lunes, 3 de julio de 2017

Sin coordenadas precisas

Este ¿relato? lo escribí una madrugada de pedo absoluto. Venía de fiesta, solté el bolso y abrí el portátil. La premisa del concurso al que iba a enviarlo era esta: relatos muertos. El concurso estaba organizado por un foro de amiguetes, que ya no se sorprenden de nada, que saben que ando medio chiflada. Os lo dejo, por si os arranco alguna risa, o sonrisa. Por supuesto no hace falta que entendáis nada, jaja. 






Como no tengo interés alguno en ganar este concurso de relatos muertos os ilustraré sobre lo provocador y excitante que resulta escribir sin tener ni puñetera idea de hacia dónde va la historia, al más puro estilo bretoniano. Tengo un título, tengo una puerta de madera tallada. Tengo a una protagonista confusa que anda caminando sin rumbo establecido. Tengo un pájaro casto que en algún momento de la historia se volverá azul como el pájaro azul de Bukowski y tengo un convento de clausura. Tengo suficiente alcohol circulando por mi sangre como para escribir lo más absurdo del mundo. Pero no tengo ni puta idea de cómo acabará este relato.
La chica tocará al timbre de esa puerta en breve. Pero aún no. Porque aún tengo que decidir qué aspecto tiene.
De pronto la veo algo frágil, con esa fragilidad sensual que invita a la protección. Tiene el pelo oscuro, la nariz recta, los ojos de un gris huraño. La boca no, la boca es prometedora. La descripción es importante, por si al final del relato ella acabara contra una pared con las piernas entreabiertas. Pero eso luego. Ahora ella sigue ante esa puerta cerrada con una maleta de ropa. En la otra mano lleva una jaula redonda. Dentro de la jaula hay un jilguero.
Llamará al timbre en breve, pero aún quedan asuntos por solucionar. Uno de ellos es averiguar por qué ingresa en un convento una mujer hermosa, joven y licenciada en historia del arte. Otro asunto será convertir este relato en un relato muerto. Pero el más importante de todos será cómo colarles un minotauro a esta comunidad de religiosas.
Como no estoy demasiado instruido en mitología griega investigo un poco y averiguo que el monstruo era un hombre con cabeza de toro. Eso me perturba. Sigo indagando y mis sospechas se confirman: era hijo de Pasifae y El toro de Creta. Muevo las manos como el que espanta una mosca para sacar esa imagen de Pasifae y el toro apareándose. Pasifae le pide a Dédalo que le construya una vaca de madera para meterse dentro. Déjala hueca, le dice. ¡Ay! Y entonces veo al toro blanco de Creta encaramado sobre el lomo de la vaca, embistiéndola. Pero debajo de la vaca de madera hay una mujer tierna que puede quebrarse y es cuando mi pajarillo enjaulado empieza a ponerse azul. Y pía. Y su piar es como un lamento. Y se pone azul. Se pondrá azul cada vez que yo tenga un pensamiento obsceno. Tranquilo, pajarillo, que ya dejo de pensar.
La chica pulsa el timbre y, mientras la monja más vieja abandona los maitines para acudir a abrirle, un monstruo de tres metros rompe una pared al otro lado del recinto. Ya ha entrado. ¿No habéis notado un temblor?
Ahora tenemos a Ariadna, que no es virgen, tenemos un carrete de hilo y a un toro que viene a por su sacrificio anual: catorce vírgenes. Y me pregunto si habrá tantas en el convento.
La monja más vieja abre la puerta y Ariadna le dice “buenos días, soy licenciada en arte” y la monja le responde “” ¿y qué?” y la chica le dice que un presentimiento muy fuerte la ha levantado esa mañana de la cama y que no ha tenido más remedio que tomar una maleta y acudir allí. ¿Y el pájaro?, pregunta la monja vieja. No podía dejarlo solo, es un jilguero sensible, dice la joven.
No ha sido un presentimiento lo que la ha levantado  de la cama, he sido yo. Ya tenemos a esta licenciada en arte dentro del convento. La monja vieja le dice que ha llegado justo a tiempo para la misa de las ocho y media. Pero de pronto todo el claustro tiembla. ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? ¡Se oyen bramidos!, gritan. Todo el mundo corre de aquí para allá. ¡En los pasadizos, es en los pasadizos!, gritan a coro. Ariadna pregunta qué hay abajo y la monja vieja le dice que hay un laberinto antiquísimo. Habrá que bajar a verlo, dice la chica, dadme unas antorchas. Pero no te lleves al jilguero, dice una monjita muy joven, casi una niña. Tengo que llevármelo, no puedo separarme de él: es mi conciencia, dice Ariadna.
Ahora tengo a una mujer hermosa con una antorcha en la mano y un jilguero en la otra. La visión, cuanto menos, merece la pena y las monjas se santiguan encomendando ese cuerpo delgado a los santos más valerosos. Parece la estatua de la libertad, suspira embelesada una monjita de unos quince años con las manos en el pecho incipiente y lágrimas en los ojos. Nadie ha tocado esos pechos. Ya tenemos una virgen por si la necesitamos. Me falta Teseo. Y ya lo tengo en la puerta. En breve pulsará el timbre. Cuando Ariadna lo vea de pronto se parará el mundo en su eje, dejará de respirar, apretará las piernas y tragará saliva. A él le ocurrirá lo mismo, lo que ocurre es que los hombres son menos dados a dejarse encharcar los ojos.
Abajo hay algo espantoso, le dice ella a él y mientras se lo dice alarga su mano blanca buscando la del hombre. Lo sé, por eso he venido, dice él. En realidad ha venido porque yo lo he decidido así, pero dejemos al pobre iluso que lo crea. Los personajes nunca quieren creer su inexistencia.
El suelo retumba de nuevo y la pared se resquebraja. Un crucifijo cae y el pajarillo pía de susto. Su corazón es tan delicado que no soportará que nuestro señor Jesucristo sufra una lesión, pobrecito mío, que ya bastante tiene con todos esos clavos. Y es cuando Teseo se lanza y evita la caída de aquel mártir crucificado.
El jilguero ya no tendrá otro amor en la vida más que ese joven que lleva una espada brillante envainada. De Cádiz habría de ser, dice una monja gorda y lustrosa. Si, dice el héroe, de allí vengo. Caletero soy, para servirles a ustedes y a Nuestra señora del Rosario, y rubrica esto con una reverencia.
Menos lobos y vamos para abajo, dice una monja a la que los amores y las sensiblerías le importan muy poco.
Ahora tenemos a una cohorte de monjas culonas, a un héroe caletero, a una mujer hermosa portando una antorcha y a un tierno pajarito que se balancea dentro de la jaula. Ya bajan. Despacio, que no sabemos lo que hay abajo, dice la monja más vieja.
Alumbra, mujer, que no veo nada, dice Teseo. Y cuando alumbra toda la comitiva se retira cuatro pasos de puro espanto. ¿Qué es aquello que parece un hombre y tiene cabeza de toro? Es el minotauro, dice Ariadna y se restriega los ojos porque no sabe si está soñando. No puede ser, dice el héroe, si eso es cierto ahora me tocará luchar contra él, o eso al menos es lo que dicen las leyendas. Sí, gritan todas a coro retirándose a una esquina, tendrás que luchar contra él. Y después ponen pies en polvorosa, que una cosa es admirar a un héroe y otra echarle una mano. Mejor rezamos arriba, dicen todas a una.
Y aquí es cuando nuestro héroe caletero se planta delante del toro y no sabe por qué pero le sale de la boca un “eh toro” chulesco. Con las palmas en el culo  y sacando pecho Teseo se ve impresionante y Ariadna lo desea ya entre sus piernas. Pero el minotauro es una bestia formidable, nacida de un coito espantoso y no se amilana.
A mí me dais unas vírgenes y ya me apaño, dice. No sabemos cuántas hay, dice el héroe caletero, bajo la mirada de Ariadna que de pronto se ha enfurecido. Tienes que darle muerte, dice ella en un susurro discreto, tienes que darle muerte al minotauro. Luego debes encontrar la salida con este hilo mágico que llevo encima. No nos hemos movido de la puerta, dice el héroe, no estamos perdidos y el minotauro no es agresivo. Yo con mis vírgenes me conformo, repite la bestia.
Ahora tengo un relato estancado por culpa de unos personajes que se me han puesto a charlar. Así que no tengo más remedio que hacer algo. Voy a abrirle la puerta a nuestro tierno jilguero. Vuela, vuela, pajarito. Y el animalillo, dichoso, despliega sus alas y se posa sobre los músculos marmóreos de Teseo. Lo ama. Este héroe viene de un lugar donde las casitas son blancas y los callejones están llenos de flores perfumadas y en los cielos surcan cometas de todos los colores. Le trina al oído y Teseo sonríe y rompe a reír,  que no hay nada más sensual que un trinar melodioso cerca de la oreja.
El minotauro, que piensa que los pájaros dan mala suerte, le da un manotazo al jilguero y lo aplasta y se oye el crujido de huesitos rotos. Nuestro héroe dice “noooooooooooooooooo” con los ojos desorbitados, pero ya no puede hacer nada, porque el pájaro tiene el pecho aplastado y el piquito entreabierto. Teseo lo toma entre sus manos y solloza. Tienes que matar al minotauro, dice ella algo decepcionada. Pero Teseo ya no oye nada porque las lágrimas resbalan por sus mejillas. Tomando al animalillo en el cuenco de sus grandes manos sale de allí, dejando al minotauro y a Ariadna solos, uno frente al otro.
—¿Qué hacemos?—dice la bestia aproximándose a la princesa.
En la mitología ambos eran hijos de Pasifae.
—Qué sé yo—dice ella ruborosa. Y mientras lo dice no puede evitar dirigir los ojos a la abultada entrepierna del monstruo. Ya da lo mismo, ya no hay ningún pájaro que se ponga azul.
—Supongo que virgen no eres…
Ahora para ser justos, debería dejar este relato inconcluso. Debería tirarlo a la papelera. Porque ese es el concepto que tengo de un relato muerto. Y eso es lo que voy a hacer. Eliminado. Ya no está. La página vuelve a estar en blanco. Pero sé que esta noche, cuando me vaya a la cama y el insomnio se apodere de mí, pensaré en posibles finales. Uno de ellos es este:
La intensidad del orgasmo despertó a Sor Ariadna. Tenía sangre en el labio inferior y supuso que durante el coito soñado, el minotauro la había mordido con hambre. Se retiró la sangre de los dedos y se incorporó angustiada. Un ovillo de lana reposaba sobre la mesa de la austera celda, junto con unas agujas de hilar. Su imaginación exacerbada la traicionaba a veces y se avergonzaba muchísimo por ello. Rezaría después. Tal vez era una buena ocasión para sujetarse bien el cilicio al muslo. Se asomó a la ventana para refrescar su frente y saludó con la mano a Teseo, que cavaba en el jardín. El hombre la saludó sonriente. ¡Que monja más bonita!, pensó secando su pecho  perlado de sudor.
A lo lejos un jilguero trinó contento y se posó sobre el hombro desnudo del jardinero.

Pero ya es tarde, porque este relato ya no existe.



miércoles, 28 de junio de 2017

El último poema

Una imagen, un relato.


Ni un beso. Tan solo tu nombre garabateado al final de la carta y tras él  un desierto ilimitado. Subí las piernas al banco y me abracé las rodillas, tiritando. Nunca tuve tanto frío. El viento me arrancó bruscamente la carta de las manos y contemplé, hipnotizada, cómo se elevaba sobre mi cabeza. Luego la vi bajar balanceándose de un lado a otro, cadenciosa, como escribiendo un último poema, para aterrizar, por fin, sobre un charco de lluvia.  Como la protagonista de un sueño inacabable la vi después absorber el agua de la lluvia, y pensé que ese desierto blanco que había nacido después de tu nombre ya se llenaba de agua. Sonreí triste. Tal vez creciera la hierba allí donde advertías, casi jurando,  que no habría nada más entre nosotros. 




lunes, 19 de junio de 2017

El rodeo





Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado y que debía acudir al pueblo a la mayor brevedad.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó calzándose las botas a toda prisa.
—Pues que el chico tuvo la desafortunada idea de sugerir la celebración de un rodeo para conmemorar el inicio de la primavera, padre —explicó uno de los hombres—. Dijo que podría ser un acontecimiento memorable. Que había leído en un viejo libro de historia que hace muchos años se celebraba con potros salvajes, pero que, en su defecto, los bisontes podrían servir. Bisontes-ciborg en este caso.
—¡Un rodeo con esos monstruos! —exclamó el padre llevándose las manos a la cabeza—. ¿Pero en qué estaba pensando ese chico?
—Pues eso, padre, que cuando acabó de hablar, los parroquianos del salón casi lloraban de la risa, porque casi nadie recuerda ya la primavera. Pero Harry «brazo de oro» ni se inmutó. Se acercó muy despacio a él y le dijo, aproximando mucho su cara a la del chico, que no tenía cojones de subirse a un bicho de esos. Que para eso había que ser muy macho. El joven Aaron le dijo que sí podía, que por algo le habían nombrado «sir». Cuando oyó esto Harry soltó una gran carcajada, luego se puso a palmotear y por último le llamó nenaza. Aaron le dijo que retirase lo que acababa de decir, pero Harry comenzó a bailar en círculos, imitando el cloqueo de una gallina. Ya puede imaginarse lo que sucedió después, padre. Aaron, rojo de ira,  llevó torpemente su mano a la cartuchera para desenfundar su arma, pero Harry es demasiado rápido, ya sabe que cuenta con una gran ventaja. El chico no tuvo nada qué hacer.
—Ese Harry…, cualquier día amanecerá ahorcado —dijo Brown meneando la cabeza.
—Verá, padre, el problema es que, hallándose todavía el cuerpo del joven Armstrong tirado en el suelo, Harry se dirigió a todos los parroquianos y, medio borracho y enardecido, les dijo así:
«¡Escuchadme todos! Esta rata no hubiera aguantado ni un segundo sobre una de esas bestias cibernéticas. Son de carne y hueso, pero se mueven como máquinas engrasadas. Son animales mejorados, pero algo en todo ese proceso los volvió locos. Y es casi imposible abatirlos. Pero lo peor de todo: son muy inteligentes. Si este chico se hubiera subido a lomos de uno de ellos lo hubiera lanzado a tal altura, que hubiera bajado convertido en mierda derretida. Pero si queréis ver al mejor domador del mundo: aquí me tenéis. ¡Y ahora vayamos a por esas bestias infernales y hagamos posible ese maldito rodeo!»
—¿Y cómo reaccionaron los muchachos?
—Jalearon la ocurrencia de Harry. Luego se marcharon en sus Harleys, borrachos y armados hasta los dientes. Bueno, menos Harry, ya sabe, padre, que él ya cuenta con un arma acoplada en su brazo y no necesita…
—Lo sé hijo, lo sé. De otra manera no contaría con tantas muescas en su haber. El muy hijo de perra no necesita desenfundar —dijo el padre, ante la mirada sorprendida de su interlocutor, que nunca lo había oído lanzar tantos improperios—.Esto es muy grave, muchachos. Esos bisontes son los deshechos tarados de algunos experimentos fallidos. Dejaron con vida a unos animales blindados y descomunales, peligrosos.
Cuando acabó de hablar el padre Brown miró con tristeza por la ventana. El color rojo del cielo era casi tan violento como el de la tierra.
—¿Qué dice de todo esto nuestro hombre de la ley? —dijo al fin tomando  su sombrero.
—El sheriff opina que mientras no se incumpla la ley no meterá las narices—dijo uno de aquellos hombres.
Una hora más tarde el sheriff y el padre hablaban de manera distendida ante sendos tragos de un sucedáneo bastante fiel del viejo whisky.
—¿De qué se compone este brebaje? —preguntó el padre, distraído.
—No lo sé, Brown. Pero he visto cómo brillaba el cadáver oxidado de una vieja Harley tras limpiarlo con este líquido dorado. Sí, la he visto florecer después, como una Venus renacida, brillante, sensual.  ¡Bah, está muy bueno y calienta el alma! En cuanto a lo del rodeo, yo no me preocuparía demasiado.
—No quiero que muera ninguno de mis muchachos por culpa de ese mal bicho de Harry. No sé por qué no has tomado cartas en el asunto.
—No se preocupe, padre, está todo organizado. Harry será el primero en salir. Si no muere aplastado bajo las patas del ciborg será conducido a la cárcel. De un modo u otro no tiene escapatoria. Una vez acabe su numerito yo mismo suspenderé ese rodeo. Y los animales serán conducidos de nuevo a su reserva.
—Que Dios le oiga. Thomas, que Dios le oiga —dijo el padre.
El sheriff sonrío con ironía antes de apurar su trago.
—Ese Dios suyo se largó con toda su cohorte de ángeles tras la gran guerra, Brown.
El día del rodeo llovió una especie de barro por la mañana. Luego la lluvia sucia cedió, dejando paso a un mediodía sangriento y sofocante.
Dentro del recinto fortificado seis bestias magníficas se revolvían furiosas, con los ojos inyectados en sangre. Unos metros más allá Harry «brazo de oro» atusaba sus bigotes y se acicalaba el pelo ralo. Con un poco de suerte Sally se encontraría entre el público, luciendo un generoso y perturbador escote. Tal vez el aire caliente revolviera sus cabellos rojos. Harry se relamió de placer. Si salía airoso de aquella locura, tal vez ella aceptara revolcarse un rato con él.
Entre los parroquianos, Harry vio al padre Brown y lo saludó tocando ligeramente el ala de su sombrero, un saludo que no fue correspondido. A la hora convenida sonó el cuerno. Era la señal.
Harry se secó el sudor de su única mano en las chaparreras de cuero y miró al público. Sólo tenía que aguantar ocho segundos. Ocho. Acarició su brazo metálico. Le habían obligado a descargar la munición. Estaba indefenso.
—¿Qué ocurre Harry? —gritó el sheriff exhibiendo una sonrisa lobuna—.¿Acaso eres una nenaza?
—Harry Callahan —dijo el padre Brown mirándolo de manera intensa—. Aún puedes arrepentirte y entregarte a la justicia. Estás perdido. Ya no podrás abatir a la bestia con ese brazo tuyo demoníaco. Encomiéndate a Dios si decides continuar con esta locura.
Harry miró a los dos hombres y sonrió haciéndoles una reverencia,  luego dirigió su mirada acerada hacía la puerta de aquel recinto. Los animales embestían la puerta con las afiladas cornamentas. Querían salir. No aguantarían mucho más ese encierro. «Están sedientos de mi sangre», pensó Harry. «Es el fin. Pero... ¡Qué demonios! Me ahorcarán de todas formas. Y yo ya tengo experiencia montando a otras fieras». Y sonrió, mirando a aquella pelirroja de ojos verdes y piernas interminables.
—Va por ti, nena—dijo, lanzándole su sombrero.

Luego, en medio del silencio más absoluto, sólo se escuchó el tintineo de sus espuelas, acercándose muy despacio a la puerta.

sábado, 17 de junio de 2017

Caos

Dos segundos. Duró tan solo dos segundos. El colchón se estremeció, el cabezal de madera forjada con angelitos chocó solo una vez contra la pared vestida de rosas setenteras;  la lámpara titiló. El suelo tembló imperceptiblemente en el piso de abajo y el vaso con agua que contenía la dentadura de don Eustaquio vibró y los dientes castañetearon de manera espasmódica. Nadie se dio cuenta. El lirio de doña Teresa se precipitó contra el asfalto y esta, que nunca había advertido tendencias suicidas en la bella planta, bajó con una escoba y una pala a recoger el cadáver. Nadie vio sus lágrimas. Un taxi se levantó del suelo, solo un segundo, y fue embestido por un camión lleno de pollos. En medio de aquel charco de sangre amarilla se formó una grieta. El dueño de los pollos la siguió con la mirada: llegaba hasta el mar. El taxista, el dueño de los pollos y doña Teresa, vieron cómo se levantaba una ola. No vieron, en cambio, cómo esa ola alentó a las otras que encontró en su camino, ni cómo se sumaron las aguas formando un monstruo de sal. El coloso llegó hasta una orilla muy lejana y levantándose furioso descargó su ira en la tierra hallada. El puño descargado pilló a los árboles por sorpresa y estos se levantaron mil metros; en su caída no encontraron un suelo que llevarse a la boca, pues donde hubo tierra ahora solo había una grieta que avanzaba imparable. Más. Más. La cola de la grieta se juntó con la boca de la grieta y el mundo se partió en dos. Nadie se dio cuenta. Dos segundos.  Dos segundos.

domingo, 11 de junio de 2017

Luvina




El coche frenó cerca del joven viajero. Se oyó el portazo y luego un viejo se acercó al hombre de la maleta.
—Pero hombre, ¿acaso quiere que algún loco se lo lleve por delante? ¡Está en medio de la curva! ¿Hacia dónde va, amigo? Puedo acercarle, si quiere. Por aquí el sol pega fuerte cuando llega el mediodía.
—Voy a Luvina.
—¿A Luvina? ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar endiablado? Yo le acerco al pueblo, si gusta, pero luego tendrá que hacer el ascenso en burro. Irá solo. Nadie querrá acompañarlo. Allí solo hay muertos en vida. Por no haber no hay ni aire.
—Conozco el lugar. No se preocupe.
—No es que yo trate de llevarle la contraria, solo intento ilustrarle a usted de lo que va a encontrar allí. Es un pueblo inhóspito. No encontrará una fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche y se encuentre famélico de hambre y de sed solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar. Eso si el mulo no se le muere a medio camino, que la subida es escarpada y el suelo pedregoso.
—No me dice nada nuevo —dijo el joven.
—Veo que lleva una maleta y temo que sea para quedarse —dijo el viejo—. Pero ya le digo que no encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua para calmar la sed. De la vuelta o elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.
—No puedo faltar. Voy a un entierro.
—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.

—Yo no: soy el muerto.

Fin

(Pequeño homenaje a Juan Rulfo) (300 palabras)

martes, 6 de junio de 2017

Fantasma

Tanto le dolía la pierna amputada, tan agónico era el dolor, que la mujer decidió prescindir de las muletas. Los médicos no entendieron nada, cuando, días después, la vieron llegar a la consulta sin ayuda ni artificios.

...

viernes, 2 de junio de 2017

Despertares

El terrible asesinato del felino fue el detonante de todos los crímenes que se cometieron después. Es cierto que la bestia parecía nacida de las tripas del mismo diablo, y que su sola presencia erizaba el pelo de toda la comunidad religiosa; cierto es, también, que los asistentes a misa de doce se habían quejado de unos ojos amarillos e inquietantes que provenían de la oscuridad, y para corroborar la presencia inadecuada del felino malhechor, estaban los restos de orina corrosiva en los mismísimos pies sangrantes de nuestro señor crucificado. Por eso no fue algo inesperado que el gato negro colgase aquella mañana del misal blanco del padre Antonio. Y cuando este hombre oyó crujir el pequeño cuello negro algo en su interior se despertó.