lunes, 26 de noviembre de 2012

impasse


Este es algo antiguo, pero los nuevos amigos no lo conocéis.





Érase un campo de amapolas,
 érase unos labios inhóspitos,
un invierno desolado,
un tiempo vacío,
un impasse,
un silencio,
un hueco frío,
un amanecer helado,
un abrazo inexistente,
érase un campo de amapolas.





miércoles, 21 de noviembre de 2012

La margarita del diablo. Patti Smith en concierto.


A los que no sois de Barcelona, a los que no habéis visto nunca el Palau de la Música, sólo puedo deciros que es una maravilla. Es precioso por fuera y mágico y espectacular por dentro.
Pero si encima la visita a esa maravilla es por un concierto de Patti Smith el asunto mejora hasta límites insospechados. 

Llegó puntual, entró dulce y femenina, simpática porque lo es, grande, con su sempiterna indumentaria, la de siempre: tejanos, botas, chaleco, camiseta y americana oscura. Para mí, que la llevo escuchando, amando, adorando tantos años fue como para un creyente ver al Papa (que nadie se escandalice por el símil); para mí, que me he dejado tantas conversaciones a medias, que he dejado a la gente con la palabra en la boca para irme a bailar como una posesa Rock and Roll Nigger o Gloria o su orgásmico  Land, para mí, que me he leído su biografía de cabo a rabo, fue grande, grande, grandeverla en directo.  Un momento de los que uno atesora en un rincón del corazón toda la vida. Presentó su disco Banga (una referencia a El maestro y la margarita de Mijail Bulgákov), tomando el nombre de Banga por el perro de la novela (motivo supongo por el que nos puso a todos a ladrar y a aullar a su antojo); presentó asimismo una canción dedicada a la fallecida Amy Winehouse, fallecida en 2011 mientras Patti tocaba en Madrid, a la que dedicó un poema que luego se hizo canción, un tema precioso y conmovedor. También recordó a Robert Mapplethorpe, Bolaño..., y Rimbaud flotó por la sala toda la noche.

El publico aguardó, sentadito y modosito, (demasiado para mi gusto, que me hervía la sangre ya con Because the Nigth), hasta que una voz en la oscuridad gritó: ¡¡Horses, Patti, Horses!! Sonrió, femenina y entonces…, entonces la fiera guardada, la pantera, la mujer que escupe, comenzó despacio, despacio, porque señores esa canción es como un orgasmo, lento, lento, in crescendo, el público de pie, frenético, todos, mayores y jóvenes, seguidores de toda la vida, aclamándola “Sí Patti, más, más”,  las luces cambiando de rojo a azul, de azul a rosa, y ella nos tenía en sus manos, completamente locos, saltando, cantando con ella, adorándola. Es la margarita que luce el diablo en su solapa. Se transformó en algún momento, ya no era femenina, ya no era dulce, era un animal hipnótico que nos llevó hasta el cielo; todo el público de pie (faltaron los mecheros y los canutos ¡ay qué tiempos!) todo el publico cantando con ella, hasta el final, hasta el clímax que alcanzamos cuando enlazó Horses con Gloria, y ya de ahí al cielo. Fue bestial. Aplaudimos tanto que no sé cómo no se desprendieron los bellos adornos del techo.
Y luego se fue…, tímida, como quien no ha roto un plato en su vida, pero yo que la conozco, que le he visto los ojos de fiera sé que la margarita a veces se convierte en un diablo muy sugestivo.


Bravo Patti, y gracias por una noche mágica.









viernes, 16 de noviembre de 2012

Ensayo sobre la tristeza


Quizá poca gente recuerde de qué manera comenzó todo. Qué día ocurrió, en qué segundo. Podría haberse iniciado con un débil temblor en los labios, con un leve estremecimiento de la barbilla. Podría ser que una mañana una mujer riese a carcajadas jugando con sus hijos y a la siguiente la boca amaneciese rígida, tensa, una media luna que no llega a definirse. Y en ese lugar del rostro, antes iluminado, sólo quedó una fina línea recta. Obviamente también desapareció el brillo ocular que acompaña la sonrisa.

Deambulaban por las calles rostros cabizbajos, ceñudos; al saludo ya no acompañaba un gesto alegre, sino una leve inclinación de cabeza, o un seco “buenos días”. Esta situación preocupaba al sumo Gobernante que, acomodado en su sillón, estudiaba atentamente las conversaciones domiciliarias de sus súbditos buscando  el origen del problema, y por tanto la solución. La llegada del invierno empeoró la fotografía callejera, antes tibia y cálida, ahora oscura y llena de matices grises. El invierno suponía nueve largos meses de árboles mutilados, de cielos plomizos, de corrientes de aire lacerante, tristes imágenes que no podían, de ninguna manera, ayudar a levantar el alma.

Este hombre, este Gobernante entregadísimo a su pueblo, hastiado de escuchar tan sólo el ruido de los cubiertos al chocar contra unos dientes sin sonrisa, desilusionado de los tambores tristes de un silencio rebotando entre las paredes más humildes, tomó una firme decisión: impondría la sonrisa por decreto.

       Que de todos es sabido que una carcajada es algo sumamente contagioso, y que todo aquel que ve a su vecino reírse de buena gana acaba compartiendo esa alegría, ya sea por la caída ridícula de un anciano en mitad de la calle, o por el aspecto simiesco del hijo del vecino.

Los más cautos, entre ellos Matías Parafilio, profesor de filosofía, ensayaron una mueca de oreja a oreja que, aunque no resultaba fresca y espontánea, sonrisa era al fin y al cabo. Pero el gran Gobernante, un ser atento y escudriñador, no estaba contento con un pueblo de posturas fingidas, así que entendiendo que tan sólo una afección contagiosa podría retirar la alegría de todo el pueblo diagnosticó enfermo a éste y proclamó que debía permanecer en cuarentena, hasta que se resolviese el asunto.
Una mañana lluviosa la ciudad amaneció llena de carteles redactados y firmados por el Gobernante, que decían así:

“Ciudadanos:
El día 20 de diciembre del presente año se celebrará un acto público al que todo el mundo deberá asistir obligatoriamente, so pena de ser visitado en su domicilio por las fuerzas policiales.
Es el momento de ayudar al prójimo, de levantar el alma entristecida, de acariciar el espíritu de aquel que ha perdido la sonrisa. Es, por tanto, nuestro deber altruista poner todo nuestro empeño en conseguirlo. Por tanto:
Todo aquel que tenga un aspecto físico cómico, una madre muy fea, un vecino muy cojo, un vástago enano de dos cabezas o tartamudo, o algo tan candoroso e hilarante como un secreto vergonzoso o una anécdota divertida o muy picante que contar, saldrá por obligación al escenario para compartirlo con los demás, –de resistirse será persuadido por las fuerzas policiales– pues el pueblo necesita la risa y aquél que se niegue a provocarla estará contra el propio pueblo y por supuesto, contra su gobernador”
Firmado por el Gobernador a día 13 de diciembre de 2090.

Pero este requerimiento tuvo el efecto contrario al deseado por el Gobernante, pues los súbditos con defectos físicos o aspecto sospechoso se atrincheraron en sus guaridas por miedo a ser traicionados por un padre desnaturalizado, un vecino cabrón o una amante tocapelotas. Que había mucho traidor suelto.

¿Qué es lo que despierta la hilaridad de todo un pueblo?

El gobernador no hallaba remedio a la enfermedad popular, y, desesperado, ofreció una suculenta recompensa para aquel súbdito que aportara una solución al problema. Este desembolso extra sería remunerado con dinero extraído de las arcas públicas, claro está.

 “Ofrezco diez mil trapecios a aquel o aquella que devuelva la sonrisa y la alegría a mis súbditos”
. Firmado: vuestro Gobernante.

Parafilio  escuchó esta noticia en todos los medios y  puso a trabajar  sus neuronas, pues esos diez mil trapecios le iban de perlas para adquirir ese Apache K–9  de última generación, una de esas magníficas bellezas rodantes, una máquina hermosa, veloz como la luz, con una inteligencia superior a la media y capaz de reír los chistes más picantes. Estos pensamientos le provocaron una erección considerable.

¿Qué es lo que arrancaría una buena carcajada a una muchedumbre jodida y triste?

Una pifia del opresor. Una pifia enorme, gorda, extravagante, ridícula.
Y buscando momentos irrisorios de la historia de la política desempolvó antiquísimos archivos audiovisuales. Sonrió benévolo ante un anciano Rey de la vieja España, viéndolo caer de narices ante sus sorprendidos súbditos. También le arrancó una sonrisa el discurso indescifrable de uno de sus presidentes de gobierno, un tal Majoy, que hablaba como si tuviese un testículo gigante dentro de la boca.

Luego estaba la pifia –espectacular ésta– de un tal Alpargatero, que en pleno discurso confundió un verbo tan importante, tan altruista, tan solidario como es el verbo apoyar, con otro mucho más libidinoso, más casquivano y algo menos serio como es el verbo follar. Que, evidentemente, no es lo mismo andar apoyando a alguien que andar follándoselo.
Alegre tras unos momentos de sana hilaridad y decidido a ganar ese dinero solicitó una audiencia con el gobernante.

—Tengo lo que necesita para hacer reír a su pueblo —le dijo al Gobernante.

Cuando el Dirigente terminó de visionar el material permaneció muy callado. No se alegraron sus patricias facciones, muy al contrario, su rostro se oscureció.
Tosió y aclaró su garganta.

—Dígame señor Parafernalio...
—Parafilio –corrigió éste—. Si no le importa, señor.
—Dígame señor Parafilio ¿Cree usted que éste tipo de asuntos hará reír a mi pueblo?
—Sí señor, al menos yo me he reído muchísimo, incluso he tenido un orgasmo.
— ¡Vaya! Ya veo…, si esto da los resultados esperados le pagaré lo estipulado—prometió, algo incómodo.

El día 20 de diciembre todo el pueblo escuchó desconfiado y a la defensiva, el discurso de su Gobernante.

Amadísimo pueblo:
“Sé que vivimos tiempos muy difíciles. La gran Crisis, esa que nos viene asolando desde hace ya tantas décadas, os ha borrado la sonrisa. Ahora andáis taciturnos y cabizbajos, y yo, que os amo profundamente, no puedo tolerarlo.  Queridos súbditos, sólo os pido un poco más de sacrificio ante estos malos tiempos que algún día serán historia, os suplico un poco más de entrega, un agujero más en vuestro cinturón de la paciencia. ¡Vamos, sonreíd! Sabed, que la sonrisa es una reacción contagiosa, si reís vuestro vecino os imitará y reirá a carcajadas, y todo el pueblo se llenará de risas y de felicidad”.

Después de este somero y esperanzador mensaje, el Gobernante observó condescendiente a su pueblo y esperó, pacientemente, un aplauso, una ovación, tal vez un salve. Pero nada de esto ocurrió. La muchedumbre permaneció con una expresión macilenta, gris, el ceño fruncido, la boca recta y apretada. Algunos, encolerizados, se habrían marchado gustosamente a sus casas, mas eran conscientes de que estaban rodeados por las fuerzas policiales y nadie osó moverse.

Entonces, bajo una luna que escondía su joroba entre los ebúrneos pechos de una nube adormilada, apareció Matías con las manos alzadas, la voz de barítono y el aspecto hippie de un viejo poeta bohemio. Miró a sus vecinos desde el borde de un escenario adornado de oropeles; se presentó ataviado con unos deshilachados y prohibidos jeans –prenda ésta que decían restaba respetabilidad–  y con la camiseta de un grupo de rock que ya nadie recordaba,  una banda cañera liderada por un tipo de labios carnosos y movimientos sensuales que confesaba tener simpatía por el maldito. Nostálgico Matías, que se negaba a enterrar aquellos tiempos en los que la gente se reunía, libremente, a tomar unas birras y hablaban sin censura.

En pie, y luciendo una lengua provocadoramente roja declamó de esta manera:

— ¡Amigos! “Sé que vivimos tiempos difíciles”. Con esta realidad ha  comenzado su discurso nuestro amadísimo gobernador. (Suspiro teatral) ¡Ah,  compañeros! Sabed que sufre por nosotros. Yo le he visto, acomodado en su mullido sillón de plumas de oca extinguida, sollozar amargamente por nosotros; y debido a esta pena le he visto apartar, con desgana e inapetencia, una exquisita vianda servida en una bandeja de cristal de bohemia ornamentada con filos de oro; ya se tratase de una roja langosta, un carísimo paté, o un lejano caviar. Le he visto suspirar de pena oliendo los sintéticos parterres que rodean su inabarcable, única y hermosa mansión victoriana.

La multitud miró con profundo resentimiento al gobernante y luego, alzando la ceja izquierda que es la que se levanta ante la desconfianza, observó al hablador.
—Ninguno de estos lujos, ——continuó Matías,vehemente—inimaginables e inalcanzables para nosotros, consiguen arrancar un suspiro de placer en nuestro amado gobernador. Contemplad la inocencia, la albura de sus manos extendidas buscando nuestro cariño. Él es un hombre de discurso sencillo, aunque brillantísimo en su lisura, carente de prosopopeyas aprendidas para deslumbrar ¿Acaso, cuando os habló hace tan sólo unos instantes desde este iluminado proscenio, le visteis excesivo, afectado en sus modales, utilizó tal vez falacias para disfrazar la situación actual? ¡No! ¡Él no es como otros dirigentes!

El Gobernante no entendió mucho el mensaje de Matías, y esta ignorancia le obligó a componer un gesto impasible.

Lo que el pueblo no entendió es de que parte estaba Matías y comenzó a murmurar insultos como: traidor, acólito, hijoputa, vendido. Ante esta retahíla de improperios el vilipendiado poeta levantó las manos solicitando paciencia y con un brillo especial en los ojos suplicó: esperad, esperad y mirad.

La imagen –en una pantalla enorme– de ese Rey tropezando y cayendo sorprendió a los reunidos, el discurso de los presidentes los dejó perplejos. El verbo canalla, confundido por aquél con apellido de calzado, provocó un ligero temblor en las mandíbulas.
——Y ahora permitidme que os lea algunas frases de antiguos dirigentes y comprobareis, amigos, la suerte que tenemos y cuan brillante es nuestro amado Gobernante:

Choorschss Buuuff, entonces presidente de los antiguos Estados Reunidos, en el día 22 de julio del año 2001 pronunció este breve, pero filosófico, discurso:
“Yo sé lo que creo. Seguiré expresando lo que creo y en lo que creo. Creo que lo que creo es lo correcto”.

Matías alzó la ceja derecha, que es la que se levanta cuando no entendemos algo. Y continuó leyendo frases de esta índole ante un pueblo con los ojos desorbitados y la boca ligeramente abierta.

La inteligencia del pueblo rebotando contra las paredes de la idiotez del poder. Esto pensó Matías observando a su pueblo.

Y por último, —terminó Matías henchido de placer—las palabras de un tal Ransfeeeel, secretario de defensa de los antiguos Estados Reunidos que pronunció en 2002 este nítido, filosófico y profundísimo mensaje, digno de admiración:

“Las informaciones que dicen que algo no ha pasado siempre me resultan interesantes. Hay cosas que sabemos que sabemos. También hay cosas conocidas desconocidas, es decir que sabemos que hay algunas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas desconocidas que desconocemos, las que no sabemos que no sabemos”.

Matías, que había declamado estas palabras muy despacio, dramatizándolas exageradamente, deteniéndose teatralmente con la mano lánguida en las comas, guardando solemnemente un minuto de silencio en los puntos, fingiéndose presa de la admiración más sublime ante estas maravillosas palabras, observó a su pueblo,  serio, circunspecto, y luego, cómicamente, se giró hacia su Gobernante con las palmas extendidas.

Éste, con los ojos arrasados de lágrimas, contemplaba las estrellas, paladeando, envidiando  la profundidad maravillosa de la frase que Matías acababa de leer, extrayendo la sabiduría de esas palabras.

“El desconocimiento desconocido sólo trae más desconocimiento, y sabemos  que lo sabemos, menos cuando no lo sabemos, claro está”

El gobernante decidió que esta sería una gran frase para su siguiente campaña.
Matías miró fija e intensamente al Gobernante, el pueblo miró a Matías y luego a su Dirigente.

Y estalló una colosal y unánime carcajada,  un terrible movimiento sísmico de hilaridad estentórea, tan estremecedoramente sonora y duradera que la nave vigilante de las conversaciones domiciliarias  titiló y luego tiritó allá en los cielos y cayó en picado sobre los tejados ornamentales de la más bella mansión victoriana, iluminada en su totalidad por la blanca palidez de una luna jorobada.