jueves, 15 de agosto de 2013

Voraz

Voraz



Voraz
Purificación cerró con dos vueltas de llave los portones de la vieja librería y, desdeñando la idea de tomar el autobús, decidió volver a casa cruzando el parque de los abedules, despacio, fijándose en las copas de los árboles y aspirando con deleite el olor macerado de los jazmines. Observó, hipnotizada, la luna pálida y redonda como un vientre de mujer y suspiró. Echaba de menos el amor carnal; añoraba el contacto de unas manos en su vientre y en su talle, casi no recordaba el sabor de unos labios o de un sexo. Desde que su Hipólito la abandonó por un guardia civil con bigote no volvió a catar varón; sus noches eran interminables y sus madrugadas heladas. El placer solitario aliviaba un poco el hambre, pero dentro de su vientre se agazapaba un animal difícil de calmar, que rugía enfadado ante el engaño, y, tras el climax, la fiera simplemente se replegaba como un felino acorralado.
No tuvieron descendientes y, ante la carencia de estos, todo el amor de la pareja se volcó en aquella librería de pueblo: un lugar antiguo, oloroso, un remanso de paz. La primera vez que Hipólito la llevó a aquel paraíso de libros la empujó suavemente hacia la oscuridad y allí, bajo los incunables,  la besó tiernamente en los labios. No hicieron el amor porque eran otros tiempos donde la pasión encendida y consumada al momento no estaba bien vista, pero se robaron cándidos besos bajo los tentáculos verdosos de Lovecraft y se abrazaron bajo las negras nubes de aquellas Cumbres borrascosas.
Una noche Purificación estuvo a punto de subirse la falda bajo la mirada sombría de Don Miguel de Unamuno y, llena de remordimientos, corrió sofocada hasta la parroquia del padre Marciano.
—Dime hija ¿qué te preocupa?
— No sé qué me ocurre, padre. Es que me toca mi Hipólito y se me nubla la cabeza, se me aflojan las rodillas y no puedo hacer otra cosa que suspirar y tragar saliva—esto lo decía sonrojada hasta la punta de los cabellos.
— ¡Ay, señor! Y dime hija mía ¿Dónde te toca el marsupial de tu novio? que por cierto hace mucho que no viene a confesarse…
—En los pasillos oscuros de la biblioteca, padre. –Purificación fingió una tos.
—No hija, quiero saber qué partes de tu cuerpo  toca, porque comprenderás que nuestro señor no castiga de la misma manera una palmada bien intencionada en las nalgas que el amasamiento lascivo de los pechos,  o un pellizco en el pezón…
— ¡Ay, padre, pero le juro que solo los acaricia por encima de la ropa!—Purificación se tapó los pechos en un gesto instintivo.
— ¿Y qué más? ¡Ay señor, señor! Cuéntame hija, cuéntame para descargar tu alma de suciedad. Vierte esa porquería en mí. —suspiró el pobre hombre.
—Bueno…, a veces yo le toco por encima del pantalón..., ya sabe.
— ¿Acaricias esa gran protuberancia masculina? ¡Dios, apiádate de esta sierva tuya! Realmente se impone la absoluta sinceridad, hija mía. ¿Y dime, qué haces, qué actitud es la tuya, qué sientes ante ese miembro endurecido de tu novio? Saldrás huyendo ante esa magnitud latente, imagino. ¿No te habrás dejado levantar las faldas? ¿No habrás consentido que tu novio introduzca su mano impía en ese lugar floral y tierno tuyo? No tienes más alternativa que narrarme todos los detalles, a ver si puedo entender tu enfermedad e implorar por tu salvación a nuestro señor Jesús. —Volvió a suspirar el padre, apenado.
Oliendo los primeros vapores del azufre Purificación contó entre lágrimas todos los pormenores de esos encuentros encendidos y, apiadándose de los gemidos entrecortados del párroco, decidió aceptar la petición de matrimonio de su novio.
Se casaron una mañana de abril y por la noche Purificación no escuchó los fuegos artificiales soñados, no tembló la cama, no titilaron las estrellas, no huyó escandalizada la luna recogiendo sus enaguas ante la fiebre desencadenada. Por la mañana desayunaron plácidamente en silencio y Purificación supo que había cometido el error más monumental de su corta vida.
Pasaron los años; la primavera dejó los vastos prados tapizados de hojas tiernas  y el verano las secó con sus soles insolentes esparciéndolas para el otoño. El invierno siempre la encontraba sola y el bueno de Hipólito nunca sintió interés por conocer a donde iba la mirada perdida de su esposa, ni interpretó sus largos suspiros; y la vida transcurrió de esta manera hasta que una mañana Purificación encontró una nota sobre la almohada, un montón de perchas vacías y la ausencia del cepillo de dientes del esposo en la repisa del baño.
Sin Hipólito no quedaba otra alternativa que contratar a alguien para ayudarla en la ardua tarea de informar a los clientes, de acompañarlos al pasillo indicado, de tomar el libro requerido, soplar cariñosamente el polvo de su lomo y, libre de ácaros, ofrecerlo al cliente con la misma ilusión que aquel que ofrece una alfombra voladora.
Una mañana luminosa de mayo se abrieron los portones y Purificación escuchó el ritmo cadencioso de unos tacones de mujer. Levantó la vista del ordenador y, por encima de sus lentes, sus ojos miopes vislumbraron un ser angelical. La visión de otro mundo apoyó sus manitas en el mostrador y dijo que venía por el anuncio de ayudante de librera. Que tenía algo de experiencia, que adoraba los libros y que guardaba una licenciatura de letras en su cartera,  que si quería ver sus diplomas le dijo a Purificación. Ésta no quiso ver sus papeles, en realidad casi no pudo articular palabra, balbuceó como una colegiala al preguntarle el nombre y cuando la diosa le dijo, sonriendo, que todo el mundo la llamaba Rosa, Purificación supo por qué. Su piel era de color rosa palo, sus labios eran de color rosa púrpura, sus ojos eran de tierra removida y olía como huelen las rosas recién regadas y bañadas en luna.
Rosa se incorporó de inmediato y nunca tantos parroquianos pisaron la librería, nunca tantos ojos cansados quisieron leer a los clásicos. Los libros olvidados, aquellos que duermen en las alturas el sueño de los ausentes, aquellos fueron reclamados por rudos hombres de mirada vidriosa, que nunca antes habían gozado del placer extenso de las letras, ya fueran líricas, clásicas o contemporáneas o los serios ensayos. De pronto se quiso leer a Tolstoi y a Chejov,  a Fiodor Dostoievski y a Cortázar, la Metamorfosis de Ovidio y la de Kafka, hasta un volumen de letras muy muertas reclamaron de las altas estanterías.
No importaba la altura del tomo, ella, de manera solícita y profesional,  se subía a las empinadas escaleras y alzaba sus manitas etéreas dejando sus muslos interminables a la vista del solicitante, que, preocupado por una posible caída, se prestaba a sujetar la escalera con ambas manos rezando a todos los dioses del Olimpo para que el artilugio se rompiese y la diosa aterrizase, desabotonada y agradecida entre sus brazos musculosos de Atlas convencido. La escalera nunca se rompía y el tomo requerido aterrizaba siempre en una mano temblorosa y eran unos ojos lacrimosos los que le daban las gracias a Rosa. Sonaban campanas, pero eran del interior de los pechos.
Ignoraba la chica que la dueña de aquel paraíso de letras la miraba confusa y  sumida en fiebres locas que nunca antes sintió, acorralada entre sentimientos extraños. Por este motivo Purificación corrió de nuevo a visitar al párroco, que por aquellos días andaba ya un poco achacoso.
—Padre, veo mi alma abocada a los infiernos más oscuros. Mi vida es un tormento y en mis noches mil hogueras me queman la piel; ya oigo el crepitar del fuego que quemará mi cuerpo.
—Cuéntame, hija.
—No sé me ocurre cómo contarle esto.
—No puede ser tan malo, tu alma es buena.
—Es ella. No es mortal; es un demonio provocador, malicioso.
— ¿Hablas de la nueva librera? Dicen que no es de este mundo, que es un ángel. ¿Te ha ofendido de alguna manera?
—No padre, es una joya y nunca hemos vendido tanto…, es que ha despertado en mí un sentimiento desconocido, extraño y …lujurioso.
— ¿Un sentimiento lujurioso? ¿Te refieres a…? ¡Pero eso no puede ser, hija!
—Lo sé padre, lo sé, pero no puedo dejar de pensar en ella. Sobre todo por las noches.
— ¿Has tenido pensamientos impuros con esa jovencita? ¡No te habrás tocado imaginando sus carnes prietas y juveniles!— el servidor de la Cruz relinchó como un caballo.
— Si padre, me he tocado pensando en ella. Pero entienda usted que mis noches son solitarias,  tristes; no tengo alegrías de ningún tipo.
—Tienes tu librería y a nuestro señor, que vela por ti. En cuanto a esas ensoñaciones nocturnas sabes que debes contármelas detalladamente, para que calibre la gravedad del asunto y pueda absolverte. –más suspiros.
—Padre, ella tiene un cuello blanco de gacela, delicado y frágil como el cristal, que al estirarse para localizar un tomo expone en toda su belleza, provocando las ganas de acariciarlo con los labios, sin besarlo siquiera, tan solo rozarlo con el aliento contenido para no empañar ese cristal inmaculado. Sus manos ¡Ay! Son dos plumas de cisne, transparentes, de deditos largos; padre, en mis noches sin sosiego yo me la imagino completamente desnuda cepillando mis cabellos, mirándonos a los ojos a través del espejo. Y como mi cuerpo ya es maduro, padre, no me atrevo a imaginarla seduciéndome, por si no le gusto. Entonces juego a acariciarla yo, pero casi sin rozarla ¡lo juro! Me convierto, para que el pecado sea menor,  en un perro hambriento y entonces  paseo mi hocico húmedo por cada milímetro de su piel erizada y lo escondo, ansioso, entre sus fragantes cabellos alborotados, y lamo su cuello lentamente y como es interminable tirito y mis flacos huesos de perro viejo tiemblan y busco más abajo, y huelo sus pechos y quiero lamerlos, pero son tan tiernos que me asusto y simplemente los miro, casi  llorando.
Purificación escuchó los roncos gemidos entrecortados del párroco y se asustó.
—Padre ¿llora usted por mí? ¿Acaso quiere que pare? Tiene suficiente con esto, imagino. Sé que…
— ¿No tendrás un pañuelo de papel, hija mía? Es… para secar mis lágrimas. ¡Pero continua, perversa! ¡Dime por favor que tu hocico viejo no ha husmeado en la sagrada fuente de la chica! —la voz del viejo sonaba ronca.
—Pues eso es lo peor padre, que sí, que mi hocico viejo ha husmeado esa carne rosada, casi impúber y tierna hasta el dolor; sí, reconozco que en mi imaginación la he olido, me he asomado a ese acantilado tibio y somnoliento, he aspirado el perfume de su entrepierna y me he mordido los labios para no calmar mi sed.
—Pues hija mía, me temo que no voy a tener más remedio que ir a visitarla: para hacerle frente al demonio primero debo conocer su poder. ¡Reza! ¡Reza mucho hija! ¡Y azota tu cuerpo con el flagelo de la penitencia para ahuyentar al maligno!
            —No puedo padre, la última vez que me flagelé la imagen de ella se instaló de nuevo en el espejo, y allí estaba de nuevo, detrás de mí,  con su largo cabello derramándose como una cascada de oro sobre sus hombros; tan largo, padre,  que le llegaba hasta el ombligo, y, padre, sentí mucha envidia de ciertas guedejas que, golosas, se enredaban alrededor de los tiernos pezones como una ardiente lengua ávida. Si padre, cuando mi espalda comenzó a sangrar la vi a ella, completamente desnuda, palpitante y sonriente, con las piernas ligeramente abiertas y su sexo…
— ¡Calla! ¡Calla, mujer!

— ¿Quiere más pañuelos padre?


¿Continuará? bueno, tal vez...

Chicos: este relato es parte de un reto. Un amigo me retó a escribir una historia a partir de una imagen: acepté. Y mi reto para él consistía en que escribiera otra historia a partir de otra imagen. Al final yo he escrito sobre lo que me sugiere esta bella mujer de la foto, y mi amigo a escrito sobre lo que le sugiere una foto de Gregory Peck. Si queréis leer la historia la encontraréis en este enlace que pongo a continuación.

http://relatosdelcarabo.blogspot.com.es/2013/08/escritores-rusos-perdidos-en-el-calor.html#comment-form


jueves, 8 de agosto de 2013

Día de playa




Lo reconozco: me gusta poco ir a la playa. Y no me malinterpreten, adoro el mar, me fascina en todas sus facetas y vertientes: me seduce por la noche, me emociona al amanecer y me inspira en el ocaso. Me calma pasear en un día nublado por la orilla; me gusta sentarme sobre la arena con la barbilla apoyada en las rodillas y perder la mirada en el horizonte mientras la brisa salada me acaricia la cara. Ya digo que adoro el mar, pero lo quiero para mi sola.

Veréis, el otro me levanté y de pronto decidí “ir a la playa”; sí, lo pongo entrecomillado porque para mí “ir a la playa” no es lo mismo que ir a pasear junto al mar, no. Ir a la playa significa ir con la sombrilla, la nevera, la tortilla de patatas, los filetes empanados, los flotadores de los niños, la crema protección 90, el…, bueno, ya no es mi caso. Ahora voy a relajarme, a tumbarme, a leer, a bañarme, y a tomar el sol mientras Calamaro o el bueno de Sabina me cuentan sus vainas con esas voces que adoro. Llegué pronto porque pensaba irme pronto, no aguanto a las masas. Como un colono que descubre una tierra sin dueño planté yo mi toalla cerca de la orillita en un lugar bastante tranquilo dada la franja horaria. Casi feliz (recordemos que la felicidad nunca es completa) me acerqué a la orilla a introducir mi piececito y tras comprobar el frescor cristalino del agua y obteniendo mi plena aprobación volví a sentarme. 
Sólo iba a estar una hora, tal vez una hora y media así que cerré los ojos y me entregué en cuerpo y alma a ese sol mañanero, todavía incipiente, todavía benévolo. Cual filete tostado me disponía a darme la vuelta cuando una madre tatuada, entrada en carnes, rubia de bote que no de alma y con un piercing negro sobre el labio como la mismísima Cindy Crawford, se sentó muy cerca de mí con dos dulces niñitas morenas, escuálidas y de grandes ojos llenos de estrellas. La madre miró de soslayo mis pechos desnudos, mandó un whatsapp a su amiga Vanessa  --lo sé porque una de las niñas le preguntó “¿a quién se lo mandas mami?” y ella respondió “a la Vane”—, luego extrajo el bote de la loción protectora, agarró a la niña por el pescuezo y le echó una cantidad grosera de crema en la espalda, una cantidad difícil de distribuir en tan enjuto cuerpito. La niña se revolvía como una serpiente correosa deseando escapar al agua y ahí fue cuando me enteré del nombre de la criatura: Aitana.

Esa madre les dio a esas pobres asilvestradas más órdenes en treinta segundos que un barbudo coronel de la armada a sus hombres en una arriesgada misión militar. Órdenes que las pequeñas no asimilaban y debo reconocer que tampoco yo. Escuchemos esas órdenes: ¡Aitana haz el favor de no echar arena tu hermana a los ojos! ¡Aitana estás echando agua a la gente, no hagas que me levante! ¡Aitana te juro por dios que si tengo que decírtelo una vez más me levanto y nos vamos! ¡Aitana si te quitas el flotador nos vamos! ¡Aitana ven a sentarte ahora mismo a comer el bocadillo! Eran demasiadas órdenes, a demasiada velocidad y a unos decibelios desagradables e inapropiados, de hecho creo que he aflojado en mi vida algunos tornillos oxidados que al ser extraidos han emitido un sonido mucho más dulce y amigable.

Aitana… El mar comenzaba a cabrearse; el viento comenzaba a cabrearse: yo comenzaba a cabrearme.

Sí, sí, lo sé. En mi interior comenzaba a desatarse la furia, notaba yo como me subía caliente, imparable hasta el estómago, como una máquina de vapor, buf buf buf buf.
La fiera interior gritaba haciendo rechinar los dientes putrefactos “¡Esa niña que se coma ya de una puta vez el jodido bocadillo, para que su jodida madre deje ya de dar la puta brasa!”. Sí, sé que pensaréis que soy muy poco tolerante, incluso que parezco nacida en Harlem y que casi me imagináis en jarras y moviendo el cuello de manera lateral al tiempo que chasqueo los dedos de manera chulesca. Ya. Bueno, intenté calmarme contando hasta diez, un truco este que me funciona bastante bien. Todo iba viento en popa, ya notaba como me iba relajando un poco y otro poco y… entonces llegó una adorable y magra abuelita que clavó la sombrilla a escasos centímetros de mí acojonado hueso sacro. ¡Señora que casi me empala! Exclamé sorprendida. ¡Ay hija, lo siento! si es que casi  no veo y mi hijo tarda mucho y no me quiero quemar, dijo la decrépita cazavampiros, (que orgullosa estaría de ella mi adorada Buffy). La adorable ancianita desclavó la estaca mata- vampiros y ante mi mirada de impaciencia sonrió y la clavó en otro hueso sacro que a mí ya me importaba mucho menos, todo sea dicho.

Suspiré pensando en mi negra suerte y cerré los ojos suplicándole al mar que, con su cadencioso contoneo, me hechizara y que me rescatara de aquella pesadilla. Cuando abrí los ojos Aitana me observaba escrupulosamente a escasos centímetros de mi nariz, con su cubo, con su pala y con su cara llena de factor 90, en silencio. La madre me sonrió como el que tiene un Picasso en su poder y se presta de manera gratuita y altruista a enriquecer el corazón del que lo contempla. Me salvó el móvil. Me adormecí una vez más y cuando volví en mí cuatro armarios roperos de tres puertas habían tomado posesión de mi zona sur. Retiré discretamente mi dedo gordo, ese pintado de rojo que momentos antes probaba la frescura del mar, del interior del ojo de uno de los mocetones. Ellos hablaban y reían y de vez en cuando evaluaban mis pechos con sendas miradas, hecho este que a mí me la trajo al pairo, sinceramente. Por mi parte norte otros dos jóvenes  tomaron posesión con otras dos banderas, cual colonos, y comenzaron a hablar del amor, del deseo y de sus circunstancias. El tema me interesó y puse mi oreja a funcionar. “Las parejas que duran muchos años casados es porque no se cuentan la mayoría de las cosas, porque guardan sus secretos, por eso funcionan, dijo seriamente uno de ellos con una expresión un tanto circunspecta. “¿Pero te la has follado o no? preguntó de manera menos filosófica el otro.  Sí, si claro que me la he follado, contestó riendo el interpelado con una risilla perruna. 

¡Ay!
Aitana había echado arena en los ojos a su prudente hermana, que lloraba desconsolada; la tatuada y aguerrida madre la agarró por el flaco bracito y la sacudió como una alfombra; la hermana de la arena en los ojos sacó la lengua a la hermana amonestada y sonrió malvadamente, mientras se lamía los verdes mocos con la puntita de la lengua. La venganza siempre se toma fría, pensé y entonces sí que sonreí.