martes, 6 de mayo de 2014

Yo, antes de tu verbo




—Buenos días—dije empujando la puerta entreabierta.
—Buenos días.
El sujeto que respondió a mi saludo se hallaba despatarrado en el sofá de cuero, vestido únicamente con unos limitados calzoncillos de piel de leopardo. No me pareció una vestimenta apropiada para aguardar turno en un consultorio médico, por muy privado que fuese este, pero respetuoso como soy de las excentricidades ajenas, no protesté y algo incómodo, tomé asiento a su lado.
—Hace calor—dije yo por fin, rompiendo el hielo.
—Es cierto—dijo él mirándome confuso—. Parece que vamos a tener un día bochornoso.
Miré con disimulo a mí alrededor observando la recargada decoración, luego volví la cara hacia el sujeto semidesnudo e intentando no mirar el animal que dormía entre sus piernas le pregunté:
— ¿Ha llegado ya el psicólogo?
—Si le soy sincero, no lo sé—dijo mientras se secaba el sudor de los sobacos con un fino pañuelo de seda roja y encajes—. Tal vez debería usted acudir al piso de arriba, que es donde tiene su consulta.
Dicho esto me ofreció su pañuelo para que secase el sudor que perlaba ya mi frente; un gesto este muy amable que agradecí pero rehusé.
—Me marcho—le dije.
—Deje usted la puerta abierta, que entra más aire –dijo el hombre de los calzoncillos de leopardo.
Me despedí de él y accedí al piso de arriba, donde descubrí una puerta con una placa dorada en la que se leía: Antolín G. Gañuta psicólogo.

Una vez dentro de la consulta y tras hacerme la batería de preguntas acostumbrada en estos casos, el doctor acomodó su espalda en la butaca, me miró y levantando las palmas me dijo: cuénteme qué le ocurre.
—Las mujeres me desean locamente, doctor—confesé ruborizado—. Me siguen hasta el trabajo; se atrincheran durante horas en la esquina de mi casa; se hacen las encontradizas en el mercado; ayer una de ellas me acorraló en un callejón oscuro y, crea doctor, que no tuve más remedio que poseerla violentamente allí mismo.
—Le desean locamente, dice usted. No se ofenda, pero no me parece un hombre especialmente atractivo. ¿Cuál cree que es su secreto?
—Soy poeta—advertí muy bajito—. Declamo.
—Dice usted que declama.
—Sí.
—No le entiendo en absoluto.
—La verdad es que nunca he sido tan dichoso—confesé sonriendo.
—Sigo sin entenderle—dijo el médico, soltando el bolígrafo.
—Soy feliz, pero padezco unas pesadillas extrañas y recurrentes en las que una turba de mujeres, todas bellísimas, me despedazan y me devoran. No se conforman con tenerme entre sus piernas: quieren comerme, para tenerme dentro de ellas para siempre.

El psicólogo, desconcertado,  me observó durante unos minutos y suspirando sugirió:
— ¿Qué tal si nos remontamos al principio de esta historia?
Verá, doctor, nunca he tenido éxito con las féminas. La naturaleza, en su reparto de cualidades y virtudes,  no me dio un cuerpo apetecible, ni una altura admirable; tampoco me dotó de fortaleza física. Solo puedo agradecerle dos cosas: una voz sugerente, viril y un gran parecido facial con el enigmático Humphrey Bogart, parecido este que aumenta cuando me coloco mi sombrero de ala ancha ladeado, tal como lo hacía el gran Philip Marlowe en El sueño eterno. Yo buscaba una Lauren Bacall ¿Sabe usted a quién me refiero? Esa guapa actriz que anduvo casada con el bueno de Bogart. Pero ella no aparecía por ningún lado, y eso que yo, en mi deseo de encontrarla, paseaba entre las mesas de las salas de fiestas con la expresión más cínica que supe componer.  Un semblante procaz que casaba adecuadamente con la languidez del cigarrillo que pendía de mis labios y ese halo de misterio que me proporcionaba mi sombrero ladeado. Pero ni mi rostro detectivesco, ni mis andares elegantes, abrieron la puerta del corazón de las damas. Tampoco sus piernas.

Una mañana, en la oficina, hallándome en mi momento de descanso ojeaba yo, aburrido, un libro de poemas que encontré abandonado en la estación de tren. Se trataba de los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Pablo Neruda. La secretaria del jefe, una pelirroja preciosa, de tetas blancas y presumiblemente sedosas, se acercó hasta la máquina del café, que era donde yo me hallaba, y se interesó por mi libro. Encomendándome a la suerte, leí la primera estrofa del poema número quince: 

«Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubiesen volado,  parece que un beso te cerrara la boca».

Al levantar la vista vi que ella me miraba los labios, absorta,  y, azorado,  me llevé los dedos a ellos toscamente, buscando restos de mortadela o tal vez de miguitas de pan. Ella sujetó mis dedos y retuvo mi mano para dejar libre mi boca y me preguntó si por casualidad yo declamaba poesía. Iba a contestarle que no, que la poesía es cosa de maricas blandengues, pero advertí una humedad en sus ojos en forma de promesa y le contesté que sí, rotundamente sí, sí, sí, sí, que no solo me encantaba, sino que, en mis momentos abismales, solía recitarla en voz alta.
— ¿Podrías declamar esos mismos versos otra vez? ¿Te importaría?—suplicó balbuceante clavando su pupila en la mía y haciéndome, con sus ojos, lo que la primavera hace con los cerezos.

Y yo, amortiguando con la palma de mi mano siniestra los tambores de mi pecho, volví a recitarlo, despacio, permitiendo que las palabras dieran forma a mi boca;  y fue así como el adverbio relativo adoptó forma de beso y me paré más tiempo en las comas para comprobar el efecto y cuando dije «ausente» supe que pronto olería el perfume de sus pechos, y cuando dije «volado» me vi delimitando su ombligo con mi saliva y cuando dije «boca» me vi debajo de ella y sobre ella y escorado después a su cintura, exhausto. Ella seguía, de manera hipnótica, el movimiento de mis labios, y era como si me descubriera. Me dijo que también le gustaba mucho la poesía, y bajando los ojos confesó, ruborizada,  que  escribía poemas en un foro literario donde algunos locos se atrevían a mostrar su alma. Yo le confesé que adoraba escribir, que me encantaría formar parte de ese lugar, y ella me preguntó que si quería un café. 

Aquella noche hicimos el amor locamente y cuando me preguntó, insaciable,  si me sabía más posturas yo le sugerí la del escaleno y cuando me suplicó más poesía le susurré que me gustaba cuando callaba porque estaba como ausente y ella, al oírla,  tiritaba otra vez entre mis dientes, enredándose de nuevo como una hiedra alrededor de mi vientre con sus muslos níveos e insaciables.

Sepa, doctor, que hasta ese día yo no sabía casi nada del mundo de la poesía. Lo mío era el género policíaco: el peligro, los coches robados, los callejones oscuros, el fuego cruzado de las ametralladoras, los fajos de dólares, el humo, el wiski y  las timbas, el muslo interminable de la chica, el brillo de las navajas, el sonido de la sirena de la poli. Y no tenía nada que ver mi parecido con el actor estadounidense, simplemente es que me encantaban esos ambientes oscuros y malsanos.
Pero, tras el éxito obtenido con la secretaria del jefe y haciendo un tremendo esfuerzo, logré componer un poemita corto, dedicado al pubis. Un trabajo sencillo, pero ardiente, que colgué  después de registrarme en ese foro de escritores con el seudónimo: TomWaits49.

A la mañana siguiente accedí al foro y comprobé con asombro que mi casillero rebosaba de mensajes privados y sonreí, bobalicón, ante los comentarios insinuantes. El caso es que, ante el éxito obtenido con «Tu pubis: esa flor carnívora», seguí componiendo poemas que, inusitadamente, continuaron causando furor entre las damas. 

De esta manera fue como concerté una cita con Calíope82.

Nervioso como un quinceañero me introduje en la bañera para remojar bien las partes nobles y desterrar cualquier olor antiguo; froté bien los sobacos y lijé con esmero algunas redondeces de mis pies que se habían endurecido hasta límites insospechados. Cuando noté mi continente suave como los mofletes de un bebé, salí de la bañera. La barba de cuatro días decidí dejarla, pues me confería un aspecto descuidado, insomne, enamorado. Vaqueros desgastados, camisa blanca abierta sobre una camiseta de Dire Straits, pulseras elaboradas en la India, zarcillo en la oreja —recién horadada y aún palpitante—, y para finalizar, antes de echarme a la calle, me coloqué mi sombrero –un Fedora negro de ala ancha—, ese que me confería ese cierto parecido a Bogart en Casablanca o en el Halcón Maltés, y así, de esta guisa, salí a encontrarme con mi cita.

Llegué puntual. Ella, como toda mujer que se precie se hizo esperar, pero valió la pena: era una diosa. Cabello largo y negro, con unas piernas preciosas que comenzaban su peregrinaje devastador dentro de unos zapatos negros de tacón y acababan encarceladas en una faldita corta de cuero negro; quebradiza de talle y dueña de unos pechos pequeños, que se intuían desprotegidos bajo un jersey ancho y fino de color chocolate, con la espalda escotada. Advertí un destello de decepción en su rostro al reconocerme, pero aun así se acercó sonriente y me estampó dos besos en las mejillas. Tras el saludo inicial nos sentamos a una mesa, pedimos dos cubalibres de ron y comenzamos la velada hablando de asuntos trascendentales: el mecanismo de los foros, el poder de las redes sociales, y la sorprendente abundancia de nuevos escritores. Pero la conversación decaía lánguida, sin pasión,  hasta que ocurrió algo asombroso e inesperado: ella, cansada tal vez de mantener sus rodillas castamente juntas,  cruzó sus largas piernas en un gesto  maquinal, buscando la comodidad. Y de la misma manera que el aleteo de un colibrí puede ocasionar un maremoto al otro lado del mundo, ese cruce de piernas alborotó mi mente y mi sangre.

Verá, doctor, es que cuando ella realizó ese gesto tan femenino su falda se subió notablemente, dejando a la vista una generosa porción de carne desnuda; era la arena dorada de una playa antes oculta;  una franja de piel sedosa comprendida entre el cuero y el encaje negro de las medias. Al verla el gallo que dormía dentro de mi pecho se despertó y cantó desbocado pidiendo guerra. Impetuoso, acerqué mi silla a su silla, mi cara a su cara e, improvisando, le solté un poema estremecido; unos versos que no me pertenecían a mí, unas rimas robadas a mil poetas torturados que en algún momento se abrieron el pecho, como yo, dejando fluir la sangre en unos versos que hablaban del deseo primigenio, de juntar las bocas, la saliva, de dejarse morir un poco, de morirse entero y de hundirse el uno en el otro. Déjame refugiarme entre tus piernas con hambre desesperada—le dije quemándola con mi aliento a ron—y deja que tu vientre me grite con la voz de los espasmos lo que tu boca se calla. Déjame invadir déjame quemar, déjame conquistar…

Me miró perpleja cuando comencé a recitar; luego anhelante, después se mordió los labios y pude sentir sus escalofríos de gata sacudiendo su cintura. Cuando terminé de declamar, sus ojos ya se habían colgado de mis labios. Sonrió voraz y tomándome de la mano me arrastró al centro de la pista, donde sonaba un tango endiablado. 

No le importó al gallo que vive en mi pecho que ella fuese un poco más alta que yo; alzando su mano por encima de la cabeza la obligué a dar dos vueltas, para atraparla luego, lobunamente, entre mis brazos. Al compás del tango enardecido su muslo desnudo subió hasta mi cadera y allí lo atrapó, con codicia, mi mano afiebrada; su boca se acercó y se alejó; sentí el latir de su corazón a través del fino jersey y mis manos recorrieron su espalda erizada, su cintura quebradiza, memorizando cada curva; delimitando después con mis dedos corrosivos la redondeada cordillera de sus omóplatos satinados. Cuando la música acabó acercó sus labios a mi oreja y me dijo así: 
«Recitas y yo tirito; declamas y siento miedo de no saber pertenecerte. Dices, dices cerca de mi boca y me dividen los escalofríos. Yo, antes de tu verbo. Yo, cuando nunca más seré yo».

—Imagino que esto es la punta del iceberg—interrumpió el psicólogo mirándome alucinado.

—Sí, doctor—le dije—. Y ahora me acorralan constantemente reclamando ardientes poemas. Odian a sus maridos y quieren ser solo mías.  Las que han yacido conmigo alegan que no saben cómo vivir sin la tibieza de mis manos; dicen que la vida no tiene sentido si yo no les digo al oído lo bonita que se ve la mar, bajo el cielo desangrado.

De pronto se escuchó el griterío de una multitud al otro lado de la puerta y una voz de mujer comunicó al doctor que fuera había un grupo de mujeres enloquecidas que exigían entrar y no tenían cita concertada.

— ¡Son ellas que quieren devorarme!—chillé aterrorizado.

Entonces la puerta del consultorio se derrumbó con el rugido de un trueno y una turba de mujeres espectaculares accedió al interior empujándose unas a otras. Me buscaban con los ojos desorbitados, olfateaban al aire buscando el olor de mis rimas. Temblando, me escondí debajo de la mesa del doctor y aproveché el alboroto para escapar gateando entre aquel bosque de piernas torneadas. Luego corrí y en mi huida desesperada me colé en la casa del vecino semidesnudo y cerrando la puerta violentamente le dije:

— ¡Jamás se le ocurra a usted escribir un verso, amigo!

—Ah, que es usted poeta. No me importaría escuchar un verso suyo—dijo acomodando al animal despierto en el centro del calzoncillo de leopardo—. A mí me encanta la poesía.