miércoles, 5 de diciembre de 2012

De Reyes, camellos, mulas y esas vainas




Comíamos tranquilamente un suculento estofado de patatas cuando la imagen del santo padre iluminó de forma agradable la pantalla. Hablaba el hombre, sí, decía algo.  ¿Qué dice el santo padre? Preguntó mi enjuta suegra empujando un buen pedazo de vaca con un considerable pedazo de pan. Dice que debemos descartar, en el pesebre,  la presencia del buey y de la mula, madre—dijole mi santa. Mi hija pequeña, mi ángel rubio, la luz de mi vida, me miraba con los ojos encharcados de lágrimas y ya temblaba su boquita formando un puchero. Ella, que recién había sacado la gran caja de cartón donde cada año guardaba las entrañables y antiguas figuritas de belén. Cómo acariciaba ella con sus manitas de caramelo a esa gran familia de reyes, pajes, camellos, vírgenes, san joseles, angelillos, pastores, cabras, vacas, cerdos; familia que, por otra parte, se había ido ampliando con algún indio cheroqui y alguna caravana llena de fulanas (yo a las fulanas las llamé pastorcillas) y generosos barriles de wiski.

¡Ah! Pero no acabó ahí la desgracia, pues el santo padre anunció algo más y tal vez mucho más importante: que los Reyes Magos, sus majestades los Reyes Magos de Oriente, no eran de Oriente ¡No! Parece ser que provenían de un lugar llamado Tarsis. ¿Dónde está eso? Farfulló entre dientes mi suegra.  Dice el santo padre que está en Andalucía—dijo mi santa. ¡Uy! Pues seguro que son de Matalascañas, como yo—dijo la momia enlutada. No madre, que dice el santo padre que son de Huelva—aclaró  mi santa a la madre, que refunfuñó resabiada.
Desesperado me fui a beber al bar. Sí, necesitaba encontrarme entre hombres, hombres duros que tal vez también habían recibido un mazazo de esa índole, u de otra. ¡Tú te crees, Amancio, que ha dicho el Papa que los Reyes son de Huesca!—le dije a mi amigo, agarrándome a la barra del bar para no caer. Y éste, que me aprecia, me puso una mano en el hombro y me dijo así: no nos podemos fiar de nadie, tronco.

Llegué, o me trajeron, muy borracho. Yo, evidentemente, no recuerdo nada.

Cuando volví de trabajar encontré a mi pequeña observando entre hipos el portal, huérfano ya de animales. Yo, su padre, debía decirle las palabras que ella necesitaba y no sabía cómo hacerlo. ¿Debemos cambiar los reyes, papá, debemos tirar estos a la basura como hemos hecho con el buey y la mulita? ¿Debemos buscar unos reyes que sean de Huesca? Sí hijita, así debe ser—le dije, sorprendido por la grandeza de su alma infantil. Me mordí los puños con desesperación y me tiré a la calle dispuesto a solventar el problema. Espérame aquí chiquitina, papa lo solucionará—le dije y le mandé un besito aéreo. Deambulé por las calles. Miré escaparates navideños donde  figuritas de toda índole harían las delicias de cualquier niño, mas no de la mía, arraigada como estaba a sus viejas costumbres.

Apesadumbrado y apunto de desistir vislumbré entonces una tiendecita especializada en rarezas navideñas y amablemente le pregunté al vendedor si tenía Reyes Magos de Huelva, a lo que éste, impertérrito, me contestó que de Huelva no, pero que tenía un terceto de cuerda y violín, labrados en madera  de nogal, que eran la leche y me informó extasiado que uno de ellos, negro como el azabache, tocaba de manera efusiva la pandereta. Mostróme la cara del negro zumbón y ciertamente su sonrisa resultaba en extremo distendida y alborozada. Miré al vendedor, confundido. ¿Lo querrá con los camellos? Quiso saber el vendedor, y, ante mi desconcierto, dejó el terceto sobre la mesa, esperando pacientemente mi respuesta.

Las declaraciones del santo padre nada decían sobre la procedencia de los camellos, tampoco especificaba el número de jorobas, así que mi respuesta al vendedor fue negativa. Camellos ya tengo, buen hombre ¿Y qué diablos voy a hacer yo con un terceto de cuerda? El hombre se encogió de hombros y salí de la tienda.

Días después, la piadosa faz del santo padre iluminó de nuevo la pantalla de mi televisor y anunció, emocionado, que tras seguir con sus pesquisas detectivescas, había hallado nuevos datos y estos eran textualmente que los reyes andaluces no montaban sobre jorobados camellos,  sino sobre nobles y autóctonas mulas.

Mi hija rompió a llorar ¡Esto ya era demasiado! En un arrebato de ira, muy poco navideña, tomé a los tres reyes con sus respectivas monturas y los lancé a la basura.
Y en su lugar coloqué a tres reyes del deporte: Messi, Maradona (que ya tiene camello propio) y al bueno de Iniesta, que un día nos hizo tan felices.


Y no hay más, señores.