sábado, 18 de septiembre de 2010

El mendigo. La puta. La muerte se viste de rojo.







Bienvenido se acomoda sobre la vía del tren, cierra los ojos y espera. Ha visto en algunas películas que el tajo en el cuello es limpio, aunque puede suceder que su cabeza ruede unos cuantos metros separada de su cuerpo. Pero ese dato insignificante no le importa mucho.
Espera, pacientemente, la llegada del tren de las cinco de la tarde, que suele ser muy puntual.
Se ha pasado los últimos años pernoctando en el suelo del bar de la estación, por cortesía de Amparo, mujer de gran corazón y labios con forma de beso. Espléndida dama, que además de ofrecerle cobijo alguna noche helada, le ha ofrecido también el lado vacío de su cama matrimonial. Bajo la mirada asesina e impotente de su difunto esposo, encerrado contra su voluntad dentro de un retrato y  presidiendo con honores la cabecera de una cama sita en la oscuridad de una bodega vieja. Pero Bienvenido está cansado de esta carrera de fondo que es la vida. Está harto de pedir limosna y ya le asusta el reflejo de su cara desvalida en la mirada, algo despectiva, de los transeúntes, que rehúsan el contacto de sus manos y arrojan la moneda al suelo, con un gesto avergonzado. Una vez, hace ya muchos otoños escribió una novela de amor, que duró escasamente lo que su protagonista tardó en alcanzar el climax, colocarse sus medias de seda y regalarle una aterciopelada mirada oscura y colmada de placer. Pero ese amor le cerró las puertas pillándole el corazón en el portazo, y desde entonces no ha dejado de sangrar.

La puta.

Casta le puso su madre una mañana de primavera al ver su carita rosada, y castamente pasó los primeros años de su vida en ese colegio de monjas. Pero de todos es sabido que la cabra acaba tirando para el monte, y precisamente allí, bajo un árbol mojado por la lluvia perdió su virginidad entre los brazos tatuados de un gitano de ojos negros, que le prometió al oído hacerle un peine con un rayito de sol y cepillarle los cabellos a la luz de las estrellas.

El gitano tal como vino se fue, tarareando por bulerías lo bonita que se ve la luna en los pechos de una mujer hermosa, mientras Casta se limpiaba la sangre que corria de sus piernas con unas ramitas de hierba buena. En su alegato diremos que no sintió placer alguno. 
Después buscó el amor en cada puerta, y aprendió a sacarle provecho. Pero su cuerpo dolorido por un sexo sin amor se desligó para siempre del romanticismo de sus años soñadores.

La muerte.
Camina despacio, no tiene prisa. Si sus pies fuesen humanos las llagas del tiempos le dolerían al caminar, pero la muerte está habituada al dolor, mucho más al ajeno, claro está. Sentada con los pies colgando al filo de una vía de tren, conversa con Bienvenido, que aún espera el tren de las cinco.
-Supongo que sabrás que el tren arrastrará tu cuerpo destrozándolo  y tu final será espantoso. Por no hablar de que suicidándote no obtendrás un lugar decente para reposar en ningún lado. Además aún no es tu hora, y lo sabes.
-¿Qué haces tú aquí entonces?
-No vengo a buscarte a ti.
Bienvenido no escuchó el rugido del tren, y los momentos que siguieron a esta breve conversación fueron vertiginosos.
Una mujer joven vestida de rojo se abalanzó torpemente sobre el sorprendido Bienvenido para sacarlo de las vías del tren, cayendo el pobre de tal manera que se dejó unos cuantos dientes esparcidos por el suelo, pero a salvo. El tren pasó un segundo de forma atronadora mientras Bienvenido se palpaba todo el cuerpo, comprobando si todo estaba como antes.
-¿Dónde está la mujer que me ha salvado la vida?
- Esparcida en mil pedazos.
El mendigo bajó la mirada estupefacto, hace tan sólo unos segundos era un suicida, ahora un descerebrado que ha ocasionado una muerte.
-¿Qué has hecho? Deberías haberme llevado a mí.
-Te dije que no vine a eso.
-Pero esa mujer que me ha salvado la vida…
-Ella sí estaba en mi lista. 
-Nada de esto tiene sentido.
-Si lo tiene, ella ha dado su vida por ti.
-¿Y que se supone que debo hacer yo ahora?
-Vivir.

La muerte recogió los zapatos rojos de tacón de Casta, y observándolos con satisfacción femenina sonrió.

-Siempre quise unos de este color.

Rebeldía.






En mis largos años de escritor esto no me había ocurrido jamás. Mi personaje masculino se ha sublevado. No acata mis normas. He intentado discutirlo con él pero no atiende a razones. La mujer es hermosa, lo sé, así la he forjado yo en mi imaginación. La he creado etérea, delicada, pero con una gran fuerza interior, insumisa, valiente y compleja en sus sentimientos más profundos, algo oscura quizás. Él se ha enamorado de ella, así lo previne, pero ahora el desenlace de la novela exige su fallecimiento. En una clara noche de luna ella debía arrojarse por la ventana de su cuarto en un acto suicida y desesperado. Final romántico y adecuado, puesto que lo ejecutaba por un amor de todo punto imposible e inaceptable. Nadie escucharía sus lastimeros requiebros a la luna, ya que el lugar se hallaba deshabitado, no obstante trasladé a todo el servicio a la gran casa de campo, junto al mar. Él debía encontrarse, en ese justo momento, junto a la orilla, recogiendo erizos de mar, extasiado por la contemplación del paisaje, y anotando en su diario la belleza estremecedora de las prímulas en flor; de los verdes y altos helechos y de la tristeza vertiginosa del acantilado, donde tantos corazones han suplicado perdón, arrojándose después a un mar silencioso, que los recibía con las fauces abiertas. Pero no fue así, pues él escuchó su lamento envuelto en la brisa marina y acudió presto a salvarla. ¿Qué he de hacer? ¿Qué impedimentos debo crear entre su camino y el de ella? ¿Debo extraviarlo, acaso, entre los árboles y la belleza montaraz del paisaje, haciendo que la noche se tumbe sobre él? Una ninfa. Esta sería la solución, una criatura deliciosa, salida de las brumas del bosque, al pie de los saúcos brillantes que dan cobijo al arroyo cristalino…
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Cuéntame que sientes

cuando llega la noche,
y te encuentra
ufano, hinchado

deforme, vanidoso,
creador
babeante,
casi dios,
tu boca ensaya una sonrisa divina,
las palmas hacia arriba,
y el ego
por las alturas
dime...
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Dime que sientes
cuando miras a través de los cristales
y el reflejo te desprecia,
cuéntame a que te aferras,
escritor de pacotilla.
Diletante
pavo real.


Estas fueron las palabras pronunciadas por el personaje. Sentencia firme.

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"Empezamos realmente a vivir cuando nuestros personajes y situaciones empiezan a desobedecernos".

Me presento.





Me encanta escribir. Algunos ven un cielo plomizo y lo capturan mediante una foto, otros  lo plasman en un lienzo. Hay quienes se conforman con archivarlo en sus recuerdos a la espera de otro  majestuoso despliegue de colores. Yo necesito describirlo. Quizás no lo hago muy bien, comprobareis que soy bastante neófita en el tema de la escritura, pero sigo los pasos, o al menos lo intento, de todos aquellos que se dejaron el alma en un trozo de papel.
Lo hago por instinto, quizás me falta la técnica, la sabiduría necesaria. Pero no me faltan las ganas.