viernes, 29 de abril de 2016

De cuando Alonso Quijano recibe una carta de la sin par Dulcinea

Homenaje distópico a nuestro caballero de la triste figura o una berlinada más...






En cierto lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme ocurrió muchos años ha que un mozo de cuadras, gordo y cuadrado de la cabeza, llegó hasta los aposentos de su señor y le dijo así:
—Mi señor, traigo esta carta para vuestra merced.
—¿Y qué puño la ha escrito? Dámela presto.
Alonso Quijano, noble flaco y de barba enhiesta como lanza de caballero tomó la misiva entre sus manos descarnadas y leyola con gran interés y expectación. El mozo, que no habíase movido del sitio no fuera a ser que su señor lo requiriera para algún menester, como bien podía ser la contestación de la carta, esperó con la cabeza gacha y la oreja puesta por aquello de no perderse ninguna exclamación sustanciosa que transmitir luego saboreando una cerveza en las ventas.
Y vio el mozo cómo su señor levantaba las cejas abriendo muchos los ojos demostrando con este gesto un gran desconcierto y cómo se mesaba la barba rala y entrecana después. 
—¡Qué clase de burla es esta! Chico, pareciome al leerla como si esta carta no fuera dirigida a mí. ¿Estás seguro que entendiste bien? Mira que tus entendederas son cortas.
—Una dama de una gran fermosura dijo que os la entregara a vos en mano y a nadie más que a vos, so pena de mandarme algún vasallo para que me atara a un árbol y me diese de golpetazos si no cumplía su recado de entregarla a quien ella llamó su «desfacedor de entuertos y sinrazones».
—¿Llamome así esa dama? ¿Y dices, mozo, que es fermosa?
—Como dos alondras blancas son sus manos, mi señor, y su cintura estrecha como junquillo. De su rostro no me atrevo a hablar, pues palabras que describan tanta fermosura yo las desconozco. Dijo llamarse Dulcinea del Toboso, mi señor.
—Dulcinea del Toboso. ¡Bonito nombre! Mas no entiendo una palabra de lo que cuenta esta carta. Vete, rapaz, que no tengo contestación aún para semejante despropósito. Te haré llamar cuando la tenga. Ve con Dios.
Marchose el mozo apesadumbrado por no llevar respuesta a la bella dama que tantos reales le había dado por llevar a cabo la encomienda y cuando Alonso quedó solo volvió a leer la carta, que decía así:
«Mi admirado Don Quijote de La Mancha:
Llegáronme hasta los oídos vuestras esforzadas gestas en nombre de mi fermosura y más agradecida y orgullosa no cabe estar. Dicen de los desaforados gigantes que vos espantásteis, que andaban a sus anchas faciendo bellaquerías y aplastando propiedades con sus pies descomunales. Como se trataba de cuarenta o más nadie osó plantarles batalla ni enseñarles lanza y ahí que fuisteis vos sin pensarlo ni un momento. Cualquier otro caballero andante hubiera rehusado semejante fazaña y hubiera puesto tierra por medio. Mas no vos, que de todos es ya sabido que desoyendo la razón de vuestro humilde escudero, Sancho Panza, que os dijo que eran demasiados para vos, salísteis a campo abierto a plantarles cara. Luego supe que uno de los gigantes, el más grande y peligroso, lanzóos por los aires, yendo a caer muy lejos, dolorido y maltrecho. En la carrera dijeronme que gritásteis mi nombre y que os encomendásteis a mí, llamándome vuestra señora».
Llegado a este punto de la carta Alonso hizo comparecer a su sobrina y enarbolando la carta dijole así:
—Haz venir al vecino labrador Sancho Panza.
El labrador en cuestión recibió la noticia con sumo alborozo y montando presto a su jumento apareció a las breves a las puertas de Don Alonso y hasta los aposentos corrió loco de alegría por saludar al noble ilustre.
—¡Cuánto me alegro de vuestra mejoría, mi señor! Doy fe de que ese gigante os lanzó tan lejos que requerí del pollino para llegar hasta vuestro cuerpo maltrecho. Pero vive Dios que nunca vi retroceder enemigo alguno con tanta prisa. Decidme ya cuando emprenderemos la marcha, que ardo en deseos por seguir con nuestras aventuras. No olvidéis vuestra promesa de hacer de mí un hombre rico y famoso. 
—¿De qué diablos hablas, sencillo labrador? Pareciera que estáis todos confabulados en mantener este disparate de los gigantes. ¿Es acaso todo esto una broma infame de mal gusto?
Como Alonso movía las manos y abría mucho la boca llevado por el desconcierto pareciole a Sancho que espantaba moscas y solícito dijo así:
—Vaya con cuidado mi señor, mire que en boca cerrada no entran moscas. A mi señora una destas que rondan la mierda le entró por la boca y le anduvo volando dentro del estómago hasta bien pasados unos días. Luego subiole a la cabeza y ahí se quedó. 
Y como fuera que el noble Alonso miró con perplejidad al servil labriego este fue más allá y dijole desta manera:
—¿Acaso mi señor ha desistido en su afán de desfacer entuertos y socorrer a los menesterosos? Si el entendimiento no me engaña fue eso lo que juró cuando fue armado caballero por el señor del castillo, allá por los campos de Montiel. O eso dijome usted. Y luego prometiome hacerme gobernador de una ínsula, y hasta dijo que si faltaba ínsula estaba el reino de Dinamarca o el de Sobradisa que me iban a venir como anillo al dedo.
—¡Alto! ¿Armado caballero yo? ¿Por el señor de un castillo? ¿Qué castillo? ¿Qué señor? ¿Una ínsula? Por la pluma de Amadís de Gaula que no sé de qué me hablas, estúpido labrador.
—Virtud es contar las cosas bien. Óigame pues: vuestra merced dijo que llegó a un castillo con cuatro hermosas torres y chapiteles y que allí el señor de esos dominios os rindió la pleitesía que vos merecéis y que lindas doncellas que allí se solazaban alegres os agasajaron con deliciosas viandas. Contome también usted que le rogó al señor de esos vastos dominios que le nombrara caballero, y que ese buen señor se prestó a vuestra petición mandando tocar el cuerno a un enano sirviente para que de todos fuese sabido que se acercaba una ceremonia importante y que no sólo le dio un buen yantar sino que le aconsejó de velar las armas en el patio. Cosa que vuestra merced hizo. Y que antes de darle el espaldarazo tuvo que luchar mi señor contra algunos indeseables que intentáronle robar sus armas. Y que desde entonces ya no es Alonso, sino Don Quijote de La Mancha, noble hidalgo caballero. ¿Qué le ocurre, mi señor, acaso el golpetazo del gigante nubló todos sus recuerdos?
Como fuere que Alonso miró perplejo al labriego este dijo, y no se sabe por qué, que por la noche todos los gatos son pardos y que no hay mal que por bien no venga. 
Llegado a este punto de la plática y comprobando Don Alonso que tal despropósito no iba por buen camino o tan siquiera por ninguno, decidió poner punto y final a tan absurda escena y acompañando al labriego hasta la puerta anunciole así:
—Sabed, buen hombre, que vuestra lengua y la mía fluyen como dos ríos paralelos que nunca se juntarán en ningún punto de su orilla y que por mucho que dialoguemos no llegaremos a entendimiento alguno. Vos, hombre rudo, apoyáis todo vuestro discurso con extrañas muletillas que no entiendo ni comparto, pues de noche todos los gatos no son pardos, que algunos son blancos como el armiño y los males cuando acechan no vienen con ningún bien escondido entre sus fauces malignas. Por eso os convido, servil jornalero, a marchar con Dios y os aconsejo que os olvidéis de todas esas extrañas historias de caballerías que os han echado a perder el juicio. Montad en vuestra vieja mula y volved a vuestro melonar y olvidaos de esa ínsula inalcanzable. Aceptad que sois pobre y lo seréis toda la vida. 
Y ansí, de este modo y no de otro, fue como Alonso Quijano despidió al bueno de Sancho Panza, que quedó a todas luces desolado. Tal fue la decepción del labriego que en llegando la noche decidió a la sazón realizar el mesmo sus sueños de grandezas y enfrentarse en soledad a todos los gigantes venideros. Como su esposa era una mujer muy gorda y muy fea y ese entuerto no había manera de desfacerlo imaginó una hembra de todo punto exquisita para investirla en su dama y así fue como nació Tolobea del Donoso, nombre por lo demás muy parecido al de la dama de su antiguo señor don Quijote. Y aunque su mula no alcanzaba el prestigio del rocín de su amo, que aunque hético y enjuto andaba más alto en la pirámide de la nobleza animal, pensó en buscarle un nombre que importancia le diera luego al correr, más bien trotar, en el transcurso de la batalla. Y así fue que la bautizó como la Jumentosa.
En teniendo todo preparado para partir se le ocurrió la feliz idea de acudir antes a su señor para que este le armara caballero, que no conocía Sancho a nadie más cursado para realizar tal menester. Coligiendo pues que más valía malo conocido que bueno por conocer montó sobre su mula Jumentosa y volvió a la casa de su antiguo amo. No fue sino poner los pies allí que escuchó voces y gritos provenientes de una voz desconocida. La voz decía así:
—Alonso, no creo que entendáis el alcance de vuestra rebeldía. Loco os creé y loco deberéis estar durante toda esta novela, que no es vuestra ¡Que es mía! Como personaje principal os ordeno que os dejéis llevar por la sinrazón. No luchéis contra la locura que yo no os hice para luchar contra ella, sino contra molinos, arrieros y clérigos y para que vierais en humildes cabreros a gente de bien con quien sentarse a yantar queso y bellotas ¿No veis lo que ha sucedido? ¡Ah ingrato! Pues ni más ni menos que vuestra recuperada cordura ha desnivelado la historia y los cuerdos y sensatos han debido tomar vuestro papel de orate para equilibrar la armonía de mi historia, pues de todos es sabido que en el mundo hay cuerdos y locos y ni todos pueden estar locos ni todos cuerdos. Pero el que estaba loco no puede volverse cuerdo.
Miguel de Cervantes daba vueltas en el aposento con las manos agarradas tras la espalda como animal enjaulado echando espumarajos por la boca. Alonso mirábale con espanto cuasi oculto tras las cortinas. En un arranque de valor díjole así:
—¡Eh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, ahora mesmo os ordeno que salgáis de mi casa! So pena de ser lanzado a la calle como un perro por mis criados. ¿También vos estáis loco acaso? Si no os marcháis…
—¿A quién llamarás si no me marcho? ¿Al gallardo Sancho Panza para que os saque de este entuerto?... ¡Ah desgraciado! ¿No entendéis que sois y seréis el mejor personaje de toda la historia de la literatura? Os he inventado loco y soñador, sí, pero os he hecho así para que viváis una vida diferente al resto de todos los personajes existentes y por venir ¿Acaso pensáis que todos los personajes tienen esa suerte? Nunca más un hidalgo batallará contra molinos de viento creyendo de corazón que se trata de una cohorte de gigantes furibundos. ¿Por qué queréis estar cuerdo? Dejad eso para los demás, para los aburridos, para los conformes. Y dejad que el pobre de Sancho Panza recobre su papel de escudero parco y refranero, que él no fue escrito para plantar batalla, ni para discernir, ni para bien hablar. ¿Y qué me decís de vuestra amada la sin par Dulcinea del Toboso? ¿No entendéis acaso que con vuestra actitud hacéis peligrar la mejor historia de amor?
—¡No sé quién sois y no entiendo nada de lo que decís! ¡Sobrina! ¡Sobrina!—chilló Alonso respirando con dificultad.
A los gritos de Alonso acudió no solo la sobrina sino también el barbero, que andaba practicando una sangría a uno de los sirvientes.
—¿Qué acontece? ¡Esos gritos!—dijo el barbero.
—¡Amigo! Que dice este canalla que el día que transcurre, que el sol que alumbra en el cielo, que nuestros latidos y nuestra sangre son obra de él. ¡Loco! ¡Estáis todos locos y yo soy el único cuerdo! ¡Locos! ¡Locos! ¡Lo…cos…lo…
Desta manera el pobre Alonso agarrose el corazón y con los ojos desencajados deslizose poco a poco hasta el suelo; en llegando y a medida que se le nublaba el pensamiento con una especie de sustancia lechosa fue recordando de pronto los caminares garbosos de su amada Dulcinea, la profunda negrura de sus ojos y la palidez de su cuello largo como un cisne.
A punto de expirar y levantando su descarnado dedo dijo así:
—¿Eso que se ve a lo lejos no son gigantes, amado Sancho? Dadle fuerza a mi corazón avasallado, amada Dulcinea, para librar esta batalla.


...


martes, 5 de abril de 2016

Nada mejor que escuchar a Charlie Parker durante la cena






Cuando María aparcó su coche en nuestro jardín y bajó de él me arrepentí hasta los huesos de haberla invitado a cenar. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Habíamos ido juntas a la universidad y allí nos hicimos amigas inseparables. Luego ella se casó y se fue a vivir a París. Yo hice lo mismo, pero me quedé en Madrid. Pasaron los años. Cuando se separó de su esposo volvió de nuevo y se instaló en un apartamento pequeño. Unos días atrás me llamó por teléfono. Dijo que mirando unos libros de la universidad me había recordado y le entró nostalgia. Y yo la invité a cenar.

Tenía ese tipo de belleza que vuelve loco a los hombres. Sus andares eran muy femeninos, su forma de mirar era candente y su sonrisa  hipnótica. Llevaba el pelo recogido de una forma muy sensual, que realzaba la fragilidad de su cuello. No iba demasiado maquillada. Solo un poco de carmín en los labios y algo de sombra en los ojos para realzar el azul de sus pupilas. Un vestido blanco de lino se ajustaba a su cuerpo delgado pronunciando la estrechez casi quebradiza de su cintura. No llevaba sujetador. Recuerdo que pensé en aquel momento que sus pechos tenían la medida exacta del cuenco de unas manos masculinas. Y sin saber por qué miré las de Juan.

Antes de la cena mi marido preparó unos Martinis  y le enseñó sus discos. Ella alabó su gusto musical y él puso un vinilo de Billie Holiday para escucharlo en el transcurso de la velada.   María comió poco, pero  dijo que la carne estaba deliciosa. Como la noche era muy agradable salimos al jardín a tomar unos licores.  Soplaba una suave brisa y se oía el sonido monocorde de los grillos. Acariciando su vientre plano como una tabla y con una pierna montada sobre la otra, María habló un poco de lo duro que había resultado su divorcio con Andrés. Luego nos contó cosas de París. Y como yo no había estado nunca en Paris y comenzaba a aburrirme, se me ocurrió preguntarle si aún pintaba y dijo que sí. Que le dedicaba todo el tiempo que podía a sus cuadros. Juan era un gran entendido en arte y, eufórico,  dijo que le encantaría echarles un vistazo.

Era muy tarde cuando la acompañamos a su auto. Nos saludó con la mano y aún nos quedamos unos minutos viéndola maniobrar marcha atrás para salir del jardín. Luego yo recogí los platos de la cena y mi marido me preguntó si no me importaba que él se quedase un rato más en el jardín fumando un cigarrillo.

Lo observé a través de los cristales de la cocina mientras fregaba los cacharros. Llevaba veinte años casada con aquel hombre. Había perdido algo de pelo, se había adelgazado un poco y unas arrugas muy finas enmarcaban su mirada oscura y apasionada, pero los años le sentaban muy bien. Estaba más atractivo que antes. Y yo más enamorada que nunca.

Para corresponder a nuestro gesto, a la semana siguiente María nos invitó a cenar en su apartamento. Tenía pocas cosas: una cama enorme con dosel, una mesa de madera tallada y unas cuantas sillas a juego, montones de libros, vinilos y algunas velas perfumadas. Acurrucado sobre las sábanas blancas dormía un gato rubio y gordo. Se llama Gato, dijo, como el de Desayuno con diamantes. Juan encontró enternecedor ese detalle y acarició la cabeza del felino.

Había cuadros apilados por todo el dormitorio. Desnudos, paisajes, bodegones, autorretratos. Mi marido los estudió muy despacio y opinó que eran muy buenos. Dijo que conocía al amigo de un tipo que tenía una galería y que tal vez podía montarle una exposición. María se llevó las manos al pecho y lo abrazó efusiva. Hablaron de manera entusiasta  durante horas. Yo bebía vino y los observaba y cuando se acababa mi copa volvía a escanciarme otra. En algún momento ella acarició su mano con ternura y le dio las gracias por su generosidad. En algún otro instante Juan apoyó su mano sobre  el hombro desnudo de ella y la dejó allí demasiado tiempo para mi gusto. Se sonreían constantemente. María se ruborizaba ante los elogios de Juan y él sonreía enternecido de los rubores de ella. Se intercambiaron los números de teléfono y Juan prometió hablar con su amigo en breve.

De vuelta a casa me dijo que me había comportado de forma grosera con María. Ella había sugerido que podían cenar de nuevo los tres en un restaurante francés, un sitio pequeño y coqueto para tratar el tema de la exposición y yo me había negado, alegando un compromiso previo por mi parte. Y así fue como una cena de tres se convirtió en una cita de dos. Fue mi culpa, pero era tarde para retroceder. No hay nada más patético que una mujer celosa.

Los días previos a su encuentro no pude comer ni dormir. El mundo se había parado bruscamente en su eje. Los celos me devoraban desde el interior del estómago. Me arañaban, me revolvían las tripas, me hacían tiritar. No podía pensar en otra cosa. En mi mente estaban ellos dos solos y a oscuras. Sonaba de nuevo Billie Holiday, pero cantaba para ellos dos. Cuando cerraba los ojos los veía desnudarse y era testigo de cómo mi marido enterraba, febril,  su nariz entre las braguitas de ella, para oler con ansia su aroma de mujer. Veía, después, cómo la despojaba de aquella delicada prenda y cómo introducía su lengua ávida entre las piernas de ella, abriendo más y más sus muslos para  saborearla mejor.  Los gemidos agónicos de ella resonaban en mi cabeza, se multiplicaban, y luego, cuando él la montaba y llegaban juntos al orgasmo, esa explosión de los dos me encontraba mordiendo las sabanas, con los nudillos blancos de apretar la almohada y arrasada en lágrimas. Eso ocurría en mi cabeza, todo el tiempo. Una y otra vez.

A veces lo veía sonriendo, distraído. Tal vez ella le había enviado un mensaje de texto  confesándole que se moría por morderle los labios y él lo había encontrado arrebatador. Otras veces lo intuía alterado. Miraba el teléfono repetidamente. Entonces imaginaba que se habían enfadado y que él esperaba ansioso unas palabras de ella.

La noche de la cita Juan llegó muy tarde a casa. Cuando le pregunté por el motivo dijo que a la cena había acudido el futuro mecenas de María y, tras unas copas, habían decidido pasar los tres por el apartamento de ella para ver los cuadros.

Pero yo sabía que era mentira. En mi cabeza los había visto subir juntos al coche de María. La había visto conducir hasta un lugar solitario y, una vez allí, apagar el motor.  La vi subirse el vestido hasta la cintura y sentarse a horcajadas sobre él, mirándolo a los ojos. Noté cómo entraba su falo duro como una piedra dentro de ella y cómo se acoplaba a él, con rabia, con fuerza, clavándole las uñas en los hombros. Lo quería todo entero dentro de ella y se movía de manera acompasada y buscaba su boca y le mordía los labios. Juan la agarraba de las caderas y la apretaba contra él y decía su nombre: María, María, María.

Sí. Lo vi todo. 
A partir de aquel día discutimos a diario.
La noche que le dije a Juan que su idilio con María debía terminar me miró estupefacto. Me observó de arriba abajo, como lo haríamos con un ser venido de otro planeta. Dijo que estaba muy mal de la cabeza, que no había nada entre ellos dos, que de dónde había sacado esa idea absurda. Me advirtió que su paciencia tenía un límite y se marchó dando un portazo. Al cabo de una hora volvió y le pedí perdón llorando. Me hinqué de rodillas. Le dije que María estaba preciosa y yo ajada y mayor. Que me entendiera. Que por ese motivo tenía esos celos enfermizos.  Le supliqué que no me dejara, que me volviera a querer. Me comprometí a cambiar. Pero él no hablaba. Había levantado un muro infranqueable. Y dije lo último que debe decir un enamorado: si me abandonas me mato.
Juan me miró con los ojos desorbitados. Estás loca, dijo, estás para encerrarte.

Llega un punto en que una persona enamorada ya no sabe parar. Entiende que ha perdido. Entiende que roza el ridículo, sabe que se está arrastrando. Pero no puede parar.
Aquella noche aún me humillé más y le amenacé con llamarla por teléfono y decirle que lo sabía todo. Haz lo que quieras, dijo Juan, estoy exhausto. Y se dispuso a acostarse.
No podía creer que mi marido se fuese a dormir en plena discusión. Simplemente no podía creerlo. Se iba a dormir y me dejaba a  mí con el mundo del revés. Loca de dolor. Rota. Ahora estaba segura de que no me había querido nunca. Al otro día se levantaría y haría sus maletas. Sin mirarme. Evitando mis ojos. Luego saldría y se iría a ese apartamento pequeño y coqueto de ella. Y dormirían en ese cuarto con las paredes pintadas de azul. Yacerían en aquella cama blanca con dosel. La noche les encontraría todavía enredados y haciendo el amor, locos, olvidados del mundo y de mí. Mi nombre desaparecería de la boca de él.

Juan dormía profundamente. ¿Era una sonrisa en los labios eso que veía asomar? ¿La estaba besando en sueños? Tal vez ya correteaban desnudos en ese apartamento azul. A Juan le gustaba hacerlo cuando éramos  jóvenes. Me perseguía riendo por toda la casa y luego, cuando me cazaba, se echaba sobre mí, muerto de risa, y me introducía una fresa en la boca y me lamía los labios para compartir la dulzura.

Los pies me llevaron hasta el garaje. No sé cómo acabó el hacha de cortar la leña entre mis manos. Juan la cortaba con aquel instrumento afilado. Es certera como el hacha de un indio Cherokiee, decía entre risas.
Del garaje hasta nuestro dormitorio hay una laguna lechosa en mi mente.  Sí recuerdo, en cambio, haber pensado en lo costoso que resultaría limpiar la sangre de aquellas sábanas tan blancas.
Luego me quedé de pie, en la oscuridad, con el hacha en la mano. No podía hacerlo, no era una asesina. Es Juan, pensé: es mi Juan. Pero él tenía el móvil agarrado con fuerza en la mano. ¡Había estado hablando con ella antes de dormirse! Tal vez la había advertido de mi sospecha. Y luego le había dado las buenas noches con una voz muy queda y la había llamado “mi vida”, “mi amor”.

Levanté aquella arma afilada y la descargué con todas mis fuerzas en su cuello. El impacto no separó del todo la cabeza del tronco. Tuve que dar un segundo y un tercer hachazo más. Por fin rodó hasta el suelo y su mejilla quedó pegada a la alfombra. Pero la sonrisa… ¡Maldito seas! ¿Por qué sigues sonriendo? ¿Acaso piensas acariciarla desde la muerte con tus manos repugnantes?
Las corté también con dos tajos certeros. No la tocarás más, ni en esta vida ni en la otra. ¡Son  mías!  Y como mías que son estarán para siempre dentro de mí.

Con ellas sangrando me fui a la cocina. Sé que ya no era yo. No sabía quién era aquella mujer que abría y cerraba los armarios de la cocina. No conocía ya a esa persona que afiló el cuchillo, que se movía entre los cacharros como un autómata. La mujer de antes cantaba en la cocina, cantaba mientras troceaba los alimentos para su hombre, que no tardaría en llegar del trabajo. La extraña que lavaba aquellas manos  sanguinolentas bajo el grifo ya no era ella.

Pero ya nada importaba. Aquel monstruo en que se había convertido puso la olla a presión al fuego y metió las manos de su marido muerto dentro del recipiente. Luego, con un velo en los ojos, añadió una cebolla, una hoja de laurel, unos puerros y un vaso grande de agua. El autómata esperó hasta que comenzó a hervir y entonces ajustó la tapa y colocó la válvula. Cuando comenzó ésta a dar vueltas se sirvió una copa de vino y se dispuso a cortar cebollas. A Juan le hubiese gustado que fuese así. Luego troceó unos tomates y preparó unas hojas de laurel, unos ajos y una ramita de tomillo. Sal y pimienta, tal vez unas zanahorias. Pasado el tiempo establecido para la cocción sacó las manos del marido muerto y las colocó en una marmita de barro. Estaban retorcidas como garras. Pinchó la carne y comprobó que estaban muy blandas, entonces añadió el sofrito y escanció un vaso del mismo vino que estaba tomando y las dejó un poco más a fuego lento.

Cuando estuvieron listas engalanó la mesa para un solo comensal. Después  encendió una vela y la colocó en medio; luego  fue hasta los discos y eligió uno de Charlie Parker. Summertime. Tiempo de verano, tiempo de algodones. Su saxo agónico se le agarró a las entrañas y le cortó la respiración, siempre sucedía así.

Arrastrando los pies y dando paso a las lágrimas se dirigió a la cocina. Una vez allí colocó con sumo cuidado las manos de su esposo en una bandeja de plata y la llevó hasta la mesa. Charlie ahora decía “cálmate pequeño, una mañana te vas a levantar cantando, pero hasta esa mañana nada podrá hacerte daño”. Ella pensó que para esa mañana aún le faltaba mucho. Bajó la vista a su plato. Sus manos. Esos dedos largos y delicados que tantas veces le habían hecho tragar saliva. Pero no se arrepentía. No, Juan ya no la iba a tocar más. No. Había hecho lo correcto.

Colocó la servilleta en su regazo y cuando tomó los cubiertos entendió que no podía hacer aquello sola. Y es por eso que volvió a su cuarto a buscar la cabeza de su marido. La apoyó con suma delicadeza sobre su lado de la mesa,  allí donde él cenaba siempre, mirando hacia ella. “Por el amor eterno, mi vida”, dijo levantando su copa.

Las lágrimas que resbalaron por su cara no le dejaron ver el brillo de oro que aún conservaba la mano izquierda.

Fin