lunes, 19 de enero de 2015

Calafateando



Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rabiosas caían ya sobre el camino de tierra, y pensó, complacido, que al medio día todo el pueblo olería a tierra mojada.

—Ya estoy aquí—anunció, dejando las llaves del taxi sobre la mesita de noche.
—Raro sería escuchar tu voz y que no estuvieses aquí—dijo ella sin darse la vuelta.
—Anda, mujer, no seas así y déjame sitio, que vengo reventado—dijo, evitando las balas de cañón.
—¿Y ayer? No viniste a cenar.
—Me entretuve en el bar de Antonio. La partida se alargó. Ya sabes.
—Sí, ya sé.

Soledad suspiró asqueada y se levantó de ese catre donde solo podían yacer dos si era uno encima del otro o ferozmente abrazados, y como esto ya no sucedía desde hacía mucho tiempo se colocó la bata y se dirigió descalza a la cocina para preparar café. La casa estaba fría y la lluvia caía atronadora sobre el techo de uralita. Parecen caballos corriendo— pensó—, y abrió la ventana para oler la tormenta entera.        Bajo el cielo huraño y sobre el mar inquieto,  un esforzado velero luchaba a sotavento contra la furia del oleaje. Se lo va a tragar –pensó—,  y se puso a calcular cuánta soledad le cabría después en su pecho de madera, allí en el fondo del mar.

A mediodía el olor a barro era abrumador y Pedro, sentándose a la mesa,  pensó que a esas alturas todos los caminos del pueblo debían estar llenos de lombrices y miró su caña de pescar.

—¿Cómo fue la noche?—preguntó la mujer, porque a veces el silencio pesa.
—Extraña—dijo, sin dejar de mirar las noticias televisivas—. Una joven fue violada justo en el patio de su casa. Me presté a llevarla al hospital, pero la policía aseguró que se encargaba de ello y me marché.
—¿Una joven de por aquí? ¿La conozco?
—Bueno…, se trata de esa chica apocada, esa que vive en la casa azul, justo al lado del mar—dijo Pedro.
—Casi todas las casas son azules. Todos vivimos al lado del mar.
—Mujer, la hija de esa loca que siempre se queja de que las olas se le meten en la cocina.

Soledad se llevó las manos a la boca.

— ¿La hija de Justa? ¡Cómo no me lo has dicho antes, desgraciado!
Pedro vio los cañones y le vino el olor de la batalla.
—No sabía de tu amistad con ella—dijo encogiéndose de hombros.
Soledad lo miró con un profundo desprecio y agarrando una botella de aguardiente salió burlándose de la tormenta.

Cuando llegó a la casa, la madre, chorreando agua, barría con furia el patio en mitad de la tormenta.

—Es el mar, Soledad, que se quiere meter dentro de mi casa. No sé qué viene a llevarse.
—Justa, hija, ¡que me acabo de enterar!
—¿Quién te lo ha dicho? ¡Mira que no quiero rumores…!
—¡Bah! Me lo ha contado el desgraciado de mi marido, que pasaba por allí con el taxi. ¿Cómo está tu chica?
—Frotándose todo el cuerpo con el estropajo. Dice que no se le va la peste.

Otro cascarón a la deriva— pensó Soledad—, otra nave que no ha visto venir las rocas. Otro montón de esqueletos de madera que una mañana la marea olvidará en la orilla.

—La peste. Esa peste…—dijo Soledad.
—Si—dijo la madre—. Esa.
—Es el olor del abordaje.

Soledad pensó que es así como deben oler los barcos cuando son tomados a traición, en mitad de una noche callada.

—Ven—dijo mientras le arrebataba la escoba—. Ahora vas a beber conmigo y me vas a hablar, que lo que no se cuenta se pudre dentro y luego la porquería anida en las tripas. Y un buen día te levantas con un tumor en la panza de pura podredumbre.
— ¡Qué te voy a contar, hija! Pues que ella no escuchó sus pasos. Debió colarse por entre los cañaverales. Tal vez la siguió por la orilla y la arena amortiguó el ruido. ¡Que se dejó hacer, dice, para que él no le hiciese un daño irreparable! Un daño irreparable. ¡Como si lo que le ha hecho tuviese arreglo! ¿Pero sabes lo peor de todo? ¡Que yo dormía tranquila! Sí, dormía como si todo en el mundo funcionase a la perfección. No me despertó la alarma.
—La alarma…
—Sí, esa alarma. ¡La que tiene toda madre! Yo dormía en paz mientras ese hijo de puta le bajaba las bragas a mi niña a diez metros de mi cama.

Soledad se llevó las manos a su vientre yermo y buscó palabras de alivio, pero mirando los ojos encharcados de la madre supo que ninguna palabra se ajustaba a esa desesperación.
Y no encontrándolas guardó silencio.
Después del dolor amargo llegará la rabia dando coces ciegas, pensó. Para la negociación faltaba mucho y la aceptación la veía muy lejana, así que acostó a la madre en su cama ancha, que no por ser más grande estaba más llena de amor que la suya, porque todos los desiertos son iguales.

En el baño el agua corría imparable.

Iba a marcharse ya cuando una fotografía llamó su atención. Clara posaba radiante, con esa sonrisa  cautivadora que sólo proporciona la caída de los dientes de leche. Soledad sonrió mirando las manitas gordezuelas enlazadas al talle flaco de Justa. El difunto padre posaba orgulloso detrás de las dos, feliz.

No, Soledad no tenía ninguna prisa por volver a su casa vacía. De hecho, lo que más le apetecía en el mundo era quedarse allí sentada, en aquella orilla oscura, para esperar los restos de la marea.