jueves, 16 de enero de 2014

María, a la pálida luz de la luna





—No me diga que se ha quedado encerrado dentro del ascensor.
—Sí le digo.
— ¿Y hace mucho de eso?
—Unas cuatro horas. Aunque parece que llevo aquí dentro casi una vida—dijo el hombre encerrado.
— ¡Cuatro horas! –Exclamó el hombre del saco, dejando descansar el pesado lastre en el suelo—. Parece una pesadilla de Poe. Oiga, no crea que me divierte su situación, no señor, es que me ha venido a la cabeza cierto relato bastante espeluznante.
—No se preocupe: conozco ese cuento.
 —Le recomiendo que mantenga la calma y dosifique el aire: este cacharro parece muy reducido.
— ¡No crea, hay espacio de sobra!  Fíjese que tenía yo cierto temor de que no cupiese el árbol de navidad que he comprado, y crea que estamos aquí tan ricamente los dos. Aunque debo confesarle que durante los primeros minutos de encierro perdí un poco los estribos; sepa usted que blasfemé un poco. Luego entendí que lo mejor era guardar la calma—confesó el hombre encerrado, con cierta vergüenza.
—Muy bien—el hombre del saco compuso un gesto de total admiración—.  Sí señor, parece usted un hombre sensato, templado.
— ¿Templado? ¡Si me hubiese visto en los primeros momentos de encierro cambiaría de opinión, se lo aseguro! Pulsé repetidas veces el timbre de alarma, pero no funciona muy bien. Observe:
Del interior del cubículo nació un lamento herido, un chillido muerto y afónico, que iba de más a menos.
El hombre del saco chasqueó la lengua y permaneció en silencio durante unos minutos, luego tomó asiento en el suelo, apoyando la espalda en la puerta del ascensor.
—Usted no es de aquí—dijo el hombre encerrado.
—No, no lo soy—confirmó el del saco.
Espalda contra espalda, y en medio una puerta obstinada.
—Diga usted algo.
—Pensaba en mis cosas—dijo el hombre del saco—. ¿Sabe amigo? Este percance suyo me parece uno de los sucesos más emocionantes que le pueden ocurrir a alguien. Si sale de ésta podrá contárselo a sus nietos ¿Me creería si le confesase que le envidio profundamente? Si yo estuviese ahí dentro, encerrado, como está usted, sin posibilidad de salir en las próximas horas, tal vez días, sediento, hambriento, nervioso, asustado incluso… ¡Ah! Que cúmulo de sensaciones tan valiosas. Verá…, es que a mí me gusta mucho escribir. Nada del otro mundo ¿Eh? No vaya a creer. Relatitos de terror, suspense…
— ¿Y ha conseguido publicar algo?—el hombre encerrado se abrazó las rodillas, volvía la ansiedad.
— ¡No, qué va! No soy bueno ¿Sabe? Eso uno lo nota. Pero tal vez algún día me suceda algo digno de ser recordado, como esto que le ha ocurrido a usted. Y entonces puede que escriba de verdad, desde las tripas, que son el epicentro sangrante de todas las tragedias. ¿Sabe usted que es ahí donde se gestan las palabras que trascienden? Hay quien dice que nacen del corazón, pero es mentira. Se lo digo yo.
—No sé qué decirle a eso. A mi esposa si le apasiona leer. Tal vez a ella le gustase lo que usted escribe.
—No sé. En fin, no sé por qué le he contado esto. Y ahora que le he confesado uno de mis secretos más íntimos, dígame ¿A qué se dedica? Si no es mucho preguntar…—el hombre del saco extrajo un cigarrillo y tendió uno al hombre encerrado, pero recordando la peculiar situación volvió a introducirlo en la cajetilla, suspirando—. Vaya, le ofrecería un pitillo si pudiera.
—No sufra, tengo un paquete casi entero en el bolsillo de la chaqueta—el hombre encerrado también sacó un cigarro y lo fumó con sumo placer—. A qué me dedico, pregunta usted, pues verá: soy funcionario, trabajo para la administración de justicia. No es tan interesante como su afición por la escritura, pero es vitalicio. Aunque ya sabe que los funcionarios no cobramos mucho. Mi esposa es profesora de historia. ¿Y sabe? Tenemos dos renacuajos: niño y niña. Son muy guapos, y no es porque yo lo diga.
El hombre del saco asintió, sonriendo benévolo. Recordaba haber visto una foto de esos pequeñajos,  por algún lado.  
Necesitaba estirar las piernas y, levantándose del suelo, se acercó a la ventana, que aún permanecía abierta.  Observó, extasiado y casi sin aliento, la formidable luna llena. Contemplarla siempre le provocaba un dolor extraño en el pecho,  pero nunca dejaba de acudir a su llamada. Por esa misma ventana se podía contemplar también el patio comunitario; el hombre del saco bajó la mirada y observó con tristeza los árboles desnudos, mutilados, iluminados sus miembros cercenados por la amarillenta luz de las farolas. Antes de separarse de la ventana volvió a contemplar a su amada y la vio pálida, pero bella, distante, engalanada ya con los primeros copos de nieve, como perlas o como plumas. Cerró los ojos y respiró con todas sus fuerzas.
—Ese árbol que ha comprado hará muy dichosa a su familia—dijo el hombre del saco, con expresión soñadora y cierta melancolía, sentándose de nuevo con la espalda pegada al ascensor.
—Sí. A mis hijos les encantará. Se volverán locos de alegría cuando vuelvan de viaje y encuentren este colosal abeto en medio del salón.
—Tiene usted un salón muy acogedor—dijo el hombre del saco—, y ese abeto lucirá fabuloso al lado de la chimenea.
El hombre encerrado no contestó, porque a veces no hace falta hablar.
El hombre del saco tosió, como tose la gente cuando no sabe qué decir y recogió sus enseres.
—Bueno amigo, me ha encantado charlar con usted, pero ahora debo marcharme.  Me apena dejarle solo en vísperas navideñas y con este panorama tan desolador. Si pudiese ayudarle de algún modo estaría encantado—mientras se despedía, no sin cierta emoción en la voz, el hombre del saco se ajustó el pasamontañas y comprobó el buen estado de las cuerdas, los arneses y demás elementos necesarios para realizar una buena bajada, sin contratiempos de ningún tipo.
—Supongo que sería muy grosero por mi parte si le rogase que volviese a entrar en mi casa y llamase por teléfono a mi esposa. Está pasando unos días en el campo, con sus padres. Debe estar muy preocupada en estos momentos, pues le dije que una vez que hubiese adquirido el abeto la llamaría inmediatamente, para charlar con los pequeños y darles la buena noticia. Y han pasado ya demasiadas horas.
—Hombre, amigo, no voy a negarle que para mí sería ciertamente muy incómodo, póngase en mi lugar—dijo el hombre del saco y casi notó como el rubor le encendía el rostro.
—Lo siento: tiene razón. Márchese pues,  pero si encuentra a alguien por la calle, tal vez algún vecino, podría rogarle que suba a hacerme compañía durante un rato. El tiempo transcurre muy lento aquí dentro y, sinceramente, creo que vuelvo a sentirme mal de nuevo. Ya sabe, nervioso, alterado.
—Por supuesto, pero podría asegurarle que hoy ya no vendrá nadie por aquí—el hombre del saco compuso un gesto triste y dio unos suaves golpecitos en la puerta del ascensor. Era esta la caricia más cálida y amistosa que podía ofrecerle al hombre encerrado—. Feliz Navidad, amigo.
El hombre encerrado asintió en silencio. Escuchó el sonido de los pasos al alejarse y se sintió sumamente solo.
De pronto los pasos se acercaron de nuevo y el hombre encerrado escuchó una respiración algo agitada.
—Acabo de recordar que en la casa de su vecina encontré un aparato de radio estupendo y he pensado que, en estos momentos de soledad,  quizá le gustase escuchar un poco de música.
El hombre del saco enchufó el aparato a una toma de corriente cercana al ascensor y giró la rueda buscadora de las sintonías; la ruedecilla gruñó y diferentes voces se solaparon unas a otras. Villancicos interpretados por candorosas vocecillas infantiles; noticias de última hora; el programa de los deportes y el del tiempo; pero el hombre del saco deseaba escuchar algo en concreto que no hallaba, y la ruedecilla gruñía como lo hacen los gatos cuando riñen. 
Estaba desolado y a punto de desistir, cuando una voz celestial se levantó del suelo de la misma manera en que se levantan los tornados, arrasando, conquistando cada hueco del silencio y del alma, vapuleando los huesos, robando el aliento. El hombre del saco apartó despacio las manos de la radio, no fuera a ser que los gatos volviesen a reñir,  y,  extasiado, concluyó que todos los ángeles del mundo se habían  dado cita allí, aquella noche de luna pálida, en ese solitario rellano de una escalera cualquiera.
— ¿Le… le gusta a usted María Callas?—preguntó el hombre del saco.
Como el hombre encerrado no dijo nada, el hombre del saco le preguntó si estaba llorando. El hombre encerrado le dijo que sí, pero que le sucedía siempre que escuchaba a la Callas. Que su voz imperfecta  le producía un vértigo espantoso en el estómago y que a veces no soportaba tanta belleza. El hombre del saco le dijo que a él le sucedía igual. Y añadió que es cierto, que la belleza duele, a veces.
La luz de la escalera se apagó de nuevo, pero  esta vez el hombre del saco decidió que no hacía ninguna falta encenderla. En la oscuridad apoyó una mano en la puerta del ascensor, dio un golpe suave,  y se alejó, silencioso, que nunca ha sido conveniente enfurecer a un tornado con nombre de mujer, y menos si canta de esa manera.
Antes de descender por la ventana volvió a mirar la luna, se veía magnífica y había dejado de nevar.

—No me deje—dijo el hombre encerrado.



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