martes, 31 de enero de 2012

¿Sabes?




Quiero contarte, compañero
en esta madrugada fría,
y entre las sábanas tibias
mi tristeza de estos días.
Necesito decirte, compañero,
que me escuece el cielo de la boca
de callarme las palabras,
que se me pudren en la garganta
y se mueren en los ojos.
Decirte,
que me acostumbré al silencio
y a los tambores privados.
Quiero confesarte,
que voy dejando sueños esparcidos
para que tus pies tropiecen,
que ya no puedo inventar más mundos
a mi medida, 
que me salgo por la camisa,
y que me empuja
ya
la prisa.
Que el corazón me late
y que siento frío en las entrañas,
compañero.
Quiero pedirte perdón, humildemente, 
por mi falta de paciencia
en la navegación conjunta.
Sé que no podré acallar el dolor
de esos cajones vacíos,
de las perchas, 
y de ese lado de la mesa,
pero el dolor de la vida
ya me pesa.
y no puedo, no quiero
seguir huyendo
por los tejados
 .

lunes, 30 de enero de 2012

Madrid




Con motivo de acudir a las jornadas literarias de Abretelibro, viajé recientemente a la capital. Paso a contaros algunas cosillas de este breve viaje.



Madrid, soleada y hermosa. 

parte primera.

Vale. Yo, que soy una viajera empedernida, lo primero que hago al llegar a un destino nuevo es tocar, tocar y oler. Tocar, para verificar que lo que siento es real, la piedra es real, y oler, oler porque cada lugar tiene un aroma propio destilado de sus gentes, de su cielo, de sus noches.
Madrid lucía radiante el sábado por la mañana. Esperé, entre el día y la noche de los bebés de  Antonio Lopez, que el mapa me despejara los secretos y los recovecos de Madrid, pero ante mi desorientación  y la extraña información de un guardia civil con bigote que nos dijo que estábamos lejísimos de  Plaza España, mi acompañante y yo decidimos apostar por las bonanzas de los taxistas madrileños. El pavo en cuestión conducía como si le persiguiera el demonio con la cara de la Mairena, pitaba incluso a los coches adyacentes para que le permitieran el paso, cosa que a mí, llegada de Barcelona, donde los taxistas aprovechan al máximo los semáforos, me sorprendió muchísimo. En fin, cero coma minutos después, gracias a este taxista nervioso, llegamos al hotel. El hotel. Ummmmmm… ¿qué decir? En su alegato diremos que estaba bastante limpio.
Tras un duro día de trabajo, una noche toledana, y un viaje de AVE de tres horas y veinte minutos, mi intelecto yacía acolchado y adormecido en el fondo de un pasillo con olores a champú. Así y todo decidí adentrarme por las calles del centro para encontrarme con el espíritu madrileño, mientras mi amiga realizaba sus llamadas pertinentes, al marido, a la hija, a la suegra y a su amiga Mari Pili. En un tugurio pegado al hotel pregunté a un parroquiano por la Plaza España y me dijo que estaba a cuatro minutos de allí. ¡Cuatro minutos, por todos los dioses del Olimpo! Agarrada  con los dientes a la Cuesta de san Vicente, llegué con los pies martirizados a la plaza España, buscando a un Don Quijote escondido tras la panza de Sancho Panza. Y en brazos del suave calor madrileño me adentré por unas calles muy sugerentes. Todas me sonaban de escucharlas en la tele: Callao, Plaza del sol, Arenal, Plaza mayor. Un Madrid soleado, bullicioso, con un sol de justicia, pero asombrosamente fresco en la sombra, me daba la bienvenida entre sus calles. En Preciados un cartel que decía así: Sanatorio de muñecos, me recordó a un pasaje de la novela de Alcot, mujercitas donde Jo recogía con amor a las muñecas doloridas y afiebradas para sanarlas. Una librería pequeñita asomaba por una esquina y me acerqué a curiosear. Nada huele mejor que un libro viejo, porque contiene las huellas y el calor de muchas manos. Novelitas de Zane Grey, un ejemplar de aquellas mujercitas, y una novelita de Julio Verne viaje al fondo de la tierra. Escaparates con ropa de chulapos, casacas coloridas, y souvenirs.
La puerta del sol me pareció pequeña, pero encantadora.
La plaza mayor enorme, casi pude sentir los cascos del caballo de Felipe III...

y más cosas que ya os contaré.:)


...

miércoles, 25 de enero de 2012

Luna de san Juan




Te busqué en el quicio de los sueños, allí donde se perfila la negra sombra de la muerte. Pero en ese último abrazo silencioso sólo encontré culpa y dolor. Te busqué asimismo en los sueños nebulosos de la benzodiacepina, pero una mañana desperté con la certeza lacerante de que mi agnosticismo exacerbado no me permitiría verte más. No hay balcones donde gritar y el eco no llega hasta allí.
No me extrañó que mi psiquiatra luciera un holgado y extravagante disfraz de arlequín, ni que una lágrima dibujada en su mejilla le resultase favorecedora, porque yo misma atravesé la puerta con un exótico vestido de La dama de las camelias. Tomé asiento glamurosamente en lo que me pareció una seta gigante, cerca de la chimenea encendida. Los ventanales abiertos a un jardín de rosas negras me permitían disfrutar de una fina lluvia de invierno.
Sobre su mesa, una chistera, un conejo blanco acurrucado y una baraja. Me hace un gesto con la mano, indicándome los naipes.

—Coja uno al azar.
—Es la muerte.
—No propiamente. Es la muerte soñada.
—¿Qué calmará este dolor que siento?
—Depende de lo que salga del sombrero.
Volví a introducir la mano y salió sorpresivamente otro naipe.
—La cabaña del suicida —dice.
—¿Y cómo puedo llegar hasta allí?
—Atravesando el hielo.
—¿Cómo encontraré el camino?
—Siguiendo el rastro de la luna derramada.
—Estoy soñando —pienso en voz alta.
—Por supuesto. ¿Qué deseas exactamente?
—Traerlo de vuelta.
—No podrás. Tampoco satisfará tus dudas, ni tus preguntas. Sólo tendrás el alivio del beso último.
—¿A cambio de qué? —pregunto.
—Luego no volverás a soñar nunca más. Vivirás por siempre en una realidad coherente y aplastante.
—¿Me reconocerá?
—No. Los suicidas cortan con su acto el cordón umbilical que les ata a la memoria.
»Consejos: necesitarás un narrador y un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, antes de llegar a la cabaña del suicida tendrás que atravesar la puerta de la duda razonable. No podrás acceder sin un obsequio, una dádiva, un presente…
—Una última pregunta ¿Para qué necesito un narrador?
—No volverás a producir ningún sonido inteligible hasta que encuentres el motivo de tu búsqueda. Y llegado ese momento te estará permitido articular sólo seis palabras. El narrador será quien nos contará esta historia extraña y atormentada que estás escribiendo ahora y que seguro aburrirá  muchísimo a tus lectores.
—Y al narrador, ¿puedo elegirlo yo?
—No, él te elegirá a ti en un sueño. Debes estar receptiva.


Esa noche cené sopa de letras, una hamburguesa y una pera. Tomé mi dosis diaria de sertralina, diazepam y alprazolam, más un sedotime para dormir y me tapé hasta el cuello. La luna me arropó cálidamente a través de los cristales.
48 kilos de carne más el equivalente en llagas era todo mi bagaje en un sopor nebuloso. Flotar más que andar, o casi casi deslizarme.
Descalza...
…Un sendero nevado con paredes a los lados y un frío purificante;  a lo lejos, un puente labrado de calaveras. Suena una sinfonía de Beethoven. Cruje el suelo bajo mi peso y se estremecen los hielos. Alrededor, las rosas cristalizadas me miran absortas con la boca abierta de par en par, dientes diminutos asoman por sus labios sanguinolentos. El tiempo las ha congelado en una curvatura extraña y estática. Epifanía de las rosas. Noto las pestañas rígidas a causa del rocío helado. Huele a monóxido de carbono. Llevo una carta bajo la blusa: Entregar en mano. La luz del amanecer se refleja en la nieve, destellos cobrizos iluminan el sendero.
Una casa se vislumbra a lo lejos. Un olivo retorcido se alza tortuoso bajo un sol que languidece. Allí una figura familiar conversa animadamente con un pastor de ovejas y me acerco dubitativa, pero parece que no me ven. Escucho su conversación versada sobre unas tumbas, unos números cambiados y algo sobre la tranquilidad de aquellos que no desean ser encontrados. El pastor se aleja con su ganado y un hombre viejo me mira largamente, no le conozco personalmente, pero me sonríe cariñosamente. Me esperaba, dice.
Hace un gesto con la mano indicándome una barca de madera; en el lateral, un nombre: Pilar.
—Siéntate sobre la barca, yo disfrutaré de la sombra de mi olivo.
—Necesito un narrador para el viaje que he de emprender.
—Lo sé, te esperaba.
—Conozco su obra.
—Leíste Todos los nombres y por eso estás aquí.
—En realidad necesito a José,  el de la conservaduría, pero es un personaje de usted.
—Mis personajes son parte de mí. Yo soy José, el de la conservaduría.
—Iremos muy lejos —le informo.
—Lo sé —asiente.
—Usted será mi narrador.
—Intentaré ser ameno –—Sonríe.
—Sus diálogos son difíciles de entender, don Saramago.
—Me entiendes tú y me entendía aquél a quien vamos a buscar.
—Él le adoraba. –Me contesta que lo sabe.
Silencio.
—A veces dejan cartas, aunque no siempre la explicación que contienen es la que deseamos leer. Los silencios también cuentan mucho —dice.
—Es difícil seguir el rastro de un silencio, don José.
—Caminemos un poco, el viento de la isla nos vendrá muy bien. —Y me toma del brazo.
—No sé qué decirle, usted está muerto y yo estoy soñando.
—Pues busquemos un restaurante barato.

Ella come de forma tímida, seguramente comerá mucho más de lo que demuestra, pero la cercanía de mi fama la empequeñece. Tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, que se tapa con el pelo y rehúye mi mirada. Dice que ha leído toda mi obra y que el libro que más le gustó fue Ensayo sobre la ceguera. Yo le recuerdo que nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia sin mirar a los demás. Que siempre pensamos en la gente cuando se muere y les hacemos altares cuando en vida les hemos negado el saludo.
Le pregunto qué es lo más extraño que le ha ocurrido últimamente y me confiesa, entre risas, que esa misma mañana, estando parada en un semáforo, vio pasar a una anciana y se sorprendió muchísimo. Le pregunté por qué y me respondió que esperaba ver cruzar a un dinosaurio.
—Estás un poco loca. —Se ríe.
—Lo sé, pero nunca lo he negado. —Y es cierto.
—¿De qué escribes en ese foro del que me has hablado? —pregunta curioso.
—Mayormente tonterías. Imito a los grandes, mal, por supuesto. —Intento ser humilde.
—¿Dónde está esa cabaña que buscamos? ¿Y qué hielos son esos que hay que cruzar?
—No lo sé —respondo.
—¿Quieres saber lo que opino? —Se ajusta los lentes.
—Por supuesto, don Saramago. —Siempre me interesa lo que tenga que decirme.
—Creo que esos hielos ya los hemos cruzado hablando de tus miedos.
—¿Y el rastro de la luna derramada?
—Mira esa luna que se refleja entre nuestras manos, derramada entre nuestros cafés. Ahora ilumina tu cara y te cuelga una sonrisa donde antes dominaba una mueca de cansancio y tristeza.
—¿Y la puerta de la duda razonable?
—Es la puerta de esta cafetería antigua. Si la traspasas con la intención de buscar más allá de lo imposible nunca encontrarás la tranquilidad. Sé razonable y eliminarás la duda.
—¿Y la cabaña? ¿Y las seis palabras?
—Chica triste, no existe esa cabaña, y, aunque existiese, estará vacía. Dime, ¿qué seis palabras le hubieses dicho?
—Te quiero. Te echo de menos.
—Creo que es el final perfecto para este relato. ¿Pones tú la palabra fin, o dejas al gran Saramago el honor?
—Por favor, maestro.


Para Antonio, con cariño eterno.














domingo, 22 de enero de 2012

retazos...




Anoche soñé contigo. Intento recordar los detalles de forma exacta pero los retazos de ese sueño me vienen envueltos en jirones de seda opaca; suaves desgarros que a veces la corriente levanta lo suficiente para permitirme ver tu cara o sentir tus manos. Pero una vez más me he incorporado de la cama oliendo a ti, sin ti.
Oliendo a tus manos, toda yo; a tu saliva, a tu fragancia, a tus cabellos. El vértigo en el estómago me advierte que, como siempre, me he muerto un poco en ese rincón de tu cuello.
Puñaladas de irrealidad, la vida, que es así de puta. Con el primer sorbo de café amargo he recordado la calidez de tus manos cubriendo las mías con la tibieza de la amistad, y cómo te miraba yo en la oscuridad de aquel tugurio; recuerdo las ganas de comerte, de sentirte tan dentro de mí que incluso corrieses el peligro de perderte en algún camino oscuro de mi interior. Recuerdo esa lucha interna por abrazarme a tu cuerpo y dejarme llevar por la tormenta, allí donde el agua nos lleve, sin preguntar nada para no saberlo todo. Sonriendo, me dijiste que mi forma de mirar es invasiva, que conquisto orillas cuando entorno los ojos, que te digo más en silencio, que mi mirada te enmudece. Suerte que mis ojos no te cuentan mucho más…










lunes, 16 de enero de 2012

Invierno.




Érase un campo de amapolas,
 érase unos labios inhóspitos,
un invierno desolado,
un tiempo vacío,
un impasse,
un silencio,
un hueco frío,
un amanecer helado,
un abrazo inexistente,
érase un campo de amapolas.






jueves, 12 de enero de 2012

Otoño





Te espero,
a esa hora en que las copas de los arboles
se funden de oro y ocre,
donde el atardecer, encendido,
se derrama generoso en hebras doradas,
que se cuelan entre las hojas secas
para morir, lánguidamente esparcidas,
entre los guijarros negros.

Sentada estaré, donde el aire huele a otoño,
donde crujen los huesos de las hojas muertas, 
allí te espero,
mientras desgrano estos versos,
que se elevan melodiosos en volutas espirales,
en una comunión perfecta con el viento.

Y aprovecho esta muerte en el pecho
que es el amor rendido,
para escribirte estos versos
y confesarte,
que la oscuridad me acecha con mano infame,
que el brillo diamantino de los árboles
alumbrando el vacío
es la muestra fehaciente
de este sendero lleno de ausencia.

¡Como abrasa esta arena en el pecho!
Soy una sombra blanca 
vestida de amanecer...




domingo, 8 de enero de 2012

Lucía y yo.







En Amsterdam, delante de un suculento plato gallego, con un moño improvisado y debajo del jersey, aunque no se ve, está mi camiseta de David Bowie jaja protegida de la lluvia eterna de por allí.  La fotógrafa mi hija, Lucia, guapa, toda ella. Pues ésta soy yo gente, vuestra loca, que os adora. Gracias a todos los que entráis, leéis y hasta comentáis. Un abrazo.