domingo, 21 de julio de 2013

Caliente

Me estoy planteando seriamente ponerme a escribir literatura erótica como una posesa. Es que vende, vende mucho, muchísimo: lo veo lo noto lo huelo. Veréis,  esto ocurrió ayer: andaba yo tomando mi cafelito matutino acompañado de mi sempiterna “pantera rosa”  (todos habéis comido pantera rosa y no digáis que no) y rodeada de mujeres. Compañeras de trabajo todas, todas salidas, calentorras, erizadas, palpitantes y húmedas ¡Todas! ¿Y sabéis por qué? Pues porque andaban comentando las bondades del célebre escritor este que se ha puesto tan de moda que parece ser que las tiene a todas enfebrecidas y abducidas.

Mis ojillos de escritora aficionada saltaban de una boca a la otra; masticaban ellas sus bocatas de sobrasada y queso, beicon y queso, queso y atún mientras sus manos iban a veces directas al corazón para dar fe de la bondad de esos libros, unas se lo recomendaron a otras, esas otras dijeron que estaban leyendo también unos libros de una autora española con seudónimo extranjero que es la repera, y se pasaron los títulos ¡Y yo con cara de jilipollas! ¿Qué cojones hago yo escribiendo sobre los maravillosos tonos del cielo?

¡Estas mujeres lo que quieren es leer asuntos sobre hombres fuertes y dominantes, hercúleos y depilados, perfumados, con barbita de dos días que las pongan contra el armario de la cocina, ése donde tienen los utensilios de limpieza, o que las tomen de la cintura y allí, sobre la lavadora en marcha, les den lo suyo!

Estas mujeres me tirarían piedras si leyesen a mi Matilde, porque ellas quieren leer cómo un hombre dolorosamente guapo y poderoso acorrala a esa mujer de vértigo contra los azulejos de la ducha y le acaricia las tetas mientras el agua y el jabón se deslizan por su coño depilado y él, con una verga grande que parece a punto de estallar, gime y le dice “nena me muero por meterte todo esto, quiero reventarte, quiero que grites, que te estremezcas, que tus manos y tus pies se abran y se cierren como los de una gata complacida”; a lo que ella responde con la voz entrecortada y estremecida de la cabeza a los pies “¡Por dios! que tenemos poco tiempo, ya sabes que Pablo llega a las tres”.
Ellas, mis compañeras, lo que quieren leer es como él la agarra y la echa sobre la cama, húmeda y con el pelo mojado,  palpitante toda ella, respirando de manera entrecortada, con los dientes castañeteando del deseo; quieren leer como él la inmoviliza de las manos y le muerde la boca mientras le separa las piernas, ellas quieren leer sobre la manera en que ella le mira cuando él entra bruscamente dentro de ella con esa verga grande y ella gime sintiendo que se puede partir por la mitad de un momento a otro; claro ellas lo que quieren leer son los detalles de esas embestidas salvajes, y quieren escuchar lo que él le dice, lo que le susurra: son todas palabras sucias, ya os aviso. No, claro está: a mis amigas no les interesa de qué color están las montañas cuando el sol, esa naranja de fuego, se tumba adormilado dejando paso a esa luna pálida y somnolienta.

Me sentí algo triste, aunque no es un ningún misterio que la mayor parte del tiempo me siento como una extraterrestre que se ha resbalado por la salida de emergencia de un objeto volante no identificado con forma lenticular y lucecicas de color rojo putón y ha caído de culo (o de cola, que no sé yo como sería mi anatomía si fuese un alienígena) en mitad de una reunión de gente que habla habla y habla de asuntos que me interesan poco.
Horas después llegué a casa y ya frente al ordenador revisé algunos de mis trabajos y pensé ¡qué carajo, si es que escribo lo que me gusta!

Un besazo a todos.


lunes, 15 de julio de 2013

Matilde ¿a qué sabes?


 “Escultora atractiva, madura y sensual ofrece alojamiento, comida casera y una cama  con sábanas limpias a joven entusiasta, a cambio de ciertos trabajos de bricolaje, pintura y  albañilería. La oferta se extinguirá al terminar los trabajos.”
Tras el escueto mensaje aparecía un número de teléfono y un nombre para preguntar: Matilde.
Manuel tomó una oliva rellena de anchoa y la acomodó, sensualmente, entre la punta de la lengua y los dientes.
Matilde. Como la mujer que inspiró a Neruda esa canción desesperada, la que enmudeció su luna amiga. La de las colinas blancas de leche.

Trató de imaginar cuánto de apetecible resultaría esa escultora madura. Acariciando la tersa piel de la aceituna con la lengua sin decidirse a destruirla, fantaseó con esa mujer, que se definía en un anuncio como madura y sensual. La imaginó abriendo la puerta de su casa con un vestido gastado y un moño alto e informal, tal vez con restos de arcilla en el cuello níveo. Iría descalza o tal vez en zapatillas, sí,  unas zapatillas insulsas de andar por casa, calzado sencillo este que no eclipsaría ni un ápice la belleza de esas piernas ligeramente torcidas. Tal vez el vestido, de un blanco roto gastado, dejase adivinar la plena redondez del pecho todavía firme. Y desafiando a la suerte quizás la transparencia del tejido dejase intuir la insolencia erecta de los pezones y la sensualidad esbozada de las costillas. Ese vestido viejo, abierto por delante,  se cerraría ayudado por dos cintas que, naciendo a los lados de la cintura, se juntarían en un punto de la cadera y allí formarían un lazo que descansaría, lánguido, sobre el interminable muslo. Pensó de nuevo en el cuello frágil; tragó saliva al imaginar el nacimiento de los cabellos, recogidos al desgaire y sintió escalofríos ante la visión de esos pelillos suaves y rizados que, escapando del encierro, se derramaban grávidos y  atrevidos sobre la playa blanca del hombro. La nuca, ese rincón sediento de gemidos furiosos, una orilla ardiente donde dejar morir el último jadeo. En el jaleo de su vientre abandonado no se permitió pensar. Ni en la posibilidad de que los labios fuesen más o menos jugosos, tal vez de ese tipo de labios que gusta morder, para luego tiritar recordando ese instante.
Estremecido, aplastó por fin la aceituna y toda la sal del mar inundó su boca en ese día soleado del mes de agosto. Apuró la cerveza,  pagó su consumición y salió a la calle con el periódico bajo el brazo y una pregunta bailando en su cabeza.

De lunes a viernes Manuel fregaba cristales en un monstruoso edificio hospitalario, una labor ésta de todo punto aburrida y maquinal. En su tiempo libre componía largos poemas que luego, guitarra en mano, convertía en baladas lastimeras que algún día, soñaba, entonarían los despechados enamorados de expresión patibularia. Cuando declamaba bajito esos versos sincopados, su madre, que en paz descanse,  rezongaba mientras fregaba los cacharros, que no se le pueden pedir peras al olmo, aunque Manuel se atrevería a jurar que las peras del olmo son las más dulces.

Matilde desconocida. Ojos de mar cobalto y enigmática sonrisa. Matilde y su nuca perfumada. ¿A qué sabes?
Alojamiento, pasteles caseros y un lecho fresco. Eso leyó en el anuncio. Manuel imaginó un ático soleado con una gran terraza. Matilde iría casi desnuda por el piso, tal vez con unas braguitas negras de encaje y una camisa blanca de lino abierta por los costados; seguramente tendría los pechos algo sonrosados por el sol excesivo y la espalda quemada de tanto releer a Walt Whitman boca abajo en la hamaca de roble. Su piel, tan blanca, no estaba  acostumbrada a la lengua pérfida del sol. A Manuel le gustará, en su momento, deshacer el moño informal y liberar la maraña de cabellos oscuros que caerán, mojados y olorosos, sobre el pecho, humedeciendo el lino de la camisa. Quiere imaginarla sin camisa, pero aún es pronto.

De las comidas caseras ya no se acuerda. Desde que murió su madre sólo se alimenta de platos precocinados. A veces come en la cafetería del hospital, pero allí no puede escribir sin ser molestado. Sonríe recordando a Hemingway, al que nada enfurecía más que le molestasen mientras escribía en una mesa escondida de una cafetería parisina.
Una cama tibia de sábanas blancas, y Matilde sobre ellas; tal vez aún olerían sus dedos a chocolate de la tarta casera, y es muy posible que yaciera boca arriba, que ya se sabe que es peor la quemadura del sol en los pechos que en la espalda. Sí, Manuel invadiría, desnudo y erecto, el lecho por una esquina, introduciéndose bajo el dosel, y perdería, seguramente, unos minutos extasiándose con la laca roja de las uñas de sus pies. Si ella se hallase dormida la contemplaría en silencio, para no perturbar el sueño; y si fuese muy valiente, en ese momento la besaría suavemente en los labios. Si ella no se despertase desabotonaría despacio su camisa, enterneciéndose ante la contemplación desprotegida de sus pezones desvalidos. Si fuese osado tal vez acercase sus labios a ellos, mordiéndolos imperceptiblemente. Y si Matilde, excitada, abriese los ojos le diría:

—El cemento para las baldosas se ha secado y no puedo continuar debido a la rabia del sol.
— ¡Manuel, tío, que vas a desgastar el cristal de tanto sacarle brillo, macho! Vamos, recoge los bártulos, que es casi la hora de terminar la jornada.

Manuel miró a su compañero de trabajo y luego su reloj. Anochecería dentro de una hora.
En el silencio de su hogar cenó una sopa de sobre, un vaso de vino blanco y una lata de atún. En su cama solitaria de sábanas sudadas, Manuel recordó de nuevo a Matilde, desnuda y abandonada, en su lecho tibio de sábanas blancas, con las piernas ligeramente entreabiertas y la boca con sabor a arándanos.
Sobre la mesita de noche, el recorte de periódico dormía entre los 20 poemas de amor y la canción desesperada.
FIN.