lunes, 25 de febrero de 2013

Bragas al sol...





El aroma embriagador del café recién hecho se cuela por los rincones. Abajo, en el patio de manzanas, Manuela lava sus trapos y los tiende al sol. Una cuerda se convierte en el cordón umbilical entre dos árboles huraños,  y entre sus ramas enfadadas cuelgan, ufanos, sujetadores atrevidos y enaguas prometedoras. Llegué a este rincón huyendo de un pasado indigesto, y de una vida que se me rompió de tanto darle vueltas.  
Ahora sólo quiero escribir bajo el perfume de estas ramas, crear, parir unos versos a la sombra de unas bragas secándose al sol.
Me encanta mirar a Manuela cuando, tras tender la ropa, seca el sudor de sus pechos, toma una manzana  y la muerde con esos dientes carnívoros y mira hacía mi ventana, divertida. Provocadora, extiende sus bragas para que el viento las acune, mientras me mira coqueta. Luego toma la cesta vacía y la acomoda a la cintura dejándome contemplar en su marcha la cadencia de su cuerpo al caminar. Mas no acaba ahí el tormento, pues para calmar su sed bebe agua de la fuente dejando que esas gotas extraviadas bajen por sus pechos, delatando con la humedad los contornos rosados y dulces de sus pezones. ¡Ay! ¡Cuántos versos nacerán después de esos ojos negros y de ese cuerpo moreno! Cómplice será el viejo manzano de mis suspiros de amor.


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viernes, 15 de febrero de 2013

Stephen King, Mientras escribo


Mientras escribo  de Stephen King.

Creo poder afirmar que he leído casi toda la obra de King; para mí es uno de los mejores escritores de terror contemporáneos. No discutiré si actualmente la calidad de sus novelas ha bajado o no, eso es cuestión de gustos.
Como es un autor que me ha ofrecido muy buenos momentos tanto en la lectura, como en el cine (no olvidemos que muchas de sus novelas se han llevado a la gran pantalla), he tomado este libro suyo, tal vez mejor sería denominarlo ensayo, como un camino a recorrer de su mano, de su sabiduría y de su experiencia en el mundo de la literatura. No sé si seguiré sus consejos, puede que tome prestado alguno, pero he captado con claridad su mensaje: no hay salvación para un escritor malo, pero un escritor bueno puede llegar a ser un gran escritor. El camino recorrido de su mano se me antoja extraño, porque al final se trata de su historia, de sus comienzos y es obvio que comenzó en una época donde publicar era difícil, pero creo que aún es más difícil hacerlo ahora que el mercado está saturado y ningún editor apuesta por un escritor novel al que no conoce ni su padre. Las circunstancias han cambiado, la crisis que nos asola no ayuda mucho. Pero que nadie se hunda, que nadie solloce ni se mese los cabellos ¡Que para los que anhelamos ver nuestro libro al lado de un ejemplar de Vargas Llosa aún nos quedan la consoladora autoedición o la  pantanosa coedición!

Stephen ha escrito este libro porque sabe que existimos unos cuantos lobos esteparios a los que nos gusta escribir, no sabemos por qué, ni a donde nos llevará, ni si lo hacemos bien, pero no podemos dejar de hacerlo. Y él lo sabe.
A todos nosotros va dirigido este ensayo, un trabajo estupendo de un autor que comenzó de la nada y que se abrió paso a codazos en un mundo al que no todos pueden acceder.

Y es alucinante espiar al King de Salem Lot o de Dolores Claiborne tras los visillos, verle levantarse a las tres de la mañana en un hotel, donde Tabby dormía tranquilamente, y bajar, con la cabeza bullendo de ideas, hasta el vestíbulo para buscar un lugar tranquilo donde ponerse a escribir como un poseso. Casi es palpable su entusiasmo cuando explica de qué modo nació Carrie (aquí su esposa tuvo un papel fundamental)  o descubrir que hay otro final de Misery que no conocemos, o lo borracho que estaba cuando creó Cujo, una novela que casi no recuerda haber escrito (fueron tiempos malos aquellos), o cómo salió del  bloqueo que sufrió en Apocalipsis, o que cantidad  de sí mismo contiene El resplandor.

Stephen King huye de las tramas, no necesita argumentos. Cree en cambio en una buena idea, en crear una situación en la que abandonar a sus personajes a su puta bola para que estos se busquen la vida. No sabe cómo acabará su novela, no tiene un final predeterminado y no piensa en él, dice que sus personajes sabrán cómo solucionarlo. Flipante ¿verdad?

En realidad él no quiere proporcionarnos el pez, quiere ayudarnos a sostener bien la caña y advertirnos que pescar requiere de mucha paciencia y que hay que dedicarle muchísimas horas.
Creo que ese es el mensaje. Practicar, practicar y no desistir. Este es un libro que os recomiendo si queréis pasar un buen rato y descubrir ese  mundo de curiosidades que rodea a una novela y a su elaboración.


Próxima reseña: La ley de los similares de Antonio Tocornal, un bloguero que hoy presenta su libro en Mallorca.

miércoles, 13 de febrero de 2013

De cómo evitar que el lector se corte las venas...



De vez en cuando aparco mi insensatez y me sumerjo en lecturas aleccionadoras y   constructivas. Recién he terminado Cómo no escribir una novela de H. Mittlemark y S. Newman y debo decir que está bastante bien. Mi parte razonable me aconseja, no obstante, que tome de ese libro todo aquello que pueda servirme sin seguir a pies juntillas todos esos buenos consejos, para no perder de vista la frescura, la locura que caracteriza a mis paranoias.

Quitar la paja. Eso se me ha quedado grabado a fuego. Quitar la paja. Eso quiere decir que debemos aligerar nuestra novela de todo ese lastre que no sirve para nada, por el contrario, puede llegar a aburrir al lector e impacientarle, incluso cansarle de tal manera que lance el libro a la chimenea, no sin antes proferir alguna blasfemia en contra de nuestra adorada madre, por hacerle gastar un dinero que podría haber gastado en ron del bueno o en una entrada de cine.

Las palabras y sus disfraces. En este capítulo nos habla de esas palabras que los aficionados a la escritura usamos para pavonearnos ufanos, dando a entender al paciente lector  que somos gente muy ilustrada y erudita, que hemos leído muchísimo y barajamos  un amplio abanico de palabras inusitadas que obligan al lector a visitar constantemente el Word reference, con el peligro de hacerle pensar al pobre que igual es un pelín tontito al no conocerlas. Aunque el mayor peligro subyace en que nosotros, rutilantes estrellas distantes, no estemos demasiado familiarizados con este tipo de verborrea y metamos la pata hasta el punto de colocar una palabra en lugar de otra, con el consiguiente ridículo espantoso. Porque no es lo mismo ser megalómano que melómano. O ser un hijo putativo que ser un hijo de puta. A veces más vale colocar un dijo conocido que no un peroró, arguyó, trinó, apostrofó, o retrucó,  al que no estamos tan acostumbrados. Sencillez ante el desconocimiento. Que no quiere decir esto que no utilicemos palabras hermosas o menos conocidas, siempre que sean las más precisas, las que mejor definan lo que queremos decir, no buscando el simple adorno.

El lirismo. Yo peco de demasiado y por eso me he visto bastante reflejada en ese apartado del libro. No sé cómo no me odiáis. Normalmente describo en exceso, sin darme cuenta de que mi pobre lector ha aprovechado mi  interminable descripción de esos cielos caleidoscópicos, de esa extensa paleta de colores en que las montañas… bla bla bla, para ir a prepararse unos sándwiches de huevo, lechuga y pepino; también ha aprovechado  ese tiempo precioso en que yo prosigo con los tonos sangrientos en que el cielo se rompe sobre el campanario para ir a darle la vuelta a su tortilla de patatas y entonces sí,  entonces es cuando yo retorno sensatamente al meollo de la historia (allí donde seguramente se cometía un asesinato cruel) y  mi pobre lector se sienta y  retoma la historia. Se ha saltado la paja que debería haber quitado yo.

Y es que al final a Dios se le perdona que sus designios sean de lo más inverosímiles,  infrecuentes o retorcidos. A un escritor que se precie se le exige verosimilitud, precisión, y pobre de él que no aporte credibilidad. En fin, que Dios puede electrocutar cinco veces al pobre Fenix en el mismo dia, para dejarlo después a merced del ojo de un huracán, pero no sin antes enviarle una virulenta escarlatina. Y no pasa nada.

Resumiendo: este libro del que os hablo está cargado de buenos consejos para que no caigamos en las garras de típicos tópicos y clichés varios, que obligan a un editor a desechar nuestra novela.

"Pos" eso, que a leer mucho, a revisar lo escrito y recordar que escribimos para que nos lean, no para que la gente se corte las venas jaja 

Un abrazo.

lunes, 4 de febrero de 2013

Huyendo por los tejados.




La música desgarrada de un saxo se eleva lastimeramente hacía los tejados, mientras que abajo, en el callejón oscuro, unos tipos con sombrero se pelean por los favores de una dama. Apoyada en la pared, ella luce un largo vestido plateado abierto en el lateral, dejando al aire unas interminables piernas morenas; sonríe y sus labios voluminosos brillan bajo la lluvia de sangre. En las alturas una gata maúlla bailando por los tejados a la luz de la luna. Los cuchillos han dejado estelas de plata antes de caer sobre el asfalto.

Ufana, la dama en cuestión entra de nuevo  en el local y sus caderas tormentosas avanzan entre las mesas al ritmo del jazz.  Con los ojos apretados Louis Armstrong nos habla de una tarde de verano entre algodones, del sudor de unos pechos de chocolate. En el callejón yacen los cuerpos inertes de los tipos conflictivos. Mutuamente se han volado los sesos. Arriba, abrazada a una luna anaranjada la gata sigue maullando su canción particular.

De pronto unas manos grandes salidas de la nada la agarran por la cintura, atrayéndola con fuerza. Su fragilidad de rosa se estrella contra el pecho masculino y el aliento a ron barato se le enreda en el cabello. El saxo se desgarra poco a poco y ella se deja llevar por los gemidos de la música. La cadencia de su cuerpo balanceante enardece al hombre, que la separa para mirarla a los ojos y a la boca. Ella hace tiempo que dejó de temer y le devuelve la mirada.  Después compartirán la cama. La canción se desmadeja  entre humo de tabaco y  sudor.

Y en el último estertor del saxo ella se detiene y, apartando al hombre con la mano,  levanta la  pierna y la coloca felinamente sobre una silla de madera  bajo la mirada hambrienta de los bebedores. Su muslo moreno realiza una maniobra de noventa grados y ella se inclina ligeramente y extrae suavemente una llave  del liguero. Miradas ensangrentadas se agolpan en un punto de su muslo, donde la frontera entre la carne oculta y el liguero es una playa llena de muertos. Coloca suavemente  el metal en las manos del hombre y éste desaparece entre el humo del tabaco. Ahora la gata maúlla enloquecida, en el filo de los tejados un macho gris se acerca a olerla. Ella se bufa y le enseña los dientes. Porque ellas siempre enseñan los dientes.

 Una mujer de labios rojos se desnuda despacio dejando su ropa sobre un baúl. Y se asoma a la ventana, los pechos redondos apuntan a una luna pudorosa.



ouu yea...

viernes, 1 de febrero de 2013

¿Qué hacer ante un criticón?



Existe en mi entorno laboral un ser extremadamente odioso del que no puedo escapar. Es una mujer pequeña, de edad avanzada, corta de miras, ciclotímica, ególatra y dueña de una larga lengua envenenada. ¡Y sufre, además, de una fuerte halitosis! Supongo que todos tenemos a alguien así; gente estúpida, mal hablada, malpensada y criticona. Yo soy muy independiente, intento no juzgar sin conocer, bueno realmente intento no juzgar ¿Quien soy yo para hacerlo? ¿Acaso soy perfecta? El caso es que este ser no atiende a razones disuasorias, entre otros motivos porque no respeta el turno de comentarios. ¡Sólo habla ella!

Entonces ¿Qué hago yo?...



Miro hipnóticamente sus labios mientras cientos de vocablos atropellados son disparados sin tregua de esa boca suya y penetran en mi oído desvalido. No puedo más;  ya se han fundido  el yunque y el martillo por la grosería caliente de sus blasfemias, ya empuja su veneno para adentrarse en mi sangre… Entonces cierro compuertas, ajusto engranajes y preparo la retirada: comienza el proceso de autoprotección.
Ahora observo sus labios moverse vertiginosamente al compás de sus manos y, alentada por mi sonrisa de alivio, su boca vomita calumnias con nuevos nombres y apellidos, fechas y lugares, que afortunadamente ya no escucho. Y yo, que hace un rato que viajo por los páramos verdes de una campiña francesa, sonrío feliz. Ya las calumnias rebotan contra las paredes de mi indiferencia y resbalan lentamente hasta el suelo, formando un charco de babas amargas de saliva corrompida. Mientras de su boca siguen escapando  sapos y culebras ponzoñosas,  yo sigo deleitándome con un cielo francés, intentando ver que hay tras el escote aromático de una montaña dorada, allí donde las copas de los árboles se estremecen como pezones lamidos al compás de la brisa. Sigue pues, con tu ponzoña…

A palabras necias...



¿Qué hacéis vosotros en situaciones así?