sábado, 13 de enero de 2018

La más bonita

(Basado en una leyenda mexicana)


La primera vez que la vio fue en el escaparate de una tienda de vestidos de novia, sita entre Ocampo y Victoria, Chihuahua. Iba buscando una pensión barata, un espacio limpio, donde se cocinara bien y se preguntara poco. El último encargo había resultado desastroso. Aquel imbécil se había resistido a morir de una manera ridícula, casi hipnótica. A Manuel no le gustaba nada que las cosas sucedieran de ese modo, que una cosa es matar por dinero y otra muy distinta regocijarse en el hecho.
Aparcó el Plymouth una cuadra atrás y decidió caminar. La noche anterior se había cambiado el color del pelo del negro al rubio; unas gafas de sol, un sombrero de ala ancha y una funda de saxofón completaban el cambio de aspecto. Manuel se había mirado al espejo en una tienda de ataúdes y había sonreído. No lo reconocería ni su propia madre si lo tuviera delante.
Y entonces la vio.
Se despojó de las gafas y entrecerró los ojos para enfocarla mejor. Entonces, solo entonces se dio cuenta de que era una figura, un maniquí. Estaba de pie, erguida como una reina, subida en un pedestal de terciopelo rojo. Lucía un vestido nupcial con el cuello brocado, el escote recto y una chaquetilla corta de encaje blanco que le cubría los brazos. La rodeaba una multitud de jóvenes casaderas que, juntando las manos en el pecho, exclamaban arrobadas que ellas querían lucir así el día de su enlace y se precipitaban dentro del local para suplicar el mismo modelo. El mismo, que no querían cambiar ni un encaje, ni un largo, ni una sisa.
Era la  novia más bonita que había visto en toda su jodida existencia.
Se abrió paso a codazos entre aquella turba demenciada y chillona y cuando llegó al escaparate pegó la nariz al cristal buscando el rostro de la diosa. Ni un pestañeo en aquellos ojos estrellados, ni un temblor en la comisura, ni un aleteo de nariz. Nada. Parecía un ángel congelado. Pero aquello no podía ser cierto. Debía ser una broma, un anzuelo para captar clientela. Eso sería. De un momento a otro la chica estática sufriría una rampa, o bostezaría o estornudaría con un estornudo de colibrí y entonces violaría  esa inmovilidad de mimo con una sonora carcajada que los espectadores corearían con un alboroto de aplausos. ¡Si hasta tiene venitas en el blanco de los ojos!, exclamó confuso. Una vieja cubierta con un abrigo de armiño  asintió y le comunicó solemne que siempre sucedía así.
—Así es ella, joven, hasta aquí acuden peregrinos de todo el mundo solo para colgarse de sus ojos. Y hay quien dice que copiarle el vestido trae suerte.
—¡Pero si es que es perfecta! —exclamó Manuel gesticulando, poseído—. Esos ojos no pueden ser de cristal. Y mire sus manos, si hasta la línea del amor está dibujada. Y las uñas, si hasta pareciera que se las muerde. No me creo que sea de cera. Es un truco propagandístico.
—Eso es exactamente lo que dicen todos los viajeros —contestó la anciana, paciente—. Luego se van a beber para olvidarla y a la mañana siguiente están de nuevo aquí, pegados al cristal y suspirando por ella. Algunos hasta se traen mariachis para cortejarla. Y crea que no le miento cuando le digo que muchos se han arrodillado ante la dueña de la tienda para pedir la mano inerte de la novia.
—Veo que es experta en el asunto. Si me cuenta usted la historia del maniquí le diré la manera de rebanarle el pescuezo a alguien y que no se entere hasta que su boca se estrelle contra el suelo polvoriento —dijo Manuel sacándose el sombrero, ceremonioso y sonriente—. Mi nombre es Manuel y una vez vi correr a un tipo ocho metros buscando su cabeza.
—Como un pollo en la nochebuena. Nunca oí presentación más ufana, joven. Y, dígame, ¿lo mató usted con ese saxofón suyo? —preguntó la anciana jocosa, ofreciéndole su brazo enjoyado y pellejoso—. Las leyendas se cuentan al amor de la lumbre o no se cuentan.
—Estaré encantado de acompañarle, pero solo si me promete no hacerme proposiciones deshonestas —dijo Manuel enlazándose.
La quinta de la anciana era una recreación romántica en concordancia con el gusto de la época, ecléctica, un poco de románico por aquí y un poco de renacentismo por allá. Es la quinta de descanso, le dijo a Manuel con esa desgana elegante que usan los ricos.
—Hasta 1879 fue un asilo particular para mendigos, tiempo después la transformaron en un asilo para viejos; mi esposo la adquirió para mí y aquí fuimos muy felices, hasta que perdimos al pequeño Alonso, nuestro único hijo, el heredero. Una muerte muy trágica de la que siempre se culpó mi esposo y de la que preferiría no hablarle. ¡Oh, pero no me permita usted que me ponga melancólica! Tomaremos ese sotal de inmediato. Y si no ha encontrado alojamiento puede quedarse a dormir si quiere, tengo cuartos de sobra, ya lo ve.
Manuel le agradeció la hospitalidad dándole un beso suave en la mejilla de lagarto.
—Venga, le mostraré el interior —dijo la mujer guiándolo hasta un fastuoso salón de techos altísimos—. Este es el salón de recibir, como bien verá. Mi esposo mandó traer muebles de todo el mundo. ¿Ve esa hermosa cómoda labrada? Perteneció a Luis XIV. ¡Oh! Y no deje de admirar allí, pegada al muro, esa cajonera que perteneció al mismísimo Napoleón. A la derecha se encuentra la biblioteca. Mi esposo la mandó forrar de caoba roja, y ahí junto a las abigarradas pilas de libros construyó también un finísimo armario para sus armas de caza. Nada era lo bastante bueno para mí.
El monzón trajo lluvia esa tarde. La velada transcurrió en una habitación acristalada que daba a un jardín de árboles llorosos. Fuera los truenos se volvieron violentos. Manuel le habló a la vieja de su ajetreada vida de músico, de los viajes frecuentes, un día aquí, otro allá, de las noches sin dormir, del desapego del artista.
—No tiene ojos de músico, mi querido amigo, los ojos de los músicos brillan de la fiebre. Los de usted son fríos.
Manuel sonrió levantando su copa a modo de brindis.
—Cuénteme la historia.
La anciana dio un sorbo a su té y luego de secar sus labios marchitos con un coqueto pañuelito comenzó su relato. No sin antes suspirar hondamente, para impregnarle emoción y misterio.
—La dueña de la tienda, Pascuala, la trajo de un sitio lejano. Unos dicen que de Liverpool, otros que de Francia. El caso es que al volver de uno de sus frecuentes viajes, junto con mil vestidos y una panea forrada de terciopelo, venía el maniquí. Mientras la acomodaba sobre el pedestal farfulló delirante y ajena a las miradas boquiabiertas del personal, que no se la querían vender, hasta que los amenazó con no volver a poner los pies allí si no cerraban el trato; los dueños de la muñeca tragaron saliva y sopesando la pérdida de dinero pensaron que era mejor llorarla que morirse de hambre.
—Entiendo que una joya de ese calibre no se deja ir sin una lágrima —dijo Manuel conmovido, recordando la levísima sonrisa que se percibía en aquella comisura.
—Otros dicen en cambio que la Pascuala tenía una hija, y que el día de su boda un alacrán se escondió dentro del ramo y antes de formular el “sí quiero” cayó fulminada al suelo, a los pies de la piñata. Fue después de esto que apareció la muñeca. Usted aún no conoce a la dueña, pero le puedo asegurar que el maniquí y ella guardan un parecido asombroso y esta semblanza fue lo que desató el veneno de las habladurías. Ya sabe lo que ocurre en los pueblos pequeños. Una palabra que se duplica por el oyente y que se vuelve una frase en la boca de un tercero. Un cuarto le añade otra y un quinto le cambia el sentido y así, con toda la piel del revés, la historia va volando de boca en boca. El caso es que la extraña belleza de la muñeca, su escalofriante y perfecta humanidad y el parecido con la dueña del negocio, atrajo a muchos curiosos y se desató el escándalo. Tal fue la magnitud del rumor que hasta la tienda llegaron unos inspectores de negro con el solo propósito de esclarecer que aquella muñeca no fuera el cadáver embalsamado de la  hija muerta, hecho este que además de aberrante y monstruoso, constituiría un delito penoso.
—¿Y cuál fue el resultado de la pesquisa? —preguntó Manuel boquiabierto.
—Pues verá usted, los tipos llegaron una tarde cuando oscurecía y pidieron inspeccionar a la novia, si podía ser desnuda y a solas. La Pascuala exigió ver la orden judicial y con ella en la mano se excusó diciendo que en ese justo instante dos empleadas de confianza le daban un baño al maniquí, que al ser de cera y tener el pelo natural, los pasos de la higiene eran delicadísimos. Pero que si tenían el gusto de esperar en la salita mientras tomaban un café, cuando terminase el baño podrían examinar a la muñeca, eso sí, cubierta con un albornoz. Lo otro era indecoroso de todo punto, así lo dijo la Pascuala. Lo que ocurrió no se supo, pero es sabido que la policía no volvió nunca más por allí. Cuentan que uno de los policías, el más viejo, cargaba un maletín de piel de culebra bajo el brazo.
—¿Usted qué cree? —preguntó el hombre, sirviéndose otro trago.
—Yo creo que la adquirió porque le recordaba a ella, cuando era joven —contestó la anciana—. Para no olvidarse.
Manuel no durmió nada aquella noche. No ayudó a conciliar el sueño el aullido del monzón, ni la lluvia que vapuleaba furiosa las ramas de los árboles llorones contra los cristales. No podía sacarse de la cabeza el largo cuello blanquísimo adornado de perlas, ni la santidad del gesto tan bello, ni la promesa de sonrisa que vio en aquella comisura. Medio acurrucado la imaginó desnuda. Recorrió a ciegas el contorno de la cintura breve y pensó que tal vez el artista creador la habría dotado de unos tiernos pezones decorados en color de rosa. Tragó saliva cuando su recorrido mental llegó a las caderas y se dio la vuelta, nervioso, cuando llegó más abajo. ¿Qué habría allí? ¿Cómo resolvió el dilema el maestro artesano?
Resopló y se sacudió la ropa de la cama como se sacuden los perros el agua. Se levantó descalzo y anduvo por la moqueta rancia de color arena y bajó en silencio hasta la habitación acristalada, buscando la botella de sotal. Bebió de un trago media botella y miró a través de los cristales la lluvia caer. Olió el desierto lejano y recordó que una vez le hablaron de una pequeña aldea habitada solo por cinco almas nomás. ¿Y si la robaba?  No, no era amor, se dijo a sí mismo ¿Cómo iba a ser amor? Solo era curiosidad. Luego de contemplarla desnuda la empaquetaría y la mandaría de vuelta a aquel escaparate, a aquella panea de terciopelo rojo.
***
Manuel salió del Plymouth para beber un poco de agua del rio. Había visto la torre de la iglesia al rodear la última curva. Tan alta, tan azul. Si el dolor de la pierna machucada no se lo impedía, al amanecer a lo sumo podrían estar tumbados sobre ese jergón de sábanas blancas. Lavó la herida comprobando con alivio que no era grave, que la bala  había pasado rozando; después aclaró el pañuelo que paró el caudal de sangre y estrujándolo bien lo anudó de nuevo, luego se ajustó bien el sombrero y besando a la novia en la mejilla puso en marcha el motor del coche.






viernes, 22 de diciembre de 2017

La flor encarcelada

Relato participante en Rio de relatos. Os dejo el enlace por si queréis visitar el lugar.  http://riosdetinta1.foroactivo.com/



El ataúd pasó todo un día entero y toda una noche sobre la mesa cubierta de flores. Cuando los primeros rayos del día entraron por la puerta abierta de par en par, la mujer de luto dijo que ya era hora de devolverlo a Macondo. El hombre que había pasado toda la noche sentado en una silla dijo que el recorrido era demasiado largo para hacerlo con un cadáver. Que debían ir en burro y que el sol estaba muy cabrón en esa época del año.
—Sellaremos bien la tapa con estopa y cáñamo —dijo ella—. Lo mismo que un barco.
—Dará igual. Olerá a muerto en un kilómetro a la redonda. De seguro que llevaré a todos los perros de la comarca detrás de mí.
—Eres el único amigo vivo que le queda. Si no lo llevas tú se pudrirá de rabia dentro de la caja.
—Se pudrirá igualmente por el camino.
Una vez terminada la tarea del calafateo amarraron el ataúd con dos cuerdas a la grupa del burro y se pusieron en marcha. Cuando el sol estuvo alto la caja ya iba rezumando fluidos. Los líquidos del cuerpo se habían abierto paso por todos los poros de la madera y a cada paso que daba el  borrico se oía un claro chapoteo dentro de la caja. Pronto un desfile de perros salvajes se fue sumando a la comitiva.
Aquí es cuando el muerto comenzó a parlotear.
—Deberías ahuyentar a los perros —dijo—. Acabarán comiéndose al animal.
Aunque habían sido íntimos desde la infancia el amigo vivo no tuvo valor para contestar a su amigo muerto, por aquello de que cuando uno habla con finados es que está cerca de perder la cordura. Pero reconociendo que tenía toda la razón del mundo, saltó del burro y se dispuso a ahuyentar a la jauría de perros salvajes. No contó este hombre con la urgencia del hambre atrasada, ni con la valentía que aporta la manada. Herido y renqueante se subió de nuevo a la noble montura. Los perros no se fueron, solo aumentaron un poco la distancia.
—Tapona las heridas —dijo el amigo muerto—. Si aprietas con fuerza la sangre pasa de largo y vuelve a su sitio.
Cuando el suelo se hizo blando supo el amigo vivo que había llegado a las zonas cenagosas. Estaba al sur de Macondo. Esa noche la pasó delirando a causa de la fiebre.
—Ya te dije que íbamos a tener problemas con los perros. Me da que mañana olerás peor que yo. Si me sacas de la caja podría cuidar de ti.
—¡No digas barbaridades! —dijo el amigo vivo, más cercano ya a la misma muerte que a la vida—. Si te saco de la caja tu olor dulzón se hará insoportable y los perros nos destrozaran a los dos.
—¡Qué carajo importa! —dijo jocoso el finado—. Mientras me dejen un brazo para ir tirando del burro…
Y así fue.
El amigo vivo aguantaba sentado a duras penas en la grupa del burro. Había pasado toda la mañana con fiebres altísimas. En los delirios decía que ahora ya no temía a los perros sino a esos raros caminantes que se habían sumado a la comitiva desde hacía rato. El amigo muerto también los había visto. Esos seres habían salido del estómago de las ciénagas, abriéndose paso a través del barro y habían decidido hacer con ellos el viaje a Macondo.
—¿Por qué nos siguen esos muertos? —dijo el amigo vivo, volviendo con esfuerzo la cabeza.
—Parecen inofensivos, pero no estaría mal parar un rato y platicar con ellos para conocer sus intenciones.
Así fue como averiguaron que la turba descompuesta acudía a la inauguración de un nuevo lupanar en Macondo.
—¿Qué tiene de especial ese burdel para haberos despertado del sueño eterno? —dijo el amigo vivo.
Un muerto sin boca explicó que el motivo era la actuación de Rosita, la mujer con las tetas más acogedoras del mundo. Se decía que si uno metía la nariz entre esos dos montes de carne trémula durante un minuto, podía vivir sin penas durante todo el resto de su vida.
—Pero vosotros estáis muertos —exclamó el amigo muerto.
—Ya, pero volveremos dichosos a la ciénaga. Que no es lo mismo yacer para los restos con un rictus amargo que con una sonrisa de felicidad —dijo el muerto sin boca y al decirlo un gusano se asomó por la comisura.
—En fin…, —dijo el amigo vivo. Y todos se pusieron en marcha.
La vegetación salvaje de la selva se cerraba tras ellos como una garganta, como si el objeto de la búsqueda no quisiera ser encontrado o inventado o escrito o recordado.
Cuando llegaron a Macondo supo el amigo muerto que todo seguía igual por allí. Era el mismo lugar que una vez fue asolado por una epidemia de insomnio, era el mismo lugar donde llovió durante cuatro años sin parar. Las casas seguían siendo de barro y caña brava. Allí vivió la mujer más hermosa del mundo, y aquella otra que comía porciones pequeñas de paredes encaladas y aquella otra de carnes inabarcables y ojos hambrientos. Todavía seguía oliendo a plátano maduro por todas partes.
—Oled —dijo el amigo muerto—. Huele a ballena varada, a plátanos y a heno, a sexo y a promesas incumplidas. Huele a huida y a olvido.
—Ya. ¿Pero dónde está el burdel? —dijo un  fiambre que no debía tener más de quince años—. Yo lo que quiero es amasar esas tetas perfumadas. A mí las ballenas y sus amores me dan lo mismo. Vengo todo el camino calculando lo que pesan esos pechos y ya me duele la polla de puro tiesa.
El burdel estaba en el centro del pueblo y como la única iluminación que había era la de las estrellas llegaron a él siguiendo la música estridente. A la llamada abrió la puerta una sirena oronda con los labios de coral y las manos gordezuelas. Dijo ser la Madame del antro inaugurado, aseguró estar feliz de la abultada visita y les cedió el paso conminándoles antes a sacudir el barro de los zapatos. Ya luego les diría dónde colgar los abrigos.
Los muertos se encogieron de hombros mirándose los pies podridos.
Ya bajo la gran luz del salón la mujer vio que era una trupe  de muertos y sonrió. Peores cosas habían visto sus ojos. Había visto ejecuciones en las que el fusilado se había levantado después, en medio de un charco de sangre, porque se había dejado el fuego de la olla encendido.
—Supongo que venís a ver la actuación de Rosita.
—En mi caso, después de verla seré enterrado como dios manda en nuestro cementerio. Por eso he vuelto a Macondo —dijo el amigo muerto.
—No sé si sabéis cual es el requisito que se pide para permanecer durante un minuto entre esos dos pechos celestiales. No todos pueden. Rosa es muy exigente.
—¿Y cuál es esa formalidad? —preguntó el amigo vivo.
—Ella escogerá al azar cuatro palabras y con ellas tendréis que escribir una pequeña historia.
—Mira por donde lo vas a tener fácil —le dijo el amigo vivo al amigo muerto—. Tú eres escritor, de hecho Macondo no existiría sin ti. Tú trajiste aquí la hojarasca, le diste vida a los Buendía, y sacaste por aburrimiento a Melquiades de la tumba.
—¡Así que tenemos aquí a un escritor! —dijo la Madame, que lo había escuchado todo.
—Hay gente que me llama Gabo —dijo el amigo muerto.

—Bien, escritor. Pónganse cómodos y disfruten. Enseguida les traerán unas copas —dijo la sirena alejándose como se alejan las sirenas de verdad.  

Sonaron redobles de tambor y el público, vivo y muerto, se quedó en silencio. Las luces de la sala se atenuaron y se avivaron las del escenario, el telón de terciopelo rojo subió y un negro con trompeta se marcó unas notas quejumbrosas que sonaron como suenan los barcos cuando zarpan. Entonces apareció ella. Llegó despacio y descalza; la acompañaba una pantera negra, grande y lustrosa, de andares pesados. Rosita no la llevaba sujeta y el público se puso en pie asustado, pero la chica rogó confianza y nadie pudo negársela cuando los miró con aquellos ojos endiablados, casi transparentes. En el centro del escenario había una silla. La chica pidió el primer voluntario.
—¿Quién sube? —preguntó irónica—. ¿O acaso pensaron que iba a ser fácil anidar entre mis tetas?
—¡Qué carajo! —exclamó el chico quinceañero saltando sobre el escenario. Una porción de mejilla colgaba soez y cuando sonreía se veía parte del hueso cigomático, pero Rosita le invitó a sentarse y dijo: “cuatro palabras, encanto”. La pantera se acercó despacio y aproximó su cara a la del joven para olerlo y éste, conteniendo el aliento,  entendió que no iba a ser tarea fácil concentrarse. El aliento salado del animal le llegaba a vaharadas. Miró sus zarpas. Las uñas eran como estiletes. Sólo cuatro palabras.
—¿Qué ocurre chico? ¿Es que tienes miedo a morir de nuevo? —preguntó Rosita riendo alegremente—. Mis palabras son estas: “mierda, chinche, candelabro, rábano”.
El público aplaudió entusiasmado. Alguien gritó: “no me gustaría estar en tu pellejo”. Chinche, mierda, candelabro, rábano, repetía como en una letanía Rosita, mientras se desataba muy despacio el enrevesado corsé lleno de cintas, contoneándose al compás de la trompeta. El público la miraba fascinado.
—El chinche, lleno de mierda, usó un candelabro para desenterrar el rábano —dijo el chico bañado en sudor y con los ojos llenos de lágrimas porque Rosita se hallaba ya con los pechos casi al aire y había intuido la flor rosa del pezón.
—¡Solo una frase! ¿Creéis que esa frase es lo bastante talentosa para enterrar la cara entre mis pechos? —preguntó la chica al público fingiendo estar muy afligida—. Mostradme con vuestros pulgares que decisión he de tomar.
 —¡Noooooo! ¡Es una cagada! —aulló uno.
—¡Déjaselo a la pantera! —gritó otro.
—Total… ya está muerto —consideró alguien más allá.
La chica se volvió hacia el joven y levantando las palmas dijo:
—¡Mala suerte, pollo! Pero hoy me levanté magnánima. Puedes volver a tu sitio.
—¡A su sitio nooooo! —gritó el público enardecido —. Que pague por la cagarruta.
La chica con los ojos muy abiertos miró a la Madame y esta se encogió de hombros y dijo que sí, que por qué no, que al fin y al cabo solo era lluvia sobre mojado. Rosita sonrió, se acercó al animal y le susurró algo al oído. La pantera gruñó como un gato viejo y con desgana se acercó al muchacho que se había mantenido acurrucado debajo de la silla temblando de puro susto, que una cosa es morir arrollado por una carreta en una noche de aguaceros y otra es hacerlo masticado por un bicho de semejantes proporciones. El primer zarpazo lo sacó de debajo de la silla lanzándolo por los aires y el segundo le arrancó los ojos de cuajo. Una cornea se quedó ensartada en los estiletes de la bestia. No podía morir porque nadie se muere dos veces, pero lloró como un niño y entre babas le rogó, le suplicó a Rosita que al menos le dejara acariciar un poco esa rosa encarcelada que ya nunca podría ver. Ella le sonó fuertemente los mocos, le dijo que un trato es un trato y lo mandó sentar.
—¿Otro valiente? —dijo Rosita, anudándose de nuevo el corpiño negro.
—¡Aquí tenemos a un escritor! —gritó el amigo vivo señalando a su compañero de fatigas—. Gabo le llaman.
—¡Vaya! Qué lujo. Pues que suba al escenario, si tiene lo que tienen los hombres.
—La mitad del camino lo hice dentro de una caja y el resto en burro, sujetándome las tripas no fuera a ser que se enredaran entre las patas del bicho —dijo el amigo muerto poniéndose en pie—. No me da miedo tu pantera, muchacha. Me dan más miedo tus ojos.
—Sube viajero —dijo ella—, tus tripas rebeldes no me producen espanto. Cuatro palabras: “zopilotes, Eva, diluvio, manzana”.
El hombre rio a carcajadas y le rogó un minuto para pensar.
—Que toque el trompetista mientras —dijo—, pero que toque algo que me recuerde a campos de algodón y a trenes.
—Tic tac —dijo ella sonriendo.
—Del diluvio Eva solo pudo salvar una manzana —dijo el hombre.
—¡Oh, pero te falta una palabra! —exclamó la chica decepcionada.
—Lo sé —dijo el hombre—. Pero es que prefiero que me mate la pantera. Si al levantar mis labios de tus pechos me encuentro con esos ojos no podré hallar la paz ni en esta vida ni en la otra. Entiéndelo.
—¿Qué decís? —preguntó Rosita volviéndose al público.
—No hay excepciones —gritó uno.
—¿Qué se ha creído el escritorzuelo? —chilló un beodo.
—¡Pero no podéis hacer eso! —dijo el amigo vivo—. Sin él no existiríais. Macondo es una invención suya.
—No pasa nada, compadre —dijo Gabo dirigiéndose a su amigo—, los llevaré a todos en mi corazón, porque…
—…Porque tu corazón tiene más cuartos que un hotel de putas —dijo la chica acercándose a él, con el corsé desanudado.

***

domingo, 17 de diciembre de 2017

Cumulonimbos, cirrocúmulos o estos zapatos no son mios

Los congregados contienen el aliento. Se puede oír, en el silencio, el redoble de latidos. Le han facilitado la tarea: tres lucecitas de diferente color con una tesela informativa debajo. No parece complicado, hasta un niño lo haría. El dirigente lleva el dedo al lugar conveniente y lo pulsa; luego levanta los ojos y encontrando aprobación sonríe. Lo ha hecho bien y eso le alegra y le infunde ánimos para lo que viene después, el gran discurso. En el atril, dispuestos en orden y numerados, subrayadas las frases que merecen una entonación más vehemente, establecidas las comas donde parar con el objetivo de levantar la mirada para  mostrar al pueblo la grandeza de espíritu y la honradez del alma, están dispuestos los papeles. Tose. Tose de nuevo y las manos libres de callosidades emprenden el vuelo de siempre, que hasta los movimientos se estudian. Tose y toma agua. Luego comienza a hablar. De su boca, que solo declama sin ahondar en el fondo, brotan palabras inusuales.
—¿Qué dice este hombre?  —exclama una abuela que teje una bufanda pegada al brasero mientras fuera nieva.
—Juan, llévate el paraguas, que dice el presidente que se acercan lluvias intermitentes —le dice la mujer al esposo en otro lugar más lejano.
Cumulonimbos, cirrocúmulos, cirros. El mistral, el cierzo, el monzón de la India, los alisios de los trópicos, la tramontana.
—¿Qué dice este hombre? —gruñe Antonio en el bar, delante de un carajillo.
—Ni idea —contesta Amalio, el camarero—.  Cada día entiendo menos las noticias. Fíjate que el del tiempo ha dicho que nos tenemos que apretar el cinturón, que llegarán tiempos mejores y que lo que hace lo hace por nuestro bien y que todo lo peor es mejor y que a la larga es beneficioso.
—Yo creo que se refiere al cambio climático —dice Antonio, lapidario, dando un sorbo al carajillo.

—Bah, lo que pasa es que esta gente es muy culta y hablan en forma de metáfora —dice Amalio limpiando la barra.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Pamplina tonta

Cuando el mundo se hunde y la mierda se desborda y resbala nausebunda y  corrosiva sobre las baldosas, yo me voy a mi clase de yoga. En la puerta me saco los zapatos y descalza y vestida de blanco entro dentro. Dentro es un mundo aparte. Incienso, velas, telas coloridas, un gong. Un gong que a veces suena como una gota que cae interminable en el silencio más absoluto, otras suena como lo debe hacer el viento en una ciudad vacía y oscura, o así lo imagino yo, con los ojos cerrados, que es como se ha de hacer el yoga. ¿Si no cierras los ojos como quieres verte por dentro? Después de los ejercicios hay un tiempo para meditar, para relajarse. Esto se hace tumbado, a mi me gusta acurrucarme en decúbito lateral, o lo que viene siendo en posición fetal. En la primera clase este momento extraño me pilló por sorpresa, a mi, tan acostumbrada a las prisas diarias, al gentío, a los pasillos transitados, a los ascensores repletos, a las luces hospitalarias que son tan tristes en invierno. Soledad. Cerrar los ojos y estar solo. En calma. Y ese gong que suena eterno conduciéndonos de la mano a lugares que no sé si existen. La primera vez no sé bien qué ocurrió. Solo sé que de pronto me encontré bajo la tierra perfumada, pero no, no estaba muerta, o sí, no lo sé, pero la paz era absoluta. Flores arriba, grandes flores amarillas. Girasoles por todos lados. Estoy bajo un campo de girasoles, pensé sorprendida. Y lejos de asustarme, lo que sentí fue vertiginoso, aliviador. Los huesos se relajaron, el cuerpo era absorbido hacia abajo como si la tierra quisiera hacerme una cuna, y mi cuerpo se iba transformando en raíces que se extendían rápidas de aquí a allá. Al abrir los ojos me di cuenta de que me corrían las lágrimas. 

(De todos modos ya os digo que el sonido del gong da para hacer un relato de terror. Por mi mente anda, no digo más)

domingo, 3 de diciembre de 2017

La corriente



Escenificaba un árbol frondoso. Era alta y morena, huesuda, hermosa. Mantenía las palmas levantadas al cielo y la mirada fija en un punto invisible, por aquello de mantener el equilibrio. Quise pararme con el solo propósito de echar algo de plata dentro de su sombrero. Pensé que si lo hacía, ella desviaría los ojos nocturnos de ese punto anclador y tal vez consolara mi corazón. Sí, quise pararme y lo hice durante un segundo. Pero la masa, ciega, conforme, me empujó por la espalda con sus palmas que formaban todas juntas una ola sin retorno. La miré sin poder detenerme, prometiéndole sin palabras, que daría la vuelta a la manzana, que volvería, que tal vez si la masa me lo permitía podría yo dejarle unas monedas y tal vez ella podría deshacerse de sus raíces y platicar conmigo sobre qué se siente al huir del suelo. Si, arrastrado por la masa conforme,  la vi alejarse y hacerse pequeña. Un escaparate de lámparas, uno de artículos de cocina, un bar vegano, una sombrerería del siglo pasado, un puticlub. 



sábado, 25 de noviembre de 2017

Creando puentes

Para construir aquella torre apoteósica llamaron a gentes de todas partes. Como es lógico algunos no se entendían. Una voz dijo que ya ocurrió algo parecido en los anales de la historia, solo que al revés. Lo que esa voz dijo lo entendieron unos, pero otros no. Ante la perplejidad de muchos, el dueño de esa frase comenzó a cocer ladrillos y en cada ladrillo escribió una palabra. Los demás lo miraron con suma extrañeza, pero el resultado les calentó el corazón. De este modo la torre fue subiendo construida con palabras de todo el mundo.  

(100 palabras)

domingo, 12 de noviembre de 2017

Poderoso caballero

María barría la acera de su casa cuando vio el primero. Bajó del cielo balanceándose como una hoja seca, o como un avión de papel. Cuando aterrizó, ella lo miró con extrañeza. No podía ser posible y ese pensamiento le llevó a restregarse los ojos. Después, cerrándolos y abriéndolos, para espantar la nube de telarañas que formaban sus  cataratas, volvió a  mirar al suelo. No se trataba de un espejismo: el objeto volador no identificado era un billete de quinientos euros. Nuevo e inmaculado. María, sin aliento, miró a ambos lados de la calle. A cincuenta metros un hombre de aspecto gris dobló la esquina en ese momento, dirigiéndose a ella con paso ceremonioso. Amalio, cada dia a la misma hora, pensó Maria, ajustándose el botón superior de la bata. Viejo pícaro.
—Buenos dias tenga usted  —saludó el hombre, quitándose, para saludarla,  el sombrero de diminutos cuadros.
Justo en ese instante un billete aterrizó sobre el fondo de fieltro. Amalio observó al recién caído con sorpresa.
—No puede ser de usted. Ya ha visto que bajó del cielo —dijo Amalio —. Si fuera suyo se lo daría, no le quepa duda.
—No sufra. Yo tengo otro —dijo Maria  acariciando el bolsillo de su bata.
A las nueve de la mañana llovian billetes sin parar. María, que había visto bajar al primero, fue entrevistada por los medios de comunicación.
—¿Vio usted algo anormal esta mañana? —preguntó la enviada de prensa.
—Amaneció gris. Como ayer y como antes de ayer.
—El dinero no cae así como así. Haga memoria, Maria. ¿No vio por casualidad un avión, una avioneta, tal vez un globo aerostático?
—No vi ningún avión, ni ninguna cosa de esas que dice usted —contestó María a la de la prensa—. Solo un billete bajando despacio. Pensé que era una hoja volada por el viento.
A las once de la mañana el cielo se volvió rojo. Los billetes, nuevos y sin doblar, bajaban profusamente. La casi totalidad de las masas, si excluimos a los enfermos graves o casi extintos, se hallaba en la calle, con los brazos levantados al cielo, la boca medio abierta, la pupila dilatada. Unos exclamaban que la hipoteca, otros que la boda de la hija, algunos la compra del piso, o del coche, o la carrera del hijo, de la hija,  hay quien se acordó de la enfermedad del padre, del tio, de la hermana. Alguno habló de vacaciones y muchos hablaron de no trabajar el dia siguiente, tampoco el otro. Después sí, a no ser que cayeran muchos más.
Nadie se fue a la cama esa noche. Primero se recogieron los frutos en familia,  sujetando  una sábana entre cuatro, pero restaba movilidad y al final  las manos se separaron, para mejor abarcar. De este modo llegaron los cestos grandes e individuales. Con la individualidad llegaron los empujones, los improperios, el desparpajo y el insulto. Hubo quien  gritó que necesitaba más, que lo llovido era poco, que la vida es larga y las necesidades muchas.
—No puede ser que unos tengan más que otros —dijo una voz huraña.
—Los jovenes corren más. Es normal  —dijo una voz cascada.
—Lo gastarán sin pensar. Ya saben cómo es la juventud —dijo la voz huraña.
—Que lo gasten como quieran. No lo han sudado —dijo la voz cascada.
María se fue a su casa. Ella gastaba muy poco. Es lo que tiene la soledad y la vejez.
—Mañana todo el pueblo será rico —dijo Amalio, el segundo beneficiado de la lluvia providencial, ofreciéndole su brazo.
—¿Y usted, no se queda más rato? Mire el cielo. No tiene pinta de parar —dijo la mujer, enlazándose por fin.
—Me marché en cuanto comenzaron los empujones. Mañana habrá sangre en las aceras. Las sábanas familiares fueron desechadas y las bolsas traidas no serán suficientes. Yo le recomendaria que atrancara su puerta y no saliera en unos dias.
—Si deja de llover la gente se calmará  —dijo María.
—Si deja de llover será peor. Se mirarán unos a otros y el vecino siempre tendrá más. Hágame caso y cierre la puerta  —dijo el hombre.
—¿Y usted? ¿Tiene bastante? —preguntó María, sacando el llavín de su bata.

—Yo confío en que no deje de llover —respondió el hombre sonriendo socarrón, mientras se subía el cuello del abrigo—. Pero habrá que cenar, digo yo. Por cierto…,  ¿qué le parecería a usted…?



domingo, 29 de octubre de 2017

No es tan dificil

El sofá es verde. La persiana está bajada como a la mitad y el sol de la media tarde se derrama por las baldosas pulcras. La mujer lleva zapatillas de andar por casa. El hombre reposa los pies en un coqueto taburete.  La mujer le mira los calcetines de reojo.
-Deberias tirarlos.
El hombre mira el agujero del calcetín sin detenerse casi y se encoge de hombros. No la mira. En la tele dan un capitulo de una serie que le gusta mucho.  La mujer mira la pantalla. Reyes, reinas, amantes, torreones, la luna, sangre, caballos, espadas. Una escena de sexo. Sexo del bueno. Una pareja desnuda folla al lado de una hoguera. El resplandor de las llamas aviva la blancura del vientre desnudo. El amante la mira con deseo y hunde la cabeza entre las piernas de ella, que gime cerrando los ojos y mordiéndose los labios. La mujer del sofá verde mira al marido de reojo. Está completamente absorto. Si le contara de pronto que los miércoles se ve con el ayudante del tendero, ese chico marroquí con los ojos del color de las aceitunas, alto como un  abedul, seguro que le diría “ajá, haces bien querida, distraerse es bueno”. Si al menos hubieran tenido hijos. La mujer mira la calle. Es domingo. La plaza está medio desierta. Supone que los parroquianos deben andar aun echando la siesta. Un perro bebe agua de la fuente. En otro lado del parque un viejo se acerca despacio hasta un banco. Está solo. Sí, la mujer del sofá verde cree firmemente que ese anciano está solo. De pronto piensa que tal vez no esté solo del todo, quiere pensar que alguna hija le llama por teléfono o tal vez al menos le piensa de vez en cuando. Si un hijo deja de pensar a un padre a este acaba por rompersele el corazón. Bueno, eso supone la mujer del sofá. Ella no tiene hijos. Los días fueron pasando uno tras otro mientras ella miraba a su marido y su marido la miraba a ella. Tal vez si lo hubieran hablado, tal vez si tomados de la mano hubieran ido juntos al doctor.
Un anciano se ha acercado al otro anciano. Uno en una esquina y el otro en la otra. No se miran, aunque los dos se saben casi muertos. La mujer del sofá piensa que tal vez podrían hablar entre ellos. Hola. Hola. Nunca le vi por aquí. Es que vengo poco.  Pero ninguno de los dos habla. La mujer los observa. Cabe la posibilidad de que uno de ellos extraiga un pitillo con sus manos llenas de nudos y le ofrezca al otro. Vamos, no es tan complicado.  La mujer desea que uno le pregunte al otro si es que no tiene hijos y si es que los tiene cómo es que está sentado en un banco solitario. La vida, le respondería el otro. Se hacen mayores y la vejez se vuelve un espejo y los espejos se vuelven recordatorios molestos.
El viejo que llegó primero se levanta y se va alejando despacio, arrastrando los pies. El otro lo mira mientras se aleja. Parece que en sus ojos haya una promesa de charla. Otro dia. Hoy es pronto. Demasiada soledad para contarla en un rato.



martes, 24 de octubre de 2017

De letras y cebollas

Alguien me ha preguntado hoy cómo comenzó mi amor por los libros. Lo he mirado en silencio, le he dado un sorbo a mi café y de pronto me he escapado volando. La huida ha sido de segundos, lo que he tardado en volver a la infancia. La verdad es que se me ha escapado una sonrisa. Ahí estaba yo, toda ojos y coletas –qué pasión ponía mi madre en el peine y cuánto gritaba yo de dolor con los tirones de pelo- entrando en las habitaciones sagradas de mis hermanos mayores. De este modo leí las novelitas de amor de mis hermanas, donde lo más lujurioso que ocurría era un beso de amor sin lengua, o un roce de rodillas o de dedos. Uy, pensaba yo, qué ardiente, y toda yo sufría una descarga eléctrica. Pero pronto el amor se me hizo aburridísimo con todos esos lamentos y suspiros y busqué otros mundos en otros cuartos. En el de mi padre encontré a los indios navajos subidos a lomos de sus caballos, recortadas sus figuras en lo alto de un cañón. Me perdí entre esos paisajes coloreados de sangre y me fascinaron las estampidas de bisontes en las praderas. Cómo me gustaban las descripciones de Marcial Lafuente.  El forastero recién llegado siempre media ocho pies, tenía la mirada acerada y escupía de forma certera en un cubo de metal bajo la mirada lujuriosa de la tabernera, que siempre lucia un lunar en el pecho y casi siempre se llamaba Daissy. No hace mucho, en el mercat de Sant Antoni, vi una novelita suya y hojeándola casi me muero del susto de lo mal narrada que estaba. Pero donde hallé el mayor tesoro fue en el cuarto de mi hermano, unos años después, cuando ya no llevaba coletas y me restregaba el pecho plano con cebollas para que me brotaran esas tetas que se negaban a salir. Sí. Allí, en ese cuarto minimalista donde los tesoros más grandes estaban a la vista –su tocadiscos y sus libros-, encontré La metamorfosis, de Kafka. Las primeras palabras me hicieron salivar y le pedí permiso para leerlo. No lo estropees, me dijo con su aire de sabio despistado, y no se te ocurra doblar las páginas. A mi hermano la literatura le corría por la sangre veloz e imparable ya por aquellos tiempos. Casi tres años mayor que yo ya llevaba a sus espaldas mucha literatura rusa, ya andaba medio hermanado con Poe y alguna fiesta se había corrido con Hemingway, allá en París. Después de Kafka llegó Tolstoi, Poe, Unamuno, Baroja, Garcia Marquez y... Saramago.
Así, de este modo y no de otro, fue como las letras entraron en mis venas y se han quedado a vivir dentro de mi.

Lo de las cebollas ya os lo cuento otro dia.




lunes, 23 de octubre de 2017

Se ha quedado un dia precioso

Me levanto. Hace frío. Busco las zapatillas y no las encuentro. Da igual. Pongo el café y me acuerdo de que no me he peinado. Tampoco me he lavado la cara. Me asomo y el dia está muy negro. Con el café humeante me siento y pongo la tele. Hay una virgen. No se mueve. De pronto recuerdo una foto de Joan Crawford.  Es por los ojos,  que son grandes y miran hacia arriba. Padre nuestro que estás en el cielo, venga a nosotros tu reino. Y más. Recuerdo que casi no recuerdo esa oración. Cambio de canal. Otra virgen. Dios te salve Maria, llena eres de gracia, el señor es contigo. Que imagen tan bonita. Yo era creyente, cuando era niña. Las campanas redoblan y se ha despejado el cielo de un modo milagroso. Vuelvo a la tele y cambio a otro canal. Ovejas.  Un pastor. Me conmueve su forma de dirigirlas. Pobrecillas, que no saben lo que hacen. Las campanas me llaman. Dicen mi nombre y también dicen otros nombres, nombres nuevos, nombres esquivos. Sin peinarme y descalza salgo a la calle. Hay mucha gente, gente despeinada, también descalza. Dicen que, como yo, han visto una virgen en su tele. Antes esa virgen no estaba. Una cara pregunta si alguien tiene un libro de esos donde están los rezos. Se ha quedado un dia precioso.

domingo, 15 de octubre de 2017

Blade Runner

Lo prometido es deuda. Allá va mi valoración de Blade Runner 2049.

Si Blade Runner 2049 hubiera nacido antes se podría decir que no está nada mal. ¿Pero qué se le va a hacer? Mala suerte. Es la continuación de una gran película que pasó al principio sin pena ni gloria, pero que luego se convirtió, merecidamente, en una magnífica peli de culto. Así que por comparación no tiene nada qué hacer. Claro, claro, no deberían ser comparadas porque no es un remake, sino una segunda parte. Comparo la puesta en escena, los diálogos, la ambientación, la fotografía, la calidad de los personajes.  Treinta años después el cine ha ganado en efectos especiales, obvio, pero para mi, que me gusta más una escena teatral donde hablan los ojos y los sentimientos y me sobra tanta explosión de relleno, todo este despliegue me aburre.
En fin. En la primera parte los replicantes (nexus 6) están fabricados para durar cuatro años. Esto se hace para impedir su desarrollo emocional, claramente inestable. En la segunda se ha rizado el rizo y se ha buscado “el milagro”. No está mal, eso me ha gustado. Bien por Villeneuve, el dire. Y casi llegando al final hay otro giro que, aunque previsible, no ha estado mal, pero que es más de lo mismo. Snif, snif, ¿Cómo puedo ser yo un replicante si me acuerdo de muchas cosas de cuando era un renacuajo? Ay, alma de cántaro, que te han implantado los recuerdos, parece mentira, sécate los mocos, pedazo de batidora.
Dos cosas más, bueno tres.
Primero: la escena de amor entre Ana de Armas (el holograma de fantasia sexual) y el impertérrito Gosling me ha recordado del todo a dos películas: Ghost y Her. (Ghost entrañable, Her una de mis preferidas, creo que es una de las películas que mejor trata el tema de la soledad).
Segundo: la aparición de Deckard, el primer Blade Runner interpretado por un decrépito y tembloroso Harrison Ford, no me parecía necesaria, creo que con su mención habría sido bastante. Solo me hubiera gustado si hubiera aparecido también Sean Young, la mujer de la cintura breve y los ojos maravillosos, pero no ocurrió. En su lugar hicieron un holograma estúpido con una voz de cabra afónica que me sacó de la peli en cero coma dos. Claro que me parece que la Young tenía el terreno vetado al cine por no sé que problemas en la juventud y prefirieron fabricar una doble, pero joven, con los veintidós años que tenía cuando hizo la primera. En fin. Me callo.
Tercero:  ya para terminar os diré que Gosling quiso su momento de lágrimas bajo la lluvia. Pero imposible superar ese final que nos regaló Rutger Hauer, el nexus 6 llamado Roy. Una escena de una belleza insoportable, una escena lenta, agónica, dolorosa. La paloma que se va volando como se vuela la vida. Pura poesía. ¿A dónde vamos? ¿Quienes somos? ¿Qué nos diferencia? 
Bueno, pues a ese intento de lagrimas en la lluvia le doy mi más sincero pésame, qué se le va a hacer. Repito: si algo es perfecto limítate a admirarlo de lejos, no lo toques, no lo profanes.

Lo siento, es que las segundas partes no me van. Hay muy pocas que superen o estén a la altura.


Espero no haberos arruinado la peli.





Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Calafateando

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rab...