lunes, 15 de abril de 2013

Un hombre, una suegra y Los ángeles de la muerte


Final



En el regazo de su madre y entre hipos convulsos, Josefa le explicó a ésta las fechorías de Andrés, ahora apodado el Inmundo. Le habló entre lloros del tema de las bragas y Angustias le acarició tiernamente el cabello, como a una niña, mientras miraba por la ventana. Negros nubarrones de tormenta se acercaban despacio sigilosos. Urdió un plan mientras manejaba sus agujas de hilar, un plan sin cabos sueltos. Ese semental de yerno suyo le iba a pagar a su niña hasta la última de sus lágrimas. Guardaba celosamente su traje de motorista, de su época de seguidora de Los ángeles de la muerte. Sí, Angustias fue un día joven. No siempre coronó su cabeza un moño triste y desvencijado, una vez tuvo una cintura y unos pechos de órdago, y una vez hasta besó con labios de fresa.
 Probóse el traje de cuero y observó los resultados delante de su espejo de cuerpo entero. Sin saber porqué recordó una imagen de una película que había visto hacía poco, en la que un científico sale de una cabina con medio cuerpo de hombre y la cabecita de mosca. No había pensado en que con el moño no le cabría el casco, así que mirándose al espejo fríamente y pensando que el motivo merecía la pena, se cortó el moño de un tijeretazo, como el torero que se corta la coleta. Un traje rojo y negro de piel ajustado, con el emblema de sexo, drogas y pirulas, la cremallera del pecho ligeramente bajada, detalle este que en sus buenos tiempos hubiera resultado altamente provocador. Se tomó las pastillas del reuma, de la tensión, le dio un beso a la foto de su difunto, y se encomendó a su virgen del Carmen.

Su yerno salió de la oficina justamente a las dos de la tarde. Bromeaba con Merche, la dueña casquivana de las bragas en la lámpara de bronce, y se rozaban los dedos al andar, entre risitas de complicidad. Una furia ancestral le subió a Angustias hacia la boca, y aceleró la moto dirigiéndola contra él. Se estrelló aparatosamente contra un buzón de correos, y Andrés queriendo socorrerla corrió raudo y conmiserativo, una mujer vestida de cuero siempre necesitaba ser ayudada, pero un coche lo arroyó lanzándolo contra una pared donde se anunciaban polvos para lavadora, más blanco imposible. ¡Perra suerte! pensó en el momento de cerrar los ojos. Dos meses en la unidad de cuidados intensivos, y otros dos en planta. Lo peor los enemas, lo mejor el personal femenino, con sus manitas blancas de ángel, lavándole aquí y allá, afeitándole y colocándole la almohada, apoyando sus fragantes y hermosos pechos en su cara amoratada. ¡Ay placer inocente, sentir un pecho blanco cerca de la boca! Josefa venía a verlo de vez en cuando, le ayudaba a beber el caldo con una pajita, le acercaba la cuña con miradas cargadas de repugnancia y le dejaba monedas para la tele.

Un ambulanciero fornido y guapetón depositó el cuerpo maltrecho de Andrés en una esquina del sofá, con las piernas en alto y las muletas apoyadas en la estufa de butano. Luego de acomodarlo aceptó gustosamente un café que Josefa le ofreció. Los dos entraron en la cocina y cerraron la puerta.
La recuperación de Angustias fue asombrosa. Andrés en cambio estaba cada día peor, las secuelas de la espalda le estaban dando mucho el coñazo y casi no se podía mover. Anclado en el sofá y con Angustias al lado suyo, codo a codo, Andrés se olvidó de momento de los mensajes guarros que le mandaban sus compañeros por mail, también tuvo que abandonar las películas porno, si que vio en cambio toda la antología cinematográfica de Manolo Escobar y Lola Flores. Un tic nervioso se había instalado en su ojo derecho, obligándole al guiño en los momentos más inverosímiles e inoportunos. Así, de esta guisa, le había guiñado el ojo al cartero, al butanero, al señor del gas, y al ambulanciero que venía cada a día a preguntar por su estado de salud, culminando su buena obra con un café en la cocina, reunión esta que se celebraba a puerta cerrada. Segundos antes Andrés le había guiñado un ojo.

Angustias que ya le había perdonado, organizó un té con pastitas en su honor, con sus amigas de toda la vida. Ocho mujeres de entre los ochenta y cien años rodeaban su cuerpo por todas partes, besándolo, mimándolo, incluso sonándole los mocos.

Vieron por segunda vez “El padre Coplillas”, protagonizada por un cascabelero Manolo Escobar que aún seguía en la búsqueda infructuosa de un carro desaparecido. El tic del ojo aumentaba, sudaba y las palpitaciones iban en aumento. Recordó, entre el murmullo de las risas y las ventosidades ancianiles sofocadas por el mullido sofá, aquellos tiempos en que era un hombre fuerte, recordó el fuego en el vientre, a Merche a cuatro patas, incluso a su Josefa y su sempiterna postura del misionero. Las puertas se cerraban, y su tic iba en aumento. Dolores también le guiñó el suyo correspondiendo, sorprendida y feliz. Le sonrió mostrando una dentadura prestada, con promesas en los ojos y luces de juventud renovada. Todas las amigas se fueron marchando. Y cuando el suspiro iba a salir del pecho, guardado celosamente hasta entonces, como un trueno que se abre paso, una mujer de noventa años con un picardías negro y unos zapatos ortopédicos se vislumbró en el quicio de la puerta, sombreada por la luna. Andrés intentó controlar su tic, pero su ojo derecho ¡traidor inconsecuente! Se volvió a cerrar lascivo y prometedor, invitando a Dolores a disfrutar de su cuerpo inerte y anclado. Ella sonriendo como una novia de portal se fue acercando cual gacela, despojándose despacio de sus prendas escasas. El corazón de Andrés tiró la toalla en este ring sin escapatoria, y su último pensamiento fue “dios mío, que no me practique un boca a boca”.



Fin.



viernes, 12 de abril de 2013

Un hombre y unas bragas...


Capítulo II

Mas a veces la dicha es efímera, porque a las dos semanas de su recién recuperada soltería, Angustias su suegra, se instaló en su casa, alegó que para cuidarlo en ausencia de la hija. Con ella trajo el moño, la faja, el rosario, la foto de su difunto, el orinal, y kilómetros de lana rancia de color marrón para tejerle una bufanda. El gato la observaba con una animadversión importante, entre los dos se sucedian verdaderos duelos de miradas retadoras, bufidos y encrespamientos por parte de Pancho, empujones y atropellos con la punta del bastón por parte de la dueña del moño.
Angustias se adueñó del televisor, de su lado del sofá, del teléfono, de las sartenes y de la lavadora, ese aparato agresivo e indisciplinado. Paseó el orinal por el pasillo oscuro a las tres de la mañana, y a las cuatro, con una luna adormilada en lo alto, Angustias se paseaba insomne con los escasos cabellos sueltos por la espalda, visión a todas luces espeluznante. Andrés se introducía en su lecho vacío, temblando del susto. Y el pobre Pancho se acurrucaba a su lado, buscando protección, que de todos es sabido que los gatos siempre ven más allá.
Hacía unos dias que sufría de picores genitales. También le asolaba una persistente diarrea, unas cagaleras incontrolables, ocasionadas ssin duda por los malos hábitos alimentarios adquiridos. Un asunto éste peliagudo, que le hacía salir disparado en las ocasiones más inoportunas. Como el otro día, sin ir más lejos, mientras se hallaba hablando de cosas importantes con su jefe. El sonido dentro de sus tripas era algo similar a los crujidos del cascarón de un barco que escora contra las rocas. Una niebla pestilente emergió de entre la nada, de abajo a arriba y su jefe, inquisitivo,  le miró por encima de las gafas. Andrés comentó, ruborizado, el mal estado de las tuberías y se fue yendo, poco a poco.
Y es que hacía tiempo que andaba tiritando por unos hermosos pechos blancos, coronados en su cima por un lunar con forma lunar, válgame la redundancia. En el último combate cuerpo a cuerpo con Merche, su compañera de curro, ésta había perdido las bragas, un asunto que le preocupaba en extremo, a tal punto de vigilar estrechamente los movimientos de su suegra. Cuando ella colocaba los almohadones del sofá, él la miraba a hurtadillas para ver los resultados, si ella recogía algún objeto él sufría espasmos en el estómago.
Merche resultó ser una pantera de uñas largas, con una melena a lo Pulp Fiction, y unos pechos blancos descomunales, que pendulaban oscilantes y voluptuosos cuando se colocaba a cuatro patas moviéndose al compás de las embestidas afiebradas de un Andrés enajenado. En uno de estos encuentros tórridos sonó el teléfono y la voz gutural de su suegra le anunció amenazante que se iba a instalar en breve en su casa. Merche se vistió haciendo honor a sus movimientos felinos, con una rapidez pasmosa y se dio el piro, para llamar minutos después desde el bus, diciéndole entre risitas sofocadas que había perdido sus braguitas de encaje negro. 

-Ya sabes amor, si las encuentras me las guardas- lo dijo con un acento tan encendido, que si alguien hubiese colocado una cerilla en sus labios el autobús habría explotado.

Andrés palideció, haciendo balance de los lugares mancillados. Lo habían hecho en el sofá, en la cama, en la cocina, contra la puerta del recibidor, en el cuarto de baño, en el pasillo, y también lo habían hecho encima de la lavadora, por lo de sacarle beneficio a sus ataques epilépticos de aparato infernal. Placentero, ¡vive dios! Las bragas no aparecieron.
El último día del mes, cuando las tardes se hacen más cortas y el cielo se desangra despacio, Josefa volvió con sus bártulos y esos hijos de cabezas amelonadas. Volvió el ruido. Volvió la normalidad, la rutina, los silencios rotos por frases hechas, las tardes de sofá y películas soporíferas, con la suegra haciendo ese jersey eterno. 

-Andrés, bájame la lámpara, que la voy a limpiar con un líquido especial para el bronce.

Andrés, subido a la escalera y con el tornabí en la mano sonrió, recordando los chistes de Merche y su costumbre de lanzar las bragas sobre la lámpara.

¡Mierda!








Un hombre, una lavadora y los documentales de la 2.


Los que ya lo hayáis leído pasad del tema. 

I capítulo.

Josefa metió los últimos bártulos en el coche y cerrando el capó, se despidió de su marido con un abrazo y un beso en la mejilla. Los niños sacaron sus cabecitas con forma de melón y sonriendo a papá  se fueron alejando en el horizonte agitando sus manos pequeñas.
Andrés se quedó solo.
¡Un mes de vacaciones!  Un mes de soledad absoluta, de la vuelta a la soltería añorada. Películas porno, fútbol con amigos  y sobre todo nadie que le dijera dónde podía  o no poner sus pies de macho.
Subió a su casa  y tras el suave portazo respiró hondo, muy despacio. Sacó una cerveza helada de la nevera y se sentó en el sofá colocando los pies sobre la mesita de caoba que el padre de Josefa les regaló para su boda, reliquia mimada, a la que él ahora profanaba con sus zapatos sucios. Expulsó algunas ventosidades intentando hacerlo con ritmo, buscaba homenajear con ellas a su equipo de fútbol venerado. Acabó riéndose a carcajadas,  suaves al comienzo  y más fuertes después. Llegó la hora de cenar y se preparó un suculento bocadillo de bistec, grasiento y  enorme. Dos cervezas más, y algunos eructos atronadores. Cambió varias veces de canal, a su antojo, pues su mujer no se lo permitía, decía que no era normal tanto cambio. Puso comida al gato, y se colocó una peli porno en la tele de su cuarto matrimonial. Se masturbó mirándola y le dijo algunas obscenidades a la actriz. Durmió como un angelito. Al siguiente día acudió a su trabajo contento  como un adolescente.
De vuelta a casa cenó y vio una peli de acción, dejó  los restos de la cena y se fue a dormir, no sin antes masturbarse de nuevo imaginándose a su compañera de curro a cuatro patas suplicándole más y más  ¡Oh sí! Que ganas le tenía a la jodia.


Pasó una semana de ensueño, de tranquilidad, sin ruidos, portazos, juguetes por el medio y lo mejor de todo ¡Silencio!  Alfonso le había invitado aquella noche para salir a tomar unas copas a un local de striptís y no sabía que ponerse, debía estar muy atractivo. Revolvió los armarios buscando una  camisa negra de rayas que estilizaba su barriga cervecera pero no encontró casi ropa limpia. Bueno, pensó que estaría todo por lavar. Se dirigió a la sala de la ropa, una sala aparte de la casa donde estaban  algunos electrodomésticos de la casa, como la lavadora, la secadora la plancha y un congelador. Montones de ropa sobresalían del cesto, la mayoría de los días la echaba sin mirar y no había reparado en esa montaña sucia.

Se acercó al electrodoméstico, lo observó, estudió detenidamente el panel de botones donde parecía ser se encontraban las temperaturas, los diferentes tipos de tejidos, el tiempo de lavado y el centrifugado. Colocándose el dedo índice en el labio inferior se sentó enfrente y siguió observándola durante mucho rato. Por fin dedujo que si Josefa, una mujer casi sin estudios, sabía ponerla en marcha no debía ser difícil. Metió toda la ropa de la semana, con tres pastillas de un jabón que había por encima, cuando no cabía más la empujó con el pié y para cerrarla  se empujó con los pies en el armario de los útiles de limpieza. Por fin estaba cerrada. Temperatura caliente, definitivamente, mucho mejor –pensó-porque la suciedad saldría mejor y más fácilmente. ¿A cuánto? 90 grados por lo menos. Sonrió sumamente satisfecho ajustándose los pantalones en un gesto de pavo real.  Se fue al sofá y abrió su portátil, decidió contestar algunos mail atrasados ¡El bueno de Carlos y las guarradas que le mandaba! Jaja Sofia y sus mails de gatitos ¡A ti te daría yo otra cosa! ¡Ay amiga! Entre risas escuchó unas vibraciones y unos ruidos a los que su oído no estaba acostumbrado, con una ceja alzada se asomó al cuarto de la ropa y su boca se abrió de puro pasmo. 

¡El electrodoméstico  andaba solo! ¡Y expulsaba espumarajos por la boca! 


Todo el suelo estaba enjabonado y  crecía y crecía. Se batió lentamente en retirada sin quitarle ojo al aparato. Cuando éste dejó de moverse y de andar, comenzó a centrifugar y el alboroto fue sobrecogedor, pues todos  los objetos que se encontraban encima comenzaron a caer. Andrés no encontró otra solución que subirse encima del aparato para hacer de contrapeso y agarrarse para no caer. Aquello era kafkiano, nunca hubiese sospechado que ocurrieran estas cosas en su propia casa. El aparato fue perdiendo fuerza y tras unos jadeantes estertores se fue tranquilizando poco a poco. Andrés ya no respiraba para no enojarle más. Por fin todo acabó y abrió la puerta con la misma expectación que yo vi la apertura del ovni donde llegaba la familia de ET. Tendió las prendas amarrando unas  mangas con las otras, pues no pensó en los alfileres y cuando se retiró hacía atrás, para ver su obra de arte, sonriendo,  su mueca ufana quedó congelada ¡Su camiseta de los Sex pistols era del tamaño de una prenda de bebé! Sus calzoncillos, sus jerséis caros… todo pequeño.

Pálido, se retiró a tomar una cerveza para ahuyentar  la frustración y el desasosiego. Debía existir alguna forma de hacerlo en que no encogiesen las prendas ¡Pero cómo!  Podría llamar a Josefa y preguntarle pero…. ¡No, eso jamás! ¡Él era un hombre, coño! Inteligente, con un grado superior ¡Veía todos los documentales de la 2! No. Lo intentaría de nuevo. Compró ropa nueva, pues toda la suya estaba inservible. 

A la semana siguiente decidió volver a intentarlo, no sin antes reflexionar sobre el tema profundamente. Bajaría la temperatura. Así lo hizo, metió toda la ropa junta,  bajó también la cantidad de jabón, e incluso le puso suavizante. 

Miró al aparato de forma retadora, dio unos pasos alrededor,  sopesando al contrincante, y cuando el aparato comenzó a lavar Andrés se fumó un cigarrillo dispuesto a pasar todo el rato vigilando el proceso. Esta vez no hubo incidentes, todo se sucedió con una normalidad dentro de lo común en estos casos. Con la boca seca, abrió la puerta del aparato y esta vez no salió humo, su sonrisa alumbro toda su cara ¡Eureka! Echó toda la ropa en un cesto y se dirigió a la terraza a tenderla allí, pues el evento merecía la pena. El sol maravilloso de la tarde, perfumado de diferentes tipos de especias, le inundó la nariz de buenos presagios, tomó las pinzas de colores y cogió la primera prenda. ¡Rosa! Toda la gama de variantes del rosa se encontraban ondulando al sol, como banderas de desolación para su corazón destrozado. Un jardín entero de rosas rosas colgado de las cuerdas de su tendedero. Sus camisas finas sus polos de marca… Dios ¿Qué mal había cometido él para recibir ese castigo?


Continuará... (sólo dos capítulos más, no tembléis)