lunes, 28 de noviembre de 2016

Tacones con forma de cañón



El comisario se secó el sudor de la frente. Luego se aflojó un poco el nudo de la corbata y juntó las palmas de las manos acercándolas a la boca. Parecía que rezaba. Tres horas antes, cuando cerró la puerta de su casa ya intuyó que el dolor de cabeza era inminente.
—Muy bien, señor García. Proceda a contar de nuevo los hechos acaecidos la noche de autos. Pero le ruego de manera encarecida que no se vuelva a ir por los cerros de Úbeda. ¡Que llevamos aquí dos horas!
—¿Con lo de la noche de autos se refiere usted a la noche del crimen?
—Exacto—rugió el comisario—. Y por favor intente usted mantener un discurso coherente, a poder ser enumerando los hechos y dejando de lado los datos que no sean relevantes para el caso que nos ocupa. Y le vuelvo a recordar que un testimonio es una declaración de los hechos acaecidos, no una opinión personal.  Aténgase a narrar lo sucedido la noche en cuestión, y le ruego que lo haga de una manera sucinta, que ya cotejaremos luego su declaración con el resto de los implicados en el altercado de marras.
—Sucinta…
—Breve, concisa, somera… ¡Que me lo resuma, coño!
El comisario estaba muy rojo y sudaba a mares.
—Tiene usted más razón que un santo, señor comisario, es que a veces me voy por las ramas. Ya lo dice mi Rosario: “Juanillo, céntrate, que te vas por las ramas”. Bueno, como le he dicho las cuatro veces anteriores celebrábamos el noventa cumpleaños de mi suegra cuando sonó el timbre de la puerta de forma insistente y como la casa es suya se dispuso a abrir, pensando que bien podría ser la vieja harpía del piso de arriba, la Patro, que a veces se viene a sentar con los faldones meados al sofá de mi suegra, y ahí, entre copitas de chinchón, arreglan el mundo. Ya me entiende usted, señor comisario, que son unas zorras de cuidado, que tienen una lengua que ni se sabe. Mire usted,  sin ir más lejos podría contarle algunas cosas que…
El comisario se secó el sudor de la frente y se despojó de la corbata. Después se tocó las sienes. “Cómo me laten de fuerte”, pensó y miró su reloj. "Si lloviera…, si lloviera podría abrir la ventana y respirar un poco de aire puro. Olor a lluvia…"
—Dejemos de lado a la anciana molesta y prosigamos con la declaración. Dice que su madre política  procedía a abrir la puerta de la vivienda en ese momento.
—¡Que piquito tiene usted, señor comisario! Sí, así sucedió. Se levantó trabajosamente la pobre, que ya no es la misma desde la operación de cadera, que no le fue nada bien por cierto, pero eso ya se lo cuento luego, y se dirigió a la puerta para observar por la mirilla, porque se ha vuelto muy desconfiada desde que hace un par de años un hombre que decía ser del gas penetró en la vivienda y tras fisgonear un poco las tuberías y rellenar unos papeles falsos, la obligó, machete en mano, a que le hiciera una…, ya sabe…una…
—¡Dígalo, coño!  ¡Dígalo! ¡Que ya somos mayorcitos! Que hay un nombre para cada cosa. ¿Una mamada?
—Sí, señor, que se la tuvo que chupar la pobre mujer. Y sin dientes, que el muy cabrón la obligó a quitárselos por si le mordía.
El comisario se limpió el sudor de la frente que ya rodaba a mares por el cuello. Tenía los ojos vidriosos y la cabeza comenzaba a dolerle de una manera punzante.
—Mariano –rogó a su ayudante—. ¿Sería usted tan amable de bajar al bar y traerme un café bien cargado? Y consígame dos aspirinas.
—¡A sus órdenes, señor comisario!
—Esa felación no es vinculante al tema que nos ocupa, señor García. Esos hechos los deberían haber denunciado en su momento, si es que no fue así.  Estábamos en el momento en que su suegra se disponía a abrir la puerta. Continúe en ese punto.
—Sí, señor. Pues verá, cuando mi suegra abrió escuchamos algo parecido a “¡Válgame Dios”!, y digo parecido porque cuando está en casa no se coloca la dentadura, por comodidad, ya sabe cómo es la gente mayor. Tampoco lleva sujetador ni faja ¡Todo fuera! —aquí el declarante soltó una sonora carcajada que se estrelló contra el rostro hostil del comisario, que mutaba ya del rojo escarlata al gris macilento—. En fin, nosotros, que en ese justo momento intentábamos tragar una carne dura como el corazón del diablo y bebiendo vino abundante para poder deshacer aquellas bolas indestructibles,  no le prestamos mucha atención. Claro que cuando exclamó: “¡Señorita! ¡Es usted una guarra! ¡Mira que ir completamente desnuda de puerta en puerta!”,  entonces sí, entonces ya nos levantamos corriendo de  la silla para ver qué ocurría. Yo, que aún andaba masticando aquel pedazo de vaca acartonado imposible de tragar, casi me ahogo del puro impacto, pero mi cuñado escupió la carne sobre el felpudo de la puerta y exclamó: “Virgen santa”.
—Ajá. Por fin llegamos al meollo del asunto. Pero vamos a ver, señor García: ¿tanto alboroto por una simple mujer  desnuda?
—Una simple mujer desnuda no, señor comisario, una simple mujer desnuda es mi  señora cuando al llegar la noche y al pie de la cama se quita esa armadura a la que llaman generosamente faja y se desabrocha ese sujetador soso de color carne muerta que mantiene en su sitio lo que ya no está desde hace mucho. No, señor comisario, esta era una hembra de bandera. Una venus, una escultura de mármol travertino, un bombón relleno de licor de cerezas, la cordillera del Himalaya, con sus laderas nevadas, su valles y sus saltos al vacío. Una diosa subida a lomos de unos zapatos altísimos con un tacón con la forma de un cañón de revolver.
—Uhmm…—murmuró el comisario—. Interesante.
—Como usted comprenderá, señor comisario, la situación era comprometida. Mi cuñado y yo, dos hombres casados y acompañados de nuestras esposas, y aquella  hembra que no parecía de carne y hueso, que parecía Mónica Bellucci recién salida de la ducha, con el pelo húmedo y los pezones erizados por el frío.
—Gracias Mariano –dijo el comisario a su ayudante tragando las dos aspirinas—. No pare de hablar, señor García, se lo pido por dios.
—Lo que usted diga va a misa. Pues eso, que la chica estaba histérica. Temblaba como una hoja de parra y tenía los labios azules del susto. Mi suegra, que antes la había llamado guarra se apiadó de ella y la invito a pasar, dijo que le iba a preparar un chocolate calentito, porque ya le he dicho que la chica tenía los pezones duros como piedras y eso, señor comisario, solo sucede por dos motivos, que si considera oportuno enumero y si no sigo con la declaración, yo lo que usted me diga…
—Ni se le ocurra. Prosiga.
—La chica entró seguida de mi señora y de su hermana, ambas verdes de la rabia. Mi cuñado y yo, en cambio, andábamos a su alrededor solícitos, intentando consolarla en la medida que nos fuese posible. Lo primero que hizo mi suegra fue ir a buscar algo para cubrirla y apareció con un vestido de mi mujer, un vestido blanco y ajustado de su juventud, una prenda que mi señora guardaba en los cajones del olvido. Yo conocí a mi Rosario con ese vestido ¿sabe, señor comisario? Fue en la playa. La vi de lejos, acercándose poco a poco, con un sombrerito de verano que llevaba una cinta rosa, ora meto un piececito dentro del agua ora me agacho para recoger una almejita, ora…
—Señor comisario, ¿se encuentra usted bien?—preguntó Mariano.
Los ojos del comisario se movían deprisa, de un lado a otro, y Mariano recordó que su cuñada, que sufría una enfermedad mental preocupante, de vez en cuando también los movía así, de esa manera.
—Si quiere paramos, jefe—dijo Mariano, preocupado.
El comisario, que ahora mantenía la cara escondida entre las palmas de las manos, dijo que no.
—Sí señor, lo que usted diga. Pues como le iba contando yo conocí a mi señora con ese vestido, claro que entonces ella era joven y crujiente como una manzana, pero no de esas manzanas que son harinosas, no, de esas no, de las otras, de esas que uno las muerde y crujen y a uno se le cae el jugo por los lados de los labios y están dulces y huelen bien y…eso, que…me he perdido ¿Qué estaba yo diciendo?
El comisario cerró los ojos y recordó una isla a la que había ido de vacaciones con su mujer. Era la isla más bonita del mundo, con playas de ensueño, casitas blancas, con cúpulas azules y buganvillas por todos lados, unas flores de un lila violento que contrastaban con el azul cobalto del mar. Y aquel mirador en lo alto de la isla, desde donde uno se sentía pequeño, tan pequeño. Aquel día tocaba una orquesta, ¿Qué canción era? No se acuerda,  pero si recuerda que de pronto se levantó viento y las hojas de las partituras salieron volando y se trasformaron en gaviotas bailando sobre el mar. También recuerda que su esposa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—La suegra de usted había ido a buscarle una prenda a la chica, y la prenda era un vestido de su señora—le recordó Mariano, mientras miraba al comisario con honda preocupación.
—Un vestido de gasa, señor comisario. Una prenda que lleva una cremallera a un lado de la cintura. La diosa levantó los brazos y las gasas bajaron, bajaron enredándose en los pezones, luego bajaron ajustándose a la cintura breve, y yo recordé aquellas casitas encaladas de blanco con el mar de fondo de Cádiz, luminosas, no sé por qué, y los encajes enmarcaron sus pechos y los muslos se transparentaron. Como la diosa no llevaba ropa interior ese montecillo rasurado se intuía como un cervatillo desvalido…
—¿Como un cervatillo?—preguntó Mariano al declarante con la ceja alzada.
—Como un cervatillo, sí. Mi cuñado, ciego ya de deseo, se lanzó a subirle la cremallera y yo, que me la conozco como el señor comisario  se conoce la ley de enjuiciamiento penal, traté de impedirlo, más que nada para no estropear el cierre.
—Casitas encaladas y el mar de fondo—musitó el comisario que seguía en su isla privada—. Y buganvillas…, allí le juré amor eterno a mi Clara. Mi dulce Clara. ¿Dónde estarás?
El declarante miró al comisario y luego a Mariano. Este se encogió de hombros y siguió escribiendo.
—Y en ese momento fue cuando llegó el primer sartenazo. Después llegaron más, muchos más, y de alguna boca llovió una retahíla de insultos y cuando yo me agaché a socorrer a mi cuñado, que aunque no es santo de mi devoción, porque ya sabe usted cómo es esto de la familia, pues ya estaba muerto. Se conoce que al caer se dio un golpe aquí detrás, en la nuca,  y…
—¿Qué tocaba la orquesta? No lo recuerdo…—musitó el comisario mirando a través de la ventana—. Las nubes, con qué rapidez se desplazaban sobre las cúpulas azules… ¡Y cómo mecía el viento su cabello de trigo!
El comisario había girado su silla y ahora daba la espalda al declarante.
—¡Cómo le entiendo señor comisario!—exclamó este, jubiloso—. Al principio mi Rosario…
De pronto el comisario se dio la vuelta y golpeando la mesa dijo eufórico:
—¡Ya lo recuerdo! Era la melodía de la película Zorba el griego. ¡Mariano! ¡Apúntelo inmediatamente para que no se me vuelva a olvidar!
Dicho esto su mirada se extravió de nuevo. Colgada de la silla su pistola reglamentaria lucia brillante dentro de la funda sobaquera. El comisario la extrajo con delicadeza y tomando su pañuelo se dispuso a sacarle brillo.
—Señor comisario, que si le place y no ha estado atento a mis últimas palabras yo estoy dispuesto a comenzar de nuevo desde el principio—dijo el declarante, acongojado.
Mariano tragó saliva y dio unos pasos hacia detrás.  No había visto a su jefe así desde aquella última vez que…


fin






sábado, 26 de noviembre de 2016

El huevo del navegante







Cuando el genovés, rodeado de aquellos nobles españoles, logró poner el huevo de pie los acompañantes aplaudieron la gesta y entendieron el mensaje. Sólo uno de ellos gritó “¡Tramposo!” y la cabeza de Colón rodó por los suelos. El inconformista la tomó entre sus manos, le dio la vuelta y luego, golpeándola contra el suelo, dijo: yo también sé hacerlo, payaso.


jueves, 17 de noviembre de 2016

Una era de lobos





«…Y llegará una era de luchas, de espadas y de escudos destruidos. Una era de vientos, una era de lobos. Antes de que el mundo se derrumbe ni los hombres se respetarán entre ellos…  (Völuspá  estrofa 45)»
El grupo llegó hasta un claro del bosque. Lo componía una mujer de cabellos rojos subida a lomos de un gran lobo gris y una pantera negra de grandes dimensiones y garras recubiertas de acero. El lobo, Inrir, era el fruto de un apareamiento extraño, pero era la mejor montura que había tenido la muchacha, por su fuerza y su nobleza. Ambos eran fieles servidores. Llegaron a ese claro empapados de lluvia y ateridos de frío. Hacía mucho tiempo que no salía el sol, los inviernos se sucedían uno tras otro y los bosques estaban tapizados de escarcha y moho. Eran tiempos sombríos aquellos.
—¿Quién va? —dijo una voz cascada tras los arbustos.
—Soy yo, anciano—contestó la chica—. Skogul, la guerrera.
—¡Skogul !Mi hermosa escudera, la más bella sacerdotisa de Odín. Eres tan sigilosa como todas las valquirias—exclamó el viejo con las palmas levantadas, alborozado—. ¡Cuánto me alegro de tu visita! ¡Pero estás empapada, muchacha! Ven conmigo, que tengo sopa caliente y buen vino.
—Lo cierto es que tengo mucha prisa, anciano, debo tomar un barco antes de que la nieve lo cubra todo —explicó la mujer señalando la extraña blancura de los cielos—. Pero aceptaré tu invitación. Mis animales están cansados y yo hambrienta.
—Llenaré tu barriga y la de tus bestias deformes antes de que se fijen en mi pobre cuerpo marchito y comiencen a salivar. Me alegra volver a verte. No siempre puedo contemplar a una bonita pelirroja de carne blanca y verdes ojos prometedores—dijo el viejo, lisonjero.
En la guarida subterránea el olor era muy agradable. En el fuego una marmita de barro bullía inundando de perfume la cueva. Era un sencillo guiso de patatas condimentado con unas hierbas que solo el viejo conocía, pero olía y sabía a carne asada.
—Algún día me contarás el secreto de estas hierbas tuyas—dijo Skogul probando aquel brebaje delicioso—. Intuyo que debe ser la misma  ponzoña que utilizas para tus visiones.
—Hagamos un trato. Tú me cuentas a qué viene esa prisa por llegar al mar y yo te cuento el secreto de mis pócimas—propuso el viejo guiñándole un ojo mientras le servía una generosa copa de vino.
La mujer, silenciosa como todas las guerreras, no contestó a eso. Extrajo la espada de la funda y la clavó en la tierra. Luego se despojó de la armadura mojada y del casco alado. El anciano escanció más vino en ambas copas.
—¿De qué huyes?¿Tiene algo que ver con los cadáveres mutilados encontrados en el bosque? ¡Menuda carnicería!—exclamó el viejo lanzando un silbido.
—¿Qué sabes de eso?—preguntó ella limpiando sus labios de comida.
—Hace dos días fueron hallados veinte soldados en los bosques cercanos al castillo de Crown, el conde amigo del rey, también muerto en extrañas circunstancias. Todos ellos decapitados, algunos con las manos cercenadas y uno con la lengua arrancada de cuajo. Debió ser una batalla fabulosa y desigual. Veinte hombres contra una única espada. Una hoja magnífica, certera, capaz de cortar la cabeza de un hombre sin que esta caiga al suelo. Armas de ese calibre sólo se fabrican en un lugar —dijo Omar mirando la espada clavada en la tierra—. Esa hoja ha sido forjada por las mismas manos que dieron vida al Mjolnir, el martillo de Thor. Dicen que uno de los soldados estaba atado a un árbol y que sostenía su propia cabeza entre las manos. Una visión dantesca a todas luces. No parece otra cosa sino una venganza. Y dicen…
—Dicen, dicen… ¿Qué más cuentan las lenguas venenosas? ¿Acaso encontraron óbolos sobre los ojos  de esos malnacidos para pagar la entrada a Caronte? Pues me extrañaría, porque me encargué de sacárselos y se los lancé a los cuervos.
—Sí… ¡Dios bendito! También oí lo de los ojos—resopló el anciano—. Pero lo que más me interesa ahora mismo… de lo que quería hablar contigo…Tu padre,  dicen que lo buscas. Y que cuando lo encuentres le cortarás la cabeza.
—No hablaré contigo de ese maldito asunto, anciano. Gracias por la cena. Ahora déjame, que necesito dormir un rato, quiero partir en cuando me reponga un poco.
Cuando la muchacha cerró los ojos el anciano la cubrió con una cobija. ¡Ah! Mujer ilusa. No, no hacía ninguna falta que ella le contara nada. Él  lo sabía todo. Se lo había  dicho la lengua del fuego, gracias a esas pócimas que convertían las llamas en una puerta por la que se podía acceder a los recuerdos. Él la había franqueado sin el permiso de ella y lo que había visto era terrible.
Sí. Omar había visto a los soldados llegar en una noche tormentosa. Una tormenta sin lluvia, seca como un parto seco. Había visto a la madre bordando pájaros azules en las esquinas del embozo de una cobija de invierno. También había visto al padre mirando el fuego del hogar, absorto en sus ensoñaciones. El rey planeaba salir de cacería el día después y le había pedido que le acompañase con ese nuevo halcón suyo, para comprobar  la destreza de la que tanto le había hablado. Vio a los soldados atravesar el puente levadizo riendo a carcajadas: «traemos un mensaje del rey», mintieron para poder acceder a la fortaleza. Una vez en el interior  parte del grupo se dedicó a reducir a los hombres del padre. Otros se quedaron allí. El viejo vio en la lengua de fuego como un soldado inmovilizaba a la madre y le tocaba los pechos. Oyó como le  susurraba al oído que hacía mucho tiempo que no tocaba algo tan apetitoso. Había visto a la chica buscando al padre con la mirada, desesperada, esperando verlo aparecer con una espada en la mano dispuesto a defenderlas de aquellos salvajes. Pero Omar había visto aquel sillón vacío. Dos horas después se marcharon y el viejo brujo vio a la chica corriendo hasta su madre para curar las dentelladas que aquel salvaje le había dado en el cuello y en los labios. La vio después limpiándose la sangre que bajaba por sus piernas. Fue testigo también de cómo ella abandonó su hogar, una noche, después de colocarle flores a su madre. Sí, el viejo sabía de aquel juramento hecho con los dientes apretados.
Cuando Skogul despertó el viejo la esperaba con un hatillo de ropa preparado.
—¿Acaso crees que te voy a llevar conmigo?—preguntó ella sonriendo, socarrona—.  Sólo entorpecerías mi marcha.
—Tarde o temprano los soldados vendrán a preguntarme por ti y no quiero estar aquí cuando eso ocurra. Mi cuerpo endeble no aguantaría sus vejaciones. Además puedo ser un excelente conversador. También tengo el don de disuadir de su ataque a algunas criaturas de la noche. Extraños seres híbridos, como ese lobo tuyo, u otros que laten en la oscuridad, agazapados. Ya sabes que la desaparición de los inviernos ha sacado de su letargo ciertas especies que llevan dormidas muchos siglos…
—No seas pretencioso. Está bien. Te conseguiré un caballo—dijo ella encogiendo los hombros.
—Supongo que sabes dónde encontrarlo—dijo el viejo—. A tu padre.
—He comprado muchas lenguas en todo este tiempo—contestó ella, hastiada—. Sé que tomó un barco que le llevó hasta «La isla de los perdidos» y allí buscó «La montaña de la vergüenza», que es donde van a esconderse todos los cobardes repugnantes. Allí la niebla los ampara. Esa niebla que borra los recuerdos, si uno quiere.
—Esa niebla perniciosa…—susurró el viejo.
Nevaba copiosamente cuando se pusieron en marcha. Skogul cubrió con sus pieles al viejo. En el fondo adoraba a ese vil manipulador. Tras la pérdida de su familia la guarida del viejo se había convertido en un lugar cálido al que volver tras sus batallas.
Dos días después una franja azul se divisó entre los árboles nevados.
—¡El mar! ¡Ya veo el galeón!—exclamó Omar dando palmadas.
Cuando embarcaron Skogul buscó al capitán. Oliverio de Astorga era un tipo fuerte, bajo y socarrón, gran bebedor y un jugador ruin. Se decía de él que había obtenido ese galeón suyo haciendo trampas con las cartas y que el estafado aún lo buscaba para rebanarle el cuello.
—¡Bella valquiria! La que busca a los caídos en las batallas para conducirlos al Valhala. Te veo hermosa—dijo el capitán dándole una palmada en el culo a la joven—. ¿Qué haces tan lejos de tus dominios? ¿Acaso Odín ha decidido prescindir de tus servicios?
—Si vuelves a tocarme el culo tu cabeza rodará por la cubierta—dijo ella riendo—. Toma tu dinero. Aquí está lo que acordamos. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en llegar a «La isla de los perdidos»?
—Si no surgen incidentes tal vez cuatro semanas—dijo él rascándose la barba.
—¿Qué tipo de incidentes?—preguntó Skogul.
—En el viaje hasta aquí vimos emerger una aleta tan grande como la vela de un barco pirata—dijo el capitán—. Cortaba el agua como una navaja. Pero tampoco debemos olvidarnos de la furia del mar. Las olas nos vapulearon varias veces.
—¿De cuántos hombres disponemos?—preguntó la chica observando faenar a la tripulación.
—Partimos con ciento cincuenta hombres—dijo el  capitán—. Pero algunos murieron de escorbuto y otros fueron tragados por el mar.
La travesía transcurrió sin incidentes. Un mes después, y habiendo ya divisado tierra, el mar amaneció extrañamente calmado. No se oía nada en absoluto, ni el  batir del viento en las velas, ni el graznido de las gaviotas. Ese silencio atronador despertó a los hombres y  acudieron a cubierta, inquietos. De pronto el barco comenzó a vibrar, pero el mar seguía en una quietud absoluta.
—No me gusta—dijo el capitán a la valquiria—. Es como una mujer callada. Me temo lo peor.
Minutos después la vibración cesó, pero el vigía desde la cofa del barco gritó que había una sombra colosal bajo el barco.
—¡Esta justo debajo nuestro, capitán!—gritó el marinero señalando el agua—.  ¡Y es muy grande! ¡Grande como una isla!
—¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Algo va a ocurrir!—gritó el capitán corriendo de un lado a otro.
—¡Miradlo! ¡Allí! ¡Es el Kraken!—gritó alguien señalando un punto del mar—. ¡Por todos los demonios! ¿Qué diablos…?
Y entonces aquella montaña de tentáculos emergió lentamente de las profundidades y en su espectacular ascenso el mar se abrió y las aguas desplazadas se convirtieron en grandes olas y el barco, como si de cartón fuese, se bamboleó al compás de ellas.
—¡Todo el mundo al agua! ¡Tiraos antes de que zarandee el barco!—aulló el capitán—¡Poneos a salvo!
En aquel mar turbulento los hombres nadaban intentando alejarse de la nave todo lo deprisa que sus brazos se lo permitían. Si el Kraken volvía a las profundidades el gran remolino que causara su inmersión los arrastraría también a ellos. En medio de aquel caos Skogul miró a su alrededor, buscando al anciano. Si había sobrevivido a la caída, no lograría nadar hasta la orilla aunque estaba relativamente próxima.  Gritó su nombre con todas sus fuerzas pero el mar estaba lleno de hombres que nadaban desorientados por el terror y su grito se perdió entre los otros gritos.  El monstruo agarró la nave por el trinquete y la levantó hasta ponerla a la altura de sus ojos. La agitó con violencia buscando carne fresca pero esa carne estaba en el agua y enfurecido lanzó el galeón por los aires.
Skogul y el capitán pasaron toda esa noche transportando cuerpos hasta la orilla. El panorama era desolador. Había hombres desmembrados y algunos restos que llegaron a la orilla eran puro vómito de huesos y vísceras. Cuando el último herido estuvo a salvo la mujer decidió ponerse en marcha y buscó al capitán para despedirse.
—Siento lo de tu barco—dijo ella ofreciéndole su mano—. Tal vez ha sido un castigo por conseguirlo de esa manera rastrera y ruin. Por otro lado debo confesar que me pareciste un demente gritándole a ese monstruo: «¡Mírame! ¡Estoy aquí! ¿Crees que te tengo miedo jodido bicho de los infiernos?» mientras agitabas los brazos como un poseso.
—No te preocupes, encanto—dijo el hombre riendo la broma—. En cuanto repare los zarpazos de esa bestia caprichosa nos haremos de nuevo a la mar. Es posible que para entonces ya estés de regreso. En cuanto a lo otro… ¡Maldita sea, siempre le tuve ganas a esa especie de pulpo gigante! Tal vez en la próxima…
Durante todo ese día caminaron por senderos desolados. Ni un arbusto, ni un lago, ni un declive. Era  terreno baldío y la niebla lo cubría todo hasta donde llegaba la vista. Por la noche la luna se abrió camino entre la niebla y el destello de su palidez delineó la corona de la montaña. Por la mañana se pusieron en marcha de nuevo y caminaron durante mucho rato sin encontrarse con nadie, pero cuando llegaron a la falda de la montaña un sujeto muy pequeño, pálido y de aspecto muy desagradable les dio el alto:
—¡No se puede pasar sin explicar el motivo!—chilló el hombrecillo dando saltitos.
—¿Y quién lo dice?—preguntó la valquiria con los brazos en jarras—. ¿Eres acaso el guardián de la montaña?¿O tal vez eres un gusano correoso nacido de los excrementos de Odín, amo de los nueve mundos y padre de la victoria?
—Sí. Las valquirias sois así. Altas, orgullosas y engreídas—gruñó el hombrecillo.
—¿Engreída? He matado a gente por menos de eso—dijo ella divertida—.  Escucha, pequeño ser del inframundo: busco a alguien. Se trata del duque Oswaldo. Soy su hija: Skogul. Y este anciano es Omar, vidente y charlatán.
—Yo soy Kuk, que significa «aquel que mora en los agujeros». Vivo aquí desde que la gran peste asoló la isla. Supongo que habrás oído hablar de ello. ¿No? ¡Claro! Es posible que esa fruslería terrenal no llegase a ese mundo vuestro lleno de gente pretenciosa con alitas en los cascos—refunfuñó el hombrecillo—. Bueno. ¿Eres  consciente de que tal vez el objeto de tu búsqueda no recuerde ya cómo se llama?
—¿Y de qué manera ocurre eso?—preguntó ella.
—La niebla se cuela por los oídos y lo barre todo. Si lo encuentras puede que solo sea un ser balbuceante de mirada perdida. Pero te diré dónde encontrarlo. Por cierto… ¿Este gato tuyo es de confianza? No me gusta cómo me mira—dijo Kuk, también llamado «el taciturno».
A diferencia del llano la densidad del follaje era abrumadora. Pinchos como dientes de tiburón se apretaban contra sí dificultando el avance. «El olvido se defiende», dijo el viejo. A medida que se acercaban al «Abismo original» el terreno se volvía más resbaladizo. Era ese abismo una gran hendidura natural de la tierra que había que saltar para acceder a la orilla opuesta con riesgo de caer a un vacío incalculable. El viejo dijo que la gente que erraba el salto y caía por él aparecía en otro mundo y con otra forma. Skogul retrocedió unos  metros para tomar impulso y saltó sin dificultad. El viejo, que iba a lomos del gran lobo,  miró hacia abajo y negó con la cabeza.
—No quiero aparecer en otro mundo—dijo—. Solo he venido para recoger lo que quede de ti.
Arriba una densidad lechosa lo cubría todo hasta una altura considerable. Skogul, precavida, desenvainó su espada. Era probable que si su padre se encontraba en ese lugar no estuviera solo. Cuando sus ojos se acostumbraron al paisaje vio un gran sillón, similar al que había en su casa, y en el sillón había un hombre. Sin bajar la guardia se acercó muy despacio escudriñando a los lados. Cuando llegó a su objetivo acercó la punta de su espada al cuello del hombre sentado y le ordenó que se mantuviera quieto so pena de morir en el acto. 
—Te esperaba—dijo el hombre ladeando muy despacio el rostro.
Sus ojos…todo seguía allí. Intacto. Nítido.
—No has olvidado nada—dijo ella—. Será rápido, lo prometo.
—Lo sé—dijo el hombre mirando al vacío.
—¡Habla!—ordenó ella apretando los dientes—. El momento de explicar ha llegado.
Aquellos ojos, aquella nariz recta. La barba blanca. Su voz.
—Aquella noche…aquella noche yo…yo…—balbuceó el hombre tratando de contar lo que había ensayado tantas veces en soledad—. En fin, cuando los soldados irrumpieron corrí hasta el patio de armas para tomar una espada. De vuelta escuché los gritos e intenté entrar, juro que lo intenté, pero los soldados de Crown me lo impidieron. ¡«Vete! Si te marchas ahora no les ocurrirá nada», dijo uno de ellos. «Júramelo», le contesté. Luego de obtener el juramento ensillé mi caballo y cabalgué deprisa. Creí que hacía lo mejor. Lo pensé de veras ¿sabes?
—Debiste quedarte—susurró ella con rabia, apretando un poco más la punta de la espada contra el cuello del hombre—. No me importaría haber muerto a tu lado en esa batalla. Papá…
La mujer se arrodilló y apoyó la mejilla sobre las piernas del padre. El hombre sonrió con dulzura y le acarició los cabellos, como antes, como en aquellas noches de invierno junto al fuego en que le contaba cuentos de mujeres valerosas montadas sobre negros alazanes; aquellas veladas en que le hablaba de dragones colosales que arrasaban aldeas con su aliento, o de ciclópeas serpientes que rodeaban el mundo escupiendo veneno de sus bocas, veneno que se convertía luego en estrellas y bajaba luego en forma de poemas. Poemas que se colaban luego en las bocas de los enamorados.
Cuando se incorporó la niebla entraba ya, imparable y a raudales, por los oídos del padre y Skogul, mirando los ojos llenos de asombro del hombre, recordó las palabras de Omar: «cuando la niebla entre en su cuerpo no entenderá porqué lo haces». Omar, al otro lado del abismo, se cubrió la cara, apesadumbrado.
Había visto el semicírculo perfecto descrito por aquella espada magnífica. Y había visto el vertiginoso descenso y cómo se reflejó la luna en aquella hoja forjada con el mejor acero.