jueves, 7 de noviembre de 2013

Divino Marqués



—Vengo a buscar vuestra ropa sucia, señor. Soy Magdeleine Leclerc, la lavandera. Me envía el abate Coulmier; dice que habéis preguntado por mí.
—Entrad, muchacha, entrad. Os ofrecería asiento, pero comprobaréis que sólo hay una silla.
Magdeleine dudó un momento y se mordió el labio inferior, azorada. El hombre era casi un anciano, y estaba medio ciego. Su cuerpo voluminoso le resultaba en verdad bastante repulsivo; su levita gris colgaba desabotonada ante la imposibilidad de contener aquellas carnes,  y la peluca se mantenía a duras penas fijada al medio de una manera equilibrada.
La niña depositó el cesto en el suelo y observó las paredes desnudas de la celda. La estancia, aunque espaciosa, carecía de cualquier objeto personal. Tan sólo un catre desvencijado, una mesa escritorio, una silla, numerosos papeles, una pluma y un tintero. El ventanal, formado por pequeños cristales opacos, dejaba entrar una luz mortecina.
— ¿Qué escribís, señor?
—Os diría que lo leyeseis vos misma, pero sé que no sabéis leer. Esa es la razón por la que el abate os ha enviado ante mi presencia, muchacha: os voy a dar lecciones de lectura. Si sois espabilada, también os enseñaré a escribir. ¿Pero por qué me miráis con esa desconfianza? Acercaos, que no os voy a comer.
— No me fío de vos, marqués.
— ¿Qué habéis escuchado de mí? Ilustradme.
—Dicen que sois una mala persona.
— ¿Y qué más?—preguntó divertido.
 —Que sois un escritor maldito, que vuestras obras están prohibidas, y que cuestionáis la existencia de Dios, burlándoos de Él. Dicen, también, que os limpiáis el culo con la falsa piedad del clero; que sois un revolucionario. En definitiva: que sois un  hombre extremadamente cruel—la muchacha sonrió, conciliadora—.Se rumorea que armasteis un buen escándalo en la cárcel de la Bastilla días antes de la toma, que os encaramasteis a la ventana y, utilizando un tubo eliminador de heces, incitasteis a voz en grito a los franceses a liberar a los presos que estaban siendo guillotinados—aquí la muchacha abrió muchos los ojos—. ¿Es cierto que habéis visto rodar la cabeza de Maria Antonieta? Dicen que la enterraron con ella entre las piernas.
— ¿Y no dicen nada más? (Carcajada) Dicen, cuentan, rumorean..., sí, algunas de esas habladurías son ciertas, pero cuidaos de las leyendas y de los propagadores de rumores. Vos conocéis tan solo aquello que las lenguas hostiles han vertido sobre mí. Pero no importa, Leclerc,  os demostraré que puedo ser elegante y delicado. En cuanto a las demás virtudes y defectos que forman mi persona, deberéis sacar una conclusión vos misma.
— ¿Y en los momentos de ocio me contaréis todos los detalles sobre vuestros escándalos? ¿Me hablaréis de vuestras obras prohibidas?
—Claro. (Carcajada). Y ya que os veo tan interesada en mi obra, os leeré algunos cuentos que aún no han visto la luz, con cantidades ingentes de sexo explícito; también os adiestraré sobre las mil y una maneras más sofisticadas de gozar. Os hablaré, en definitiva, del dolor y del placer, pero sobre todo de la libertad y el derecho de buscarlo. ¿Os escandalizo tal vez?
La niña sostuvo la mirada del anciano y la pregunta rebotó contra las paredes del silencio; luego, recogiendo la ropa sucia salió de la habitación, bajo la divertida mirada del viejo.
A la mañana siguiente Magdeleine encontró la estancia del viejo vacía. Preguntó a una empleada por él y ésta le informó que le estaban administrado un baño de hielo como medida de choque, pues el día anterior, durante el almuerzo, alborotó a los comensales con un discurso sobre las virtudes del incesto, alentando a dos hermanos a que copulasen, alegando que nada más puro que el sexo entre individuos de la misma sangre.
Unas horas más tarde Magdeleine encontró al marqués tiritando sobre el catre, desnudo y acurrucado.
—Es el tratamiento adecuado que, según ellos,  necesito para  modificar mi conducta alborotadora. Mañana, aseguran, me administrarán una purga para eliminar por el culo las malas costumbres y los oscuros pensamientos. ¡Ah! Siempre he defendido que ese agujero, bien lubricado, está diseñado para fines mucho más dulces. ¿No pensáis lo mismo? Sentaos a mi lado, ángel mío, y procuradme un poco de calor con vuestro cuerpo adolescente. Juro ser respetuoso con vos, y si es cierto que conocéis mi vida sabréis también que entre mis virtudes figura la sinceridad absoluta, aunque debo confesaros que siempre he preferido el vicio a la virtud.
El hombre ríe y tirita; y en la risa la boca cianótica se abre mostrando la ausencia de algunas piezas dentales. El cuerpo es blanco, fofo, y los ojos, muy azules, ahora brillan febriles y opacos.
La muchacha, apenada, se deja abrazar por el cuerpo desnudo del preso y le permite apoyar su mejilla temblorosa sobre sus incipientes pechos. Ella no adivina en qué momento el hombre ha desatado su corpiño, dejando su cuerpo desnudo hasta la cintura. Es un cuerpo primoroso. Es el cuerpo de una niña pobre, que ha lavado muchos trapos al sol. Su piel es dorada y los ojos son del color del mar antes de anochecer; su cara es muy pecosa y su risa franca, las manos son delicadas, pero denotan las callosidades del trabajo. El hombre cierra los ojos y alega congoja para continuar un poco más gozando de semejante bendición.
—Parecéis tan dulce y desvalido…, pero dicen, marqués, que antes de venir aquí gozabais azotando a las mujeres; tengo entendido que Napoleón os odia a muerte desde que leyó  vuestra “Justine".
— Sabéis mucho para ser tan joven ¿Tenéis acaso un marido que, mientras os sodomiza, os instruye sobre las últimas noticias de la sociedad? En fin, Napoleón me odia a muerte, es cierto, tan cierto como que mi nombre figuró entre muchos otros que esperaban la guillotina. El mundo es hipócrita, dulce Magdeleine. La sociedad me ha relegado a este lugar como si tuviese la peste, pero a escondidas y bajo las mantas los amantes se favorecen de mis enseñanzas. Podría contaros tantos secretos de la corte, secretos perversos, antinaturales, incestuosos, del clero y de la aristocracia ¡Bah! Pero no quiero aburriros, por el contrario necesito que me ayudéis en una empresa que favorecerá al buen ambiente de este lugar. Deseo representar una obra de teatro: “La filosofía en el tocador”.
—El hielo ha confundido vuestra mente, señor. Esto es un manicomio, parece que lo habéis olvidado; aquí solo hay locos, epilépticos y depravados.
—Nadie mejor que un loco para protagonizar una de mis obras.  La locura es la mejor de las virtudes relacionada con el arte y cuando despliega su amplio abanico de matices acaba siempre por derrotar al aburrimiento. ¿Habéis oído hablar tal vez de mi obra “La filosofía en el tocador”? ¿No? Claro, olvidé una vez más que solo sois una lavandera pobre e inculta. Os contaré de manera sucinta su argumento: trata del adiestramiento sexual de una niña adinerada de unos trece años, los mismos que tenéis vos, a manos de un libertino, una mujer mundana y el hermano de ésta. Pero sabed, muchacha, que aunque el argumento que os cuento os parezca soez y carente de filosofía, y aunque penséis que no puede aportar nada bueno al lector, debo deciros que os equivocáis, pues es alto su nivel de filosofía y grande su proclama política, social y religiosa.
— ¡Ay Jesucristo de mi vida! Arderéis en el infierno, marqués.
El viejo, que sigue aferrado a la dulce cintura, irrumpe en carcajadas.
— ¿Es eso todo lo que os preocupa, insensata, que vaya al infierno? La ignorancia y el miedo son los dos grandes pilares donde se asienta toda religión; la ignorancia es la mano que recluta borregos y el miedo doblega a las almas, y yo, querida, presumo de carecer de la una y de lo otro. Intuyo, por vuestra lapidaria profecía, que seguís las enseñanzas de Jesús; pues creedme, pequeña, que ese tipo no es de fiar: pensad que es el fruto de una noche de fornicio entre un ente fantasma, que nadie ha visto, y una impúdica niña judía. ¡Ah! Nunca dudéis, pequeña, que las religiones han sido y serán siempre la cuna del despotismo.
La muchacha, escandalizada al oír tales barbaridades y temiendo los fuegos del infierno, intentó zafarse del abrazo del viejo, pero éste, movido por el deseo contenido la empujó sobre la cama e, inmovilizándola, la contempló, extasiado. Observó fascinado la belleza de sus pechos hinchados luchando por crecer; y se quedó sin respiración cuando, al levantar levemente su falda, contempló los labios rosados ligeramente entreabiertos, la ternura de los pliegues y el vello sedoso. El viejo, escritor al fin y al cabo, pensó que aquel coño anaranjado era como un capullo de rosa.
— ¿Me vais a desvirgar haciendo honor a vuestra fama, marqués?
—Podría hacerlo; podría ataros de pies y manos hasta que vuestro cuerpo formase una hermosa incógnita y luego embestiros con mi polla de viejo, en el caso de que la encontrase entre toda esta carne fofa (risa triste). ¿Sabéis? En una ocasión follé toda la noche con una puta, a la que previamente azoté en las nalgas con una cuerda de nudos. Mi polla se mantuvo dura como una piedra, palpitante, incansable. Es uno de los efectos secundarios que produce la ingesta de mosca española, más conocida como la cantárida. ¿Habéis oído hablar de ella? (Risa) Sí, es un poderoso afrodisíaco, ideal para toda orgia que se precie. En el hombre, produce una erección que puede durar horas, aunque es muy dolorosa. Pero no todo son ventajas, pues otro de sus efectos son los terribles cólicos.  La puta escapó deslizándose por la ventana, desgarrándose la espalda contra las piedras y, una vez en la calle, corrió despavorida llamando a todas las puertas; iba con los pechos al aire y la espalda ensangrentada y a todo el mundo contó que yo le había infligido la peor de las torturas. Luego, en su lecho, casi expulsó el alma por el culo; sus heces eran putrefactas, líquidas, negras. Casi se muere la pobrecilla. Cuando mejoró me denunció y tras el juicio fui a la cárcel; pero… y ahora viene lo más divertido: los mismos jueces que me enviaron a prisión utilizaron después, en su propio beneficio, esos remedios afrodisíacos. Pagaban mucho dinero a sus mediadores para que les organizasen orgías en las que sodomizaban a niños de corta edad, y en ellas, pequeña, participaba lo más distinguido de la aristocracia: jueces, banqueros, políticos varios…, y cardenales.
La muchacha calla.
—Decidme, criatura ¿os han acariciado alguna vez de verdad? Y no me refiero al escarceo amoroso de un jovenzuelo sin experiencia en las márgenes del río…
La muchacha quiso protestar, pero el marqués, sosteniendo la mirada retadora de la muchacha, colocó suavemente un dedo sobre sus labios, conminándola al silencio.  Después levantó de nuevo sus largos faldones hasta la cintura y le acarició lentamente la cara interna de los muslos, despacio, abrasivo,  y a medida que sus dedos se acercaban al sexo el ardor era creciente; sin dejar de mirarla pronunció estas palabras “libertad de gozar ¿recuerdas?”. Le abrió un poco más las piernas y observó su coño entreabierto; separó un poco los labios y mojándose los dedos con saliva  dibujó círculos pequeños sobre aquél minúsculo clítoris eréctil, de manera lenta e interminable, pellizcándolo, mordiéndolo ligeramente para causar un dolor moderado y luego, contemplando su creciente dureza e hinchazón, lo lamió para humedecerlo aún más y cuando la barbilla de la chiquilla tembló, cuando cerró los ojos y se aferró con las uñas a las mantas, cuando su cuerpo de gacela tierna se curvó entre espasmos convulsos, la boca, antes conminada al silencio se abrió liberando los gemidos contenidos.
—Bien, ahora portaos como una buena niña. Incorporaos,  arreglad vuestros faldones y contened vuestras lágrimas. No montéis un escándalo, pues nada irreparable ha sucedido. Los muros de vuestro castillo siguen intactos.
—Hace tiempo que bajé mi puente levadizo, señor: mi castillo es un lugar muy transitado. Os doy las gracias por este placer; debo decir que sois un experto en el arte de dibujar circunferencias, pero reconozco que las hacéis mucho mejor con la lengua. Tan sólo puedo reprocharos vuestra indiferencia hacia mi orifico trasero, al que no le  habéis prestado ninguna atención.
El marqués rompió a reír, y lo hizo de tan buena gana que tuvo que sujetarse el estómago, pues las grasas de su barriga formaron olas que amenazaban la escasa estabilidad del viejo catre.
—Eres una pequeña zorra. Bueno ¿Qué hay de la obra?
— ¿Contaremos tal vez con la ayuda del director Coulmier? Conociendo vuestra fama ¿creéis que nos dará su beneplácito?—la muchacha ató su corpiño, encerrando de nuevo sus pechitos de melocotón.
— ¿El viejo abate, el fundador de este hospicio de locos? ¿El mismo que echó a  la calle a esas monjas de coño rancio que vivían aquí, para ayudar a cuatro locos descarriados? ¡Ah! ¡Por supuesto que nos ayudará! En realidad ya hace algún tiempo que le hablé de mi idea y la encontró fascinante. Dijo que un lugar en donde a los enfermos se les distrae y se les divierte no puede ser malo. En realidad solo busca fama para Charenton. Recordad que, aunque maldito, soy un escritor reconocido: muchos aristócratas remilgados y empolvados acudirán a vernos y tal vez alguna estrella de la ópera-cómica. (Sonrisa  y guiño)
—Acepto, marqués, pero hay algo importante con lo que no habéis contado: con la oposición de nuestro queridísimo doctor afecto al régimen napoleónico. ¿Creéis que permitirá tamaña insensatez? Acabaremos todos en la guillotina.
—Uhm…, tenéis razón. ¿En serio solo tenéis trece años? intuyo que mi “Filosofía en el tocador” tendrá que esperar un poco más. Representaremos una obra decente para nuestro doctor, acólito y lameculos de Napoleón.
La obra representada resultó un éxito, los espectadores lloraron y aplaudieron a rabiar. Y el doctor bendijo la historia, pues su mensaje estaba preñado de moralina y sabiduría: jamás hay que fiarse de los extraños. El marqués saludó cortés, los actores se despidieron realizando genuflexiones graciosísimas y todo el mundo quiso felicitar al autor de semejante maravilla. La obra en cuestión titulada “Los estafadores” se puso de moda.
— ¿De qué trata la obra?— preguntaba la carnicera del pueblo.
—Pues trata de una muchacha de familia humilde que es enviada por sus progenitores a conocer a unos familiares ricos. Lleva presentes de mucho valor para el tío y para las primas, a los que no ha visto en la vida. El padre de la chica confía su seguridad al cochero, que debe entregarla en su destino, pero exhausta por el largo viaje solicita al cochero una parada para tomar un refrigerio y allí entabla conversación con un individuo que se gana su confianza, alegando conocer a su tío y a sus primas ¡Y vive dios que el mundo es un pañuelo, pues el tipejo jura estar comprometido con una de sus primas, la más hermosa! La muchacha, contentísima por tan grata casualidad, cae en la trampa del truhan, y es robada y violada por muchos rufianes a la vez. —informó la cocinera de Charenton.
— ¡Pobre chiquilla!—respondió la carnicera cortando de un golpe seco el pescuezo a un pollo.

En un lugar cercano se desarrolla una escena mucho más bucólica: un anciano y una niña comparten exquisitas viandas sobre un mantel. Fuera llueve débil, pero de modo insistente, y el aire está preñado de humedad; una suerte de neblina asciende del río y trepa por las piedras del manicomio. La chiquilla introduce en la boca del viejo porciones suculentas de dulce que éste mastica con fruición, pues ella lo ha cocinado exclusivamente para él. Luego le limpia tiernamente las comisuras de la boca y le sonríe, y, mimosa, le pide al marqués que le hable de su esposa Renée, que tanto ayudó al marqués, y tanto lo amó como amigo; también le habla el marqués de las duras relaciones con su suegra, Marie-Madeleine de Montreuil, a la que odia profundamente. Cuando el viejo, harto y satisfecho, entorna los párpados escuchando el ronroneante rumor del río  ella le pide que le cuente de qué manera le gustaría ser enterrado. Parece una conversación demasiado lúgubre para un momento tan delicioso, pero el viejo, encogiéndose de hombros,  le confiesa que su mayor deseo es dormir el sueño eterno bajo suelo anónimo, sembrada la tierra después con bellotas, para que la naturaleza recupere lo que es suyo; alega que quiere desaparecer del todo.
Ella sonríe, se desata el corpiño y suelta el lazo que sujeta su melena anaranjada.
—Pues aprovechemos lo que os queda de vida, querido, pues entre la miel y la leche he introducido una cantidad ingente de cantárida. Tanta he puesto que mañana vuestra alma se escapará toda entera por ese orificio que, debidamente lubricado, puede llegar a ser tan placentero. Y ahora echaos sobre la manta y dejadme disfrutar de esa polla que durará tiesa como una piedra durante horas. 
—Bien, pues montaos sobre mí, ángel mío, y gozad.  Os he enseñado a leer y a escribir; ahora podréis contar en vuestras memorias que os habéis burlado del mismísimo marqués de Sade. Y si mañana muero, decid, en favor de mi memoria, que siempre escribí lo que quise y que siempre evité resultar llano y vulgar.


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51 comentarios:

  1. Divino marqués sin duda! Tentador, sensual, caliente... Tus relatos atrapan,sean del tipo que sean, siempre consigues enredarnos con tus palabras,nos permites asomarnos a tu mundo!

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    1. Divino no sé, pero interesante lo era un rato. Gracias luni.

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  2. Interesante historia y relato que se lee con el recuerdo de aquella obra donde la protagonista, Justine, despertaba a un mundo nuevo y diferente y ante el cual, el lector primerizo, daba los primeros pasos por un terreno delicado.
    Un abrazo en la noche.

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    1. ahhh, pues Justine fue directa a la chimenea de Napoleón jaja

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  3. Jolín con la mosquita muerta de la niña. El Marqués de Sade me ha descolocado con esa elegante masturbación a la chica ignorando como ella decía su orificio trasero. Un excelente relato Ángela y muy bien hilado in crescendo hasta el final. Eres tremenda! Genial! Un beso :)

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  4. Ángela. Un relato atrapante, no podía parar de leerlo. Muy bién llevado, eres una excelente narradora, tu prosa es increible.
    Un gran abrazo.

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  5. Yo te voy a dejar un comentario muy poco sesudo.

    Me pone cantidad.

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    1. tal vez te merezcas unos azotes por eso que dices... ;)

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  6. Guau...es la primera vez ue te leo en esta clave (Tonecho esta orgulloso de ti) Excelente ¿homenaje? a Sade; preciosa prosa y genial relato.
    Saludos, friend :)

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    1. ya sé, ya sé que Tonecho debe andar orgulloso de mi jaja
      Un beso para los dos, o mejor dos besos.

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  7. Impecable revisión del legendario Marqués. Un relato que tiene todo lo mejor de tu estilo. Hay drama, humos, sexo y hasta momentos macabros y revulsivos. Un cóctel de letras imposible de no beber. Y más ganas daría de ingerirlo si viniera con una pequeña dosis de cantárida.
    «Ah! Siempre he defendido que ese agujero, bien lubricado, está diseñado para fines mucho más dulces.»
    Clap, clap, clap (aplausos).
    Saludos.

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    1. Apollinire dijo de él que "era el espíritu más libre que haya existido jamás". En fin, yo no voy a juzgar sus vivencias ni su obra, pero si diré que algunos de sus escritos son muy interesantes. De su novela "La filosofia en el tocador", merece la pena leer el apartado "Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos", un panfleto político en toda regla. Los surrealistas lo reivindicaron e influyó en directores de la talla de Buñuel..., así que digo yo que al menos para odiarle habrá que leerle jaja Esto no lo escribo por ti Raul, va para toda aquella gente de mente cuadrada que estornudan cada vez que se pronuncia su nombre, o el de otros escritores malditos. leed y luego opinad.

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    2. donde digo Apollinire, se debe leer Apollinaire.

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  8. Lo consigues, consigues engancharme desde la primera palabra. Has hecho una historia fascinante.
    Un abrazo, Ángela.

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    1. Aurora, este relato lo escribí para un concurso, en el que no me he comido ni un colín. Pero me ha servido para documentarme sobre este autor en concreto y darme cuenta de que tenía muchos prejuicios sobre él, sin haber leído nada de su obra. Era un tipo de lo más peculiar, y su biografía es fascinante, sucia, espeluznante, pero hay algo que me seduce mucho del marqués y es que escribió siempre lo que quiso.

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    2. Pues me encanta cómo la has llevado, y es verdad que fue un ser bastante peculiar. Siento que no te llevaras ni un colín, ellos se lo pierden, porque aquí hay talento y del bueno, jamás te llegaría ni al primer renglón, así que te lo digo con mayúsculas: NENA TÚ VALES MUCHO. Besazos Ángela.

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  9. Joder Angela...

    Que bien lo debes pasar eh...

    Besos.

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    1. Oye Toro, no sé que me pasa con tu blog, que o no salen mis comentarios, o me salen dobles o qué sé yo. ¿Me has puesto un candado para que no entre? ahhh, sabía que este momento llegaría: me has cambiado por esa pelirroja de cabellos de luna...

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  10. No sólo eso.
    Cuando veo tu nick me pongo una ristra de ajos alrededor del cuello y bebo un gran trago de agua bendita.

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  11. Pues o te quitas los ajos o voy a tener que proceder con una pinza en la nariz, usté verá.

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  12. Como te pongas una pinza en la nariz no podré resistirme ante tu encanto....

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  13. Magistral, y por los comentarios que he leído ha encantado este relato...
    A mí me ha dejado, con buen sabor de boca, y no he parado hasta terminar de leer.
    Para cuando otro de igual temática!!!
    Bss.-

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Pues no lo sé Jaac: me lo pienso. Un abrazo.

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  14. Me ha enganchado desde el principio. Chapeau! La sensación que me queda es que da para algo mucho más largo; el personaje del marqués y el de la niña, tal y como los retratas aquí, son fascinantes.

    Un beso, Ángela.

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    1. Todo histórico, M, me he limitado a añadirle un poco de pimienta y sal. :)

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  15. Tenía tiempo sin leer algo tuyo y con este nuevo relato me ocurrió lo de siempre... me enganchaste a tu letra. No sólo es evidente que estudiaste con seriedad y profesionalismo a este autor, además nos impresionas con tu particular capacidad de penetrar en su escencia psicológica para, con sublimes pinceladas, convertirlo en un personaje más accesible... tan accesible, que tu pequeña "Lolita" no dudó en explorarlo.

    Estamos acostumbrados a tu estilo directo y desenfadado, sobre todo cuando abordas el erotismo, con más sensualidad que genitalidad. Te confieso que alborotas más a las neuronas que a las hormonas... y eso termina siendo mucho más potente y prometedor.

    Un beso a tu inteligencia divina hembra. (y)

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    1. Arturo, se te echa de menos. Abandona ese lugar lleno de telarañas y vente conmigo al otro, al concurrido. Si te he alborotado las neuronas, me alegro. Un abrazo.

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    2. Y cuál es ese otro lugar?

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    3. Anonimo soy yo, Arturo... de otra forma no salía

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  16. Es de los mejores relatos que leí en tu autoría. Tiene, no sólo sadismo en su punto Sade, además teatro, erotismo, cultura, oscuridad, reflexión...
    Me volvieron a sorprender tus letras.
    Gracias también por tu comentario tras mi poema bipolar. Mi tita Angelita era una grandísima mujer que dedicó su vida a rezar y ser inocente, sin pretenciones más que la de ayudar.
    Besos grandes Ángela!

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    1. Y tu tita se llamaba como yo: Ángela. Seguro que era una gran mujer jaja
      Gracias por los elogios, Luis. ¿ningún pero?

      Un abrazo.

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  17. Vamos a ver, vamos a ver... Que a esta Angela la intuía yo pero no la he palpado yo así nunca. Y no sabes cómo me gusta! Vaya con la niñita! Y otra cosa te digo, si pintas al Marqués medianamente atractivo, ahí que voy yo pa' dentro a conocerle...jajaja. Eso sí, da un poquito de grima por muy bien que domine ciertas lides.

    Chapeau, marquesa.

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    1. Bueno, atractivo era en sus buenos tiempos, o al menos eso dicen. Pero en el tiempo en que está basado este relato el marqués estaba viejo y sufría de obesidad mórbida. En todo caso su biografía es digna de leerse, merece la pena y a mi su manera de escribir me ha sorprendido mucho, la verdad es que el tipo era brillante y decía verdades como puños.Un tipo así nos haría falta para darle unos azotes a muchos gobernantes, muchos banqueros, tesoreros etc..., jaja (ay, que si me lo imagino me da la risa).

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    2. Y ya puestos que los de por el "aro"...jaja

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  18. Brillante Ängela, sencillamente brillante y hermoso relato. Enhorabuena amiga mia, tienes una sensibilidad especial que me encanta. Te mandaré algún relato mio sobre temas eróticos, pero me temo que ninguno se aproxima a la belleza del tuyo. Felicidades de nuevo y un fuerte abrazo.
    stradivarius

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    1. Muchas gracias amigo David, otro abrazo para ti.

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  19. Mientras te leía no dejaba de pensar cuánto talento tienes, Ángela.

    El texto es buenísimo, los personajes se ven, las ideas se palpan... Eres una creadora como la copa de un pino.

    Besos llenos de admiración.

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  20. Muchas gracias tocaya. Un abrazo grande.

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  21. Me gustó muchísimo el relato, además el Marqués es un personaje que me encanta...
    Muy bueno Ángela, tenés mucho talento.
    Un beso grande, a ver si vengo más seguido, para variar siempre ando corta de tiempo.

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  22. Una escenificación muy bien narrada, gracias.
    Un abrazo.

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  23. La verdad es que tienes talento para escribir.
    Un beso.
    Feliz semana.

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  24. La verdad es que el drama se te da bien,Ángela.
    Un abrazo .

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  25. Hola Ángela.
    Como te dije buscaba algo tuyo que leer y he seguido con tu blog y este: "Divino Marqués."
    Me comentabas que nuestros estilos se parecen. Y yo, después de leer este magnífico relato, solo puedo decirte o pensar -porque todavía estoy semiflotando inmerso en sus efectos- tal vez en algunos detalles, y desde luego me siento halagado. Creo que tú eres una estupenda escritora, y yo un humilde escritor, al que todavía le falta camino por recorrer.
    Respecto a los concursos... la verdad. No sé si presentarme. Para serte sincero, y desde luego quiero serlo, me desarma bastante comprobar que hay toda ea gente luchando por abrirse paso en la literatura; y que muchas veces, pugnan entre ellos como hienas, sacando lo peor que hay dentro de ellos a relucir.

    Un fuerte abrazo.

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