domingo, 24 de septiembre de 2017

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Trescientas palabras para una imagen. (El taller es de Ciervo Blanco)



—Parece ser que no existe nada más apetecible para nuestro Byron, mi querida Shelley, que pasear en la noche bajo una tormenta formidable, dejémosle pues, que salga a respirar aire puro. Aunque ambos sabemos que, secretamente, sale a buscar inspiración. Pasan las horas y es el único que no ha conseguido escribir nada que merezca la pena. Tú tienes un esbozo de esa suerte de monstruo compuesto por cadáveres que vuelve a la vida gracias a ese proceso galvánico del que tanto hemos debatido en esta noche tormentosa. Yo le he dado forma, aunque borrosa, a la historia de un ser torturado que se alimenta, succionando su sangre, del espíritu de otros, aunque aún no sepa cómo bautizarlo. Pero el pobre Byron… ¡Ah! El pobrecilllo solo ha hablado de ese ser … ¿Cómo le llamó? ¿El asesino de la realeza?
—Pues a mi no me ha disgustado, Polidori. Me ha parecido de una repugnancia exquisita. Con un toque poético muy interesante.
—¡Oh vamos! No puedo creer que esa historia te haya subyugado. Analicemos: un joven apuesto, refinado,  asesina brutalmente a niñas de la realeza para  preservar su juventud. El líquido real que brota de sus intestinos abiertos renueva su ingenio. Un sorbeteo y la piel se tensa, otro y llegan en tropel las ideas más audaces. Oh, podría titularlo: aquél que se cuela por la ventana. No me niegues, querida Mary, que es un plagio de mi personaje. Tan solo cambia el color del fluido.
—¿A qué color te refieres, amigo Polidori?—preguntó Mary, levantando los ojos de su borrador.
Polidori,  sin poder articular palabra, señaló el rostro de Byron, que acababa de entrar.

—Lo siento, señores: mi cabeza estaba en blanco. Necesitaba salir. Pero díganme ¿Qué tal si continuamos? ¡Ardo en deseos de escribir!


jueves, 31 de agosto de 2017

Ausencias




Entro y miro en la pantalla donde andan las constantes vitales. El padre vigila su móvil y bien pareciera que navega distraído. No levanta la cabeza más que para mirar la cara de su niña. Le coloco bien el peluche entre los brazos y lo miro. ¿Cuánto ha durado esta vez? Siete segundos, me dice. Voy hasta la gráfica pegada al cristal y miro los palitos. Apunto otra ausencia.  Salgo y recuerdo que tengo que escribir un relato de terror. Yo había pensado en presencias.

jueves, 24 de agosto de 2017

Buenos días, dolor de corazón

No creo que nadie sepa de esta angustia. Bloqueo de escritor, le llaman. La temida página en blanco. Mis amigos le llaman de otra manera: gilipolleces de maduro oprimido entre dos tetas carcelarias. Me aconsejan que salga, que me distraiga. Y que folle. Que folle hasta morir, que folle hasta quedar vacío. Porque según ellos es lo que me hace falta. Dicen que sería el remedio de todos mis males. Que me cambiaría hasta el color. Estás cetrino, hermano, y, chicos, miren las huellas del insomnio. Cállense, por favor, que María puede escucharles, les digo. ¿Esa foca reseca que hace ruido comiendo? ¿Cuánto tiempo hace que no echas un buen polvo? En serio, Daniel, no entendemos cómo es que no has explotado ya. No todo es hacer el amor, les contesto, cohibido. Hay otras cosas, arguyo suspirando. ¿Otras cosas? ¿Qué cosas?, preguntan casi a coro, parece ser que este es un asunto que interesa. María no tiene la culpa de mi bloqueo literario, vamos, no la tomen con ella. Pero qué cosas, vuelven a preguntar ellos tomando asiento alrededor mío. Y de pronto me siento como una atracción de circo. ¿Acaso no saben en qué consiste el matrimonio?, digo mirándolos a todos a los ojos. Explícanoslo tú, dicen a coro. ¿Por qué rayos me habláis así?

Sí que es cierto que a veces cuando escribo pienso en otras señoritas, explico cauteloso. Pero forma parte del proceso creativo. ¿Por qué me miráis así? ¿Cuánto tiempo? Diablos, Daniel, estamos entre hombres, cuéntanos, ¿Cuánto tiempo? Creo que va para dos años, concedo al fin, y lo digo de más a menos, el final casi no se oye. ¡Dos años! Exclaman ellos silbando. Dos años, repito para mí y me levanto a mirar por la ventana. Qué de noche se está haciendo. Deberíais marcharos ya, chicos, os agradezco la visita, pero no era necesario. Estoy bien. De eso nada, tú te vienes con nosotros, dicen y tal como lo dicen ya me andan colocando el sombrero. Pero… ¿y María? tal vez debería decirle que salgo, fijaos que nos son horas, chicos, balbuceo. No seas iluso, Daniel, ¿acaso no la oyes roncar? Miro la puerta gris de nuestro cuarto matrimonial. Y no digo nada, pero la imagino tumbada boca arriba, picassiana, con su vientre gelatinoso y las rollizas piernas separadas. Reseco el interior de esas columnas. Abandonado lugar baldío y yermo. Y la boca, que al expulsar el resoplido caballuno que sigue al ronco estertor, forma una O.

Pobrecilla, le dejaré una nota por si se despierta a tomar un vaso de agua, digo mientras escribo dos palabras rápidas. Querrás decir cuando se levante a saquear el cajón de los embutidos o el de los dulces, dicen al unísono. Los miro. Tal vez luego, tras algunas copas me cuenten porque me hablan así. Me empujan escaleras abajo. El aire de la noche es maravilloso y lo aspiro con fruición.

El local es luminoso por fuera, pero dentro está oscuro. En el escenario hay una  chica que baila refregando su cuerpo contra una barra de hierro. Me llama la atención la largura de sus piernas y los marcados abdominales. Me mira al pasar y le hago una inclinación de cabeza. Un foco alumbra su actuación. Mis amigos dicen que se llama Débora. Al sentarme me fijo en sus diminutas braguitas negras, y en el cuerpo atlético, que está cubierto por unas escamas brillantes. No es una boa, si es lo que piensas, dicen mis amigos riendo, es parte del atrezo. La observo de nuevo, es casi una chiquilla. Mis amigos le han pagado para que baile para mí. Necesita una musa, oigo como le dice uno de ellos poniendo un billete dentro de la fina prenda. Es que es escritor y tiene una mujer muy fea.  Así no se puede escribir.

La chica me mira con sus grandes ojos maquillados en exceso y se acerca balanceándose vertiginosa. Bailaré para ti, pero si tu mujer te repele deberías matarla, me susurra. ¿Matarla? pregunto y de pronto todo me da vueltas y las luces se distorsionan formando sombras chinescas. ¿Qué me habéis puesto en la bebida?, pregunto resollando. Sí, matarla, repite ella acariciando mis labios con sus larguísimas uñas rojas. ¿Has visto alguna vez el número de la boa?, pregunta ella y sin saber por qué le contesto que no, pero que no hay nada en el mundo que me gustase más que verlo justo en ese momento y entonces sonríe exultante y se va contoneándose al ritmo de jazz perdiéndose entre las sombras del escenario.

Que la mate. Ha dicho que la mate o yo lo he escuchado mal. Debe ser que me han puesto algo en la bebida estos cabrones malnacidos. Cuando vuelve a salir la chica hace un gesto a los músicos. Algo cadencioso, sugiere, y le guiña el ojo al del saxo. Como no puedo apartar los ojos de ella no había visto al monstruo. Es una anaconda amarilla de unos dos metros y la lleva por encima de los hombros desnudos. La cabeza del animal la sujeta con una mano. Escucho el siseo entre las notas del piano. Verás que numerito nos hace, dicen mis amigos, palmeando mi espalda, pero bebe un poco más, hombre, que ya va desapareciendo el cetrino de tu cara. El foco envuelve a la chica y entonces el hombre del piano desencadena una melodía. La música es muy lenta y me llega a los oídos en forma de sueño de amor. Es para que no se asuste la serpiente, dicen.

¿Qué le ocurre en la cara?, pregunto sorprendido. ¿Por qué ahora es aún más hermosa?, digo casi sin voz. Es que has encontrado a tu musa, dicen emocionados. Que la mate ha dicho, pienso de nuevo, mientras la contemplo bailar. La serpiente la rodea por la cintura y asciende por los senos generosos y contemplo, aturdido, como se funden las dos pieles. Pero el número fuerte aún no ha llegado, dicen mis amigos. Ya no los oigo, el lamento de un saxo herido se ha abierto paso. Ella desata los lazos laterales de sus braguitas y el triángulo de encaje cae entre los altos zapatos. El público profiere una ovación cuando se vuelve de espaldas y, sin doblar las rodillas, deposita tiernamente a la anaconda en el suelo. Como una madre. Los ojos enardecidos y las bocas resecas ya conocen el número. El saxo se queja de nuevo. Sístole. Diástole. Sístole. Sístole. Ante la mirada hambrienta del público la chica se tumba en el suelo y abre ligeramente las piernas. Desde mi mesa sus piernas forman una eme mayúscula. Maravilloso puente, suspiro soñando. A continuación cierra los ojos y coloca los brazos por detrás de su larga melena negra. Ya se entrega, ya. Que indefensa la siento, pienso con lágrimas en los ojos. El monstruo la mira y sabe que ha llegado el momento esperado. Nadie habla, para no perturbar el peregrinaje de la bestia. Puedo ver de forma fugaz el sexo rosado y entreabierto de la chica antes de que el animal haga su número. El cuerpo de la boa es como una lengua interminable, me susurra alguien al oído, ¿no te parece?, concluye codicioso. Tiene la expresión iluminada de una virgen, respondo fascinado. Que la mate, ha dicho.  Matarla no sería problema, lo difícil, lo jodidamente complicado, sería hacer desaparecer su cuerpo voluminoso. El público aplaude con furia cuando cae el telón y yo la busco enloquecido por pasillos rancios mal iluminados.

¿Puedo pasar? pregunto. Aquí no, pero mi cuarto está justo arriba, dice ella, y tengo un clavo para colgar tu sombrero, dice divertida. ¿Y ella?, pregunto mirando de reojo a la gran anaconda. Solo asesina por encargo, contesta. La observo subir las angostas escaleras, tiene esos hoyuelos en el culo que he descrito tantas veces. Abre la puerta y enciende la luz. Muy colorido todo, opino cumplidor. En realidad todo está muy desordenado. Hay una ilustración del Rio de la Plata sobre su cabecero. Tus amigos dicen que eres escritor y que llevas dos años sin follar, dice colocando su mano en mi entrepierna. Al contacto con su piel me erizo todo entero y siento fiebre. Ella se ríe socarrona cuando su palma se llena entera de mí. Vaya, exclama, y yo bajo los ojos, avergonzado. ¿Por qué te avergüenzas? Porque de pronto he sentido ganas de preguntarte sobre lo que dijiste antes. No dice nada y acerca los labios a mi verga hinchada y la acaricia con la lengua. Luego, plena de sangre, la introduce entera y contemplo como salgo y entro de su boca impregnado de saliva.

Ella solo asesina por encargo, recuerdo luego, cuando me tumbo silencioso en la cama matrimonial. Las sombras se van diluyendo dejando paso a la mañana. Otro día gris. Acerco mis dedos a la cara y los huelo cerrando los ojos y me viene olor a mar. María gruñe invadiendo mi lado de la cama y una imagen extraña se instala de pronto en mi cabeza. Es María dentro de la serpiente. A través de la piel escamosa puedo ver el contorno montañoso y si cierro los ojos puedo sentir la fuerza de la batalla que se libra. Los jugos comienzan a hacer su trabajo. El ácido ya desdibuja sus labios grasientos y resquebraja la ciclópea carne que hace chillar los muelles de la cama. Una pitón tarda seis largos días en digerir por completo a un caimán.  En el primer día la serpiente ensancha su cuerpo para adaptarse al volumen de la presa. En el segundo la tasa metabólica de la serpiente se incrementa para segregar más enzimas. Los tejidos blandos de la presa se van debilitando. En el tercer día los huesos comienzan a ser digeridos. La serpiente deberá mantener una quietud total. Un proceso titánico, pienso mientras me incorporo a poner la cafetera. Llueve con furia tras los cristales y la ventana golpea por la rabia del viento. Las enzimas y bacterias trabajan sin descanso en el cuarto día. En el día quinto se eliminan los gases del proceso y en el sexto el monstruo escupe las sobras. Las sobras. María se levanta y vuelve a gruñir a modo de buenos días. Todos los años juntos formando una losa de silencio. Voy a salir, le digo, ¿necesitas algo? Necesito muchas cosas, dice observando la lluvia resbalar por los cristales.

Pregunto por Débora y me comunican que duerme, que no son horas. Insisto y convengo en que me espera. Soy escritor, puntualizo. ¿Y qué? contesta el hombre de la barra. Estoy escribiendo sobre su espectáculo. Golpeo la puerta tres veces y anuncio que soy yo, como si el hecho de haber tenido mi polla entre sus labios fuera una carta de presentación. Entra. He sopesado tu sugerencia, le digo, sentándome a los pies de su lecho caótico. Lleva una toalla alrededor de los cabellos húmedos y se dispone a pintarse las uñas. Una escena en blanco y negro me viene a la cabeza y le arrebato el pintauñas de las manos. Tengo un arcón, dice ella. Un arcón grande, concluye. Se podría quedar entreabierto para favorecer la huida del monstruo, le digo pintando la uña sexta. Y ella se arrastraría en la noche buscando a la presa, su mandíbula está diseñada para desencajarse cuando la encuentre, informa. No podría ser de otro modo, respondo. Podrías decir que se fue con su madre, sugiere. Quemaré todas sus cosas, digo pensativo. Deberá ser por la noche, cuando ella duerma, dice limpiándose un poco de pintura roja del dedo pequeño. Puedo decir que son libros; ni los mirará, suspiro. Deberías pasar esos días conmigo, sugiere ella mimosa y me tumba en la cama. Solo esa noche, respondo dejándome quitar la ropa, luego debo estar para vigilar el proceso. ¿Cómo era María al comienzo? dice recorriendo mi vientre con sus larguísimas uñas. Trago saliva cuando ella acaricia mis huevos inflamados. ¿Cómo era?, pues veras, nunca fue guapa, pero sus piernas alrededor de mi vientre se convertían en una cárcel de fuego de la que no quería escapar y luego, cuando ella me soltaba, exhausta y satisfecha, le daba yo de comer en el lecho y le limpiaba después las comisuras de sus labios caníbales y ella me daba las gracias con una sonrisa feroz.

¿Qué es esto? pregunta María. Son solo libros, respondo tratando de resultar indiferente. ¡Ah! Libros, bueno, contesta ella, vas a estar muy entretenido. María ¿Cuándo dejaste de quererme?, le pregunto sin saber por qué. Cuando tú dejaste de preguntármelo, responde con hastío, justo ahí. Esta noche salgo con los chicos, solo unas cervezas, pero por si acaso no me esperes levantada. No te espero de ninguna manera, dice ella mirando los árboles grises.

Clarea y la casa está en silencio. Dejo las llaves y la llamo: María, ya estoy aquí. En la cocina los cacharros de su cena están sin lavar. Voy hasta el arcón y me asomo a su interior con cuidado. Aprieto los labios y siento una punzada de dolor en el pecho. De la coqueta mesilla tomo un retrato de nosotros en el día de nuestra boda y chasqueo la lengua mirando nuestras mejillas juntas y la sonrisa efervescente de ella. Me armo de valor y llego hasta la puerta de nuestro cuarto. De pronto una imagen me asalta y alejo las manos del pomo de madera. Imagino a María sollozando en el suelo, acurrucada, indefensa. Las lágrimas resbalan por sus pechos y se abalanza sobre mí y me abraza y me besa. ¿Qué ocurre, querida?, le pregunto sorprendido. Una gran serpiente vino anoche hasta la cama, me cuenta de manera deslavazada, y yo dormía  y me cogió un pie y tiró de mí, pero pude escapar encerrándome dentro del armario. Luego, más tarde, debió desistir y en su retirada los muebles iban cayendo vencidos por su peso y su ferocidad. Era enorme, querido, y no sabes cómo me miraba. Parecía decirme que venía a por mí porque tú se lo habías encomendado. Solo fue un mal sueño, cariño, ya ves que no hay ninguna serpiente. Te sentaría mal la cena, digo abrazándola muy fuerte.

Empujo por fin la puerta. ¡María! Hola Daniel. Estás…, balbuceo confundido, estás tan distinta. Oh, ¿lo dices por estos trapitos insignificantes?, pregunta ella acabando de hacer sus maletas. El color negro te hace muy esbelta, le digo desde la puerta, y el cabello así, suelto y brillante, tan largo ¿Qué te hiciste? Bueno, salí de compras y luego pasé por la peluquería. También me he dado un poco de carmín rojo en los labios y resalté los ojos. Son tan azules, casi no los recordaba, le digo sentándome en el filo de la cama. Sí, responde ella mirándome y todo el cuarto se vuelve azul. Te vas, le digo cuando cierra la cremallera de la abultada maleta gris. Si, Daniel, hace mucho tiempo que debería haberlo hecho. ¿A dónde irás?,  pregunto compungido. Ya no recuerdo que pensaba matarla. Eso no importa, querido. Estarás bien, le digo, mejor que conmigo. Ahora podrás escribir de nuevo, dice ella socarrona, la soltería te traerá nuevas musas. María, musito con tristeza. Pero no nos pongamos serios, querido, de hecho no quería irme dejando una estela de tristeza y te he preparado una sorpresa. Busqué la receta de aquel cóctel que tomamos en nuestro viaje a Grecia, ¿recuerdas? Llevaba plátano y ron y leche de coco. Lo de dejado refrescando en la nevera. Y también preparé una cena para dos. Luego me pedirás un taxi y me acompañarás hasta él. Pero eso será luego, ahora dame la mano y sentémonos en el porche, que hace una noche muy buena, dice. La puerta del jardín estaba abierta cuando llegué. Si el monstruo había escapado por ahí tendría problemas de un momento a otro. Este cóctel está riquísimo, querida,  no sé qué le pusiste pero está realmente delicioso y fresco. María me mira y sonríe con esa sonrisa suya feroz que tanto me excita. De pronto siento muchas ganas de llevarla a la cama y lo confieso. Claro, sería una gran despedida, dice ella encendiendo un cigarrillo.

He sido infiel, María, le digo y no entiendo cómo salen las palabras de mi boca, he sido infiel con una jovencita, casi una niña. Mis amigos me llevaron a un club de carretera y cuando la vi me volví loco de deseo, confieso y de pronto me toco la boca para parar aquel torrente de información. Ella me mira expulsando el humo y me pregunta que si gocé haciéndolo. Le digo que sí, que alcancé varios orgasmos salvajes entre las piernas atléticas de aquella fiera de cabellera negra y labios de coral. De coral, repite ella, está bien, y supongo que su coño estaría jugoso, lleno de líquidos apetitosos. Si, querida, su coño es dulce y sabroso. Y la idea de matarte fue suya, lo juro, nunca hubiera pensado algo así de no haber ido a ese lugar demoniaco. Claro, lo sé, dice ella, dando otra calada al cigarrillo. Entrecierra los ojos y me sirve un poco más de coctel. ¿Tú no tomas, María? Mira que está francamente delicioso, le digo casi alegre tomando otro sorbo. No, mi vida, he decidido comenzar una dieta severa, ya es hora de que recupere mi figura de antaño. Estabas tan buena, le digo y me recuesto un poco. De pronto me siento un poco aturdido y me toco la frente. Tal vez deberíamos cenar, Daniel, se está haciendo un poco tarde. Sí, creo que comer algo me sentará bien, estoy algo mareado. Ven, siéntate, querido, mira, puse el mantel de lino que utilicé en nuestra noche de bodas. Es precioso, le digo frotando mis ojos. María llega de la cocina con una bandeja de plata. El olor es increíble. Todos los jugos de mi estómago se despiertan y me coloco la servilleta sobre las piernas. Es cordero, preparado de la manera que tanto te gusta, dice destapando la bandeja. ¿Te pongo un poco de vino? Gracias, querida, pero siéntate también por favor. Oh, está tan tierna y aromática, le digo mirándola con arrobación, y tú estás preciosa, realmente sexi. Gracias. Siento no haberte dado hijos, María, creo que un pequeño hubiera llenado tu vida de alegría. Si, dice ella, un pequeño habría roto el silencio de la casa, pero querido, no hablemos de cosas tristes. ¿Necesitas que te corte la carne? Parece que tienes dificultades para hacerlo.

No sé qué me ocurre, cielo, siento como un hormigueo en el cuerpo, es como si mi cuerpo se estuviera desdibujando. Oh, no sufras, mi amor, dentro de unos instantes ya no lo sentirás. La parálisis comenzará en breve. Notarás como las piernas se aflojan y tal vez se vacié tu vejiga, luego notarás un cierto calambre en el estómago. Después las manos caerán al costado, muertas, y no podrás sostener el cuello erguido. Entonces te tumbaré en el suelo, con cuidado. No, por favor, no intentes hablar. Ya no puedes articular la lengua. Te quise tanto, Daniel, no sabes cuánto. Después apagaré las luces, o mejor las atenuaré, intimas y solo un poco definitorias. Los contornos en la oscuridad son importantes cuando uno yace indefenso La miro con los ojos desorbitados y grito, grito tan fuerte que no sé cómo no me escuchan los vecinos. Pero debe ser un grito interior porque no escucho nada.
Pondré una almohada bajo tu cabeza, dice María, así, ¿verdad que estás cómodo? Huele a rosas frescas y su cabello es denso y brillante, como en los viejos tiempos. Tus amigos no te echarán de menos, ya les anuncié que partías muy lejos para llenar esas páginas en blanco. Necesita un poco de aventura, les dije, y me lo agradecieron, dijeron que últimamente se te veía cetrino y taciturno. Adiós, Daniel, tranquilo, en seis días todo acabará. Seis. María se marcha y escucho como da varias vueltas a la llave. Seis, pienso, seis. ¿Acaso…? No, imposible. El monstruo se escapó por el jardín. Seguro que sucedió en ese espacio de tiempo en que María se fue de compras. No ella nunca haría algo así. Es una buena mujer. Yo lo hice porque soy escritor y mi mente trabaja a toda máquina. Pero ella es tan sencilla.

¿Pero y si fuera cierto? Pasada una semana Débora preguntará a mis amigos por mí. Se fue de viaje, nos lo ha dicho su esposa, esa santa, dirán ellos contestando a coro. Que necesita aventuras, añadirán, para llenar esas páginas en blanco. Pero Débora es una chica lista y tratará de recuperar su anaconda, si no lo hiciera levantaría sospechas. Yo se la presté, no me pregunten para qué la necesitaba, diría a la policía llegado el caso, ya saben ustedes cómo se las gastan estos escritores. Hace poco leí una novela dónde un escritor simulaba la muerte de su esposa para averiguar qué se siente al ser tratado como un presunto asesino, diría ella, perspicaz. Y ahora usted necesita recuperarla, diría el policía sin dejar de anotar en su libreta. Es parte de mi espectáculo, una parte fundamental, informaría ella haciendo un movimiento de abanico con sus larguísimas pestañas.  Claro, el espectáculo debe continuar, dirá el inspector, que cómo todo policía guarda en su interior a un cómico frustrado. ¿Ha visto usted alguna vez el número de la boa?, le dirá ella, que ya me habrá olvidado. No señorita, dirá el policía sonriendo, pero si me lo recomienda iré alguna noche en la que no esté de servicio. Eso me encantaría, señor inspector, diría ella,  anudándose a  su brazo férreo.

Seis, dijo antes de irse. ¿Acaso María…? No, no, ella es una mujer sencilla. Su mente no trabaja a la velocidad de la mía, una máquina engrasada y lúcida. ¿Dónde está su marido, señora?, preguntará el policía pasado el tiempo. No lo sé, señor inspector, de verás. Me dijo que se iba de viaje. ¿Y usted?, dirá el inspector sin dejar de anotar en su libreta. Bueno, inspector, tantos años de matrimonio, ya sabe usted… explicaría María acariciando el dedo anular, ese dedo donde antes había un anillo. La rutina, asentiría el inspector sagaz y comprensivo. Sí, señor inspector, la rutina es un monstruo que va desgastando el matrimonio con esos ácidos suyos, tan letales. Eso que dice usted es demoledor y tan poético señora, dirá el policía, y es que María de vez en cuando dice unas cosas muy hermosas. 




...


(Esbozo que no acabaré)


lunes, 21 de agosto de 2017

Enero, febrero, marzo, abril...

–Creo que con doce será suficiente.Tal vez dieciocho –le dijo el doctor a aquel sujeto de hombros caídos, alargándole el remedio.
–¿Lo cree usted de veras? ¿Y me pondré mejor?
–Delo por hecho, amigo.
–¿Y cuándo vuelvo? Tal vez debería darme una fecha concreta, ya sabe usted cómo se colapsa luego todo.
El médico, despistado como todos los sabios, alargó la mano para tomar un objeto de su mesa, y no hallándolo se echó a reír.
–Me parece que la solución está en sus manos.

jueves, 17 de agosto de 2017

Voraz

Este relatillo me cumple cuatro años, que mayor se me ha hecho. Como estoy de sequía literaria, lo subo, para los que no lo leyeron en su momento.




Voraz.

Purificación cerró con dos vueltas de llave los portones de la vieja librería y, desdeñando la idea de tomar el autobús, decidió volver a casa cruzando el parque de los abedules, despacio, fijándose en las copas de los árboles y aspirando con deleite el olor macerado de los jazmines. Observó, hipnotizada, la luna pálida y redonda como un vientre de mujer y suspiró. Echaba de menos el amor carnal; añoraba el contacto de unas manos en su vientre y en su talle, casi no recordaba el sabor de unos labios o de un sexo. Desde que su Hipólito la abandonó por un guardia civil con bigote no volvió a catar varón; sus noches eran interminables y sus madrugadas heladas. El placer solitario aliviaba un poco el hambre, pero dentro de su vientre se agazapaba un animal difícil de calmar, que rugía enfadado ante el engaño, y, tras el climax, la fiera simplemente se replegaba como un felino acorralado.
No tuvieron descendientes y, ante la carencia de estos, todo el amor de la pareja se volcó en aquella librería de pueblo: un lugar antiguo, oloroso, un remanso de paz. La primera vez que Hipólito la llevó a aquel paraíso de libros la empujó suavemente hacia la oscuridad y allí, bajo los incunables,  la besó tiernamente en los labios. No hicieron el amor porque eran otros tiempos donde la pasión encendida y consumada al momento no estaba bien vista, pero se robaron cándidos besos bajo los tentáculos verdosos de Lovecraft y se abrazaron bajo las negras nubes de aquellas Cumbres borrascosas.
Una noche Purificación estuvo a punto de subirse la falda bajo la mirada sombría de Don Miguel de Unamuno y, llena de remordimientos, corrió sofocada hasta la parroquia del padre Marciano.
—Dime hija ¿qué te preocupa?
— No sé qué me ocurre, padre. Es que me toca mi Hipólito y se me nubla la cabeza, se me aflojan las rodillas y no puedo hacer otra cosa que suspirar y tragar saliva—esto lo decía sonrojada hasta la punta de los cabellos.
— ¡Ay, señor! Y dime hija mía ¿Dónde te toca el marsupial de tu novio? que por cierto hace mucho que no viene a confesarse…
—En los pasillos oscuros de la biblioteca, padre. –Purificación fingió una tos.
—No hija, quiero saber qué partes de tu cuerpo  toca, porque comprenderás que nuestro señor no castiga de la misma manera una palmada bien intencionada en las nalgas que el amasamiento lascivo de los pechos,  o un pellizco en el pezón…
— ¡Ay, padre, pero le juro que solo los acaricia por encima de la ropa!—Purificación se tapó los pechos en un gesto instintivo.
— ¿Y qué más? ¡Ay señor, señor! Cuéntame hija, cuéntame para descargar tu alma de suciedad. Vierte esa porquería en mí. —suspiró el pobre hombre.
—Bueno…, a veces yo le toco por encima del pantalón..., ya sabe.
— ¿Acaricias esa gran protuberancia masculina? ¡Dios, apiádate de esta sierva tuya! Realmente se impone la absoluta sinceridad, hija mía. ¿Y dime, qué haces, qué actitud es la tuya, qué sientes ante ese miembro endurecido de tu novio? Saldrás huyendo ante esa magnitud latente, imagino. ¿No te habrás dejado levantar las faldas? ¿No habrás consentido que tu novio introduzca su mano impía en ese lugar floral y tierno tuyo? No tienes más alternativa que narrarme todos los detalles, a ver si puedo entender tu enfermedad e implorar por tu salvación a nuestro señor Jesús. —Volvió a suspirar el padre, apenado.
Oliendo los primeros vapores del azufre Purificación contó entre lágrimas todos los pormenores de esos encuentros encendidos y, apiadándose de los gemidos entrecortados del párroco, decidió aceptar la petición de matrimonio de su novio.
Se casaron una mañana de abril y por la noche Purificación no escuchó los fuegos artificiales soñados, no tembló la cama, no titilaron las estrellas, no huyó escandalizada la luna recogiendo sus enaguas ante la fiebre desencadenada. Por la mañana desayunaron plácidamente en silencio y Purificación supo que había cometido el error más monumental de su corta vida.
Pasaron los años; la primavera dejó los vastos prados tapizados de hojas tiernas  y el verano las secó con sus soles insolentes esparciéndolas para el otoño. El invierno siempre la encontraba sola y el bueno de Hipólito nunca sintió interés por conocer a donde iba la mirada perdida de su esposa, ni interpretó sus largos suspiros; y la vida transcurrió de esta manera hasta que una mañana Purificación encontró una nota sobre la almohada, un montón de perchas vacías y la ausencia del cepillo de dientes del esposo en la repisa del baño.
Sin Hipólito no quedaba otra alternativa que contratar a alguien para ayudarla en la ardua tarea de informar a los clientes, de acompañarlos al pasillo indicado, de tomar el libro requerido, soplar cariñosamente el polvo de su lomo y, libre de ácaros, ofrecerlo al cliente con la misma ilusión que aquel que ofrece una alfombra voladora.
Una mañana luminosa de mayo se abrieron los portones y Purificación escuchó el ritmo cadencioso de unos tacones de mujer. Levantó la vista del ordenador y, por encima de sus lentes, sus ojos miopes vislumbraron un ser angelical. La visión de otro mundo apoyó sus manitas en el mostrador y dijo que venía por el anuncio de ayudante de librera. Que tenía algo de experiencia, que adoraba los libros y que guardaba una licenciatura de letras en su cartera,  que si quería ver sus diplomas le dijo a Purificación. Ésta no quiso ver sus papeles, en realidad casi no pudo articular palabra, balbuceó como una colegiala al preguntarle el nombre y cuando la diosa le dijo, sonriendo, que todo el mundo la llamaba Rosa, Purificación supo por qué. Su piel era de color rosa palo, sus labios eran de color rosa púrpura, sus ojos eran de tierra removida y olía como huelen las rosas recién regadas y bañadas en luna.
Rosa se incorporó de inmediato y nunca tantos parroquianos pisaron la librería, nunca tantos ojos cansados quisieron leer a los clásicos. Los libros olvidados, aquellos que duermen en las alturas el sueño de los ausentes, aquellos fueron reclamados por rudos hombres de mirada vidriosa, que nunca antes habían gozado del placer extenso de las letras, ya fueran líricas, clásicas o contemporáneas o los serios ensayos. De pronto se quiso leer a Tolstoi y a Chejov,  a Fiodor Dostoievski y a Cortázar, la Metamorfosis de Ovidio y la de Kafka, hasta un volumen de letras muy muertas reclamaron de las altas estanterías.
No importaba la altura del tomo, ella, de manera solícita y profesional,  se subía a las empinadas escaleras y alzaba sus manitas etéreas dejando sus muslos interminables a la vista del solicitante, que, preocupado por una posible caída, se prestaba a sujetar la escalera con ambas manos rezando a todos los dioses del Olimpo para que el artilugio se rompiese y la diosa aterrizase, desabotonada y agradecida entre sus brazos musculosos de Atlas convencido. La escalera nunca se rompía y el tomo requerido aterrizaba siempre en una mano temblorosa y eran unos ojos lacrimosos los que le daban las gracias a Rosa. Sonaban campanas, pero eran del interior de los pechos.
Ignoraba la chica que la dueña de aquel paraíso de letras la miraba confusa y  sumida en fiebres locas que nunca antes sintió, acorralada entre sentimientos extraños. Por este motivo Purificación corrió de nuevo a visitar al párroco, que por aquellos días andaba ya un poco achacoso.
—Padre, veo mi alma abocada a los infiernos más oscuros. Mi vida es un tormento y en mis noches mil hogueras me queman la piel; ya oigo el crepitar del fuego que quemará mi cuerpo.
—Cuéntame, hija.
—No sé me ocurre cómo contarle esto.
—No puede ser tan malo, tu alma es buena.
—Es ella. No es mortal; es un demonio provocador, malicioso.
— ¿Hablas de la nueva librera? Dicen que no es de este mundo, que es un ángel. ¿Te ha ofendido de alguna manera?
—No padre, es una joya y nunca hemos vendido tanto…, es que ha despertado en mí un sentimiento desconocido, extraño y …lujurioso.
— ¿Un sentimiento lujurioso? ¿Te refieres a…? ¡Pero eso no puede ser, hija!
—Lo sé padre, lo sé, pero no puedo dejar de pensar en ella. Sobre todo por las noches.
— ¿Has tenido pensamientos impuros con esa jovencita? ¡No te habrás tocado imaginando sus carnes prietas y juveniles!— el servidor de la Cruz relinchó como un caballo.
— Si padre, me he tocado pensando en ella. Pero entienda usted que mis noches son solitarias,  tristes; no tengo alegrías de ningún tipo.
—Tienes tu librería y a nuestro señor, que vela por ti. En cuanto a esas ensoñaciones nocturnas sabes que debes contármelas detalladamente, para que calibre la gravedad del asunto y pueda absolverte. –más suspiros.
—Padre, ella tiene un cuello blanco de gacela, delicado y frágil como el cristal, que al estirarse para localizar un tomo expone en toda su belleza, provocando las ganas de acariciarlo con los labios, sin besarlo siquiera, tan solo rozarlo con el aliento contenido para no empañar ese cristal inmaculado. Sus manos ¡Ay! Son dos plumas de cisne, transparentes, de deditos largos; padre, en mis noches sin sosiego yo me la imagino completamente desnuda cepillando mis cabellos, mirándonos a los ojos a través del espejo. Y como mi cuerpo ya es maduro, padre, no me atrevo a imaginarla seduciéndome, por si no le gusto. Entonces juego a acariciarla yo, pero casi sin rozarla ¡lo juro! Me convierto, para que el pecado sea menor,  en un perro hambriento y entonces  paseo mi hocico húmedo por cada milímetro de su piel erizada y lo escondo, ansioso, entre sus fragantes cabellos alborotados, y lamo su cuello lentamente y como es interminable tirito y mis flacos huesos de perro viejo tiemblan y busco más abajo, y huelo sus pechos y quiero lamerlos, pero son tan tiernos que me asusto y simplemente los miro, casi  llorando.
Purificación escuchó los roncos gemidos entrecortados del párroco y se asustó.
—Padre ¿llora usted por mí? ¿Acaso quiere que pare? Tiene suficiente con esto, imagino. Sé que…
— ¿No tendrás un pañuelo de papel, hija mía? Es… para secar mis lágrimas. ¡Pero continua, perversa! ¡Dime por favor que tu hocico viejo no ha husmeado en la sagrada fuente de la chica! —la voz del viejo sonaba ronca.
—Pues eso es lo peor padre, que sí, que mi hocico viejo ha husmeado esa carne rosada, casi impúber y tierna hasta el dolor; sí, reconozco que en mi imaginación la he olido, me he asomado a ese acantilado tibio y somnoliento, he aspirado el perfume de su entrepierna y me he mordido los labios para no calmar mi sed.
—Pues hija mía, me temo que no voy a tener más remedio que ir a visitarla: para hacerle frente al demonio primero debo conocer su poder. ¡Reza! ¡Reza mucho hija! ¡Y azota tu cuerpo con el flagelo de la penitencia para ahuyentar al maligno!
            —No puedo padre, la última vez que me flagelé la imagen de ella se instaló de nuevo en el espejo, y allí estaba de nuevo, detrás de mí,  con su largo cabello derramándose como una cascada de oro sobre sus hombros; tan largo, padre,  que le llegaba hasta el ombligo, y, padre, sentí mucha envidia de ciertas guedejas que, golosas, se enredaban alrededor de los tiernos pezones como una ardiente lengua ávida. Si padre, cuando mi espalda comenzó a sangrar la vi a ella, completamente desnuda, palpitante y sonriente, con las piernas ligeramente abiertas y su sexo…
— ¡Calla! ¡Calla, mujer!

— ¿Quiere más pañuelos padre?


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miércoles, 16 de agosto de 2017

Espejismo



No os cabe, jovencita, no forcéis la situación —dijo el príncipe secándose el sudor de la frente —. Vos no sois  la mujer que me enamoró en el baile. Ella lucía como una prímula bañada por el sol. Su carita era blanca y hermosa y sus manitas estaban limpias. No sois vos. El zapatito de cristal ha hablado. Retiraos y volved a vuestro trabajo humilde entre cenizas y escobas.

—Tampoco vos sois el príncipe que me robó el corazón. El me habría reconocido por mi voz y mis historias y no por mis pies hinchados de permanecer horas de pie. Meteos el zapato por donde os plazca. 

lunes, 3 de julio de 2017

Sin coordenadas precisas

Este ¿relato? lo escribí una madrugada de pedo absoluto. Venía de fiesta, solté el bolso y abrí el portátil. La premisa del concurso al que iba a enviarlo era esta: relatos muertos. El concurso estaba organizado por un foro de amiguetes, que ya no se sorprenden de nada, que saben que ando medio chiflada. Os lo dejo, por si os arranco alguna risa, o sonrisa. Por supuesto no hace falta que entendáis nada, jaja. 






Como no tengo interés alguno en ganar este concurso de relatos muertos os ilustraré sobre lo provocador y excitante que resulta escribir sin tener ni puñetera idea de hacia dónde va la historia, al más puro estilo bretoniano. Tengo un título, tengo una puerta de madera tallada. Tengo a una protagonista confusa que anda caminando sin rumbo establecido. Tengo un pájaro casto que en algún momento de la historia se volverá azul como el pájaro azul de Bukowski y tengo un convento de clausura. Tengo suficiente alcohol circulando por mi sangre como para escribir lo más absurdo del mundo. Pero no tengo ni puta idea de cómo acabará este relato.
La chica tocará al timbre de esa puerta en breve. Pero aún no. Porque aún tengo que decidir qué aspecto tiene.
De pronto la veo algo frágil, con esa fragilidad sensual que invita a la protección. Tiene el pelo oscuro, la nariz recta, los ojos de un gris huraño. La boca no, la boca es prometedora. La descripción es importante, por si al final del relato ella acabara contra una pared con las piernas entreabiertas. Pero eso luego. Ahora ella sigue ante esa puerta cerrada con una maleta de ropa. En la otra mano lleva una jaula redonda. Dentro de la jaula hay un jilguero.
Llamará al timbre en breve, pero aún quedan asuntos por solucionar. Uno de ellos es averiguar por qué ingresa en un convento una mujer hermosa, joven y licenciada en historia del arte. Otro asunto será convertir este relato en un relato muerto. Pero el más importante de todos será cómo colarles un minotauro a esta comunidad de religiosas.
Como no estoy demasiado instruido en mitología griega investigo un poco y averiguo que el monstruo era un hombre con cabeza de toro. Eso me perturba. Sigo indagando y mis sospechas se confirman: era hijo de Pasifae y El toro de Creta. Muevo las manos como el que espanta una mosca para sacar esa imagen de Pasifae y el toro apareándose. Pasifae le pide a Dédalo que le construya una vaca de madera para meterse dentro. Déjala hueca, le dice. ¡Ay! Y entonces veo al toro blanco de Creta encaramado sobre el lomo de la vaca, embistiéndola. Pero debajo de la vaca de madera hay una mujer tierna que puede quebrarse y es cuando mi pajarillo enjaulado empieza a ponerse azul. Y pía. Y su piar es como un lamento. Y se pone azul. Se pondrá azul cada vez que yo tenga un pensamiento obsceno. Tranquilo, pajarillo, que ya dejo de pensar.
La chica pulsa el timbre y, mientras la monja más vieja abandona los maitines para acudir a abrirle, un monstruo de tres metros rompe una pared al otro lado del recinto. Ya ha entrado. ¿No habéis notado un temblor?
Ahora tenemos a Ariadna, que no es virgen, tenemos un carrete de hilo y a un toro que viene a por su sacrificio anual: catorce vírgenes. Y me pregunto si habrá tantas en el convento.
La monja más vieja abre la puerta y Ariadna le dice “buenos días, soy licenciada en arte” y la monja le responde “” ¿y qué?” y la chica le dice que un presentimiento muy fuerte la ha levantado esa mañana de la cama y que no ha tenido más remedio que tomar una maleta y acudir allí. ¿Y el pájaro?, pregunta la monja vieja. No podía dejarlo solo, es un jilguero sensible, dice la joven.
No ha sido un presentimiento lo que la ha levantado  de la cama, he sido yo. Ya tenemos a esta licenciada en arte dentro del convento. La monja vieja le dice que ha llegado justo a tiempo para la misa de las ocho y media. Pero de pronto todo el claustro tiembla. ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? ¡Se oyen bramidos!, gritan. Todo el mundo corre de aquí para allá. ¡En los pasadizos, es en los pasadizos!, gritan a coro. Ariadna pregunta qué hay abajo y la monja vieja le dice que hay un laberinto antiquísimo. Habrá que bajar a verlo, dice la chica, dadme unas antorchas. Pero no te lleves al jilguero, dice una monjita muy joven, casi una niña. Tengo que llevármelo, no puedo separarme de él: es mi conciencia, dice Ariadna.
Ahora tengo a una mujer hermosa con una antorcha en la mano y un jilguero en la otra. La visión, cuanto menos, merece la pena y las monjas se santiguan encomendando ese cuerpo delgado a los santos más valerosos. Parece la estatua de la libertad, suspira embelesada una monjita de unos quince años con las manos en el pecho incipiente y lágrimas en los ojos. Nadie ha tocado esos pechos. Ya tenemos una virgen por si la necesitamos. Me falta Teseo. Y ya lo tengo en la puerta. En breve pulsará el timbre. Cuando Ariadna lo vea de pronto se parará el mundo en su eje, dejará de respirar, apretará las piernas y tragará saliva. A él le ocurrirá lo mismo, lo que ocurre es que los hombres son menos dados a dejarse encharcar los ojos.
Abajo hay algo espantoso, le dice ella a él y mientras se lo dice alarga su mano blanca buscando la del hombre. Lo sé, por eso he venido, dice él. En realidad ha venido porque yo lo he decidido así, pero dejemos al pobre iluso que lo crea. Los personajes nunca quieren creer su inexistencia.
El suelo retumba de nuevo y la pared se resquebraja. Un crucifijo cae y el pajarillo pía de susto. Su corazón es tan delicado que no soportará que nuestro señor Jesucristo sufra una lesión, pobrecito mío, que ya bastante tiene con todos esos clavos. Y es cuando Teseo se lanza y evita la caída de aquel mártir crucificado.
El jilguero ya no tendrá otro amor en la vida más que ese joven que lleva una espada brillante envainada. De Cádiz habría de ser, dice una monja gorda y lustrosa. Si, dice el héroe, de allí vengo. Caletero soy, para servirles a ustedes y a Nuestra señora del Rosario, y rubrica esto con una reverencia.
Menos lobos y vamos para abajo, dice una monja a la que los amores y las sensiblerías le importan muy poco.
Ahora tenemos a una cohorte de monjas culonas, a un héroe caletero, a una mujer hermosa portando una antorcha y a un tierno pajarito que se balancea dentro de la jaula. Ya bajan. Despacio, que no sabemos lo que hay abajo, dice la monja más vieja.
Alumbra, mujer, que no veo nada, dice Teseo. Y cuando alumbra toda la comitiva se retira cuatro pasos de puro espanto. ¿Qué es aquello que parece un hombre y tiene cabeza de toro? Es el minotauro, dice Ariadna y se restriega los ojos porque no sabe si está soñando. No puede ser, dice el héroe, si eso es cierto ahora me tocará luchar contra él, o eso al menos es lo que dicen las leyendas. Sí, gritan todas a coro retirándose a una esquina, tendrás que luchar contra él. Y después ponen pies en polvorosa, que una cosa es admirar a un héroe y otra echarle una mano. Mejor rezamos arriba, dicen todas a una.
Y aquí es cuando nuestro héroe caletero se planta delante del toro y no sabe por qué pero le sale de la boca un “eh toro” chulesco. Con las palmas en el culo  y sacando pecho Teseo se ve impresionante y Ariadna lo desea ya entre sus piernas. Pero el minotauro es una bestia formidable, nacida de un coito espantoso y no se amilana.
A mí me dais unas vírgenes y ya me apaño, dice. No sabemos cuántas hay, dice el héroe caletero, bajo la mirada de Ariadna que de pronto se ha enfurecido. Tienes que darle muerte, dice ella en un susurro discreto, tienes que darle muerte al minotauro. Luego debes encontrar la salida con este hilo mágico que llevo encima. No nos hemos movido de la puerta, dice el héroe, no estamos perdidos y el minotauro no es agresivo. Yo con mis vírgenes me conformo, repite la bestia.
Ahora tengo un relato estancado por culpa de unos personajes que se me han puesto a charlar. Así que no tengo más remedio que hacer algo. Voy a abrirle la puerta a nuestro tierno jilguero. Vuela, vuela, pajarito. Y el animalillo, dichoso, despliega sus alas y se posa sobre los músculos marmóreos de Teseo. Lo ama. Este héroe viene de un lugar donde las casitas son blancas y los callejones están llenos de flores perfumadas y en los cielos surcan cometas de todos los colores. Le trina al oído y Teseo sonríe y rompe a reír,  que no hay nada más sensual que un trinar melodioso cerca de la oreja.
El minotauro, que piensa que los pájaros dan mala suerte, le da un manotazo al jilguero y lo aplasta y se oye el crujido de huesitos rotos. Nuestro héroe dice “noooooooooooooooooo” con los ojos desorbitados, pero ya no puede hacer nada, porque el pájaro tiene el pecho aplastado y el piquito entreabierto. Teseo lo toma entre sus manos y solloza. Tienes que matar al minotauro, dice ella algo decepcionada. Pero Teseo ya no oye nada porque las lágrimas resbalan por sus mejillas. Tomando al animalillo en el cuenco de sus grandes manos sale de allí, dejando al minotauro y a Ariadna solos, uno frente al otro.
—¿Qué hacemos?—dice la bestia aproximándose a la princesa.
En la mitología ambos eran hijos de Pasifae.
—Qué sé yo—dice ella ruborosa. Y mientras lo dice no puede evitar dirigir los ojos a la abultada entrepierna del monstruo. Ya da lo mismo, ya no hay ningún pájaro que se ponga azul.
—Supongo que virgen no eres…
Ahora para ser justos, debería dejar este relato inconcluso. Debería tirarlo a la papelera. Porque ese es el concepto que tengo de un relato muerto. Y eso es lo que voy a hacer. Eliminado. Ya no está. La página vuelve a estar en blanco. Pero sé que esta noche, cuando me vaya a la cama y el insomnio se apodere de mí, pensaré en posibles finales. Uno de ellos es este:
La intensidad del orgasmo despertó a Sor Ariadna. Tenía sangre en el labio inferior y supuso que durante el coito soñado, el minotauro la había mordido con hambre. Se retiró la sangre de los dedos y se incorporó angustiada. Un ovillo de lana reposaba sobre la mesa de la austera celda, junto con unas agujas de hilar. Su imaginación exacerbada la traicionaba a veces y se avergonzaba muchísimo por ello. Rezaría después. Tal vez era una buena ocasión para sujetarse bien el cilicio al muslo. Se asomó a la ventana para refrescar su frente y saludó con la mano a Teseo, que cavaba en el jardín. El hombre la saludó sonriente. ¡Que monja más bonita!, pensó secando su pecho  perlado de sudor.
A lo lejos un jilguero trinó contento y se posó sobre el hombro desnudo del jardinero.

Pero ya es tarde, porque este relato ya no existe.



miércoles, 28 de junio de 2017

El último poema

Una imagen, un relato.


Ni un beso. Tan solo tu nombre garabateado al final de la carta y tras él  un desierto ilimitado. Subí las piernas al banco y me abracé las rodillas, tiritando. Nunca tuve tanto frío. El viento me arrancó bruscamente la carta de las manos y contemplé, hipnotizada, cómo se elevaba sobre mi cabeza. Luego la vi bajar balanceándose de un lado a otro, cadenciosa, como escribiendo un último poema, para aterrizar, por fin, sobre un charco de lluvia.  Como la protagonista de un sueño inacabable la vi después absorber el agua de la lluvia, y pensé que ese desierto blanco que había nacido después de tu nombre ya se llenaba de agua. Sonreí triste. Tal vez creciera la hierba allí donde advertías, casi jurando,  que no habría nada más entre nosotros. 




lunes, 19 de junio de 2017

El rodeo





Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado y que debía acudir al pueblo a la mayor brevedad.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó calzándose las botas a toda prisa.
—Pues que el chico tuvo la desafortunada idea de sugerir la celebración de un rodeo para conmemorar el inicio de la primavera, padre —explicó uno de los hombres—. Dijo que podría ser un acontecimiento memorable. Que había leído en un viejo libro de historia que hace muchos años se celebraba con potros salvajes, pero que, en su defecto, los bisontes podrían servir. Bisontes-ciborg en este caso.
—¡Un rodeo con esos monstruos! —exclamó el padre llevándose las manos a la cabeza—. ¿Pero en qué estaba pensando ese chico?
—Pues eso, padre, que cuando acabó de hablar, los parroquianos del salón casi lloraban de la risa, porque casi nadie recuerda ya la primavera. Pero Harry «brazo de oro» ni se inmutó. Se acercó muy despacio a él y le dijo, aproximando mucho su cara a la del chico, que no tenía cojones de subirse a un bicho de esos. Que para eso había que ser muy macho. El joven Aaron le dijo que sí podía, que por algo le habían nombrado «sir». Cuando oyó esto Harry soltó una gran carcajada, luego se puso a palmotear y por último le llamó nenaza. Aaron le dijo que retirase lo que acababa de decir, pero Harry comenzó a bailar en círculos, imitando el cloqueo de una gallina. Ya puede imaginarse lo que sucedió después, padre. Aaron, rojo de ira,  llevó torpemente su mano a la cartuchera para desenfundar su arma, pero Harry es demasiado rápido, ya sabe que cuenta con una gran ventaja. El chico no tuvo nada qué hacer.
—Ese Harry…, cualquier día amanecerá ahorcado —dijo Brown meneando la cabeza.
—Verá, padre, el problema es que, hallándose todavía el cuerpo del joven Armstrong tirado en el suelo, Harry se dirigió a todos los parroquianos y, medio borracho y enardecido, les dijo así:
«¡Escuchadme todos! Esta rata no hubiera aguantado ni un segundo sobre una de esas bestias cibernéticas. Son de carne y hueso, pero se mueven como máquinas engrasadas. Son animales mejorados, pero algo en todo ese proceso los volvió locos. Y es casi imposible abatirlos. Pero lo peor de todo: son muy inteligentes. Si este chico se hubiera subido a lomos de uno de ellos lo hubiera lanzado a tal altura, que hubiera bajado convertido en mierda derretida. Pero si queréis ver al mejor domador del mundo: aquí me tenéis. ¡Y ahora vayamos a por esas bestias infernales y hagamos posible ese maldito rodeo!»
—¿Y cómo reaccionaron los muchachos?
—Jalearon la ocurrencia de Harry. Luego se marcharon en sus Harleys, borrachos y armados hasta los dientes. Bueno, menos Harry, ya sabe, padre, que él ya cuenta con un arma acoplada en su brazo y no necesita…
—Lo sé hijo, lo sé. De otra manera no contaría con tantas muescas en su haber. El muy hijo de perra no necesita desenfundar —dijo el padre, ante la mirada sorprendida de su interlocutor, que nunca lo había oído lanzar tantos improperios—.Esto es muy grave, muchachos. Esos bisontes son los deshechos tarados de algunos experimentos fallidos. Dejaron con vida a unos animales blindados y descomunales, peligrosos.
Cuando acabó de hablar el padre Brown miró con tristeza por la ventana. El color rojo del cielo era casi tan violento como el de la tierra.
—¿Qué dice de todo esto nuestro hombre de la ley? —dijo al fin tomando  su sombrero.
—El sheriff opina que mientras no se incumpla la ley no meterá las narices—dijo uno de aquellos hombres.
Una hora más tarde el sheriff y el padre hablaban de manera distendida ante sendos tragos de un sucedáneo bastante fiel del viejo whisky.
—¿De qué se compone este brebaje? —preguntó el padre, distraído.
—No lo sé, Brown. Pero he visto cómo brillaba el cadáver oxidado de una vieja Harley tras limpiarlo con este líquido dorado. Sí, la he visto florecer después, como una Venus renacida, brillante, sensual.  ¡Bah, está muy bueno y calienta el alma! En cuanto a lo del rodeo, yo no me preocuparía demasiado.
—No quiero que muera ninguno de mis muchachos por culpa de ese mal bicho de Harry. No sé por qué no has tomado cartas en el asunto.
—No se preocupe, padre, está todo organizado. Harry será el primero en salir. Si no muere aplastado bajo las patas del ciborg será conducido a la cárcel. De un modo u otro no tiene escapatoria. Una vez acabe su numerito yo mismo suspenderé ese rodeo. Y los animales serán conducidos de nuevo a su reserva.
—Que Dios le oiga. Thomas, que Dios le oiga —dijo el padre.
El sheriff sonrío con ironía antes de apurar su trago.
—Ese Dios suyo se largó con toda su cohorte de ángeles tras la gran guerra, Brown.
El día del rodeo llovió una especie de barro por la mañana. Luego la lluvia sucia cedió, dejando paso a un mediodía sangriento y sofocante.
Dentro del recinto fortificado seis bestias magníficas se revolvían furiosas, con los ojos inyectados en sangre. Unos metros más allá Harry «brazo de oro» atusaba sus bigotes y se acicalaba el pelo ralo. Con un poco de suerte Sally se encontraría entre el público, luciendo un generoso y perturbador escote. Tal vez el aire caliente revolviera sus cabellos rojos. Harry se relamió de placer. Si salía airoso de aquella locura, tal vez ella aceptara revolcarse un rato con él.
Entre los parroquianos, Harry vio al padre Brown y lo saludó tocando ligeramente el ala de su sombrero, un saludo que no fue correspondido. A la hora convenida sonó el cuerno. Era la señal.
Harry se secó el sudor de su única mano en las chaparreras de cuero y miró al público. Sólo tenía que aguantar ocho segundos. Ocho. Acarició su brazo metálico. Le habían obligado a descargar la munición. Estaba indefenso.
—¿Qué ocurre Harry? —gritó el sheriff exhibiendo una sonrisa lobuna—.¿Acaso eres una nenaza?
—Harry Callahan —dijo el padre Brown mirándolo de manera intensa—. Aún puedes arrepentirte y entregarte a la justicia. Estás perdido. Ya no podrás abatir a la bestia con ese brazo tuyo demoníaco. Encomiéndate a Dios si decides continuar con esta locura.
Harry miró a los dos hombres y sonrió haciéndoles una reverencia,  luego dirigió su mirada acerada hacía la puerta de aquel recinto. Los animales embestían la puerta con las afiladas cornamentas. Querían salir. No aguantarían mucho más ese encierro. «Están sedientos de mi sangre», pensó Harry. «Es el fin. Pero... ¡Qué demonios! Me ahorcarán de todas formas. Y yo ya tengo experiencia montando a otras fieras». Y sonrió, mirando a aquella pelirroja de ojos verdes y piernas interminables.
—Va por ti, nena—dijo, lanzándole su sombrero.

Luego, en medio del silencio más absoluto, sólo se escuchó el tintineo de sus espuelas, acercándose muy despacio a la puerta.