo todo el camino hozando feliz entre las blancas margaritas y los espinosos calafates.

Olvido Santos oficiaba misas en el penal de Ushuaia, más conocido como la prisión del fin del mundo. Siempre quiso ser cura, nunca tuvo dudas y no recuerda haber deseado otra cosa en su vida. Tan sólo una noche le visitó el maligno; fue durante una fiesta de verano: le presentaron a la flaca Cándida y esto aconteció en la sierra cordobesa en una noche cuajada de estrellas. La flaca se arrimó tanto a su cuerpo enjuto y exhalaba un olor tan embriagador a almendra amarga y vainilla que Olvido ya no recuerda cómo ni de qué manera se encontró de repente con sus manos bajo la falda de ella, mas cuando contempló los labios rojos componiendo una sonrisa lobuna, cuando se vio reflejado en los ojos más negros del mundo tembló, y, arreglando azorado las trenzas de la chica, salió corriendo saltando vallas y cruzando ríos. El viento helado e impertinente de la Patagonia lo fue empujando hasta Ushuaia y paró justo en la puerta de una extraña y estrellada fortificación de cemento. Santos se presentó allí con una biblia vieja poco después del gran motín de 1902 y allí seguía aun cuando Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, llegó en 1923 para pagar una condena por cuatro homicidios, varias tentativas de asesinatos e innumerables incendios.

Cuando Olvido subió a Fortunato a bordo del trenecito, en el que los penados volvían del Monte Susana tras un duro día de labor, causó una gran algarabía, todo fueron risas y palmotadas, de hecho el cura frustró varios intentos de degollamiento e incluso mordiscos infructuosos por parte de los presos a los lustrosos jamones del erizado Fortunato, pero piadoso y paciente como era el cura, los absolvió  con la advertencia de que no causaran daño al chancho, pues de ahora en adelante –les informó—el animal formaría parte de la banda de música del penal. Todos vitorearon felices el nombramiento y plegaron las hojas de sus colosales navajas para mejor ocasión.
Pero este nuevo miembro no fue del agrado del Petiso Orejudo,  pues desde que los médicos del penal le practicaron una reducción de orejas basándose en los estudios seudocientíficos de un tal Lombroso que afirmaba que en las descomunales orejas del asesino radicaba su gran maldad, no soportaba la visión de un ser con los pabellones auditivos intactos.

Desconocida era de todo punto la consanguineidad existente entre el cura y el preso Petiso Orejudo. Cuando Olvido Santos ingresó como párroco en el recinto, Cayetano Santos ladeó la cabeza y nada más le dijo estas palabras a su hermanastro: si hablas te rajo el cuello y te cerceno luego ese pellejo que te cuelga entre las patas.

Y es que sabía Olvido demasiadas cosas del pasado del Petiso, asuntos espeluznantes; se le ennegrecía la bilis cuando recordaba a los niños, no solo a aquellos por los que el Petiso cumplía condena, sino a los que andaban desaparecidos, sin un entierro digno. De esto habló muchas veces en la oscuridad de su cubículo con el bueno de Fortunato. El animal lo miraba con los ojos del que entiende todo pero no encuentra la manera de expresarlo y el cura le explicaba más y más sobre aquellos pequeños asesinados en terrenos baldíos, apartados de la mano del padre, desatadas las manitas puras del delantal de la madre, engañados con dulces golosinas, tal vez empujados por el viento de aquel  lugar que doblaba a los árboles por la cintura. Lloró el pobre chancho cuando el cura le habló del niño Gerardo Diordano, esa pobre criatura que, engañado,  caminó de la manita del monstruo hasta un lugar baldío y allí, desesperado, se resistió cuanto pudo. Pero la maldad no conoce límites y cuando el pérfido asesino comprobó la ineficacia del estrangulamiento encontró una manera aún más cruel de acabar la faena rematándolo con un clavo, que le atravesó las sienes de un extremo al  otro; sí, mi querido Fortunato -le dijo Rosario Santos-, y aún tuvo la osadía de comparecer en el velatorio y pellizcar esos mofletitos abotargados, añadió.

Convirtiéronse el cerdo y el Orejudo en acérrimos enemigos; odiábanse a muerte y lo demostraban a la menor ocasión. No soportaba el animal la presencia menuda del asesino, ni sus ojos muertos y detestaba hasta el escalofrío Santos la mirada húmeda del bicho.
Algunas noches fue testigo el cerdo de las vejaciones que sufría El petiso en la lechosa claridad de su celda, casi siempre perpetradas por un par de presos forzudos, que lo reducían en silencio a puro golpe de puño, violándolo después mientras le susurraban terribles amenazas. Cuando se iban, Santos se limpiaba la agria mezcolanza de sangre y semen que le brotaba del culo y permanecía acurrucado en un rincón temblando de ira, sumido en las más violentas ensoñaciones de venganza. Y como es este un sentimiento que funciona mejor dejándolo enfriar, el Petiso dejó pasar los días y las noches mientras perpetraba un plan de justicia. 

En aquellos días correteaba por los pasillos carcelarios una joven gatita rubia recientemente adoptada por un preso que cantaba tangos en las noches estrelladas. Alguien dijo que ese preso se llamaba Carlos y que ingresó en el penal por un lío político, aunque luego se supo que tan solo era un jaleo de faldas; el caso es que el tanguista jaranero encontró a la felina rallada casi congelada en un día de nieves terribles y cobijándola en su pecho la subió al trenecito que cada día tomaban para volver a prisión. La coqueta minina se convirtió en la alegría del penal con sus correrías alocadas enamorando así a toda la comunidad carcelaria, que babeaban de alegría al verla pasear frotándose, con su aterciopelado cuerpecito, a las piernas de los vigilantes para imprimir en ellos su aroma montuno. Fortunato, celoso por los encantos femeninos, a punto estuvo en varias ocasiones de aplastarla con su peso para infringirle una muerte lenta y dolorosa, mas cuando la gatita colgó por fin sus enormes ojos de albahaca en los del cerdo éste olvidó para siempre sus instintos asesinos y asumió que aquella damisela coqueta resultaba de todo punto adorable.

Y tan adorable era que nadie entendió por qué una mañana apareció su cuerpecito esponjoso con una cuerda alrededor del cuello y la lengua fuera de la boca. Lloraron los presos; sí,  esos grandes animales musculosos se sorbían las lágrimas y los mocos, e hipaban compungidos, mas no todos, pues el petiso orejudo conservó una leve sonrisa de todo punto maligna y delatora.

Fue Fortunato quien, plantado delante de la celda de el Petiso Orejudo, chilló como sólo lo hacen los cerdos, estridente, furioso, colérico; golpeó con su cabeza los barrotes creyéndose tal vez otro animal que no era; a su rabia encendida acudió Olvido. Se miraron fijamente los hermanastros a través de las rejas y supo Olvido que era él el causante de todo ese dolor. Olvido levantó su dedo índice en silencio, un dedo acusador que bien podría haber sido una bala. Dedo que todos vieron,  y a partir de ese momento solo se escucharon dientes rechinar y mandíbulas crujir. Silencio. Nadie habló porque todos sabían lo que se debía hacer. Tan solo cabía esperar una noche de luna dormida.
Dos noches después, cuando la totalidad del monstruo de cemento estrellado se recogió en el silencio, cuando los barrotes se cerraron tras los cuerpos castigados, las manos rudas de los penados se cernieron sobre el cuerpo del Petiso.
Dicen que en medio de un  rio de sangre una voz aterciopelada cantó el tango más triste de su vida.

Fin.

lunes, 20 de junio de 2016

336 gramos



Después de la verbena de san Juan, vino la fiesta y luego el día laborable. Ese día no me apeteció ir al gimnasio, no sé por qué. Fue uno de esos días en los que te despiertas inapetente de todo.  El día anterior había sido raro. Viniendo por la autopista fuimos testigos de un accidente de tráfico entre un coche y una moto. El motorista voló por los aires. Tenía esa imagen anclada en la cabeza y me sentía extraña. Pero no creo que ese fuera el motivo de no ir al gimnasio. Lo que ocurre es que debía recibir una llamada de teléfono y  tenía que estar en casa, porque así estaba escrito que sucediera. La llamada llegó a eso de las once de la mañana. Una voz muy conocida me dijo “tu hermano a muerto. Está en el tanatorio. Díselo a los demás, anda, que yo no tengo fuerzas”. Recuerdo haber resbalado hasta el suelo. No, no fue un desmayo, solo es que no me sostenían las piernas. Curiosamente en lugar de llorar me puse a llamar al resto de los hermanos. Unos gritaron, otros guardaron silencio, de otros solo escuché una exclamación ahogada y luego el golpe sordo de un cuerpo al caer.

El último beso solo se lo dimos sus mujeres. Su esposa y sus hermanas. La madre no. La madre no podía despedirse así.  Nos lo sacaron en una camilla de traslados, de las que hay en el mortuorio. Poco después debían hacerle la autopsia y nos dejaban decirle adiós antes de eso. Nunca pensé ver así a mi compañero de juegos. A mi mejor amigo. La verdad es que su color era excelente, es lo que tiene el monóxido de carbono, aporta un color que duele, porque al besar no esperas encontrar ese frio helado. Parecía dormido y mis hermanas lo besaron en las mejillas. Su mujer lo besó en los labios. Yo acerqué mi oreja a su pecho y lo besé allí donde ya no se escuchaba nada. Más tarde me dijeron cuánto pesaba ese silencio: 336 gramos. Ahora lo llevo tatuado tras la oreja para escuchar siempre su latido.



...

martes, 10 de mayo de 2016

Donde moran los espíritus






(Ganador popular del concurso de primavera de Abrete libro)


Debo confesar que hay muy pocas cosas en este tedioso mundo que me gusten más que perderme por los nebulosos bosques del pantano de Hockomoc. Esa ciénaga es el corazón de un triángulo maldito y las tres puntas que conforman esa peculiar caja torácica son las ciudades de Abington, Rehoboth y Freetown. Los indios Wampanoag se referían a él como «ese lugar donde moran los espíritus» y contaban, a todo aquel que se prestaba a escuchar sus historias, que uno debe andar con mucho cuidado cuando se pierde por esos humedales, porque a veces el viento trae voces engañosas que te empujan a la locura o a cometer actos poco cristianos.

Las desapariciones de extranjeros tragados por espejismos hicieron famoso el lugar a nivel internacional, pues no pocos sabuesos vinieron husmeando tras la huella de algún extraviado. Con el tiempo se confirmó que todo aquel que se perdía en esos espejismos ya no se le veía más en ningún otro lugar del mundo. También influyeron a la mala prensa del lugar la aparición de animales mutilados con fines satánicos, o la continua profanación de los cementerios. No eran infrecuentes tampoco las noticias de encuentros en mitad del bosque con animales de dimensiones grotescas; algunos hablaban de perros del tamaño de un caballo o de serpientes dotadas de una circunferencia imposible o animales no catalogados por no haber sido aún descubiertos. Si preguntabas en alguna taberna casi todo el mundo allí presente juraba haber visto en alguna ocasión sobrevolar al famoso pájaro trueno en su viaje hasta la bahía de Massachusetts. El Thunderbird.

Yo sonrío condescendiente cuando escucho estas leyendas. A mí nunca me ha ocurrido nada reseñable en estos parajes maravillosos, donde lo único que sucede es que el aire huele ligeramente a podrido a causa de la excesiva humedad, o que hay que andar con mucho cuidado para no caer en un pozo de arenas movedizas. A veces, si no me encuentro demasiado fatigado de los pulmones, hago el recorrido atravesando el río en una vieja canoa que perteneció a mi padre. Cuando me noto exhausto la empujo a la orilla y camino un poco hasta los robledos, buscando un lugar idóneo donde sentarme a escribir.

Ya les he confesado que nunca he sido testigo de ningún avistamiento inquietante, pero si tengo una anécdota curiosa que me gustaría contarles:

Corría el otoño de 1921. Recuerdo muy bien la fecha porque hacía muy poco que había fallecido mi madre. Por aquellos días no paraba de escribir, pero cuando el techo de mi casa se me antojaba más cercano de lo habitual me escapaba a los bosques y allí, en aquellos parajes temidos, era donde yo me concentraba mejor en mis personajes extraños.

Aquel día en concreto paseaba tan absorto que tropecé con algo y caí de bruces en mitad de un charco de barro. De la garganta del bosque salió una voz que me pidió disculpas. Pensé, sorprendido, que se trataba por fin de mi primer avistamiento, un asunto que no dejaba de ilusionarme, pero no, la voz provenía de un sujeto que descansaba apoyado en el tronco grisáceo de un roble.


 —Tropezó con mi pierna. Lo siento, he estropeado su traje—dijo azorado.
—¡Vaya! Perdone, pero es que no lo vi. Si buscaba usted mimetizarse con el roble permítame decirle que lo consiguió por completo—le dije, sacudiendo el barro de mis pantalones—No tiene buen color. ¿Se encuentra bien?
—No se preocupe—dijo— Lo que ocurre es que salí a tomar un poco el aire y de pronto me sentí desfallecer. Pero ya me encuentro un poco mejor. Muchas gracias, es muy amable.
—¿Vive usted por aquí cerca?—pregunté de manera cortés.
—En la casa gris. Mírela. Parece que va a derrumbarse de un momento a otro—dijo señalándola con el dedo—. No se engañe, por dentro aún es peor. La humedad la está devorando.
—No lo tome a mal, pero sí que parece un lugar muy triste—dije examinando con atención aquella casa destartalada. Si tuvo un tiempo de esplendor resultaba muy claro que no era el momento presente—. Es curioso, pero no recuerdo haber visto nunca esa casa y puedo asegurarle que conozco muy bien este lugar.
—No lo tomo a mal—dijo encogiéndose de hombros—. Ahora debo volver. Está anocheciendo y como sabrá no es prudente deambular por los bosques cuando cae la noche.
—¿No creerá en serio en esas ridículas leyendas?—dije sonriendo divertido.
—Bueno, recuerde que los caimanes son enormes por esta zona—dijo—. Y su apetito no tiene límites.

Pensé que se iba a incorporar y, solícito, extendí mi mano para ayudarle, pero lo que hizo, ante mi perplejidad, fue tumbarse boca abajo. Luego comenzó a arrastrarse muy despacio. El deslizamiento era ciertamente sinuoso y la escena completa, vista desde mi gran altura, me pareció espeluznante. Espantado, miré la casa y la vi demasiado lejana para alguien que pretendía volver a ella de ese modo.

—Vaya, lo siento—le dije, intentando disimular mi aversión—. No advertí su incapacidad física ¿Quiere que le ayude de algún modo? Puedo ofrecerle mi apoyo.
—¡Oh, no! Estoy acostumbrado—dijo sin levantar la cabeza.
—Pero no puedo permitir que vuelva a su hogar de esta manera. ¿Acaso no sabe que se lo pueden tragar las arenas movedizas? Le suplico que me deje ayudarlo de algún modo. No se ofenda, pero parece liviano. Creo que podría cargar con usted sin demasiado esfuerzo. Permítame intentarlo.
—Podría jurar que conozco estos parajes mejor que usted. Déjeme tranquilo—farfulló.

Su manera de avanzar era realmente hipnótica y me quedé quieto contemplando como se alejaba despacio, tanteando y vadeando el terreno antes de avanzar. Después, sin proponérmelo, comencé a seguirle procurando amortiguar mis pasos. La noche era casi cerrada y me preocupaba dejarlo solo. Sé que advirtió mi presencia, pero no dijo nada. Cuando se disponía a escalar los peldaños que daban al porche me preguntó, sin girar la cabeza, si quería pasar adentro a tomar una copa. Le dije que sí, algo avergonzado de mi atrevimiento.

Cuando traspasé el umbral, un profundo olor a rancio, orines y humedad golpeó mi nariz y contuve una arcada. Al punto me arrepentí de haber aceptado su hospitalidad, pero ya era tarde; marcharme habría resultado una descortesía, tal vez un agravio entre vecinos. Por dentro la casa era sumamente lóbrega; los muebles, que supuse demasiado altos e inservibles para alguien que se arrastra, estaban tapados con sábanas y los que permanecían descubiertos mostraban una generosa capa de polvo. Las paredes amarillentas lucían casi desnudas y manchadas de humedad. Solo un cuadro bellamente ornamentado presidia el centro del salón. Dentro del marco había una mujer muy joven que posaba con un niño sentado sobre sus faldas. Me vio admirarlo con suma atención.

—Es Beatriz, mi madre, y el niño sentado sobre su regazo soy yo. Tenía siete años—dijo con amargura—. ¡Oh, perdón! Mi nombre es Howard Price.
—Philip Hoffman—dije ofreciéndole mi mano— ¿Puedo preguntarle qué le ocurrió en las piernas? ¿Un accidente tal vez?
—Es un tema del que me aburre hablar, pero si tanto le interesa le diré que ya nací así—dijo sonriendo tristemente, si es que se me permite el oxímoron.
—No pretendía incomodarle—dije yo, bastante turbado—. Soy escritor ¿Sabe? Y los escritores tenemos una lengua muy larga y a la sazón una vergüenza muy corta. Permítame decirle, para compensarle,  que su madre era una mujer muy hermosa.
—Ya estaba muerta cuando le hicieron esa foto—dijo con expresión lacónica—. Si se acerca usted un poco comprobará la vacua opacidad de sus ojos. También la expresión es algo triste, aunque serena. Sus frágiles muñecas estaban unidas con un lazo fuerte para simular que me abraza. Parece que me sujeta con mucho amor, ¿verdad? Poco antes de expirar suplicó que tras su muerte nos hicieran una foto juntos, para que su recuerdo no se perdiera en los pasillos de mi memoria ¡Oh! Disculpe, otra vez lo he espantado.
—He oído hablar de la fotografía post mortem, pero nunca había visto nada igual—dije avergonzado de mi nueva indiscreción—. Tal vez sea el momento de marcharme, antes de que mi lengua mordaz e imprudente salga a pasear de nuevo.
—Le imploro que no lo haga y que acepte esa copa que le ofrecí. Sé que mi forma de comportarme ha podido resultarle algo huraña; no suelo tener compañía y casi he olvidado el protocolo y los buenos modales. Prometo redimirme. No me deje solo, por favor.
—Como nadie ha salido a recibirnos y no se escuchan voces ni ruidos, doy por hecho que vive usted en la más completa soledad. No entiendo entonces su miedo repentino. Ya debería estar acostumbrado—dije mirando a nuestro alrededor.
—Lo estoy, en efecto. No sufrí de temor hasta ahora—dijo.
—¡Vaya! —dije sorprendido—. Puedo quedarme un rato a hacerle compañía,  si eso lo beneficia de algún modo. Aceptaré con agrado esa copa.
—Aunque es posible que le esperen ansiosos en su hogar—dijo preocupado—. Su esposa, sus hijos.
—No se preocupe. Yo también estoy solo. Mi madre murió recientemente.
—Lo siento—dijo apenado.
Serví, por encomendación suya, dos tragos generosos de brandy y me senté en un sillón que daba a la ventana.
De pronto las copas vibraron ostensiblemente sobre la mesita y rodaron después hasta el suelo. Pensé que era un temblor de tierra y lo miré con las cejas levantadas.
—Es la casa. Se estremece toda entera cuando llega la noche—dijo.
Serví de nuevo otros dos tragos y como no dije nada me miró largamente. Su mente hervía. Casi podía notarlo.
—Si acepta mi hospitalidad le contaré algo espantoso—dijo bebiendo su licor para tomar fuerzas—. Y tal vez entienda mi temor a la soledad.
Una voz dentro de mi cerebro gritó que nada podía haber más espantoso que arrastrarse como una babosa dentro de una casa medio destruida enclavada en medio de un pantano maldito. Pero me sosegué y bebí un trago yo también.
—Estoy dispuesto a escucharle. Cuénteme eso que tanto le aterra.
Noté que tenía miedo de volver a revivir aquel momento y le animé a hacerlo con un movimiento amable de cabeza.
—Como ya le dije antes estoy acostumbrado a vivir solo—dijo—. Nunca le di pábulo a todas esas supercherías que cuenta la gente; no me asustan las tormentas y ya sabe cómo se las gasta el cielo por aquí; no me inmuto cuando en el silencio de la noche las ramas nudosas de los árboles aporrean mi puerta una y otra vez con insistencia, que pareciera que quieren entrar y nunca he sabido para qué. No me incomoda pensar, tampoco, que tal vez alguna mañana no despierte más y no haya nadie que lave y  amortaje después  mi pobre cuerpo. Lo más probable es que mi cadáver permanezca días tendido sobre la cama o el suelo, hasta que algún visitante fortuito entre buscando cobijo o agua y me descubra podrido y recubierto de gusanos. Sé que eso ocurrirá tarde o temprano, lo asumo y no me preocupa demasiado. Ha sido testigo, hace un momento, de que no me altero tampoco cuando la casa se estremece toda entera. Entiendo y acepto que es la lucha constante que mantiene con sus cimientos. Ya le he dicho que el pantano la está atrayendo hacia él. Cada día está un poquito más cerca.
Lo miré perplejo, pero levantó la mano para rogar mi silencio.

—Comprobará con este discernimiento mío del que le hago partícipe que no soy un hombre fácil de amedrentar. Pero la cosa cambió hace dos días. Esa mañana desperté muy temprano; casi no había amanecido porque la luz de mi cuarto era difusa y plateada. Fuera, en las montañas,  el viento soplaba huracanado y se colaba por la ventana entreabierta haciendo bailar los blancos visillos. Era maravilloso, tanto como ver agitarse los largos cabellos de una mujer al borde de un acantilado. Así de extasiado me hallaba, cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solo. Primero fue una sensación que me oprimió fuertemente el pecho. Cuando me crucé con sus ojos amarillos la sensación se convirtió en certeza. Como no podía huir grité con todas mis fuerzas, pero de mi boca abierta y desencajada no salió sonido alguno. Todo era inútil, el pánico me tenía paralizado. Lo único que podía hacer para protegerme de mi visitante era cerrar los ojos, como los cierran los niños para esconderse del mundo. Y esperar a que se marchara.

—¿Tiene miedo de que vuelva?—pregunté—¿Eso es lo que le asusta?
—¡Sí!—exclamó desesperado.
—¿Y qué cree que busca ese visitante nocturno de usted?—pregunté escanciando un poco más de brandy en las copas. Ambos lo necesitábamos.
—Tengo la sospecha de que viene a llevarme con él—respondió muy pálido—. ¡Dios bendito! ¡Quédese esta noche a mi lado! Esta casa es muy grande y poseo habitaciones de sobra. Nada más le pido que vigile usted la puerta de mi cuarto. Oiga, amigo mío,  tengo mucho dinero, podría…, podría pagarle si es necesario.
—No sea ridículo—exclamé ofendido—. Nunca aceptaría su dinero. Por otra parte si es por su bien pensaré en su ofrecimiento, pero debe prometerme que mañana acudirá a un médico de los nervios.
—No estoy loco—gruñó avergonzado.
—No he dicho tal cosa—dije para suavizar la situación.

Meditabundo me acerqué a mirar por la ventana con las manos juntas en la espalda. La noche era terrible. Había comenzado a llover con fuerza y la vuelta a casa bajo aquel temporal podría ser realmente peligrosa.
—Dormiré aquí—concedí—. Es muy tarde y la tormenta arrecia.
—En el piso  superior hay dos habitaciones—explicó aliviado—. La mía es la más pequeña. Puede utilizar la otra;  encontrará mantas suficientes dentro del armario. Solo le suplico que deje usted la puerta entornada.
—Así lo haré. ¿Quiere que le ayude a subir?—dije.
—Ya ha visto que puedo hacerlo por mí mismo. Pero se lo agradezco mucho. Buenas noches, Philip.
—Buenas noches, Howard. Descanse—dije.

Lo vi iniciar el ascenso por aquella escalera empinada y tragué saliva. Los escalones estaban tapizados con una suerte de terciopelo grueso y pensé que tal vez, en otros tiempos muy remotos, alguien lo había arreglado de ese modo para que el trayecto no fuese tan doloroso. ¿Quién pudo ser así de benevolente? ¿Su madre devota? ¿Tal vez algún criado caritativo? De pronto imaginé al niño que fue y lo vi anclándose a los escalones con sus uñitas minúsculas y vi las piernas pesadas y sentí los golpes de la carne infantil contra la madera. ¿Por qué no habían habilitado un cuarto en el piso de abajo para evitarle esa tortura? ¿Por qué no lo había solucionado él mismo, si tenía tanto dinero? ¿Podría tratarse de algún tipo de expiación? ¿Cómo podía ser posible que un ser tan limitado viviera solo en mitad de aquellos parajes inhóspitos? Las preguntas se agolpaban en mi boca una tras otra, pero sentí vergüenza de hacerlas.

Mi habitación era austera y olía a rancio como el resto de la casa, pero tenía unos grandes ventanales y supuse que de día las vistas al pantano debían ser muy interesantes. Saqué las mantas del armario y me tumbé vestido sobre el lecho. No me atreví a dormirme por si mi anfitrión sufría de sus miedos, pero estaba tan cansado que pronto me venció el sopor.

Al amanecer me desperté sobresaltado porque no reconocí, en primera instancia,  el entorno donde me hallaba. Después recordé los hechos acaecidos y me incorporé, nervioso. Había dejado de llover y efectivamente las vistas, aunque irreales,  eran magníficas. Miré el reloj y comprobé que era una hora adecuada para pasar a ver a Howard.
Cuando entré en su cuarto mi anfitrión yacía de lado, mirando hacia la ventana. Sé que me oyó entrar pero no habló. No quise mirarlo a la cara y me senté en el lado opuesto del lecho.
—¿Cómo fue la noche?—pregunté solícito.
—No hizo usted nada por mí—dijo en un sollozo—. Debió tirar la puerta abajo.
—¿Insinúa usted que el visitante nocturno volvió anoche?—pregunté alarmado.
Contestó a mi pregunta con otra.
—¿Por qué motivo cerró mi puerta cuando me dormí?—gritó.
—¡No lo hice!—exclamé sorprendido—¡Alabado sea Dios! Cuénteme qué sucedió.
—Cuando desperté esta madrugada vi la luna reflejada en el pantano. Debí dormirme mirando la lluvia caer, resbalando por los cristales. Craso error. Si hubiese sido más previsor me hubiera dormido del otro lado. El caso es que cuando desperté volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior. Estaba de espaldas a la puerta y no me podía mover. Pero yo sabía que esa cosa estaba aquí, porque olía a aguas estancadas. Le llamé a usted con todas mis fuerzas.
—Tal vez pensó que me llamaba—dije consternado.
—Eso ya no es importante. Cuando se hizo el silencio lo oí arrastrarse hasta la cama—dijo—. Sí, ha oído bien, también se arrastra, por supuesto que sí. De pronto noté su aliento en mi nuca y escuché sus dientes rechinando cerca de mi oreja. Me susurró algo en un idioma extraño. Las palabras, si es que pueden llamarse así, eran cortas y sonaban como chasquidos de lengua. Pensé que me iba a llevar por fin y cerré los ojos despidiéndome de este mundo. Fue entonces cuando recordé a mi madre. ¡Qué hermosa era! ¿Verdad? Lo dijo usted mismo. Mi padre nos abandonó cuando yo nací. ¿Y sabe por qué se marchó? Porque mi madre le contó, esplendorosa y sosegada, que el parto había sido muy rápido, que yo había salido de su cuerpo resbalando como un lagarto en medio de un charco de agua turbia. Mi padre debió pensar que su esposa deliraba por los esfuerzos del alumbramiento, pero cuando la partera me llevó en brazos para que me conociera y contó mis dedos y vio que sólo había cuatro en cada mano no le gustó en absoluto.

—¡Espere! ¿Insinúa que uno de esos seres pudo visitar a su hermosa madre en su lecho? Entonces, usted podría ser el fruto de… ¡Santo cielo! ¡Eso que dice es aberrante! Oiga, Howard, ¿y no podría ser que todo esto que me está contando solo fuesen imaginaciones suyas?—dije intentando poner algo de sensatez en todo ese embrollo— Además ¿por dónde entra su visitante nocturno si la puerta principal está cerrada? ¿No me irá a decir ahora que llega en forma de agua y se materializa en su presencia? Mire, yo creo…

Howard se volvió furioso y sus ojos me miraron enloquecidos. Tenía los pantalones manchados de orina.

—Yo creo, yo creo… —dijo, burlándose con desprecio—. ¿Sabe lo que pienso? Que usted no quiere aceptar lo que ven sus ojos. Cuando me vio esta tarde apoyado en aquel árbol dijo que mi color era extraño, pero no dijo que es verde. Tampoco habló de mi piel escamada, ni de las protuberancias de mi espalda. Me vio desplazarme boca abajo, arrastrándome sobre el barro y pensó que soy un inválido ¡Por el amor de Dios mire mis manos!

Suspiré y me incorporé, vencido,  dispuesto a marcharme.

—Vendré mañana a visitarlo—dije—. Howard, escuche, yo soy escritor y en mi cabeza todo cabe, pero oiga, en cuanto a esos seres que dice que habitan en los fondos del pantano, yo…yo no sé qué decirle. Nunca he visto ninguno y tampoco he oído hablar de ellos. Por aquí abundan las leyendas de toda índole, eso ya le consta a usted, pero nunca nadie habló de individuos reptantes que abandonan la ciénaga cuando sale la luna, para colarse en la casa o en la cama de los parroquianos. Y entienda que tampoco puedo creer que la casa tiemble y se desplace por ese motivo que usted alega. Seguro que esos corrimientos se deben al tipo de terreno movedizo. Ahí debe estar la explicación. Y permítame confesarle que sí me fijé en su aspecto, pero me pareció el de un pobre hombre desvalido y solitario, carente de compañía y de afecto. La soledad y la penumbra  tintan los rostros de colores infrecuentes.

Me quedé un instante de pie esperando algún tipo de respuesta y como no la hubo me retiré, impotente aunque aliviado a la vez.

Pensé en volver al día siguiente, pero no lo hice. Ni al otro. Cuando transcurrió una semana sentí tantos remordimientos de haber dejado a aquel tipo a su suerte, que intenté olvidarme del suceso.

Poco tiempo después mi salud se resintió de manera ostensible y me marché de aquel triángulo venenoso. Una vez que me hallé lejos, y tal vez para sosegar mi conciencia o para homenajear el recuerdo de aquel pobre desgraciado al que no supe consolar,  escribí un nuevo relato que titulé «Los oscuros» . En él conté la historia de una enorme ciudad de piedra blanca enclavada en el fondo de un pantano, una fortificación habitada por unos seres primigenios, que de vez en cuando se arrastraban hasta la superficie para recuperar lo que era suyo. Y como no era posible que esos seres se movieran entre el barro más espeso de los fondos, creé una suerte de vacío cavernario, allá cerca del núcleo de la tierra. Escribí sobre otros mundos horrorosos, yo, que nunca he sido testigo de nada fuera de lo normal.

Pero uno no puede estar lejos de aquello que conoce y ama, por ese motivo hace poco que he vuelto de nuevo a este lugar que me resulta tan familiar. Mis pulmones están más enfermos que nunca y no se me ocurre un lugar mejor donde morir. A veces, apurando las escasas fuerzas que me quedan,  me siento muy tentado de volver al pantano, porque añoro su aliento malsano. Pero ahora tengo miedo. Tengo miedo de que al fin y al cabo Howard Price tuviera razón. Imaginen ustedes que al llegar allí solo encontrase un enorme y profundo agujero donde antes había una casa gris, porque si eso resultase cierto entonces serían mis propios demonios los que podrían visitarme de noche, cuando duermo. Tal vez para llevarme con ellos, ahora que está tan cercana la muerte.

Fin