lunes, 15 de agosto de 2011

Sexo, drogas y ...



Josefa metió los últimos bártulos en el coche y, cerrando el capó, se despidió de su marido con un abrazo de cumplido y un beso frío en la mejilla. Los niños sacaron sus cabecitas con forma de melón y sonriendo a papá se fueron alejando en el horizonte agitando sus manos pequeñas.

Andrés se quedó solo.

¡Un mes de vacaciones! Un mes de soledad absoluta, de la vuelta a la soltería añorada. Películas porno, fútbol con amigos y, sobre todo, nadie que le dijera dónde podía o no poner sus pies de macho.

Subió a su casa y tras el suave portazo respiró hondo, muy despacio. Sacó una cerveza helada y se sentó en el sofá colocando los pies sobre la mesita de caoba que el padre de Josefa les regaló para su boda, reliquia excesivamente mimada que él ahora profanaba con sus zapatos sucios. Expulsó algunas ventosidades con ritmo, buscaba homenajear con ellas a su equipo de fútbol venerado. Acabó riéndose a carcajadas, suaves al inicio y más fuertes después. Llegó la hora de cenar y se preparó un suculento bocadillo de bistec, grasiento y enorme. Dos cervezas más y algunos eructos atronadores. Cambió varias veces de canal, a su antojo, pues su mujer no se lo permitía, decía que no era normal tanto cambio. Puso comida al gato y se colocó una peli porno en la tele de su cuarto matrimonial. Se masturbó mirándola y le dijo algunas obscenidades a la actriz. Durmió como un angelito. Al día siguiente acudió a su trabajo contento como un adolescente.

De vuelta a casa cenó y vio una peli de acción, dejó los restos de la cena y se fue a dormir, no sin antes masturbarse de nuevo imaginándose a su compañera de curro a cuatro patas suplicándole más y más ¡oh, sí! Que ganas le tenía a la jodía.

Pasó una semana de ensueño, de tranquilidad, sin ruidos, portazos, juguetes por el medio y, lo mejor de todo, ¡silencio! Alfonso le había invitado aquella noche a tomar unas copas en un local de estriptís y no sabía qué ponerse, debía estar muy atractivo. Revolvió los armarios buscando una camisa negra de rayas que estilizaba su barriga cervecera, pero no encontró casi ropa limpia. Bueno, pensó que estaría todo por lavar. Se dirigió a la sala de la ropa, una sala aparte de la casa donde estaban algunos electrodomésticos, como la lavadora, la secadora, la plancha y un congelador. Montones de ropa sobresalían del cesto, la mayoría de los días la echaba sin mirar y no había reparado en esa montaña de ropa sucia.

Se acercó al electrodoméstico, lo observó, estudió detenidamente el panel de botones donde parecía ser se encontraban las temperaturas, los diferentes tipos de tejidos, el tiempo de lavado y el centrifugado. Colocándose el dedo índice en el labio inferior se sentó enfrente y siguió observándola durante mucho rato. Por fin dedujo que si Josefa, una mujer casi sin estudios, sabía ponerla en marcha, no debía ser difícil. Metió toda la ropa de la semana con tres pastillas de un jabón que había por encima, cuando no cabía más la empujó con el pie y, para cerrarla, se empujó con los pies en el armario de los útiles de limpieza. Por fin estaba cerrada. Temperatura caliente, definitivamente, mucho mejor —pensó— porque la suciedad saldría mejor y más fácilmente. ¿A cuánto? ¡90 grados por lo menos! Sonrió sumamente satisfecho ajustándose los pantalones en un gesto de pavo real. Se fue al sofá y abrió su portátil, decidió contestar algunos mails atrasados, ¡el bueno de Carlos y las guarradas que le mandaba! Jajá, Sofía y sus mails de gatitos: ¡a ti te daría yo otra cosa, ay, amiga! Entre risas escuchó unas vibraciones y unos ruidos a los que su oído no estaba acostumbrado, con una ceja alzada se asomó al cuarto de la ropa y su boca se abrió de puro pasmo. ¡El electrodoméstico andaba solo! Y expulsaba espumarajos por la boca. Todo el suelo estaba enjabonado y crecía y crecía. Se batió lentamente en retirada sin quitarle ojo al aparato. Cuando éste dejó de moverse y de andar, comenzó a centrifugar y el alboroto fue sobrecogedor, pues todos los objetos que se encontraban encima comenzaron a caer. Andrés no encontró otra solución que subirse encima del aparato para hacer de contrapeso y agarrarse para no caer. Aquello era kafkiano, nunca hubiese sospechado que ocurrieran estas cosas en su propia casa. El aparato fue perdiendo fuerza y tras unos jadeantes estertores se fue tranquilizando poco a poco. Andrés ya no respiraba para no enojarle más. Por fin todo acabó y abrió la puerta con la misma expectación que yo sentí ante la apertura del ovni donde llegaba la familia del pequeño ET. La tendió amarrando algunas mangas contra otras, pues no pensó en los alfileres, y cuando se retiró hacia atrás para ver su obra de arte, sonriendo, su mueca ufana quedó congelada. ¡Su camiseta de los Sex Pistols era del tamaño de una prenda de bebé! Sus calzoncillos, sus jerséis caros… todo pequeño.

Pálido se retiró a tomar una cerveza para ahuyentar la frustración y el desasosiego. Debía existir alguna forma de hacerlo en que no encogiesen las prendas pero, ¿cómo? Podría llamar a Josefa y preguntarle pero…. ¡no, eso jamás! ¡Él era un hombre, coño! Inteligente, con un grado superior, ¡veía todos los documentales de la dos! No. Lo intentaría de nuevo. Compró ropa nueva, pues toda la suya estaba inservible. A la semana siguiente decidió volver a intentarlo, no sin antes reflexionar profundamente sobre el tema. Bajaría la temperatura. Así lo hizo. Introdujo toda la ropa junta, calculó también la cantidad de jabón e incluso le puso suavizante. Miró al aparato de forma retadora, dio unos pasos alrededor sopesando al contrincante y, cuando el aparato comenzó a lavar, Andrés se fumó un cigarrillo dispuesto a pasar todo el rato vigilando el proceso. Esta vez no hubo incidentes, todo se sucedió con una normalidad dentro de lo común en estos casos. Con la boca seca, abrió la puerta del aparato y esta vez no salió humo, su sonrisa alumbró toda su cara ¡Eureka! Echó toda la ropa en un cesto y se dirigió a la terraza a tenderla allí, pues el evento merecía la pena. El sol maravilloso de la tarde, perfumado de diferentes tipos de especias, le inundó la nariz de buenos presagios, tomó las pinzas de colores y cogió la primera prenda. ¡Rosa! Toda la gama de variantes del rosa se encontraba ondulando al sol, como banderas de desolación para su corazón destrozado. Un jardín entero de rosas rosas colgado de las cuerdas de su tendedero. Sus camisas finas, sus polos de marca… Dios. ¿Qué mal había cometido él para recibir ese castigo?