jueves, 7 de diciembre de 2017

Pamplina tonta

Cuando el mundo se hunde y la mierda se desborda y resbala nausebunda y  corrosiva sobre las baldosas, yo me voy a mi clase de yoga. En la puerta me saco los zapatos y descalza y vestida de blanco entro dentro. Dentro es un mundo aparte. Incienso, velas, telas coloridas, un gong. Un gong que a veces suena como una gota que cae interminable en el silencio más absoluto, otras suena como lo debe hacer el viento en una ciudad vacía y oscura, o así lo imagino yo, con los ojos cerrados, que es como se ha de hacer el yoga. ¿Si no cierras los ojos como quieres verte por dentro? Después de los ejercicios hay un tiempo para meditar, para relajarse. Esto se hace tumbado, a mi me gusta acurrucarme en decúbito lateral, o lo que viene siendo en posición fetal. En la primera clase este momento extraño me pilló por sorpresa, a mi, tan acostumbrada a las prisas diarias, al gentío, a los pasillos transitados, a los ascensores repletos, a las luces hospitalarias que son tan tristes en invierno. Soledad. Cerrar los ojos y estar solo. En calma. Y ese gong que suena eterno conduciéndonos de la mano a lugares que no sé si existen. La primera vez no sé bien qué ocurrió. Solo sé que de pronto me encontré bajo la tierra perfumada, pero no, no estaba muerta, o sí, no lo sé, pero la paz era absoluta. Flores arriba, grandes flores amarillas. Girasoles por todos lados. Estoy bajo un campo de girasoles, pensé sorprendida. Y lejos de asustarme, lo que sentí fue vertiginoso, aliviador. Los huesos se relajaron, el cuerpo era absorbido hacia abajo como si la tierra quisiera hacerme una cuna, y mi cuerpo se iba transformando en raíces que se extendían rápidas de aquí a allá. Al abrir los ojos me di cuenta de que me corrían las lágrimas. 

(De todos modos ya os digo que el sonido del gong da para hacer un relato de terror. Por mi mente anda, no digo más)

domingo, 3 de diciembre de 2017

La corriente



Escenificaba un árbol frondoso. Era alta y morena, huesuda, hermosa. Mantenía las palmas levantadas al cielo y la mirada fija en un punto invisible, por aquello de mantener el equilibrio. Quise pararme con el solo propósito de echar algo de plata dentro de su sombrero. Pensé que si lo hacía, ella desviaría los ojos nocturnos de ese punto anclador y tal vez consolara mi corazón. Sí, quise pararme y lo hice durante un segundo. Pero la masa, ciega, conforme, me empujó por la espalda con sus palmas que formaban todas juntas una ola sin retorno. La miré sin poder detenerme, prometiéndole sin palabras, que daría la vuelta a la manzana, que volvería, que tal vez si la masa me lo permitía podría yo dejarle unas monedas y tal vez ella podría deshacerse de sus raíces y platicar conmigo sobre qué se siente al huir del suelo. Si, arrastrado por la masa conforme,  la vi alejarse y hacerse pequeña. Un escaparate de lámparas, uno de artículos de cocina, un bar vegano, una sombrerería del siglo pasado, un puticlub. 



sábado, 25 de noviembre de 2017

Creando puentes

Para construir aquella torre apoteósica llamaron a gentes de todas partes. Como es lógico algunos no se entendían. Una voz dijo que ya ocurrió algo parecido en los anales de la historia, solo que al revés. Lo que esa voz dijo lo entendieron unos, pero otros no. Ante la perplejidad de muchos, el dueño de esa frase comenzó a cocer ladrillos y en cada ladrillo escribió una palabra. Los demás lo miraron con suma extrañeza, pero el resultado les calentó el corazón. De este modo la torre fue subiendo construida con palabras de todo el mundo.  

(100 palabras)

domingo, 12 de noviembre de 2017

Poderoso caballero

María barría la acera de su casa cuando vio el primero. Bajó del cielo balanceándose como una hoja seca, o como un avión de papel. Cuando aterrizó, ella lo miró con extrañeza. No podía ser posible y ese pensamiento le llevó a restregarse los ojos. Después, cerrándolos y abriéndolos, para espantar la nube de telarañas que formaban sus  cataratas, volvió a  mirar al suelo. No se trataba de un espejismo: el objeto volador no identificado era un billete de quinientos euros. Nuevo e inmaculado. María, sin aliento, miró a ambos lados de la calle. A cincuenta metros un hombre de aspecto gris dobló la esquina en ese momento, dirigiéndose a ella con paso ceremonioso. Amalio, cada dia a la misma hora, pensó Maria, ajustándose el botón superior de la bata. Viejo pícaro.
—Buenos dias tenga usted  —saludó el hombre, quitándose, para saludarla,  el sombrero de diminutos cuadros.
Justo en ese instante un billete aterrizó sobre el fondo de fieltro. Amalio observó al recién caído con sorpresa.
—No puede ser de usted. Ya ha visto que bajó del cielo —dijo Amalio —. Si fuera suyo se lo daría, no le quepa duda.
—No sufra. Yo tengo otro —dijo Maria  acariciando el bolsillo de su bata.
A las nueve de la mañana llovian billetes sin parar. María, que había visto bajar al primero, fue entrevistada por los medios de comunicación.
—¿Vio usted algo anormal esta mañana? —preguntó la enviada de prensa.
—Amaneció gris. Como ayer y como antes de ayer.
—El dinero no cae así como así. Haga memoria, Maria. ¿No vio por casualidad un avión, una avioneta, tal vez un globo aerostático?
—No vi ningún avión, ni ninguna cosa de esas que dice usted —contestó María a la de la prensa—. Solo un billete bajando despacio. Pensé que era una hoja volada por el viento.
A las once de la mañana el cielo se volvió rojo. Los billetes, nuevos y sin doblar, bajaban profusamente. La casi totalidad de las masas, si excluimos a los enfermos graves o casi extintos, se hallaba en la calle, con los brazos levantados al cielo, la boca medio abierta, la pupila dilatada. Unos exclamaban que la hipoteca, otros que la boda de la hija, algunos la compra del piso, o del coche, o la carrera del hijo, de la hija,  hay quien se acordó de la enfermedad del padre, del tio, de la hermana. Alguno habló de vacaciones y muchos hablaron de no trabajar el dia siguiente, tampoco el otro. Después sí, a no ser que cayeran muchos más.
Nadie se fue a la cama esa noche. Primero se recogieron los frutos en familia,  sujetando  una sábana entre cuatro, pero restaba movilidad y al final  las manos se separaron, para mejor abarcar. De este modo llegaron los cestos grandes e individuales. Con la individualidad llegaron los empujones, los improperios, el desparpajo y el insulto. Hubo quien  gritó que necesitaba más, que lo llovido era poco, que la vida es larga y las necesidades muchas.
—No puede ser que unos tengan más que otros —dijo una voz huraña.
—Los jovenes corren más. Es normal  —dijo una voz cascada.
—Lo gastarán sin pensar. Ya saben cómo es la juventud —dijo la voz huraña.
—Que lo gasten como quieran. No lo han sudado —dijo la voz cascada.
María se fue a su casa. Ella gastaba muy poco. Es lo que tiene la soledad y la vejez.
—Mañana todo el pueblo será rico —dijo Amalio, el segundo beneficiado de la lluvia providencial, ofreciéndole su brazo.
—¿Y usted, no se queda más rato? Mire el cielo. No tiene pinta de parar —dijo la mujer, enlazándose por fin.
—Me marché en cuanto comenzaron los empujones. Mañana habrá sangre en las aceras. Las sábanas familiares fueron desechadas y las bolsas traidas no serán suficientes. Yo le recomendaria que atrancara su puerta y no saliera en unos dias.
—Si deja de llover la gente se calmará  —dijo María.
—Si deja de llover será peor. Se mirarán unos a otros y el vecino siempre tendrá más. Hágame caso y cierre la puerta  —dijo el hombre.
—¿Y usted? ¿Tiene bastante? —preguntó María, sacando el llavín de su bata.

—Yo confío en que no deje de llover —respondió el hombre sonriendo socarrón, mientras se subía el cuello del abrigo—. Pero habrá que cenar, digo yo. Por cierto…,  ¿qué le parecería a usted…?



domingo, 29 de octubre de 2017

No es tan dificil

El sofá es verde. La persiana está bajada como a la mitad y el sol de la media tarde se derrama por las baldosas pulcras. La mujer lleva zapatillas de andar por casa. El hombre reposa los pies en un coqueto taburete.  La mujer le mira los calcetines de reojo.
-Deberias tirarlos.
El hombre mira el agujero del calcetín sin detenerse casi y se encoge de hombros. No la mira. En la tele dan un capitulo de una serie que le gusta mucho.  La mujer mira la pantalla. Reyes, reinas, amantes, torreones, la luna, sangre, caballos, espadas. Una escena de sexo. Sexo del bueno. Una pareja desnuda folla al lado de una hoguera. El resplandor de las llamas aviva la blancura del vientre desnudo. El amante la mira con deseo y hunde la cabeza entre las piernas de ella, que gime cerrando los ojos y mordiéndose los labios. La mujer del sofá verde mira al marido de reojo. Está completamente absorto. Si le contara de pronto que los miércoles se ve con el ayudante del tendero, ese chico marroquí con los ojos del color de las aceitunas, alto como un  abedul, seguro que le diría “ajá, haces bien querida, distraerse es bueno”. Si al menos hubieran tenido hijos. La mujer mira la calle. Es domingo. La plaza está medio desierta. Supone que los parroquianos deben andar aun echando la siesta. Un perro bebe agua de la fuente. En otro lado del parque un viejo se acerca despacio hasta un banco. Está solo. Sí, la mujer del sofá verde cree firmemente que ese anciano está solo. De pronto piensa que tal vez no esté solo del todo, quiere pensar que alguna hija le llama por teléfono o tal vez al menos le piensa de vez en cuando. Si un hijo deja de pensar a un padre a este acaba por rompersele el corazón. Bueno, eso supone la mujer del sofá. Ella no tiene hijos. Los días fueron pasando uno tras otro mientras ella miraba a su marido y su marido la miraba a ella. Tal vez si lo hubieran hablado, tal vez si tomados de la mano hubieran ido juntos al doctor.
Un anciano se ha acercado al otro anciano. Uno en una esquina y el otro en la otra. No se miran, aunque los dos se saben casi muertos. La mujer del sofá piensa que tal vez podrían hablar entre ellos. Hola. Hola. Nunca le vi por aquí. Es que vengo poco.  Pero ninguno de los dos habla. La mujer los observa. Cabe la posibilidad de que uno de ellos extraiga un pitillo con sus manos llenas de nudos y le ofrezca al otro. Vamos, no es tan complicado.  La mujer desea que uno le pregunte al otro si es que no tiene hijos y si es que los tiene cómo es que está sentado en un banco solitario. La vida, le respondería el otro. Se hacen mayores y la vejez se vuelve un espejo y los espejos se vuelven recordatorios molestos.
El viejo que llegó primero se levanta y se va alejando despacio, arrastrando los pies. El otro lo mira mientras se aleja. Parece que en sus ojos haya una promesa de charla. Otro dia. Hoy es pronto. Demasiada soledad para contarla en un rato.



martes, 24 de octubre de 2017

De letras y cebollas

Alguien me ha preguntado hoy cómo comenzó mi amor por los libros. Lo he mirado en silencio, le he dado un sorbo a mi café y de pronto me he escapado volando. La huida ha sido de segundos, lo que he tardado en volver a la infancia. La verdad es que se me ha escapado una sonrisa. Ahí estaba yo, toda ojos y coletas –qué pasión ponía mi madre en el peine y cuánto gritaba yo de dolor con los tirones de pelo- entrando en las habitaciones sagradas de mis hermanos mayores. De este modo leí las novelitas de amor de mis hermanas, donde lo más lujurioso que ocurría era un beso de amor sin lengua, o un roce de rodillas o de dedos. Uy, pensaba yo, qué ardiente, y toda yo sufría una descarga eléctrica. Pero pronto el amor se me hizo aburridísimo con todos esos lamentos y suspiros y busqué otros mundos en otros cuartos. En el de mi padre encontré a los indios navajos subidos a lomos de sus caballos, recortadas sus figuras en lo alto de un cañón. Me perdí entre esos paisajes coloreados de sangre y me fascinaron las estampidas de bisontes en las praderas. Cómo me gustaban las descripciones de Marcial Lafuente.  El forastero recién llegado siempre media ocho pies, tenía la mirada acerada y escupía de forma certera en un cubo de metal bajo la mirada lujuriosa de la tabernera, que siempre lucia un lunar en el pecho y casi siempre se llamaba Daissy. No hace mucho, en el mercat de Sant Antoni, vi una novelita suya y hojeándola casi me muero del susto de lo mal narrada que estaba. Pero donde hallé el mayor tesoro fue en el cuarto de mi hermano, unos años después, cuando ya no llevaba coletas y me restregaba el pecho plano con cebollas para que me brotaran esas tetas que se negaban a salir. Sí. Allí, en ese cuarto minimalista donde los tesoros más grandes estaban a la vista –su tocadiscos y sus libros-, encontré La metamorfosis, de Kafka. Las primeras palabras me hicieron salivar y le pedí permiso para leerlo. No lo estropees, me dijo con su aire de sabio despistado, y no se te ocurra doblar las páginas. A mi hermano la literatura le corría por la sangre veloz e imparable ya por aquellos tiempos. Casi tres años mayor que yo ya llevaba a sus espaldas mucha literatura rusa, ya andaba medio hermanado con Poe y alguna fiesta se había corrido con Hemingway, allá en París. Después de Kafka llegó Tolstoi, Poe, Unamuno, Baroja, Garcia Marquez y... Saramago.
Así, de este modo y no de otro, fue como las letras entraron en mis venas y se han quedado a vivir dentro de mi.

Lo de las cebollas ya os lo cuento otro dia.




lunes, 23 de octubre de 2017

Se ha quedado un dia precioso

Me levanto. Hace frío. Busco las zapatillas y no las encuentro. Da igual. Pongo el café y me acuerdo de que no me he peinado. Tampoco me he lavado la cara. Me asomo y el dia está muy negro. Con el café humeante me siento y pongo la tele. Hay una virgen. No se mueve. De pronto recuerdo una foto de Joan Crawford.  Es por los ojos,  que son grandes y miran hacia arriba. Padre nuestro que estás en el cielo, venga a nosotros tu reino. Y más. Recuerdo que casi no recuerdo esa oración. Cambio de canal. Otra virgen. Dios te salve Maria, llena eres de gracia, el señor es contigo. Que imagen tan bonita. Yo era creyente, cuando era niña. Las campanas redoblan y se ha despejado el cielo de un modo milagroso. Vuelvo a la tele y cambio a otro canal. Ovejas.  Un pastor. Me conmueve su forma de dirigirlas. Pobrecillas, que no saben lo que hacen. Las campanas me llaman. Dicen mi nombre y también dicen otros nombres, nombres nuevos, nombres esquivos. Sin peinarme y descalza salgo a la calle. Hay mucha gente, gente despeinada, también descalza. Dicen que, como yo, han visto una virgen en su tele. Antes esa virgen no estaba. Una cara pregunta si alguien tiene un libro de esos donde están los rezos. Se ha quedado un dia precioso.