jueves, 31 de enero de 2013

Premio cojonudo

Anita, la locuaz y brillante bloguera  capitana de Analogías, se ha acordado de mí y me ha dado un pedacito de su pastel. Y agradecida que es una, (así me enseñó mi madre) lo tomo con sumo agrado y placer. En agradecimiento (es que no se me ocurre otra cosa) le mando un millón de besos (ninguno en la boca, aunque yo sé que se muere por un ósculo mío) y un gran abrazo. Que mi admiración ya la tiene.
A continuación contesto a esas preguntillas de rigor:



1º) ¿El libro más cojonudo que hayas leído?
Bueno, eso es difícil porque en mi larga travesía por el mundo de las letras ajenas he atracado mi buque en grandes puertos (si, si,  ya sé que hablo de manera muy metafórica). Tal vez por el impacto que me causó podría decir que uno de ellos fue El lobo estepario de Herman Hesse. Por la complejidad de sus personajes, por la historia y por la riqueza de palabras diría que 100 años de soledad del gran García Márquez. Autores preferidos no tengo, pero me gusta muchísimo Saramago. No quiero olvidarme tampoco de La conjura de los necios: una gran obra.

2º) ¿La película más cojonuda que has visto?
Uf, es que soy una gran cinéfila.  Una peli que he visto muchas veces y que me parece grandiosa por su contenido es Doce hombres sin piedad, protagonizada por el magnífico Henry Fonda. O La parada de los monstruos…, pero podría decir mil.

3º) ¿La canción más cojonuda que hayas escuchado?
Complicado ¿Cómo nombrar una sola? Pero confesaré que hay una que no me canso de escuchar y es Allellujah de Jeff Buckley. Una maravilla.

4º) ¿Qué es lo más cojonudo que has hecho en tu vida?
Aquí tengo pocas dudas: mis hijas. Son mi verdadera obra de arte. Nunca escribiré nada tan bueno.

5º) ¿Si tuvieras que reencarnarte en un animal, en cuál sería el animal más cojonudo que te reencarnarías?
Sin duda en un dulce minino. Tengo una hermosa tigresa de ojos verdes y cada día la envidio más. Es un ser mimado, consentido, adorado y cuidado.

Y ahora viene lo más doloroso, que es elegir que dedo me amputan, y cómo todos mis deditos me duelen por igual, no sé cuál elegir.
En fin (toses aclaratorias, rubor, y sudor en las manos)
Por los poderes que me otorgan entrego el premio “The cojonudo´s Blog Award a:


A Carlos, por su gamberrismo brillante, por su originalidad y sus entradas sorprendentes:
http://mismediasmentiras.blogspot.com.es/

A Arturo que siempre me hace suspirar con sus viejos recuerdos y su sabiduría. Visitar su blog es salir un poco más rico. http://pensamientosyopinionesdearturo.blogspot.com.es/

A Rafael, que me llena el camino de hojas secas y me ruboriza las tardes con tonos ensangrentados. Por los suspiros que me arranca: http://lahorabruja2010.blogspot.com.es/

A mi Toro salvaje, que siempre me arranca una carcajada:
  http://torosalvaje.blogspot.com.es/

Y no puedo negarle uno a mi amigo Julio, aunque desgraciadamente no lo va a poder recoger:

Todos los blogs que sigo son merecedores de este premio, puesto que de todos y de cada uno de ellos salgo enriquecida y satisfecha. Pero sólo puedo elegir cinco. 


domingo, 20 de enero de 2013

Aromas del trópico II

Esta es la segunda parte de Aromas del trópico, un relato que escribí hace algún tiempo y que debe andar por alguna página de detrás.
Espero que os guste.
Os dejo el enlace de la primera parte. Sin compromiso, chicos.
http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com.es/2012/07/aromas-del-tropico.html








Cuando un rumor circula de boca en boca el último parroquiano en extenderlo añade siempre algún detalle de más; algunas veces el anexo es una falacia del tamaño de una pierna de elefante; otras es un inofensivo adorno romántico que hace suspirar al oyente,  pero dentro de ese rumor siempre anida un destello de verdad. Por eso, cuando a  oídos de Bartolomé llegó  la noticia de que su ciclópea hija andaba enredada en la copa de un árbol platanero y lloraba desconsoladamente a causa del abandono del amante, el hombre no tuvo más remedio que afilar el cuchillo rebanador de pescuezos hostiles, engrasar el trabuco espantador de osos  y, con el petate hecho, colarse en el primer barco con rumbo al sur, en una tarde donde el rojo crepuscular se derramaba ya sobre la pura nieve de Alaska.

Pero, como la naturaleza es caprichosa y el mundo no deja de ser una naranja dividida en gajos, en el momento en que Bartolomé desembarcó, en la mitad inferior del planeta el calor era húmedo y sofocante.  Hacía tanto calor que de los cristales resbalaban lánguidos los cuerpos de grandes insectos moribundos que, enloquecidos y asfixiados, perdían el rumbo establecido y las ganas de vivir. Hacía tanto calor que los árboles de plátanos, reblandecidos  y exhaustos,  dejaban caer sus frutos maduros al suelo y éstos, perfumados de vejez,  mezclábanse con los cocos y las flores de almendro.
Y en un patio cualquiera, bajo un claro de luna y rodeada de lagartos adormilados,  la negra Magdalena canturreaba canciones algodoneras, mientras se balanceaba cadenciosamente en la hamaca y, de tanto en tanto, se lamía los dedos de ébano para extraer el azúcar del borde de su vaso de ron. Luego, con la punta rosada de su lengua, retiraba los restos de azúcar olvidados en el quicio de sus labios carnosos, labios sensualmente delineados, generosos y dulces; labios capaces de parar el tráfico.

Fumando en el porche Juan la miraba extasiado; sin duda era una leona hermosa, una buena pieza, un buen trofeo que asolaba cada noche su cama; un tornado de terciopelo negro que ponía patas arriba su vida y su cuenta corriente. Le debía su vida a esa negra colosal; cuando ella lo encontró de él sólo quedaban huesos y pellejos sementeros. Lavó su cuerpo reseco  con aceite de albaricoque, acacias y miel y lo alimentó con caldo de gallinas viejas, que, aunque son desechadas del gallinero por su escaso entusiasmo en las tareas del sexo, son las que proporcionan al caldo las sustancias más sabrosas, que de todos es sabido que en la vieja Roma los gladiadores no comían otra cosa antes de una lucha cuerpo a cuerpo.

Suspirando, Juan se acercó a ella para colocar una flor de albaricoque en su pelo alborotado; le lamió el pezón izquierdo, después el derecho por aquello de las envidias fraternales y luego acarició la suave pelusa de su entrepierna; ella sonrió lobuna, como sólo saben hacerlo las hembras feroces ante una provocación,  y separó las piernas.

Dicen que existe un momento en el acto del amor carnal en que la hembra, si es hábil, puede enloquecer al macho. Se trata de apresar la verga contrayendo las paredes amatorias procurándole al amate, de este modo,  un placer indescriptible durante la penetración. El hombre se siente succionado desde el ambicioso vientre dela mujer, y la verga de tan oprimida se defiende y crece más aún; la hembra, ante el agravio, responde al ataque afiebrando más, si cabe, su entrepierna. En estos ataques carnales la negra Magdalena siempre salía vencedora y Juan más enamorado.

Cuando Bartolomé llegó al pueblo, no sólo se enteró de que su esposa había recobrado la vista, sino que ahora veía aquello que nadie es capaz de ver y se dedicaba a echar las cartas. También fue puesto al corriente de que, en su ausencia, calentaba su lado de la cama marital un individuo que por vocación era buscador de pepitas de oro, y que ocupaba el resto del tiempo que le dejaban los deberes conyugales en peinar el río. Y, cómo no encontraba pepitas, fue llenando el hogar con objetos tan dispares e inusitados como: una cuaderna de roble perteneciente al costillaje de una nave vikinga, un ataúd labrado en madera de secuoya con el cadáver de un perro momificado y una dentadura postiza con un diente de oro. La mujer, observando el tono rosado de su cara, no quiso contradecirlo.

Cuando Bartolomé llamó a la puerta, lo primero que le dijo su mujer fue que el color amarillo de su tez indicaba una represión muy grande en las palabras. Que las palabras no dichas atacan al hígado y forman una bola en la garganta que, a veces,  de tan grande que se hace hay que rajar el gaznate para sacarla; otras en cambio sólo se expulsa administrando un tipo de hierbas estomacales descubiertas por los indios que favorecen el transito del intestino y cuando el reprimido expulsa la bola entre terribles sufrimientos, se cura. Y luego ya puede hablar y decir todo aquello que desea, el color de la tez cambia del amarillo reprimido al rosado de la serenidad. Bartolomé, boquiabierto y aún despatarrado por el largo trayecto en mula, le preguntó por la magnitud del problema de la niña, por la latitud de su situación, y, terminadas las preguntas de rigor, la mandó al carajo tras escupir en el suelo.

Platanero de profesión,  Bartolomé subió con suma facilidad al árbol a desenredar a la hija apenada. Tras desatarla no vio modo de bajarla por su tamaño y su complexión oronda; tampoco encontró acertado lanzarla al vacío; no era apropiado tampoco esperar a que las lluvias torrenciales deslizaran su colosal cuerpo tronco abajo. Taciturno, Bartolomé  compartió con la  hija su preocupación,  a lo que ella respondió que como llevaba tiempo alimentándose tan solo de corrientes de aire  no le costaría expulsar unos pocos vientos para levantar el vuelo con el padre agarrado por la cintura; después –le dijo—sólo debemos dejarnos arrastrar por la corriente.

Tumbados en la hamaca, uno dentro del otro y agarrados para no morirse, Juan y la negra vieron pasar un objeto volando, algo similar a un globo, que subía y bajaba a golpe de unos vientos ruidosos y pestilentes. Pero el hombre, que luchaba por no morirse de placer entre unas paredes carcelarias que igual que se abrían se cerraban, no le dio mayor importancia y volvió a perderse en la fragancia de ese cuello de ébano. En el paroxismo del orgasmo la negra profirió un alarido tal que un cormorán, alarmado y estremecido, colisionó con el globo y éste, perdiendo fuelle, fue descendiendo de a poco.

En el pueblo, la noticia de la llegada de la novia ultrajada se propagó como el fuego y hasta los oídos de Juan llegó la amenaza de muerte proferida por el suegro ofendida.Y como un hombre no huye de los agravios Juan se presentó en el pueblo de la mano de la negra, una tarde en la que los aromas del trópico se definían claramente en el horizonte. Y volvió a oler a mar, y volvió el canto triste de las ballenas varadas porque Emma, desde la ventana, olió la entrepierna satisfecha de la hembra negra y el olor de la saliva de ella impregnando todo el cuerpo del amado.

Volvió de nuevo a pararse el tiempo cuando Emma se plantó en mitad de la plaza; ya no necesitó pintarse los labios, ni encarcelar su cuerpo con las cadenas de la represión, no se perfumó el cabello ni cubrió su pecho de abalorios para una batalla perdida. Se presentó ante el amante con los ojos llenos de lágrimas saladas. El padre, en la esquina de la plaza, afilaba con parsimonia el cuchillo de rebanar pescuezos sin apartar la vista del yerno malhechor; tras las cortinas las mujeres del pueblo miraban el torso moreno y desnudo de Juan y la madre de Emma, trabuco en ristre, escudriñaba la tez de Juan para adivinar por el color de las mejillas varoniles si las intenciones de su alma eran buenas. El resto de los hombres del  pueblo no vieron nada, pues tenían la mirada colgada de las tortuosas nalgas de manzana de la negra Magdalena. Por eso nadie supo de donde vino el primer tiro, ni el segundo, tampoco el tercero.

La pena por la muerte del amado aumentó el apetito de Emma, y, ante su cuerpo sangrante, ella elucubró de qué manera podía volver a tenerlo dentro de su cuerpo.

FIN.

miércoles, 16 de enero de 2013

Navidades bordadas de rojo



I Capítulo.

¿Y dice usted que le han invitado a pasar el día de Navidad en la mansión de los Forrester? Permítame que me acerque para observarlo mejor. Está muy delgado, yo diría que en los puros huesos. No le extrañe a usted que el anfitrión le ofrezca alojamiento por unos días, alegará piedad navideña, puede incluso que le lea algunos versículos de la Biblia.

Veo que me toma usted por un loco. Permítame contarle, forastero, cómo funcionan las cosas en este pueblo. Tome mi brazo y acompáñeme a esa taberna de la esquina; yo tomaré absenta, usted puede tomar un plato de huevos con tocino. ¡No, no sufra, yo invito!

Ayúdeme, buen hombre, a despojarme del gabán, ya ve que me hallo imposibilitado de un brazo ¿Cómo lo perdí? Es parte de la historia que voy a contarle; mas no se sorprenda si en este cuento escabroso narro detalles descabellados: licencias estas perdonadas a cualquier escritor que se precie. Sentémonos aquí, al lado de los grandes ventanales para contemplar mejor el paisaje. ¡Observe, amigo, cómo se derraman los primeros rayos de luna sobre los tejados nevados! He viajado mucho, pero le puedo asegurar que este es uno de los pueblos que lucen más hermosos en estas fiestas mágicas. ¡Ah, cuánta belleza!  ¿Ve aquel árbol gigantesco que se recorta en el horizonte, sobre el promontorio alto?  Es un tejo milenario. ¡Ah! ¡Si yo fuese capaz de describirle la majestuosidad de los centenarios tejos acariciando, con sus largos dedos retorcidos,  los nombres de los sepulcros! Si supiese, si tuviese la capacidad suficiente para hablarle de la blancura etérea de las rosas que brotan de sus raíces venenosas.
¡Pero no me permita divagar más, por favor! Y ahora escuche:

En los días que preceden a la Navidad, cuando el pulso del pueblo se alborota frenéticamente debido a los preparativos de las fiestas, en esos días lluviosos en que el hálito del frío confiere un brillo especial a las primeras nieves caídas, los hombres del pueblo, honrados padres de familia, recorren las calles buscando a un solitario indigente para sentar a su mesa. Esto sucede en todos los hogares cristianos, ricos o humildes,  en los que abunda, sobre todo, el espíritu navideño. Es una costumbre ancestral.

William Forrester es un hombre muy rico y poderoso. Todo lo que usted ve le pertenece. Pero ¡Ay, amigo! La desgracia no se deja seducir por alhajas u oropeles, no entiende el idioma del dinero y tampoco la enternecen los rumores latentes de la belleza; no, la desgracia cuando se viste de negro es inmune a los sobornos; es sorda, ciega e  ineluctable.

Ocurrió que Forrester se ocupó personalmente de buscar a ese menesteroso que habría de compartir las exquisitas viandas con su numerosa y alegre familia. Recorrió el pueblo entre las sombras, pues es allí donde se guarecen las gentes más pobres; bordeó el río de colores caleidoscópicos y, tras una larga búsqueda, sus pasos desembocaron en el viejo convento abandonado y allí, acurrucado en los portales de piedra, encontró lo que le pareció a simple vista un niño de unos cuatro o cinco años, tiritando de frío y abrazado a un libro de grandes dimensiones. Sucedió que esta imagen de pobreza extrema enterneció tanto el corazón del viejo Forrester que a punto estuvo de estrechar al chico entre sus brazos para proporcionarle calor, cuando unos ojos insondables,  inundados de vejez prematura, frenaron el ímpetu benefactor del hombre. Esa mirada sabia se alojaba en una cabeza enorme, hiperbólica, desproporcionada, que sobresalía de un cuerpo diminuto, pero a Forrester, que se consideraba a sí mismo un hombre en extremo piadoso, no le importó semejante anomalía y le suplicó que compartiera su mesa en las navidades inminentes. Extendió su mano grande para albergar la pequeña y sucia extremidad del enano, pero éste, avergonzado, se irguió todo lo que su espina dorsal se lo permitió y caminó a su lado, mas consintió a Forrester transportar el pesado libro.

Habiendo cruzado ya los portones del hogar,  acariciado el lomo del viejo Natrón y despojado también del sombrero y del gabán, Forrester llamó alegremente al bloque familiar y éste acudió presto a su llamada.

Todos observaron a la extraña criatura y éste, con los ojos ensombrecidos, los estudió desde un mundo muy lejano. Cuando al fin habló, su voz era suave y arrulladora, como la de un encantador de serpientes. Dijo llamarse Pablo; se definió como abandonado, y explicó que provenía de una familia numerosa, donde la madre, una mujer ciclópea y pelirroja, lo abandonó a las puertas de  un circo ambulante cuando presintió los problemas y las vergüenzas que habrían de traerle un niño con semejante cabeza coronando  tan escaso cuerpo. De su padre sólo supo su condición ciclotímica y su posterior suicidio. Confesó también haber dormido muchas noches entre el abrazo cálido de los chimpancés; se declaró actor, prestidigitador, escapista, animador de elefantes deprimidos y el mejor contador de historias del mundo. Avergonzado, ante tal despliegue de desgracias, bajó la mirada hacia sus pies deformes.

Apiadada, Elisabeth, la pequeña de los Forrester, se acercó tímidamente al enano y, tras realizar una graciosa genuflexión propia de una auténtica damita, diole la bienvenida a su casa deseándole al punto una feliz Navidad. Así, de esta manera tan primorosa y no otra, la niña  lo invitó a visitar sus aposentos y una vez en ellos, colocándole un sofisticado sombrerito de plumas de faisán sobre su macrocéfala testa, le ofreció té en una diminuta taza de juguete y lo adoptó como mascota.

Pero el enano no tomó ningún aprecio a la niña; por el contrario, pasaba las tardes previas a las fiestas contándole terroríficas historias que la hacían temblar. Le habló de sarcófagos enterrados bajo montañas piramidales de piedra, de momias egipcias resucitadas en la noche, híbridos muertos con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo, de seres putrefactos que emergían de los estigios oscuros, y le habló extensamente de un libro demoníaco escrito por un árabe malvado y loco. Un libro antiquísimo —le aseguró a la pequeña— fabricado con piel de serpiente, un manual prohibido con el que el árabe juraba en latín que se podía resucitar a los muertos. La pequeña, pálida pero fascinada,  rogó al enano que la llevara a ver esos monstruos del inframundo.

II

La noche previa a la cena de Navidad Pablo tomó a Elisabeth de la mano y la condujo hasta las afueras del pueblo; cruzaron el bosque espeso y oscuro como boca de muerto, no hablaron por el camino, pues el enano aseguró a la niña que en el silencio se definen con más claridad los lamentos de los muertos. Un viento helado aullaba arrancando fúnebres melodías que se gestaban en los vientres huecos de los árboles podridos.

La entrada a la gruta hallábase camuflada con arbustos debidamente colocados, que Pablo apartó con rapidez para acceder al interior y allí, amparándose en la oscuridad abismal, el enano golpeó fuertemente a la niña en la cabeza dejándola sin sentido, arrastrándola después de los largos cabellos por el escarpado suelo de la caverna. En el interior de la gruta el silencio era sepulcral, violado tan sólo por las extrañas psicofonías que portaba, de tanto en tanto, la lengua pérfida del viento helado. Los golpes sordos de la cabeza sangrante de la niña al chocar contra el suelo lacerante se fundían con el rechinar de dientes del enano enfurecido, que sudaba copiosamente arrastrando el cuerpecito magullado.

El descenso fue lento y tortuoso, pues la niña, habiendo recuperado el conocimiento, peleó salvajemente arañando a su captor y, aterrorizada, chilló y chilló, y su úvula enloquecida sonó metálica como una campana despertando los sueños allí dormidos, y algunos ojos se abrieron y los gritos rebotaron cacofónicamente contra el silencio obstinado de las rocas chorreantes,  putrefactas.

Pablo, furioso, le cubrió la boca con fuerza y la conminó a guardar silencio,  pues se hallaban en el núcleo del sagrado hipogeo, y allí sería donde él la mataría ofreciéndola en sacrificio al Gran Desconocido y éste recompensaría la dádiva ofrecida en su honor posando su aliento fétido en su frente.

Sí, pequeña —díjole mirándola a los ojos aterrorizados—: te diré antes de sacrificarte que el gran Desconocido es el mal primero, la fuente donde todos los terrores manan y se transforman en otra cosa. El mundo es una manzana podrida, bella Elisabeth, Él lo sabe y se alimenta de ello; su proceder es extraño y se adecúa a las circunstancias; a veces se presenta como un terror indescifrable, como un viento helador que se introduce en el alma, otras tan sólo es una sombra que se intuye por el rabillo del ojo; en ocasiones es un golpecito tras los cristales y, cuando el escuchador se asoma, en el exterior reina la nada más desoladora; y prestidigitador como es del terror más absoluto, se manifiesta en otras ocasiones tras una cara sonriente, ¡Pero desconfía, niña, de su sonrisa de tarántula! Y otras ¡Ah maravilla de la podredumbre!... Sí, a veces, sólo a veces, se transforma en un gusano, un animal correoso de dimensiones grotescas, que se arrastra dejando mucosidades ácidas a su paso, ¡Y cuando abre la boca, cuando la abre puedes ver dentro de ella, entre la oscuridad más profunda, los ojos despavoridos de las almas que no aceptan su destino!

Porque en el libro, dulce Elisabeht, está escrito: “Que no está muerto lo que yace eternamente”. Libro I capítulo 42 del…

Cuando el enano diose la vuelta para comprobar el efecto lapidario de sus palabras, la niña ya no estaba.
Escapó aprovechando el fervoroso discurso del enano, que ya declamaba en voz alta y con vehemencia, como si aquel que se arrastra pudiese escuchar sus alabanzas.
 Elisabeth corrió, corrió todo lo que le permitieron sus piernas flacas y elásticas y no se extravió entre las brumosas galerías pestilentes porque el aullido del viento tiraba de sus ropajes raídos, y al fin, tras un tiempo que no puedo especificar, emergió de la gruta con las manos ensangrentadas y la mirada vacua.

III

¡Ah, pero que descuido el mío! Se preguntará usted, lógicamente,  qué hacía yo por aquellos parajes desolados a tan avanzada hora de la madrugada. Intentaré satisfacer su curiosidad manteniendo, no obstante,  la total discreción que todo caballero debe a una  dama.

Escapábame yo aquella noche de una cama tibia, de la cárcel segura de unos pechos melíferos cuando, aún borracho, decidí cruzar el bosque caminando junto a mi caballo para ponerme a salvo de aquellos ojos negros que anulaban mi escasa voluntad y de aquellas piernas que se enredaban alrededor de mi vientre intentando encarcelarme.

Caminaba silbando, feliz y a buen paso, a salvo ya del peligro que ocasionan los amores inconvenientes y extasiado ante el fulgor extraño de la luna, cuando tropecé con una rama cayendo de bruces contra el suelo. ¡Fue entonces cuando la vi! ¡Aovillada entre la nieve, con las manos llenas de barro y la cabeza empapada de sangre! Alarmado ante tal hallazgo y sujetando a mi caballo, que vaticinando problemas relinchó despavorido, intenté incorporarla y mitigar su frío con mi capote, cuando una turba enloquecida, sin duda alguna tomándome por el raptor de la pequeña, se abalanzó sobre mí, reduciéndome por la fuerza. ¡Cincuenta brazos me sujetaron por todos lados y, mientras rogábales yo un poco de cama y compresión, un acero afilado sesgó mi carne de un tajo! La sangre brotó incontenible en todas las direcciones, manaba enloquecida y espesa. La pálida niña observaba, hipnóticamente, el rojo líquido en su vertiginoso  ascenso y luego su lenta caída en forma de lluvia viva, derritiendo con el calor del antiguo latido la frialdad de la nieve inmaculada. Sobre la nieve, mi mano cortada señalaba la entrada de la gruta y hacia allí se dirigió la turba enfurecida. La niña corroboró la señal de mi dedo índice y yo me desmayé.

La muñeca se gangrenó y tras unas fiebres terribles tuvieron que  amputarme el brazo hasta más arriba del codo. Pero… ¡Se preguntará usted qué sucedió con la niña y el enano!

Supe luego que la pequeña falleció a los pocos días entre delirios y horribles visiones. La pobre chiquilla suplicaba a su padre que no se acercara a la gruta escondida, pues allí descansaba el mal primero, el desconocido, el que late agazapado tras las puertas cerradas. Hablaba de un gusano enorme que se deslizaba, con su apestoso aliento a eternidad, alimentándose de los miedos, provocando la locura de aquel que osara mirarle a los ojos, pues en ellos comenzaba el gran abismo y en el fondo de éste dormía expectante el gran secreto. Y en los momentos suaves, cuando la fiebre daba paso a una brillante lucidez, rogaba mimosa al afligido padre un libro de cuentos escrito por un árabe loco, como regalo navideño.

¿Qué ocurrió con el enano, pregunta usted? Nunca más se supo de él. La expedición regresó con la niña moribunda y Forrester pagó por el silencio de cada uno de ellos.

Pero esto que le cuento, mi buen amigo, sucedió la Navidad pasada y seguro que el viejo Forrester ya anda recuperado de aquella locura extraña, que dicen que asola su razón desde la muerte de la pequeña Elisabeth, cuando juró que… ¡Pero hombre, su cara se ha tornado macilenta y sombría! Escuche, el bueno de Forrester juró vengar a la pequeña, incluso farfulló entre espumarajos algo sobre horripilantes pactos diabólicos, algo sobre un libro de resurrecciones escrito por un árabe demente,  pero entienda usted que esto aconteció el día del sepelio y el pobre hombre se encontraba bajo los efectos de fuertes drogas, administradas para calmar el dolor del espíritu.
¡Pero hombre, ríase conmigo y bebamos otro vaso de absenta! ¡No olvide que estamos en Navidad! Después, yo mismo le conduciré gustosamente hasta las puertas de la mansión Forrester, mas me perdonará si no le acompaño más allá del portón.

IV

La escena era muy acogedora; unos troncos crepitaban alegremente en la chimenea, donde una docena de calcetines de lana aguardaban la llegada de Santa Claus. El árbol navideño se erguía magnífico y prometedor, rebosante de estrellas y pequeños paquetitos adornados de oropel y plata. Tras los cristales bordados de nieve un grupo de niños con gorritos de lana y naricitas heladas cantaban alegres villancicos.

La gran mesa lucía radiante y esplendorosa. Dos candelabros de plata la dividían en tres partes: dos lindas cestillas de rosas frescas a los lados y ocupando el espacio central descansaba una enorme y ornamentada bandeja de plata. El indigente, sentado de manera privilegiada a la izquierda del anfitrión, escuchó el solemne discurso navideño cargado de buenos deseos y agradecimientos; prestó luego una especial atención al pasaje bíblico dedicado a la oveja perdida y al pastor benevolente que abandonó el rebaño para recuperar a la doliente y descarriada oveja. Tras el unánime amén de rigor, Forrester solicitó al pobre que hiciera los honores.

Azorado, ruborizado ante tal honor así lo hizo el aludido y tomando torpemente los útiles de trinchar, acercóse tímidamente a la hermosa bandeja destapándola muy lentamente, con sumo cuidado.

¡Mas la tapadera, cual animal salvaje incapaz de dominar, escapó  de sus manos ocasionando un gran estrépito al estrellarse contra el suelo!  El sonido ensordecedor de la plata rebotando contra los suelos de mármol en la noche tranquila sonó como el monstruoso estallido de un trueno. El invitado, empalidecido y tembloroso, se retiró de la mesa dando unos torpes pasos hacia detrás. Tocóse, despavorido y con los ojos desorbitados,  las magras costillas, rememorando las palabras del caballero manco sobre la escasez de su carne; recordó la historia en segundos que parecieron una vida y,  aterrorizado, observó a su anfitrión, el rico y poderoso señor Forrester, que le sonreía con dientes lobunos y las manos extendidas. Miró después a los comensales que le devolvieron la mirada de manera vacua y recordó… ¡El juramento! ¿Pero qué pactos podrían ser aquellos y con quién? Cuando, al borde de la inconsciencia, pensó que las piernas no le sostendrían más un sonido oxidado y quejumbroso  atrajo su atención. En el jardín, iluminada por la luna y bajo los copos de nieve, una niñita rubia se columpiaba lentamente, saludando alegremente a papá con su manita. De la cabeza, antaño dorada, colgaban ahora corrompidos jirones de carne verde, donde múltiples legiones de gusanos sorbían y devoraban silenciosos. Y sobre sus rodillitas… ¿Qué era aquello? Su enloquecida mirada se fijó en un enorme libro de grandes tapas oscuras, ¡El libro demoníaco! ¡El libro prohibido que escribió aquel árabe loco! ¡Lo entendió todo!
En ese instante dos certezas tomaron forma: supo que la navidad siguiente le tocaría a él y que nunca saldría de allí. Tomó asiento de nuevo entre los comensales y colocó, con resignada parsimonia, la servilleta de lino sobre sus rodillas temblorosas.



Y por segunda vez en aquella noche volvió a enfrentarse con su destino, pues en la bandeja de plata, todavía humeante y sobre un lecho de rosas rojas con cebollas tiernas, yacía,  aún perplejo y macrocefálico,  el enano, y silenciaba para siempre su boca una bella y reluciente  manzana asada.


FIN