miércoles, 28 de marzo de 2012

vainas de escritora a punto de partir...



Me he quedado observando el blog, mientras me comía un yoghourt de limón. A veces me quedo absorta, lo reconozco, se me va el santo al cielo, ese santo vacilón que es un poco escapista, ¿de dónde vendrá este dicho? Y se me vuelve a ir el santo al cielo pensando que de donde vendrá este dicho.
Este blog es una casa de verano. Ahí desembocan estos pensamientos absurdos con sabor a limón marchito y apresado entre conservantes.
Una casa de amigos,  un lugar de verano, un oasis, una parada fresca en medio de un largo camino. Y cuando venís vosotros, con los pies cansados, quizás llenos de barro, me gusta pensar que yo tengo unas zapatillas de recambio para que podáis descansar. Quizá puedo abrir un poco la ventana para que escuchéis el rumor del mar a medianoche, incluso ofreceros una manta para abrigar la tiritera de la sal. Me apetece sentarme a vuestro lado, y no me importa saber quiénes sois, ni de donde venís. Me importa solo saber si el corazón viene herido, si al ofrecerme las manos, empáticamente, las descubro atravesadas por caminos que se cruzan, y entre ellos  sabiduría y dolor.
Puedo ofreceros un té de jazmines, que podríamos tomar a la esquina de la mar, allí donde la noche se remanga los lutos, y se deja ver los tobillos suavemente iluminados por el horizonte que despierta.

Pues eso. Perdonad esta vaina extraña, escrita en cinco minutos y casi sin corregir. Pero siempre sigo las órdenes de mi corazón loco.

Sólo quiero agradecer vuestras visitas.

redondeando esquinas...





Siempre te digo que no. 

Pero te asomas a mis ojos desde arriba y con los pies en el abismo acabo ofreciéndote el cuello. Un día te dije: calafateando las ranuras de mi cuello con tu lengua conseguirás que este barco se hunda. Igual naufrago si sigues. Me va a comer la tormenta, digo, y te ríes. Y no puedo permitirme el lujo de perder la puntita de tu dedo índice de vista, que, osado, busca los atajos, botones, cremalleras, acaricia huesos que sobresalen para desembocar allí donde la piel forma lagunas. 

Circunda lunares colindantes a ciertas zonas rosadas, y allí donde el dedo acaricia aparece la saliva.



Siempre te digo que no. 
Que tu lengua redondeará mis esquinas, dices, y te ríes.

sábado, 24 de marzo de 2012

Señor Vargas Llosa:






No me importa que sepan ustedes que velo el lecho de dolor de una anciana a la que se le ha metido en la cabeza que ha llegado el momento de morirse. Como un árbol tumbado a la fuerza, al que un tornado violento y resentido ha postrado de costado, yace ella boca arriba con el pecho podrido de mucosidades lacerantes y obstinadas, que crepitan como un leño en el hogar. En el asiento reservado al familiar resignado vigilo yo, libro en mano, de que la muerte, esa sombra descocada y oportunista, no se la lleve impunemente en el silencio de la noche, entre la modorra del sueño y el frío metálico de la mañana. Deberé, según parece, sorprenderla y provocarle una estampida. Y no sé yo, si mi figura apocada sacudirá los cimientos sólidos de aquella que anda descalza y vestida de soberbia desde hace ya tanto tiempo.Sonrío en la penumbra, acurrucada. Plegada en mi templanza y libro en mano, atesoro los segundos respirables, acumulando sensaciones. No hay nada de más en nuestra vida, ni un dolor, ni un suspiro, no. No. Porque si miro mis manos, boca arriba y boca abajo, estás me cuentan que los caminos se cruzan, que las rayas de la vida y de la muerte juegan al parchís y en medio de la línea del amor tengo una pupa que se convirtió en secuela y ésta en sabiduría.Vuelvo a sonreír, porque al final la vida es el libro más interesante.Me duermo, y la culpa la tienen los segundos hospitalarios, que laten bajo el peso del hormigón del tiempo.Todo aquel que escuche su propio cuerpo en el silencio más sepulcral, sabrá de ese vértigo que se siente al cerrar los párpados para escrutar los humores de la noche.Y en ese sueño que se levanta quejumbroso y valiente, nacido de una postura casi contorsionista, veo al señor Vargas Llosa, padre de este libro que ameniza mis largas horas de sillón, y le digo: valiente libro ha escrito usted, señor Vargas Llosa...


...que atormenta
y desconcierta mis pesares
con sonrisas
verticales.
Que si abluciones
y tormentas estomacales,
que si vergas
querubines y lenguas,
que si la transparencia de la seda negra
y el silencio del eunuco,
la saliva del infante
en la boca de su madrastra,
el cuerno del unicornio,
abrazos, muslos y montecillos de Venus,
pechos blancos y turgentes,
vientres blandos generosos,
hendiduras con olores agridulces,
jóvenes amantes en el bosque 
que ríen, con el cuerpo enredado
y yacen después, sonriendo de gozo
mientras el tercero en discordia
contempla la escena, dichoso.




Y quisiera yo saber cómo ha logrado usted, señor Vargas, que en este momento de mi vida encajen de esta manera tan exacta, su sonrisa vertical con este pesar abstracto.

jueves, 22 de marzo de 2012

Amarrado a tu cintura




Hace mucho tiempo que ella viaja sobre su lomo. Él la ha bautizado como su adorable parásito, ella como su montaña mágica. ¿Cómo se conocieron?
Un atardecer anaranjado dormitaba la montaña mágica apoyando sus carnes inconmensurables en el tronco de un árbol resignado. Ella pasaba por allí, triste y cabizbaja, pues disponía de poco alimento para combatir el duro invierno. Luego, bajo los copos de hielo era muy difícil encontrar una pizca de alimento.  Arduo momento para ser una hormiga frágil. Así, de esta guisa,  se estampó contra  esas descomunales columnas de carne, y curiosa, trepó hasta que se encontró con lo que parecía una oreja; un gran escondite de carne, bajo el cual reinaban unas maravillosas y sibilantes corrientes de aire fresco. 
Gozosa, panza arriba y con todas sus patitas al viento, ella se refrescaba alegremente bajo ese apéndice inquieto, que él movía de forma acompasada de vez en cuando, para refrescarse o librarse de los molestos visitantes.

Luego, al despuntar el alba, cuando los animales despiertan y emergen adormilados de la hierba, la montaña se despereza. El árbol, dolorido, tras una noche en vela, se prepara para recuperar su postura gallarda; cuando la montaña haya despegado su descomunal cuerpo de la corteza, volverá a ser libre. Hace tiempo que la montaña lo eligió para apoyarse; su corteza es cómoda, las ramas son frondosas  y frescas en verano.
Este árbol hace ya muchos otoños que se resignó a su suerte. Una vez tuvo un sueño en el que recogía sus largas raíces de secuoya y levantándolas hasta la cintura echaba a correr entre la llanura agreste, como una dama que recoge sus enaguas para atravesar un charco de agua.
Pero eso ya es cosa del árbol, que de vez en cuando fantasea a la tenue luz de la luna.

En cambio la pequeña dama ya no abandonará a la montaña. Ha decidido vivir y morir en su geografía de terciopelo, y sabe de sobras que algún día él tomará su minúsculo cuerpecito y lo llevará allí donde duermen los finados, pues sabe que para él es muy importante este doloroso trámite. Lo ha  visto hacer un alto en el camino, al lado de la manada, y guardar un respetuoso momento de silencio, y digo momento,  pues para las montañas no existen los minutos.

Pero es duro en ocasiones amar a una montaña. Ha sido testigo impotente de las luchas de poder, de las reclamaciones territoriales, y lo más penoso: los enfrentamientos por amor. Ha volado ella por los aires en esas ocasiones, frágil cuerpecito, sin tener donde aferrarse, cuando los colmillos de los combatientes han chocado furiosamente. Ha visto asombrada las chispas de fuego que producen los marfiles al colisionar. Ha caído al suelo, doliente,  entre el barro, cuando las montañas han eclosionado, retumbando el suelo, arrancando árboles en la caída.
Ha girado, dolorida, las antenas hacia otro lado en los momentos de pasión, y lo ha consolado después, cuando la hembra se ha marchado tras lanzarle un beso efímero con su trompa.
Han vivido días de lluvia juntos, ella asomando tímidamente por el quicio de su oreja y él mojando sus laderas incontenibles, escuchando ambos los rumores del agua…

Y es que hay seres
que al juntarse se provocan, uno al otro, una tiritera absoluta…



sábado, 17 de marzo de 2012

Rojo violento, castaño sombrío




Algunas tardes
a cierta hora,
los cielos cambian de color,
derramándose
sobre los tejados húmedos,
tejados
que de un rojo violento 
cambian 
a un castaño sombrío.

El otoño tirita
tras los cristales
y el viento se aleja
llevándose las hojas muertas.

Tiempo de duelo,
de lamentos,
de noches quebradas,
de miradas que se pierden
en la lejanía,
sembrando la tarde
de suspiros.






melancolía.


domingo, 11 de marzo de 2012

Primavera en París








Tengo un amigo que es ciego. Ayer, mientras le contaba algunos de mis viajes me preguntó cómo es París y a qué huele.
Le contesté que es difícil describir un cielo con colores para alguien que no los ha visto nunca. Le confesé que el cielo de Roma me recordó a Audrey Hepburn y a Gregory Peck subidos sobre una vespa. El de Tunez a las mil y una noches, a alfombras mágicas y a un perfume de jazmín que compré en el zoco, a casas de leche y puertas del color del mar enfadado. A Florencia la miré desde su cuna del renacimiento y su cielo desde el Duomo. Nápoles tiene callejuelas estrechitas con altares. Y París...

Cuando llegué a París hacía frío, los cielos eran tormentosos, las nubes colgaban amenazadoras. París es un collage sociológico, le dije. El olor de muchas culturas invade las azoteas y las callejuelas. Huele un poco a todo. Vuelves una esquina y huele a café au lait y a especias de Turquía, a kebab, y a comida japonesa, a croissants recién hechos, y a pan caliente. A can can y a las putas de Pigalle.

¿Cuál es la imagen que más se ha fijado en mi mente?

El Calvario,
allí, donde los pintores
se resguardan de la lluvia
comiendo una manzana, 
mientras pintan
el desnudo de una mujer vestida.

Personalmente creo
que no hay mejor pincel 
para inmortalizar un cuerpo
que la punta rosada de una lengua ávida,
o el deseo viajero de unos dedos hambrientos,
ni mejor perspectiva que la luna reflejada
en un vientre oculto tras una cesta de fruta.

Que lienzo tan imperecedero
aquel que se imagina el artista,
sujetando con alfileres de tiempo
la luz que cae y que declina
sobre las manos recogidas en el regazo.
Inmortalidad
Tiempo congelado…


¿A que huele París? a noches eternas, a lechos cacofónicamente desechos, a los vientos concéntricos del vientre de la torre Eiffel, a sus puentes. A los suspiros del Sena.

sábado, 10 de marzo de 2012

Contándote muy bajito...


                                                                                     



Sonámbulo
 y poeta enamorado del viento,
del grito de un cielo que se desgarra
en mil colores.
Duele 
tanta belleza.
Eterno marino sin navío, sin rumbo,
poeta silencioso, introvertido,
efímero y eterno,
te escapaste como el agua,
mas tu recuerdo es una flor
 que crece
sin tierra, sin agua...
Y allí, en aquel lugar donde el cielo se rompe
por el peso de su belleza
sólo quedan cenizas donde una vez
hubo un corazón y un nombre.
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Porque llorar por ti sí que vale la pena,
ríos de tinta negra para decirte:
que los amaneceres siguen siendo hermosos
y fríos.
Que la lluvia sigue oliendo a barro,
y los versos de Neruda duelen igual.
Informarte de que Sabina
canta igual de rasgado,
Y Saramago partió en una balsa de piedra
para reunirse contigo allí
donde la luna pilla de paso.

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Contarte en silencio bajo un viejo roble:
que el mundo al final sí que tiene sentido
y cuando no es así, la brisa del mar
trae consigo suspiros de un tiempo mejor.
Que escribiendo espanto fantasmas
que llaman a mi puerta por las noches.
Y que cuando miro al cielo siempre te busco
aunque también te encuentro en mis manos
cuando escribo para ti.
Que sigo enredada en dudas
y apretando el tiempo con rabia
para robarle segundos.