domingo, 12 de noviembre de 2017

Una mañana peculiar

María barría la acera de su casa cuando vio el primero. Bajó del cielo balanceándose como una hoja seca, o como un avión de papel. Cuando aterrizó, ella lo miró con extrañeza. No podía ser posible y ese pensamiento le llevó a restregarse los ojos. Después, cerrándolos y abriéndolos, para espantar la nube de telarañas que formaban sus  cataratas, volvió a  mirar al suelo. No se trataba de un espejismo: el objeto volador no identificado era un billete de quinientos euros. Nuevo e inmaculado. María, sin aliento, miró a ambos lados de la calle. A cincuenta metros un hombre de aspecto gris dobló la esquina en ese momento, dirigiéndose a ella con paso ceremonioso. Amalio, cada dia a la misma hora, pensó Maria, ajustándose el botón superior de la bata. Viejo pícaro.
—Buenos dias tenga usted  —saludó el hombre, quitándose, para saludarla,  el sombrero de diminutos cuadros.
Justo en ese instante un billete aterrizó sobre el fondo de fieltro. Amalio observó al recién caído con sorpresa.
—No puede ser de usted. Ya ha visto que bajó del cielo —dijo Amalio —. Si fuera suyo se lo daría, no le quepa duda.
—No sufra. Yo tengo otro —dijo Maria  acariciando el bolsillo de su bata.
A las nueve de la mañana llovian billetes sin parar. María, que había visto bajar al primero, fue entrevistada por los medios de comunicación.
—¿Vio usted algo anormal esta mañana? —preguntó la enviada de prensa.
—Amaneció gris. Como ayer y como antes de ayer.
—El dinero no cae así como así. Haga memoria, Maria. ¿No vio por casualidad un avión, una avioneta, tal vez un globo aerostático?
—No vi ningún avión, ni ninguna cosa de esas que dice usted —contestó María a la de la prensa—. Solo un billete bajando despacio. Pensé que era una hoja volada por el viento.
A las once de la mañana el cielo se volvió rojo. Los billetes, nuevos y sin doblar, bajaban profusamente. La casi totalidad de las masas, si excluimos a los enfermos graves o casi extintos, se hallaba en la calle, con los brazos levantados al cielo, la boca medio abierta, la pupila dilatada. Unos exclamaban que la hipoteca, otros que la boda de la hija, algunos la compra del piso, o del coche, o la carrera del hijo, de la hija,  hay quien se acordó de la enfermedad del padre, del tio, de la hermana. Alguno habló de vacaciones y muchos hablaron de no trabajar el dia siguiente, tampoco el otro. Después sí, a no ser que cayeran muchos más.
Nadie se fue a la cama esa noche. Primero se recogieron los frutos en familia,  sujetando  una sábana entre cuatro, pero restaba movilidad y al final  las manos se separaron, para mejor abarcar. De este modo llegaron los cestos grandes e individuales. Con la individualidad llegaron los empujones, los improperios, el desparpajo y el insulto. Hubo quien  gritó que necesitaba más, que lo llovido era poco, que la vida es larga y las necesidades muchas.
—No puede ser que unos tengan más que otros —dijo una voz huraña.
—Los jovenes corren más. Es normal  —dijo una voz cascada.
—Lo gastarán sin pensar. Ya saben cómo es la juventud —dijo la voz huraña.
—Que lo gasten como quieran. No lo han sudado —dijo la voz cascada.
María se fue a su casa. Ella gastaba muy poco. Es lo que tiene la soledad y la vejez.
—Mañana todo el pueblo será rico —dijo Amalio, el segundo beneficiado de la lluvia providencial, ofreciéndole su brazo.
—¿Y usted, no se queda más rato? Mire el cielo. No tiene pinta de parar —dijo la mujer, enlazándose por fin.
—Me marché en cuanto comenzaron los empujones. Mañana habrá sangre en las aceras. Las sábanas familiares fueron desechadas y las bolsas traidas no serán suficientes. Yo le recomendaria que atrancara su puerta y no saliera en unos dias.
—Si deja de llover la gente se calmará  —dijo María.
—Si deja de llover será peor. Se mirarán unos a otros y el vecino siempre tendrá más. Hágame caso y cierre la puerta  —dijo el hombre.
—¿Y usted? ¿Tiene bastante? —preguntó María, sacando el llavín de su bata.

—Yo confío en que no deje de llover —respondió el hombre sonriendo socarrón, mientras se subía el cuello del abrigo—. Pero habrá que cenar, digo yo. Por cierto…,  ¿qué le parecería a usted…?



domingo, 29 de octubre de 2017

No es tan dificil

El sofá es verde. La persiana está bajada como a la mitad y el sol de la media tarde se derrama por las baldosas pulcras. La mujer lleva zapatillas de andar por casa. El hombre reposa los pies en un coqueto taburete.  La mujer le mira los calcetines de reojo.
-Deberias tirarlos.
El hombre mira el agujero del calcetín sin detenerse casi y se encoge de hombros. No la mira. En la tele dan un capitulo de una serie que le gusta mucho.  La mujer mira la pantalla. Reyes, reinas, amantes, torreones, la luna, sangre, caballos, espadas. Una escena de sexo. Sexo del bueno. Una pareja desnuda folla al lado de una hoguera. El resplandor de las llamas aviva la blancura del vientre desnudo. El amante la mira con deseo y hunde la cabeza entre las piernas de ella, que gime cerrando los ojos y mordiéndose los labios. La mujer del sofá verde mira al marido de reojo. Está completamente absorto. Si le contara de pronto que los miércoles se ve con el ayudante del tendero, ese chico marroquí con los ojos del color de las aceitunas, alto como un  abedul, seguro que le diría “ajá, haces bien querida, distraerse es bueno”. Si al menos hubieran tenido hijos. La mujer mira la calle. Es domingo. La plaza está medio desierta. Supone que los parroquianos deben andar aun echando la siesta. Un perro bebe agua de la fuente. En otro lado del parque un viejo se acerca despacio hasta un banco. Está solo. Sí, la mujer del sofá verde cree firmemente que ese anciano está solo. De pronto piensa que tal vez no esté solo del todo, quiere pensar que alguna hija le llama por teléfono o tal vez al menos le piensa de vez en cuando. Si un hijo deja de pensar a un padre a este acaba por rompersele el corazón. Bueno, eso supone la mujer del sofá. Ella no tiene hijos. Los días fueron pasando uno tras otro mientras ella miraba a su marido y su marido la miraba a ella. Tal vez si lo hubieran hablado, tal vez si tomados de la mano hubieran ido juntos al doctor.
Un anciano se ha acercado al otro anciano. Uno en una esquina y el otro en la otra. No se miran, aunque los dos se saben casi muertos. La mujer del sofá piensa que tal vez podrían hablar entre ellos. Hola. Hola. Nunca le vi por aquí. Es que vengo poco.  Pero ninguno de los dos habla. La mujer los observa. Cabe la posibilidad de que uno de ellos extraiga un pitillo con sus manos llenas de nudos y le ofrezca al otro. Vamos, no es tan complicado.  La mujer desea que uno le pregunte al otro si es que no tiene hijos y si es que los tiene cómo es que está sentado en un banco solitario. La vida, le respondería el otro. Se hacen mayores y la vejez se vuelve un espejo y los espejos se vuelven recordatorios molestos.
El viejo que llegó primero se levanta y se va alejando despacio, arrastrando los pies. El otro lo mira mientras se aleja. Parece que en sus ojos haya una promesa de charla. Otro dia. Hoy es pronto. Demasiada soledad para contarla en un rato.



martes, 24 de octubre de 2017

De letras y cebollas

Alguien me ha preguntado hoy cómo comenzó mi amor por los libros. Lo he mirado en silencio, le he dado un sorbo a mi café y de pronto me he escapado volando. La huida ha sido de segundos, lo que he tardado en volver a la infancia. La verdad es que se me ha escapado una sonrisa. Ahí estaba yo, toda ojos y coletas –qué pasión ponía mi madre en el peine y cuánto gritaba yo de dolor con los tirones de pelo- entrando en las habitaciones sagradas de mis hermanos mayores. De este modo leí las novelitas de amor de mis hermanas, donde lo más lujurioso que ocurría era un beso de amor sin lengua, o un roce de rodillas o de dedos. Uy, pensaba yo, qué ardiente, y toda yo sufría una descarga eléctrica. Pero pronto el amor se me hizo aburridísimo con todos esos lamentos y suspiros y busqué otros mundos en otros cuartos. En el de mi padre encontré a los indios navajos subidos a lomos de sus caballos, recortadas sus figuras en lo alto de un cañón. Me perdí entre esos paisajes coloreados de sangre y me fascinaron las estampidas de bisontes en las praderas. Cómo me gustaban las descripciones de Marcial Lafuente.  El forastero recién llegado siempre media ocho pies, tenía la mirada acerada y escupía de forma certera en un cubo de metal bajo la mirada lujuriosa de la tabernera, que siempre lucia un lunar en el pecho y casi siempre se llamaba Daissy. No hace mucho, en el mercat de Sant Antoni, vi una novelita suya y hojeándola casi me muero del susto de lo mal narrada que estaba. Pero donde hallé el mayor tesoro fue en el cuarto de mi hermano, unos años después, cuando ya no llevaba coletas y me restregaba el pecho plano con cebollas para que me brotaran esas tetas que se negaban a salir. Sí. Allí, en ese cuarto minimalista donde los tesoros más grandes estaban a la vista –su tocadiscos y sus libros-, encontré La metamorfosis, de Kafka. Las primeras palabras me hicieron salivar y le pedí permiso para leerlo. No lo estropees, me dijo con su aire de sabio despistado, y no se te ocurra doblar las páginas. A mi hermano la literatura le corría por la sangre veloz e imparable ya por aquellos tiempos. Casi tres años mayor que yo ya llevaba a sus espaldas mucha literatura rusa, ya andaba medio hermanado con Poe y alguna fiesta se había corrido con Hemingway, allá en París. Después de Kafka llegó Tolstoi, Poe, Unamuno, Baroja, Garcia Marquez y... Saramago.
Así, de este modo y no de otro, fue como las letras entraron en mis venas y se han quedado a vivir dentro de mi.

Lo de las cebollas ya os lo cuento otro dia.




lunes, 23 de octubre de 2017

Se ha quedado un dia precioso

Me levanto. Hace frío. Busco las zapatillas y no las encuentro. Da igual. Pongo el café y me acuerdo de que no me he peinado. Tampoco me he lavado la cara. Me asomo y el dia está muy negro. Con el café humeante me siento y pongo la tele. Hay una virgen. No se mueve. De pronto recuerdo una foto de Joan Crawford.  Es por los ojos,  que son grandes y miran hacia arriba. Padre nuestro que estás en el cielo, venga a nosotros tu reino. Y más. Recuerdo que casi no recuerdo esa oración. Cambio de canal. Otra virgen. Dios te salve Maria, llena eres de gracia, el señor es contigo. Que imagen tan bonita. Yo era creyente, cuando era niña. Las campanas redoblan y se ha despejado el cielo de un modo milagroso. Vuelvo a la tele y cambio a otro canal. Ovejas.  Un pastor. Me conmueve su forma de dirigirlas. Pobrecillas, que no saben lo que hacen. Las campanas me llaman. Dicen mi nombre y también dicen otros nombres, nombres nuevos, nombres esquivos. Sin peinarme y descalza salgo a la calle. Hay mucha gente, gente despeinada, también descalza. Dicen que, como yo, han visto una virgen en su tele. Antes esa virgen no estaba. Una cara pregunta si alguien tiene un libro de esos donde están los rezos. Se ha quedado un dia precioso.

domingo, 15 de octubre de 2017

Blade Runner

Lo prometido es deuda. Allá va mi valoración de Blade Runner 2049.

Si Blade Runner 2049 hubiera nacido antes se podría decir que no está nada mal. ¿Pero qué se le va a hacer? Mala suerte. Es la continuación de una gran película que pasó al principio sin pena ni gloria, pero que luego se convirtió, merecidamente, en una magnífica peli de culto. Así que por comparación no tiene nada qué hacer. Claro, claro, no deberían ser comparadas porque no es un remake, sino una segunda parte. Comparo la puesta en escena, los diálogos, la ambientación, la fotografía, la calidad de los personajes.  Treinta años después el cine ha ganado en efectos especiales, obvio, pero para mi, que me gusta más una escena teatral donde hablan los ojos y los sentimientos y me sobra tanta explosión de relleno, todo este despliegue me aburre.
En fin. En la primera parte los replicantes (nexus 6) están fabricados para durar cuatro años. Esto se hace para impedir su desarrollo emocional, claramente inestable. En la segunda se ha rizado el rizo y se ha buscado “el milagro”. No está mal, eso me ha gustado. Bien por Villeneuve, el dire. Y casi llegando al final hay otro giro que, aunque previsible, no ha estado mal, pero que es más de lo mismo. Snif, snif, ¿Cómo puedo ser yo un replicante si me acuerdo de muchas cosas de cuando era un renacuajo? Ay, alma de cántaro, que te han implantado los recuerdos, parece mentira, sécate los mocos, pedazo de batidora.
Dos cosas más, bueno tres.
Primero: la escena de amor entre Ana de Armas (el holograma de fantasia sexual) y el impertérrito Gosling me ha recordado del todo a dos películas: Ghost y Her. (Ghost entrañable, Her una de mis preferidas, creo que es una de las películas que mejor trata el tema de la soledad).
Segundo: la aparición de Deckard, el primer Blade Runner interpretado por un decrépito y tembloroso Harrison Ford, no me parecía necesaria, creo que con su mención habría sido bastante. Solo me hubiera gustado si hubiera aparecido también Sean Young, la mujer de la cintura breve y los ojos maravillosos, pero no ocurrió. En su lugar hicieron un holograma estúpido con una voz de cabra afónica que me sacó de la peli en cero coma dos. Claro que me parece que la Young tenía el terreno vetado al cine por no sé que problemas en la juventud y prefirieron fabricar una doble, pero joven, con los veintidós años que tenía cuando hizo la primera. En fin. Me callo.
Tercero:  ya para terminar os diré que Gosling quiso su momento de lágrimas bajo la lluvia. Pero imposible superar ese final que nos regaló Rutger Hauer, el nexus 6 llamado Roy. Una escena de una belleza insoportable, una escena lenta, agónica, dolorosa. La paloma que se va volando como se vuela la vida. Pura poesía. ¿A dónde vamos? ¿Quienes somos? ¿Qué nos diferencia? 
Bueno, pues a ese intento de lagrimas en la lluvia le doy mi más sincero pésame, qué se le va a hacer. Repito: si algo es perfecto limítate a admirarlo de lejos, no lo toques, no lo profanes.

Lo siento, es que las segundas partes no me van. Hay muy pocas que superen o estén a la altura.


Espero no haberos arruinado la peli.





viernes, 13 de octubre de 2017

Trenes que pasan veloces haciendo mucho ruido

Anoche vi “Breve encuentro”. Un clásico del 45 dirigido por David Lean e inspirado en la obra teatral de Noel Coward. Algunos seguro que habéis visto la versión, algo más actual, del 84, protagonizada por Meryl Strep y Robert de Niro, que aquí titularon como “Enamorarse”. A mi particularmente, me gusta mucho más la vieja, por la fotografía en blanco y negro y porque los trenes se ven mucho más nostálgicos así. Sí, va de trenes, de amores y de trenes. Trata sobre un hombre –un joven médico- y una mujer, ambos casados. Es curioso, viéndola recordé también "Los puentes de Madison", porque el argumento es similar y me llegué a preguntar si todas las películas de amores imposibles no irán de trenes. ¿Qué me embrujó de Breve encuentro? Obviamente la fotografía, que es espectacular, pero también esa formidable capacidad de los actores de expresar todo un mundo simplemente con los ojos, en silencio. Ambos están casados, ya lo dije, y se encuentran fortuitamente en la estación. Es la noche de un jueves. Ella viaja los jueves a la ciudad. Hace la compra de la semana, y luego siempre ve una película en el cine. Él toma el último tren cuando sale del hospital. A punto de llegar el tren, a la mujer le entra una broza en el ojo y él, que se presenta como médico, se presta a socorrerla. Esta es la primera toma de contacto. Luego cada cual toma su tren y se olvidan.  El jueves siguiente el médico entra en un restaurante y, no encontrando mesa, se sienta a comer con ella, que le invita a hacerlo. Hablan y ríen. Casi no se conocen, pero ambos sienten que sus almas son viejas amigas. Luego van al cine y siguen riendo, y se miran de soslayo como se miran los adolescentes. Y me pregunto yo si en ese momento no se sentirían así. 

En el viaje de vuelta ella se siente culpable. Su esposo es un gran hombre. Un esposo dulce y atento. ¿Qué hace ella con un extraño? Comienzan los remordimientos, pero también la curiosidad. Dentro de casa y de vuelta a la realidad, la mujer  piensa que es una locura y decide no verlo más. Pero no puede, por más que lucha, y el jueves siguiente vuelven a encontrarse.
En el siguiente encuentro hay que estar atento a las miradas. Qué fabulosos los ojos de ella y cómo lo mira. Y cómo la mira él. Una semana más tarde –y esto me recordó, cómo no, a la peli de Wilder, El apartamento-, un amigo del médico le presta las llaves de su hotel. No llega a pasar nada. Otra vez la culpabilidad. Ella, Laura,  se marcha bajo la lluvia, él la alcanza y ella le dice que no, que no puede ser, que es una locura.
No os contaré el final, no soy tan mala, aunque es de imaginar. Pero hay un momento del film en que Laura, completamente destrozada, tiene que hacer frente a la charla de una cotorra que habla sin parar. Y hay que estar muy atentos a los ojos de ella que mira a su interlocutora sin verla, vacía y derrotada. Ese instante es brutal, mi preferido. Laura quiere morirse y la otra habla y habla sin parar y Laura clava los ojos en esos labios vertiginosos y se siente desvanecer. Por ese momento merece la pena ver toda la película.

Una vieja película de trenes. Máquinas humeantes que son más que máquinas y que pasan veloces haciendo mucho ruido.

En fin, tal vez leyendo esta sencilla reseña penséis que en la película no ocurre nada del otro mundo. Pero yo diría que si.



Tal vez en la próxima entrada os hable de Blade Runner. :)


domingo, 8 de octubre de 2017

Palabras para Julio

Un dia me dijiste que te parecías a David Bowie cuando era joven y me lo creí. Y no solo eso, decías, casi jurabas, que tú eras más guapo. Recuerdo como si fuera ayer cuánto nos reímos con eso. Incluso me mandaste una vieja foto a la que yo le di la vuelta unas cuantas veces intentando buscar el parecido con el padre de la odisea espacial. No te parecías mucho, todo sea dicho, pero la luz que había en tus ojos me hizo sonreír. No recuerdo cual fue la primera palabra que me dijiste. No consigo recordarla. Eras tan tímido, tan respetuoso. Y yo tan loca. Recuerdo, en cambio, las risas, los malentendidos –yo cogía y tú te sonrojabas porque en tu tierra coger es otra cosa-, recuerdo nuestros duelos literarios, y las bromas infinitas, y el enredo y el cariño. Recuerdo también tu espanto ante mi primeras palabras escritas. Y lo atento que fuiste enseñándome, mostrándome cómo darles la vuelta. Contigo fueron rodando mis primeras frases.  Tú me enseñaste  lo poquito que sé en esto de juntar letras, con paciencia. Como si yo fuera una niña.
Casi diez años, socio. Diez años. Esto no es un entrada de blog. Esto es un simple gracias que no sé a donde va.

Hoy he perdido a un gran amigo. Hasta siempre, Julio. Gracias por estar siempre a mi lado.

Pd. Creo que te has marchado sin conseguir arreglar mi problema con las comas. Te quiero, socio.

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