jueves, 17 de noviembre de 2016

Una era de lobos





«…Y llegará una era de luchas, de espadas y de escudos destruidos. Una era de vientos, una era de lobos. Antes de que el mundo se derrumbe ni los hombres se respetarán entre ellos…  (Völuspá  estrofa 45)»
El grupo llegó hasta un claro del bosque. Lo componía una mujer de cabellos rojos subida a lomos de un gran lobo gris y una pantera negra de grandes dimensiones y garras recubiertas de acero. El lobo, Inrir, era el fruto de un apareamiento extraño, pero era la mejor montura que había tenido la muchacha, por su fuerza y su nobleza. Ambos eran fieles servidores. Llegaron a ese claro empapados de lluvia y ateridos de frío. Hacía mucho tiempo que no salía el sol, los inviernos se sucedían uno tras otro y los bosques estaban tapizados de escarcha y moho. Eran tiempos sombríos aquellos.
—¿Quién va? —dijo una voz cascada tras los arbustos.
—Soy yo, anciano—contestó la chica—. Skogul, la guerrera.
—¡Skogul !Mi hermosa escudera, la más bella sacerdotisa de Odín. Eres tan sigilosa como todas las valquirias—exclamó el viejo con las palmas levantadas, alborozado—. ¡Cuánto me alegro de tu visita! ¡Pero estás empapada, muchacha! Ven conmigo, que tengo sopa caliente y buen vino.
—Lo cierto es que tengo mucha prisa, anciano, debo tomar un barco antes de que la nieve lo cubra todo —explicó la mujer señalando la extraña blancura de los cielos—. Pero aceptaré tu invitación. Mis animales están cansados y yo hambrienta.
—Llenaré tu barriga y la de tus bestias deformes antes de que se fijen en mi pobre cuerpo marchito y comiencen a salivar. Me alegra volver a verte. No siempre puedo contemplar a una bonita pelirroja de carne blanca y verdes ojos prometedores—dijo el viejo, lisonjero.
En la guarida subterránea el olor era muy agradable. En el fuego una marmita de barro bullía inundando de perfume la cueva. Era un sencillo guiso de patatas condimentado con unas hierbas que solo el viejo conocía, pero olía y sabía a carne asada.
—Algún día me contarás el secreto de estas hierbas tuyas—dijo Skogul probando aquel brebaje delicioso—. Intuyo que debe ser la misma  ponzoña que utilizas para tus visiones.
—Hagamos un trato. Tú me cuentas a qué viene esa prisa por llegar al mar y yo te cuento el secreto de mis pócimas—propuso el viejo guiñándole un ojo mientras le servía una generosa copa de vino.
La mujer, silenciosa como todas las guerreras, no contestó a eso. Extrajo la espada de la funda y la clavó en la tierra. Luego se despojó de la armadura mojada y del casco alado. El anciano escanció más vino en ambas copas.
—¿De qué huyes?¿Tiene algo que ver con los cadáveres mutilados encontrados en el bosque? ¡Menuda carnicería!—exclamó el viejo lanzando un silbido.
—¿Qué sabes de eso?—preguntó ella limpiando sus labios de comida.
—Hace dos días fueron hallados veinte soldados en los bosques cercanos al castillo de Crown, el conde amigo del rey, también muerto en extrañas circunstancias. Todos ellos decapitados, algunos con las manos cercenadas y uno con la lengua arrancada de cuajo. Debió ser una batalla fabulosa y desigual. Veinte hombres contra una única espada. Una hoja magnífica, certera, capaz de cortar la cabeza de un hombre sin que esta caiga al suelo. Armas de ese calibre sólo se fabrican en un lugar —dijo Omar mirando la espada clavada en la tierra—. Esa hoja ha sido forjada por las mismas manos que dieron vida al Mjolnir, el martillo de Thor. Dicen que uno de los soldados estaba atado a un árbol y que sostenía su propia cabeza entre las manos. Una visión dantesca a todas luces. No parece otra cosa sino una venganza. Y dicen…
—Dicen, dicen… ¿Qué más cuentan las lenguas venenosas? ¿Acaso encontraron óbolos sobre los ojos  de esos malnacidos para pagar la entrada a Caronte? Pues me extrañaría, porque me encargué de sacárselos y se los lancé a los cuervos.
—Sí… ¡Dios bendito! También oí lo de los ojos—resopló el anciano—. Pero lo que más me interesa ahora mismo… de lo que quería hablar contigo…Tu padre,  dicen que lo buscas. Y que cuando lo encuentres le cortarás la cabeza.
—No hablaré contigo de ese maldito asunto, anciano. Gracias por la cena. Ahora déjame, que necesito dormir un rato, quiero partir en cuando me reponga un poco.
Cuando la muchacha cerró los ojos el anciano la cubrió con una cobija. ¡Ah! Mujer ilusa. No, no hacía ninguna falta que ella le contara nada. Él  lo sabía todo. Se lo había  dicho la lengua del fuego, gracias a esas pócimas que convertían las llamas en una puerta por la que se podía acceder a los recuerdos. Él la había franqueado sin el permiso de ella y lo que había visto era terrible.
Sí. Omar había visto a los soldados llegar en una noche tormentosa. Una tormenta sin lluvia, seca como un parto seco. Había visto a la madre bordando pájaros azules en las esquinas del embozo de una cobija de invierno. También había visto al padre mirando el fuego del hogar, absorto en sus ensoñaciones. El rey planeaba salir de cacería el día después y le había pedido que le acompañase con ese nuevo halcón suyo, para comprobar  la destreza de la que tanto le había hablado. Vio a los soldados atravesar el puente levadizo riendo a carcajadas: «traemos un mensaje del rey», mintieron para poder acceder a la fortaleza. Una vez en el interior  parte del grupo se dedicó a reducir a los hombres del padre. Otros se quedaron allí. El viejo vio en la lengua de fuego como un soldado inmovilizaba a la madre y le tocaba los pechos. Oyó como le  susurraba al oído que hacía mucho tiempo que no tocaba algo tan apetitoso. Había visto a la chica buscando al padre con la mirada, desesperada, esperando verlo aparecer con una espada en la mano dispuesto a defenderlas de aquellos salvajes. Pero Omar había visto aquel sillón vacío. Dos horas después se marcharon y el viejo brujo vio a la chica corriendo hasta su madre para curar las dentelladas que aquel salvaje le había dado en el cuello y en los labios. La vio después limpiándose la sangre que bajaba por sus piernas. Fue testigo también de cómo ella abandonó su hogar, una noche, después de colocarle flores a su madre. Sí, el viejo sabía de aquel juramento hecho con los dientes apretados.
Cuando Skogul despertó el viejo la esperaba con un hatillo de ropa preparado.
—¿Acaso crees que te voy a llevar conmigo?—preguntó ella sonriendo, socarrona—.  Sólo entorpecerías mi marcha.
—Tarde o temprano los soldados vendrán a preguntarme por ti y no quiero estar aquí cuando eso ocurra. Mi cuerpo endeble no aguantaría sus vejaciones. Además puedo ser un excelente conversador. También tengo el don de disuadir de su ataque a algunas criaturas de la noche. Extraños seres híbridos, como ese lobo tuyo, u otros que laten en la oscuridad, agazapados. Ya sabes que la desaparición de los inviernos ha sacado de su letargo ciertas especies que llevan dormidas muchos siglos…
—No seas pretencioso. Está bien. Te conseguiré un caballo—dijo ella encogiendo los hombros.
—Supongo que sabes dónde encontrarlo—dijo el viejo—. A tu padre.
—He comprado muchas lenguas en todo este tiempo—contestó ella, hastiada—. Sé que tomó un barco que le llevó hasta «La isla de los perdidos» y allí buscó «La montaña de la vergüenza», que es donde van a esconderse todos los cobardes repugnantes. Allí la niebla los ampara. Esa niebla que borra los recuerdos, si uno quiere.
—Esa niebla perniciosa…—susurró el viejo.
Nevaba copiosamente cuando se pusieron en marcha. Skogul cubrió con sus pieles al viejo. En el fondo adoraba a ese vil manipulador. Tras la pérdida de su familia la guarida del viejo se había convertido en un lugar cálido al que volver tras sus batallas.
Dos días después una franja azul se divisó entre los árboles nevados.
—¡El mar! ¡Ya veo el galeón!—exclamó Omar dando palmadas.
Cuando embarcaron Skogul buscó al capitán. Oliverio de Astorga era un tipo fuerte, bajo y socarrón, gran bebedor y un jugador ruin. Se decía de él que había obtenido ese galeón suyo haciendo trampas con las cartas y que el estafado aún lo buscaba para rebanarle el cuello.
—¡Bella valquiria! La que busca a los caídos en las batallas para conducirlos al Valhala. Te veo hermosa—dijo el capitán dándole una palmada en el culo a la joven—. ¿Qué haces tan lejos de tus dominios? ¿Acaso Odín ha decidido prescindir de tus servicios?
—Si vuelves a tocarme el culo tu cabeza rodará por la cubierta—dijo ella riendo—. Toma tu dinero. Aquí está lo que acordamos. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en llegar a «La isla de los perdidos»?
—Si no surgen incidentes tal vez cuatro semanas—dijo él rascándose la barba.
—¿Qué tipo de incidentes?—preguntó Skogul.
—En el viaje hasta aquí vimos emerger una aleta tan grande como la vela de un barco pirata—dijo el capitán—. Cortaba el agua como una navaja. Pero tampoco debemos olvidarnos de la furia del mar. Las olas nos vapulearon varias veces.
—¿De cuántos hombres disponemos?—preguntó la chica observando faenar a la tripulación.
—Partimos con ciento cincuenta hombres—dijo el  capitán—. Pero algunos murieron de escorbuto y otros fueron tragados por el mar.
La travesía transcurrió sin incidentes. Un mes después, y habiendo ya divisado tierra, el mar amaneció extrañamente calmado. No se oía nada en absoluto, ni el  batir del viento en las velas, ni el graznido de las gaviotas. Ese silencio atronador despertó a los hombres y  acudieron a cubierta, inquietos. De pronto el barco comenzó a vibrar, pero el mar seguía en una quietud absoluta.
—No me gusta—dijo el capitán a la valquiria—. Es como una mujer callada. Me temo lo peor.
Minutos después la vibración cesó, pero el vigía desde la cofa del barco gritó que había una sombra colosal bajo el barco.
—¡Esta justo debajo nuestro, capitán!—gritó el marinero señalando el agua—.  ¡Y es muy grande! ¡Grande como una isla!
—¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Algo va a ocurrir!—gritó el capitán corriendo de un lado a otro.
—¡Miradlo! ¡Allí! ¡Es el Kraken!—gritó alguien señalando un punto del mar—. ¡Por todos los demonios! ¿Qué diablos…?
Y entonces aquella montaña de tentáculos emergió lentamente de las profundidades y en su espectacular ascenso el mar se abrió y las aguas desplazadas se convirtieron en grandes olas y el barco, como si de cartón fuese, se bamboleó al compás de ellas.
—¡Todo el mundo al agua! ¡Tiraos antes de que zarandee el barco!—aulló el capitán—¡Poneos a salvo!
En aquel mar turbulento los hombres nadaban intentando alejarse de la nave todo lo deprisa que sus brazos se lo permitían. Si el Kraken volvía a las profundidades el gran remolino que causara su inmersión los arrastraría también a ellos. En medio de aquel caos Skogul miró a su alrededor, buscando al anciano. Si había sobrevivido a la caída, no lograría nadar hasta la orilla aunque estaba relativamente próxima.  Gritó su nombre con todas sus fuerzas pero el mar estaba lleno de hombres que nadaban desorientados por el terror y su grito se perdió entre los otros gritos.  El monstruo agarró la nave por el trinquete y la levantó hasta ponerla a la altura de sus ojos. La agitó con violencia buscando carne fresca pero esa carne estaba en el agua y enfurecido lanzó el galeón por los aires.
Skogul y el capitán pasaron toda esa noche transportando cuerpos hasta la orilla. El panorama era desolador. Había hombres desmembrados y algunos restos que llegaron a la orilla eran puro vómito de huesos y vísceras. Cuando el último herido estuvo a salvo la mujer decidió ponerse en marcha y buscó al capitán para despedirse.
—Siento lo de tu barco—dijo ella ofreciéndole su mano—. Tal vez ha sido un castigo por conseguirlo de esa manera rastrera y ruin. Por otro lado debo confesar que me pareciste un demente gritándole a ese monstruo: «¡Mírame! ¡Estoy aquí! ¿Crees que te tengo miedo jodido bicho de los infiernos?» mientras agitabas los brazos como un poseso.
—No te preocupes, encanto—dijo el hombre riendo la broma—. En cuanto repare los zarpazos de esa bestia caprichosa nos haremos de nuevo a la mar. Es posible que para entonces ya estés de regreso. En cuanto a lo otro… ¡Maldita sea, siempre le tuve ganas a esa especie de pulpo gigante! Tal vez en la próxima…
Durante todo ese día caminaron por senderos desolados. Ni un arbusto, ni un lago, ni un declive. Era  terreno baldío y la niebla lo cubría todo hasta donde llegaba la vista. Por la noche la luna se abrió camino entre la niebla y el destello de su palidez delineó la corona de la montaña. Por la mañana se pusieron en marcha de nuevo y caminaron durante mucho rato sin encontrarse con nadie, pero cuando llegaron a la falda de la montaña un sujeto muy pequeño, pálido y de aspecto muy desagradable les dio el alto:
—¡No se puede pasar sin explicar el motivo!—chilló el hombrecillo dando saltitos.
—¿Y quién lo dice?—preguntó la valquiria con los brazos en jarras—. ¿Eres acaso el guardián de la montaña?¿O tal vez eres un gusano correoso nacido de los excrementos de Odín, amo de los nueve mundos y padre de la victoria?
—Sí. Las valquirias sois así. Altas, orgullosas y engreídas—gruñó el hombrecillo.
—¿Engreída? He matado a gente por menos de eso—dijo ella divertida—.  Escucha, pequeño ser del inframundo: busco a alguien. Se trata del duque Oswaldo. Soy su hija: Skogul. Y este anciano es Omar, vidente y charlatán.
—Yo soy Kuk, que significa «aquel que mora en los agujeros». Vivo aquí desde que la gran peste asoló la isla. Supongo que habrás oído hablar de ello. ¿No? ¡Claro! Es posible que esa fruslería terrenal no llegase a ese mundo vuestro lleno de gente pretenciosa con alitas en los cascos—refunfuñó el hombrecillo—. Bueno. ¿Eres  consciente de que tal vez el objeto de tu búsqueda no recuerde ya cómo se llama?
—¿Y de qué manera ocurre eso?—preguntó ella.
—La niebla se cuela por los oídos y lo barre todo. Si lo encuentras puede que solo sea un ser balbuceante de mirada perdida. Pero te diré dónde encontrarlo. Por cierto… ¿Este gato tuyo es de confianza? No me gusta cómo me mira—dijo Kuk, también llamado «el taciturno».
A diferencia del llano la densidad del follaje era abrumadora. Pinchos como dientes de tiburón se apretaban contra sí dificultando el avance. «El olvido se defiende», dijo el viejo. A medida que se acercaban al «Abismo original» el terreno se volvía más resbaladizo. Era ese abismo una gran hendidura natural de la tierra que había que saltar para acceder a la orilla opuesta con riesgo de caer a un vacío incalculable. El viejo dijo que la gente que erraba el salto y caía por él aparecía en otro mundo y con otra forma. Skogul retrocedió unos  metros para tomar impulso y saltó sin dificultad. El viejo, que iba a lomos del gran lobo,  miró hacia abajo y negó con la cabeza.
—No quiero aparecer en otro mundo—dijo—. Solo he venido para recoger lo que quede de ti.
Arriba una densidad lechosa lo cubría todo hasta una altura considerable. Skogul, precavida, desenvainó su espada. Era probable que si su padre se encontraba en ese lugar no estuviera solo. Cuando sus ojos se acostumbraron al paisaje vio un gran sillón, similar al que había en su casa, y en el sillón había un hombre. Sin bajar la guardia se acercó muy despacio escudriñando a los lados. Cuando llegó a su objetivo acercó la punta de su espada al cuello del hombre sentado y le ordenó que se mantuviera quieto so pena de morir en el acto. 
—Te esperaba—dijo el hombre ladeando muy despacio el rostro.
Sus ojos…todo seguía allí. Intacto. Nítido.
—No has olvidado nada—dijo ella—. Será rápido, lo prometo.
—Lo sé—dijo el hombre mirando al vacío.
—¡Habla!—ordenó ella apretando los dientes—. El momento de explicar ha llegado.
Aquellos ojos, aquella nariz recta. La barba blanca. Su voz.
—Aquella noche…aquella noche yo…yo…—balbuceó el hombre tratando de contar lo que había ensayado tantas veces en soledad—. En fin, cuando los soldados irrumpieron corrí hasta el patio de armas para tomar una espada. De vuelta escuché los gritos e intenté entrar, juro que lo intenté, pero los soldados de Crown me lo impidieron. ¡«Vete! Si te marchas ahora no les ocurrirá nada», dijo uno de ellos. «Júramelo», le contesté. Luego de obtener el juramento ensillé mi caballo y cabalgué deprisa. Creí que hacía lo mejor. Lo pensé de veras ¿sabes?
—Debiste quedarte—susurró ella con rabia, apretando un poco más la punta de la espada contra el cuello del hombre—. No me importaría haber muerto a tu lado en esa batalla. Papá…
La mujer se arrodilló y apoyó la mejilla sobre las piernas del padre. El hombre sonrió con dulzura y le acarició los cabellos, como antes, como en aquellas noches de invierno junto al fuego en que le contaba cuentos de mujeres valerosas montadas sobre negros alazanes; aquellas veladas en que le hablaba de dragones colosales que arrasaban aldeas con su aliento, o de ciclópeas serpientes que rodeaban el mundo escupiendo veneno de sus bocas, veneno que se convertía luego en estrellas y bajaba luego en forma de poemas. Poemas que se colaban luego en las bocas de los enamorados.
Cuando se incorporó la niebla entraba ya, imparable y a raudales, por los oídos del padre y Skogul, mirando los ojos llenos de asombro del hombre, recordó las palabras de Omar: «cuando la niebla entre en su cuerpo no entenderá porqué lo haces». Omar, al otro lado del abismo, se cubrió la cara, apesadumbrado.
Había visto el semicírculo perfecto descrito por aquella espada magnífica. Y había visto el vertiginoso descenso y cómo se reflejó la luna en aquella hoja forjada con el mejor acero.





















8 comentarios:

  1. Me encanta tu evolución literaria Angela!
    Te admiro profundamente!
    Un besazo enorme!

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    1. Gracias Luni. A ver si me pongo al dia con el blog y blogueros, que os tengo abandonados. Un abrazo enorme, preciosa.

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  2. Nos has traido una historia donde te desenvuelves con la fina espada de la pluma a la perfeccion. Me gusto el desarrollo que le has dado. felicitaciones Angela hermoso

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    1. Esta es mi primera zambullida -tímida- al mundo de la fantasia. Y vendrán más, Demian. Gracias y un gran abrazo.

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  3. Debo reconocer que no leo esta literatura maravillosa (¿se dice asÍ?). Mi hijo tiene decenas de libros de esta temática. Creo que me estoy perdiendo algo bueno. Al leerte tengo la sensación de que no te cuesta trabajo escribir, que te fluye. En fin, un cuento de venganzas. Admirado de tu imaginación. Un saludos.

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  4. Ay Javier, yo también estoy muy verde en este tema de la fantasia, pero como decía mi madre "hay que comer de todo". Me alegro de que te haya gustado. Saludos también para ti.

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  5. Los creadores de Conan,invasion junk y Xena mueren de envidia con este relato que te mandaste. Vertiste todo tu arte y tu ingenio en un gran relato.
    Saludos.

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    1. Que generoso eres, socio. Pero ya ves que este género me resulta muy dificil, pero gracias. Saludos.

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