jueves, 20 de septiembre de 2012

Héroes desanimados




— ¿Y esa expresión de tristeza? –dijo el hombre de un sólo brazo.
—Esta ciudad ya no es lo que era. —respondió Peter observando a una atareada arañita laboriosa.
— Lo sé. Nadie está por la labor. —bajo ese sólo miembro Connors acunaba sus legajos.
Spiderman, vestido de paisano y con una carpeta bajo el brazo, dio dos pasos adelante y quedó a tan sólo un metro del mostrador,  donde una amable funcionaria lo miró por encima de sus lentes y le indicó la mesa a la que debía acudir para solicitar la prestación de desempleo.
A su lado y guardando su turno en la cola El lagarto solicitaba una pensión de invalidez.

Para Maite, con cariño.



domingo, 16 de septiembre de 2012

Palos y piedras








Cordelia recorre su blog con la mirada antes de cerrarlo. Candado en mano, pasea la vista a su alrededor. Tras la reja se quedan interminables tardes de lluvia encerradas en un relato o en un  poema escrito desde el calor del vientre. Divagaciones vomitadas desde un alma que a veces se ahoga.  Desvaríos y paranoias que a veces utiliza como linimento, para un dolor crónico o un inmenso deseo de escapar. Sandeces de todo tipo, más malas que buenas, pero de eso el corazón no entiende. Que los órganos amatorios no están por esas labores. Los primeros pasos vacilantes de una mujer con muchas ganas de escribir.
Dentro del blog, Poe juega una partida de golf con don Miguel de Unamuno. Y detrás de éste, un Augusto mortalmente pálido y con un vientre prominente le da golpecitos en la espalda para captar la atención de su creador. Unamuno frunce el ceño, no me lo quito de encima, le susurra bajito a Poe. Es lo que tiene la paternidad, le contesta éste, mientras un cuervo sobrevuela y roba la pelota. Ambos la ven volar, a la pelota digo. Una puta y un mendigo juegan al mus sobre una vía muerta, mientras la muerte, subida a unos tacones rojos, apunta en su libreta nuevos nombres que luego tachará. Dios y su homónimo de las entrañas calientes de la tierra cambian impresiones en una barca. Ajustan posturas, que el equilibrio radica en la complicidad y en la concesión.
—Te ofrezco cien pecadores para tus calderas a cambio de una plaga de langostas susurra el Bienhechor.
Trato hecho contesta el maligno. Y el bien y el mal se abrazan, que los polos opuestos se atraen y se complementan.
La chica de la mirada triste al final no buscó la cabaña del suicida y acompañada de Saramago escriben al alimón una obra de teatro insensata con diálogos indescifrables, sentados sobre una barca al pie de un olivo retorcido. En la barca, como siempre, el mismo nombre: Pilar.
Cordelia mira a su alrededor y siente un dolor en el pecho. Personajes de toda índole, de todas las calañas; sus personajes, sus hijos, creados en una tarde de locura, rescatados de la inexistencia en una noche en la que el sueño era esquivo. A veces la inspiración se presenta dando coletazos de ballena, lanzándola a una locura sin salida. En esos momentos el mundo desaparece y sólo puede escribir. Ella lo sabe, es consciente.
Coloca el candado y echa la llave. Cuando va a retirarse, una mano ensangrentada la agarra por la chaqueta y la estampa contra las rejas.
—¿Por qué no escribiste antes el manual? interroga agresivo.
—¿Qué manual? — responde perpleja.
—¡El de cómo no  torturar a un pobre lector! grita.
—Lo escribí cuando se me ocurrió, sólo soy una escritora en sus primeros pasos —me defiendo.
—Me habrías ahorrado tanto sufrimiento… —me susurra abatido.
Tiene los ojos inyectados en sangre, dice tener los nervios a flor de piel y alega un cansancio tremendo.
—No te entiendo ¿Qué tal si te explicas mejor? —le digo con evidente esfuerzo, mis dientes están casi pegados a la reja. Su aliento y el mío flotan en comunión.
—No comprendes nada, diletante escritora de pacotilla. Si tú lo hubieses escrito antes, quizá algunos escritores como tú, con plumas de pavo real, se hubiesen dedicado a la siembra de la lechuga o de la patata en lugar de torturarme a mí y a otros que, como yo, amamos la buena lectura. ¿Puedes imaginarte por un segundo lo que es comenzar a leer un relato y ver que no tiene fin? Mis dedos ansiosos juegan con el ratón en un peregrinaje sin frutos, bajan y bajan, pero abajo no hay abismos en blanco, sino palabras y más palabras. Y leo, leo tragándomelas todas, estoicamente. Y cuando he acabado, ¿sabes lo que me ocurre, diletante y ufana escritora de pacotilla?
—No. ¿Qué? —le pregunto intentando respirar.
—¡Que tengo que comentarlo! —Me grita enloquecido. Saliva dispersa de una boca colérica.
—¿Y cuál es el problema? —intento defenderme y aparto la cara, su aliento huele a tiempo perdido.
—¡Que a veces no sé qué decir! — me responde con la mirada triste.
—Pues haz lo mismo que yo —le aconsejo—,  te vas al cajón de las palabras que no duelen, las que pesan poco y casi flotan, las que son casi transparentes. Imagino, querido amigo torturado, que sabes que existe ese cajón.
—¡No! ¿Y qué contiene? —por fin me suelta.
Respiro hondo. Otro personaje que se rebela y me planta cara. Desde que leí Niebla, del gran don Miguel, esta situación me persigue.
—Verás, socio, en el paraíso de las palabras hay dos cajones a tomar en cuenta, a saber:
»El de las palabras que pesan.
»El de las palabras vacías.
»Las palabras que pesan son sinceras y carecen de piel, están recubiertas de vísceras y sangre. Éstas es mejor que evites usarlas si quieres mantener las amistades. Porque son palabras que miran directamente a los ojos, no son huidizas, mantienen la mirada. Pero a veces hacen daño, porque con sus vientos huracanados hacen temblar las parihuelas que sostienen esas poesías, esos relatos. Y estos, frágiles desde su inicio, se tambalean.
»Son palabras que a la vez son sentencias; puedes condenar al destierro a aquél que adora la escritura. ¡Cuidado con ellas! Porque pueden romper un alma y desviar un camino.
»En cambio, las palabras vacías son cómodas, ligeras, etéreas, casi transparentes; si las colocas con cuidado sobre un lago podrían incluso flotar. Son fáciles de pronunciar, no comprometen y suelen arrancar una sonrisa. Y si lo que buscas es tener amigos, te aconsejo que utilices éstas últimas. Las palabras cómodas pueden ser un trampolín para el que las lee, pero alentado e inflado saltará y puede ser que abajo no haya agua.
—¿Y no hay un cajón intermedio? —me pregunta más amigable.
—¡Claro que sí! Es el cajón de las palabras esperanzadoras.
—¿Y qué palabras son esas? —Se anima por momentos.
—Ilusión, trabajo, constancia, empeño.
El que todo lo ve y todo lo sabe se acercó lentamente, con las manos tras la espalda. Su gesto no era del todo benevolente, alcé una ceja imaginando que la corona de espinas era la culpable de esa mueca contraída.
—Vaya, vaya, consejos de una creadora. No salí muy bien parado en tu relato “La muerte camina sobre las flores”. Dictador, cruel, y hasta vago. Algo cochino, incluso. Lascivo, ¡y amigo del maligno!
—Licencias poéticas, buen dios, sabes que no creo en ti, para mi eres un personaje más. Aunque he de reconocer que el maligno me divierte más.
En esta agradable charla andábamos cuando vi a todos mis personajes acercarse lentamente a la verja armados de piedras y palos. Las miradas asesinas me advirtieron de que sus intenciones no eran buenas.
Y por una vez  en la historia de la literatura, la creadora salió corriendo de allí.


Decidme, ¿ se os rebelan a menudo vuestros personajes? contadme...




sábado, 15 de septiembre de 2012

de amores y esas cosas...




¿Cómo se escribe una historia de amor? Mejor dicho, ¿desde dónde se escribe?

Desde las cenizas del estómago, si es que el amor ha muerto. Desde el silencio del cielo de la boca, donde se agolpan las palabras que no saldrán porque no pueden ser dichas. Desde el dolor de los ojos cuando se ama a un imposible. Con una sonrisa entre sábanas revueltas. Si el corazón quiere aportar ideas dejémosle, pero cerremos la puerta al cerebro, que sólo vendrá a poner orden y a incordiar. Una historia de amor se escribe sentado en un banco viendo morir la tarde, sale directamente del crujir de una hoja seca, del aroma de la tierra, de mirar tus manos y no poder acariciarlas. De un silencio impertinente, de las palabras calladas, de una puerta cerrada, de un buzón vacío. Esto ya forma parte de los amores que matan. Con una palabra tenemos bastante para levantar un castillo que sólo vemos nosotros. Amor de cristal...
Luego están los amores pacientes, el que espera poco, el que tiende la mano, el amor fiel. Y le llamamos amor aburrido…



domingo, 9 de septiembre de 2012

Otoño inspirador

Este poema es algo antiguo, pero muchos no lo conocéis. Escuchadlo con la música. Forman una simbiosis perfecta. Mil besos.


Te espero,
a esa hora en que las copas de los árboles
se funden de oro y ocre,
donde el atardecer, encendido,
se derrama generoso en hebras doradas,
que se cuelan entre las hojas secas
para morir, lánguidamente esparcidas,
entre los guijarros negros.

Sentada estaré, donde el aire huele a otoño,
donde crujen los huesos de las hojas muertas, 
allí te espero,
mientras desgrano estos versos,
que se elevan melodiosos en volutas espirales,
en una comunión perfecta con el viento.

Y aprovecho esta muerte en el pecho
que es el amor rendido,
para escribirte estos versos
y confesarte,
que la oscuridad me acecha con mano infame,
que el brillo diamantino de los árboles
alumbrando el vacío
es la muestra fehaciente
de este sendero lleno de ausencia.

¡Como abrasa esta arena en el pecho!
Soy una sombra blanca 
vestida de amanecer...